TERREMOTO DEVASTADOR DE VIDAS, CIUDADES Y PUEBLOS 



LOS TERREMOTOS A LO LARGO DE LA HISTORIA 



Fausto Jaramillo Y.
“Algún día les contaré a mis nietos que nací en un país que se abrazó a sí mismo, tan fuerte, que nunca más volvió a temblar”. Maluly Oliva, periodista y guionista de teatro y televisión.
Apenas iniciaba la noche su cotidiano caminar, cuando vino la parca a trastocar la esperanza. Llegó como una tromba, con ruido y con fanfarria. En su alocada danza, arrojó por los suelos a las casas de humildes campesinos y pescadores y los edificios de orgullosos potentados comerciantes y profesionales, hospitales, aeropuertos, gobernaciones y comercios, tiendas y silos, y un largo etcétera, todas ellas cayeron, se trizaron, colapsaron.
Olvidó el respeto a niños y ancianos y se solazó con hombres y mujeres. A todos ofendió y a todos recordó que ella existe, que ella llega cuando quiere y cómo quiere, y que nadie puede librarse de su búsqueda.
Sábado 16 de abril del año del Señor de 2016, 19h58, la tierra empezó a temblar. Pasaron apenas 48 segundos y la historia de un pueblo cambió. No hizo falta una guerra ni discursos, ni siquiera la publicación de sesudas interpretaciones sociales, la tierra tembló y todo cambió.
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Han pasado ya más de dos meses desde que la tierra tembló. Sesenta y tantos días de zozobra, de pena, de dolor, de solidaridad, de miedo y esperanza, de sufrimiento y fe en el futuro, y de pronto, otros remezones nos recerdan que la naturaleza aún no está en paz, aún está ajustando sus piezas y que al hacerlo pasa la factura en vidas, en heridos, en desaparecidos y en destrozas incuantificables.
Con cada una de las más de 1.800 réplicas, pero sobre todo las mayores, las que sobrepasan los 5 puntos en la escala de Richter, se renuevan los temores y los miedos, volvemos a encontrar a las buenas gentes de mi país salir a las calles para precautelar sus vidas y pedir, en el comentario, la solidaridad del vecino.
El miedo no se ha ido, sigue presente como un fantasma al acecho, presto a mostrar su nauseabunda presencia y exigir la dosis de lágrimas, de temores y tremores, de caras invadidas de la impotencia ante la fuerza de la tierra.
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No voy a decir su nombre, ni siquiera su apodo, prefiero decir que su nombre es el que él quiera. Tiene 27 años, una edad en que el amor y las hormonas se juntan para emprender aventuras coronadas de sonrisas. Él tomó la mano de ella y juntos emprendieron un viaje de tres días, en los que la felicidad les sonreiría y en el que echarían las semillas de otro viaje, mucho más largo y duradero, tal vez de toda su vida.
El viernes llegaron a la terminal de Quito en horas de la tarde. Sabían que el trayecto hasta Bahía de Caráquez, en la provincia de Manabí era largo y fatigoso, así que prefirieron viajar toda la noche para llegar en la mañana, cruzar el puente hasta San Vicente y de allí dirigirse a Canoa, lugar de su destino.
El sábado, luego de inscribirse en el hotel, dejar las maletas y desayunar, salieron presurosos a jugar en la arena de la playa y chapotear entre las olas del mar. Juntos caminaron, rieron, jugaron, dieron rienda suelta a las caricias y besos, armaron sueños y pensaron en el futuro al ritmo del presente.
En la habitación del hotel junto al mar, a las 18h57m 45 segundos, él salía del baño luego de recibir el frío y delicioso masaje de la ducha, recuperando las fuerzas que había dejado en los brazos de ella, con la toalla cubriéndole su cintura y las piernas, dio el primer paso al interior de la habitación donde ella descansaba. No alcanzó a escuchar lo que ella le dijo porque fue mayor el ruido del edificio que se desplomó. Un golpe seco lo derribó, un pedazo de la losa sangró su cabeza, mientras una columna, una más de aquellas que se suponía sostendrían al edificio de cinco pisos, le cayó en su pierna, pesaba tanto que no pudo moverse. Inmóvil esperó que se levantara el polvo para poder respirar. Ni siquiera alcanzó a mirar que el resto de la losa superior se desplomaba sobre el cuerpo de ella.
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A finales de la década de los años ochenta o a principios de los noventa del siglo pasado, no estoy seguro, circuló un rumor de que la universidad de Moscú había enviado a la Escuela Politécnica Nacional de Quito, un estudio realizado por catedráticos y técnicos de dicho centro científico, sobre la inducción de las placas de Nazca y la Continental frente a las costas ecuatorianas. Nunca se supo si fue verdad o apenas un rumor, pero lo que se puede asegurar es que dicho documento no circuló más allá de los límites de la Politécnica. Quizás fue una conversación en un café, en una esquina, en una oficina, pero nada seguro.
Luego, no faltó esa persona que aseguró haber conversado con una fuente confiable de la propia Politécnica que le había confirmado la existencia del documento, pero que la Academia había decidido no darla a conocer y, más bien, poner dicho informe, a buen recaudo debido a las conclusiones allí contenidas. Según este alcance al rumor, la universidad europea afirmaba que estaba próximo el día de que las fuerzas contenidas entre las dos placas se desatarían y un megaterremoto se produciría. El fenómeno telúrico anunciado, según estas versiones, alcanzaría la categoría de 10 en la escala de Richter, es decir sería un cataclismo. Las autoridades universitarias de la Politécnica no quisieron reconocer la validez del documento, no por los cálculos realizados, sino porque en el informe se anunciaba una fecha, un día, una hora en que se produciría este desate de las fuerzas de la naturaleza, y como todos sabemos, no existe en la tierra una tecnología, un cálculo, capaz de establecer con tanta certeza el punto exacto del quiebre del equilibrio de las fuerzas. Entonces, al haber escrito esa fecha, invalidaba las conclusiones del documento.
En las autoridades universitarias, a más de lo señalado, debieron primar razones políticas y sicológicas, pues, al sacar a la luz, un documento como aquel se corría el riesgo de que el pánico se apoderada de la sociedad ecuatoriana y las consecuencias hubieran sido inimaginables.
Pero, las premisas del estudio, al parecer, eran correctas. Diariamente, la placa de Nazca que viene desde el mar, en dirección oeste-este, busca entrar bajo la placa Continental que se mueve en sentido inverso. En este forcejeo de fuerzas, se acumulan energías que al destrabarse, hacen saltar, sin control ni medida, a la tierra y los pueblos asentados en la región costanera cerca al mar que son las que más sufren las consecuencias de este fenómeno.
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Manuel o don Manuel como era conocido en Pedernales, su pueblo, retornó desde Jama a las 15h30. Esa mañana de sábado había salido temprano a vender unas pocas cabezas de plátano. Con las pocas monedas que tenía pagó el pasaje del bus intercantonal y viajó hacia Jama, donde recorrió sus calles ofreciendo su mercadería. Tuvo suerte, a las 14h00 había terminado su jornada. La venta le había producido unas cuántas monedas demás y con ellas ya podría comprar el cuaderno que le había prometido a su pequeña Lizette, la última de sus hijas, aquella pequeña de apenas 8 años que era la dueña de sus pensamientos y de su corazón.
Llegó a su humilde casa, comió un poco de arroz con plátano y enseguida salió al bazar a cumplir su promesa. Iba silbando por las calles de Pedernales, oyendo el ruido de las olas al llegar a las playas, de un salto superó la vereda, entró al bazar y se acercó al mostrador para preguntar a la señora el precio del cuaderno. Eran las 18h30, Manuel o don Manuel ni siquiera tuvo tiempo de preguntar lo que sucedía porque se desplomó sobre su cabeza todo el peso de los dos pisos superiores donde estaba ubicado el bazar.
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Existen dos tipos de terremotos, dependiendo de sus orígenes. El primero es el telúrico, es decir, el que se produce al interior de la tierra, ya sea por la liberación de energía o por un violento desprendimiento de la capa superior de ésta que cae para taponar alguna galería o cueva interior, mejor conocidas como “fallas geológicas”. El segundo es el volcánico, es decir el que se produce cuando sale el magma contenido en el interior de la tierra por una erupción. El material incandescente sale despedido violentamente hacia el aire, como una tromba o como un disparo de un inmenso cañón, a través de la boca de una inmensa chimenea, llamada cráter, ubicada en la cima de una montaña o en cualquier superficie terrestre.
Los primeros son más destructivos. Por ejemplo, el que afectó al Ecuador este 16 de abril, liberó una energía equivalente a 1.500 veces mayor a la que provino de la bomba atómica que explotó en Hiroshima.
Los segundos son más espectaculares, su proceso eruptivo duran días, semanas, meses y años. Dependiendo del “bolsón” que exista al interior de la tierra. La lava sale en forma permanente, aunque a veces, la erupción es tan violenta que la lava alcanza varios kilómetros de altura sobre el cráter que lo arrojó. Al caer al suelo circundante, esa lava quema lo que encuentra a su paso, destruyendo sembríos, carreteras y, en ocasiones, poblaciones enteras. En el Ecuador tenemos varios volcanes en plena actividad desde hace décadas y ocasionalmente aumentan su actividad y causan terremotos. Pero también tenemos otros que permanecen inactivos (dormidos) que, de pronto, y sin previo aviso, despiertan de su letargo milenario, con desastrosas consecuencias.
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“Mientras me acerco a Pedernales puedo ver grupos de refugiados que, con los primeros rayos de sol, ya empezaban su jornada. Muros caídos y casas en el suelo, doy una curva y empiezo la recta de aproximación, de sopetón me encuentro con un edificio de tres pisos completamente destruido y de pronto tengo la ciudad delante de mí y la devastación es total, casi todo está derrumbado”. Con estas palabras, el fotógrafo Diego Cifuentes relata su encuentro con la devastación.
Pedernales, uno de los cantones del norte manabita, estuvo asentado junto al mar, a pocos kilómetros del epicentro del seísmo; junto con la isla de Muisne, en Esmeraldas, y con los cantones de Jama, Bahía de Caraquez, Manta y Portoviejo, y las innumerables parroquias de estos cantones, fue víctima de la fuerza de la naturaleza y de una serie de erráticos comportamientos y costumbres equivocadas que dieron como resultado la muerte de 660 ecuatorianos, la desaparición de más de 50 personas y la pérdida de miles de millones de dólares en infraestructura física.
Pero, aclaremos: el terremoto no mató a nadie, no se abrió la tierra ni cosa parecida; los movimientos, si bien fueron trepidatorios no fueron causa de muerte, lo que produjeron fue la destrucción de carreteras y la caída de edificios viejos y nuevos, construidos sin el cumplimiento total de las normas de construcción antisísmica.
“Las construcciones hechas con caña y madera soportaron más que las de hormigón”, es verdad; pero la caña y madera no pueden resistir los embates del fuego o del viento, tampoco pueden sustentar edificios de 4, 5, 6, o más pisos, para ello se requiere que las columnas de sustentación sean levantadas con hierro y con hormigón a fin de que en caso de un seísmo puedan, flexiblemente seguir el movimiento de la onda telúrica.
¿Existen culpables? Sí, claro que sí. Los primeros culpables son los Gobiernos Autónomos Descentralizados –GADs- que tienen su competencia en los permisos de construcción, luego los fiscalizadores de las obras porque permiten el cometimiento de esos “ahorros”, los constructores – arquitectos, ingenieros, maestros mayores- que, por las razones que fueren, no exigen el cumplimiento estricto de las normas técnicas; y por último, los dueños de estos edificios, que, por un ahorro prefieren ignorar las normas, con las consecuencias que ahora conocemos. Toda esta cadena de culpabilidad está atravesada de la corrupción, coimas y “aceites”, que como una onda expansiva corroe a la sociedad ecuatoriana en su conjunto.
Diego Cifuentes no vacila en afirmar: “Lo que colapsó fue un modelo de desarrollo, un modelo estético: la gente dejó sus viejas casas de caña porque consideraban que eran sinónimo de fracaso”. Frase con la que no estoy de acuerdo. No colapsó un modelo de desarrollo, porque nunca ha existido tal modelo; lo que siempre existió es la “viveza criolla” que busca alcanzar lo máximo aportando lo mínimo. La caña misma, si no es tratada técnica y adecuadamente, cosa que cuesta un poco de tiempo, conocimientos y dinero, se vendrá abajo con iguales resultados de destrucción y muerte.
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“La Avenida 109 que pasa por el Mercado municipal Tarqui en la ciudad de Manta, está atestada de las buenas gentes que miran entre estupefactos y tristes, la labor de los maquinistas de las retro-excavadoras al retirar los escombros de los edificios y casas que antes del terremoto se levantaban airosos. Entre aquellos hombres y mujeres estaba Miguel Antonio Laínes, tapando su boca y nariz con una mascarilla de papel. Espera los resultados de esa dolorosa labor, antes de dejar escapar su llanto. Es que en el Navarrete, un hotel y centro comercial, fallecieron 92 personas; y otras 32 fueron rescatadas con vida. “Pienso que está ahí”, apenas alcanzó a balbucear Laínes, padre de seis hijos, cuando fue interrogado por un periodista que cumplía su tarea. Se refería a su hija Mayra Juliana, de 23 años, quien llevaba apenas cinco días trabajando en la papelería que había en dicho centro comercial., …………………………..
El domingo 17 de abril de 2016, cuando apenas habían transcurrido 12 horas del movimiento telúrico, sin que mediara la presencia de ningún líder, la palabra de ningún predicador, el llamado de ninguna organización, secta o iglesia, sin que ninguna autoridad pudiera reaccionar, la sociedad civil se movilizó. Las buenas gentes del barrio, del pueblo y de las grandes ciudades buscaban fundas para llenarlas con ropa, alimentos y vituallas para enviarlas a las poblaciones afectadas.
Las estanterías de las tiendas y supermercados vieron cómo disminuía rápidamente sus existencias, los botellones de agua salían a granel, los alimentos no perecibles se agotaban.
Fue una avalancha incontenible, sin control ni dirección. La única palabra que sonaba en el aire era: SOLIDARIDAD.
Entre las pequeñas o grandes historias de ese día, la del desconocido vendedor ambulante de empanadas que se acercó a donar su canasta de productos, que seguramente sería su sustento del día, me conmovió. Era la encarnación de la frase bíblica: “Tú, al contrario, cuando haces limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha, para que tu limosna quede oculta”. Han pasado varias semanas y nadie sabe el nombre de ese humilde hombre de nuestro pueblo.
Una niña, quizás en sus 8 o 10 años no sepa la trascendencia que tuvo su gesto de salir a vender sus muñecos de peluches porque quería obtener dinero para comprar botellones de agua para los damnificados. El ejemplo sirve más que los discursos.
En fin, los días siguientes a la noche de la tragedia se convirtieron en un canto de alegría porque los hombres y mujeres de este pueblo, sin distingos de edades, religiones, ideologías, etnias, o preferencias sexuales, caminaron por las amplias avenidas de la bondad sin rostro, de la mano extendida sin límites, del compartir sin condiciones.
Luego sería la ocasión propicia para que la comunidad internacional se hiciera presente. De toda América: México, Colombia, Perú y Chile enviaron sus equipos de rescatistas, personas especializadas en encontrar a sobrevivientes bajo los escombros y sacarlos para que sean atendidos; de Estados Unidos vino un completo hospital de campaña que inmediatamente empezó a atender a los heridos y víctimas del terremoto; también llegó un equipo completo de control aéreo que tomara la posta a la torre de control del aeropuerto de Manta que fuera derribado por la fuerza del sacudón de la tierra.
Cuba, Chile y España enviaron brigadas médicas a cubrir las necesidades de salud de la población.
Perú, Colombia, Venezuela y Bolivia enviaron aviones cargueros que transportaron alimentos y vituallas.
En fin, si bien la solidaridad fluyó libremente en el Ecuador desde el primer día, los días subsiguientes mostraron que esa no era una cualidad exclusiva del país, sino de muchos pueblos de todo el mundo.
La reconstrucción recién empieza. Pasarán muchos días y muchas noches. El dolor no desaparecerá, quedará como un recuerdo. Pero estoy seguro que veremos a Esmeraldas y Manabí, más altivos, más dignos, más pujantes, porque ellos sufrieron los estragos del desate de las fuerzas de dos placas tectónicas, y los errores y equivocaciones que por décadas hemos cometido los seres humanos, y que los seguimos cometiendo, porque aún no hemos aprendido a convivir respetuosamente con la naturaleza.
LOS TERREMOTOS EN EL ECUADOR, A LO LARGO DE LA HISTORIA
1587/Agosto/31
En San Antonio de Pichincha y pueblos vecinos: gran destrucción. Grandes y profundas grietas por las que brotó agua negra y de mal olor. En Guayllabamba: enormes grietas. En Cayambe se desplomaron muchas casas. Desbordamiento e inundaciones en el lago San Pablo. Más de 160 muertos
1645/Marzo/15
El terremoto originó desprendimientos internos en el volcán Tungurahua. Innumerables réplicas. Muchos muertos.
1674/ Agosto/29
Destrucción de Chimbo y 8 pueblos circundantes. La mayor destrucción ocurrió en Chimbo. Pocos sobrevivientes".
1687/Noviembre/22
Gran terremoto en las provincias centrales. Destrucción de Ambato, Latacunga y muchas poblaciones de la comarca. Deslizamientos de montes y taludes. Muchas réplicas sin interrupción durante varias semanas. Aproximadamente 7200 muertos.
1698/Junio/20
Los daños materiales se extendieron desde el Nudo de Tiopullo hasta el Nudo del Azuay. Muertos: Ambato más de 3000; Latacunga aproximadamente 2000; en los pueblos de sus jurisdicciones se estimó unos 1500; en Patate alrededor de 200 y en Riobamba 100.

Según algunos autores el número de víctimas ascendió a 8000. Gran destrucción de casas e iglesias en Ambato, Latacunga, Riobamba y todos los pueblos de la comarca.

En vista de la gran destrucción y efectos asociados, se intenta mudar de sitio a las ciudades de Ambato, Latacunga y Riobamba, lo cual no fue permitido por las autoridades de la Real Audiencia.
1736/Diciembre/06
Daños graves en casas e iglesias de Pujilí, Saquisilí . Estragos menores en Latacunga.
1757/Febrero/22
Gran terremoto de Latacunga y su jurisdicción. Murieron más de 4000 personas. Efectos considerables en Tungurahua.
1786/05/10
Terremoto en Riobamba. Graves daños en la ciudad y pueblos vecinos.
1797/Febrero/04
Destrucción total de la Villa de Riobamba. El terremoto más destructivo en el territorio ecuatoriano y uno de los de mayor magnitud en toda su historia. Destrucción total de la antigua ciudad de Riobamba, razón por la cual no fue reconstruida en el mismo sitio y se mudó al lugar que actualmente ocupa. Daños muy severos en ciudades, pueblos y caseríos de lo que actualmente son las provincias de Chimborazo, Tungurahua y Cotopaxi y parte de Bolívar y Pichincha. Las trepidaciones y ondulaciones del suelo duraron aproximadamente 4 minutos. Inmensos deslizamientos de laderas y montes, uno de los cuales, sepultó por completo tres barrios de Riobamba.

Notable cambio del paisaje por las grietas, destrucción de los montes, levantamientos y hundimientos del terreno, cambio del curso de los ríos, etc.

Posible volcanismo asociado. Se inflamó el volcán y laguna de Quilotoa.

Centenares de réplicas, durante varios meses. Algunas fueron tan fuertes que por si solas pudieron causar daños por sí solas, y lo hicieron más aún en lo que quedó del terremoto principal.

Muertos contabilizados: 12.833 muertos, pero se estima que la cifra debió ser mucho mayor. Hay quienes estiman que fueron 31.000 y otros autores incluso mencionan cifras aún mayores, tomando en consideración que en algunas zonas, la contabilización fue imposible hacerla con precisión y, en otros sitios, no se tomó en cuenta a las a las clases sociales bajas. Los heridos se sumaron igualmente por millares, muchos de los cuales murieron posteriormente, en infinidad de casos por la imposibilidad de rescatarlos

En muchos otros casos los heridos fallecieron por la inexistencia de ayuda médica y tiempo más tarde, a causa de las epidemias y pestes que se propagaron, como resultado de la contaminación causada por la descomposición de cadáveres de personas y animales.

1834/Enero/20
Terremoto en la frontera Ecuador - Colombia.

En Ecuador solo se conoce que los efectos fueron severos en Tulcán y se lo sintió fuertemente hasta Ibarra. Con seguridad se puede deducir que deben haberse producido daños en otras poblaciones fronterizas ecuatorianas. En las ciudades y poblaciones fronterizas colombianas, las consecuencias fueron catastróficas ya que la intensidad máxima alcanzó el grado XI de la escala Mercalli Modificada, lo cual significa que las poblaciones fueron prácticamente arrasadas.

1859/Marzo/22
Graves daños en edificios, iglesias y casas de Quito. Serios estragos en poblaciones y haciendas del valle de Los Chillos.

Los efectos se extendieron hasta las provincias de Cotopaxi por el Sur e Imbabura por el Norte.

Grietas grandes en el valle de Los Chillos. Muchos muertos en Machachi, Chillogallo y otras poblaciones del valle. Treinta muertos en Imbabura y 1 en Cotopaxi.

1868/Agosto/15
Terremoto en la provincia del Carchi. Los mayores estragos se localizaron en la zona de El Angel, Huaca, Tusa y El Chota. Decenas de muertos (solo en las calles de El Angel se contabilizaron 32 víctimas).

1868/Agosto/16
Gran terremoto de la Provincia de Imbabura. Ruina casi total de varias ciudades y pueblos, especialmente en Cotacachi, Ibarra, Otavalo y pueblos intermedios.
Grietas profundas y extensas en toda la región. Los ruidos subterráneos se escucharon hasta Quito.

Los estragos en Ibarra fueron de tal magnitud que se decidió mudar la ciudad a otro sitio, por lo que se fundó la población de La Esperanza. En Otavalo se contabilizaron 6.000 muertos, de los 7.000 habitantes de la población.

Las consecuencias sociales y económicas fueron cuantiosas, en una época que el país afrontaba serias dificultades fiscales.

1896/Mayo/03
Destrucción parcial o casi total de construcciones en Bahía de Caráquez, Portoviejo y Canoa.

Se produjeron levantamientos del terreno de entre 10 y 100 pies, formando mesetas de regular extensión. Múltiples deslizamientos en cerro y taludes.

1906/Enero/31
Gran terremoto con epicentro en el Océano Pacífico, frente a las costas de la frontera Ecuador-Colombia. Se generó un tsunami de grandes proporciones.

Este sismo, por su magnitud, es el quinto más fuerte que se ha registrado en el mundo, desde que existen los sismógrafos.

Sus efectos fueron muy graves en la provincia de Esmeraldas y en el Sur de Colombia. En Limones desaparecieron bajo las aguas cuatro islas.

30 muertos reportados, pero se estima un número mucho mayor, dada la imposibilidad de imposibilidad realizar un conteo real, por las características geográficas de la zona y las consecuencias del tsunami que se inició a las 10h. 30m. Las aguas bajaron lentamente una hora después.

1911/Septiembre/23
Violento sismo que causo estragos de consideración en varios cantones de la provincia del Chimborazo, donde el 90% de edificios y casas fueron afectados en mayor o menor cuantía.

1913/Febero/23
Terremoto de consideración en el sur del país. Los mayores estragos entre Molleturo y Jesús María.
Destrucción total de algunas viviendas en poblaciones de las provincias de Loja, El Oro y Azuay. Daños graves en muchas casas de la misma zona y en poblaciones del Guayas.

1914/Mayo/31
Violento movimiento sísmico en la provincia de Pichincha, acompañado de ruidos subterráneos. Por el Sur sentido hasta Cuenca y por el Norte hasta Ibarra.
El aluvión de greda negra alcanzó 2 m. de alto.

1923/Diciembre/16

Uno de los terremotos con mayores con secuencias en la provincia del Carchi, hasta esa fecha.
Murieron unas 300 personas, (con exageración se habló de 3000 víctimas). Deslizamientos en montes, laderas y taludes, dejan caminos inhabilitados.

Tulcán, Ipiales, Cumbal, Carlosama, Aldana, Chiles, Túquerres y otros caseríos aledaños fueron los lugares más quebrantados. 20.000 personas quedaron sin vivienda.

1926/Diciembre/18
Terremoto en la frontera Ecuador-Colombia, que nuevamente asoló las poblaciones que resultaron afectadas con el terremoto de 1923. 2 muertos y varios heridos.

1929/Julio/25
Casas de sectores rurales de la provincia de Pichincha, destruidas total o parcialmente.

Los mayores quebrantos se presentaron en la población de Murco, donde cayeron por completo 46 casas y las restantes quedaron en muy mal estado. 8 muertos.

1938/Agosto/10
Terremoto en el Valle de los Chillos. Al ser una zona prolífera en aguas termales, en algunos lugares brotaron nuevas fuentes, otras aumentaron o diminuyeron su caudal o desaparecieron.
Quedó flotando en el ambiente un olor a azufre, en especial en la zona de El Tingo.

1942/Mayo/14
Daños en Manabí, Guayas, Los Ríos, Esmeraldas, Bolívar e Imbabura. En otras provincias los efectos fueron de poca magnitud.
El sismo que tuvo su epicentro en la Costa fue sentido hasta la Región Oriental por el Este y en poblaciones fronterizas de Colombia, por el Norte. Más de 200 muertos. Los heridos se contaron por centenares.
Las pérdidas materiales fueron cuantiosas, en especial en Guayaquil.

1949/Agosto/05
Gran terremoto de Pelileo, ciudad que fue totalmente destruida. Ambato en escombros Patate totalmente destruido.
Destrucción casi total de muchas poblaciones de las provincias de Tungurahua y Cotopaxi. Graves daños en localidades de las provincias de Chimborazo y Bolívar.
Grandes grietas en el terreno y derrumbes y deslizamientos voluminosos en montes y caminos de toda la región. Cambio del paisaje en muchos lugares.
Millares de muertos y heridos. Las pérdidas materiales, tanto para el Estado como para la población fueron incalculables y las consecuencias socioeconómicas afectaron al país durante varios años.
Datos estadísticos reportados:
Area afectada: 1920 km2. Muertos: 6000 (aproximado). Personas sin hogar: 100.000
Mayor destrucción: Pelileo: 100% Píllaro: 90%
Guano: 80% Ambato: 75% Carreteras: 407 km.

1953/Diciembre/12
Terremoto en la frontera Ecuador-Perú. Los mayores efectos ocurrieron en la provincia ecuatoriana de Loja, especialmente en la ciudad de Gonzanamá.

1955/Julio/20
Terremoto en la provincia de Imbabura y Norte de Pichincha. Daños de menor cuantía en poblaciones de la provincia del Carchi.
Gran cantidad de deslizamientos de cerros y taludes, especialmente en las carreteras Atuntaqui-Cotacachi, Cotacachi-Intag y Otavalo-Cotacachi. Iguales efectos en todo el recorrido del río Ambuquí y sus quebradas afluentes y en el río Blanco, que quedó represado y cuyo desfogue causó daños en la planta eléctrica de Otavalo.

En el contorno de la laguna de Cuicocha, se produjeron 65 deslizamientos, siendo los de mayor magnitud, los que se localizaron en el flanco occidental.
Aproximadamente 20 muertos y varios heridos. Se reportaron 6 desaparecidos.

1958/Enero/19
Terremoto destructor en Esmeraldas. Los efectos se extendieron a la provincia de Imbabura y al departamento de Nariño, Colombia.
Tsunami arrasa 4 cuadras de la ciudad de Esmeraldas y destruye varios barcos.
Se reportaron muertos en varias localidades, a causa del terremoto y el tsunami.

1964/Mayo/19
Sismo fuerte con epicentro en la provincia de Manabí, donde varias poblaciones resultaron muy afectadas. Sentido con fuerza en toda la Región Costa. También fue fuerte en la parte Norte y centro del valle Interandino.

1970/Diciembre/10
Terremoto con epicentro en la costa Norte del Perú, con serios efectos en el Sur del Ecuador, en especial en las provincias de Loja y El Oro, además de los departamentos fronterizos peruanos.
Poblaciones costaneras de la provincia de El Oro y el Golfo de Guayaquil, reportaron la generación de un tsunami de poca magnitud.
Aproximadamente 40 muertos y casi un millar de heridos, sumados entre Ecuador y Perú.

1987/Marzo/06
Gran terremoto de la provincia del Napo, donde se presentaron los efectos más severos.
Destrucción de varios tramos del oleoducto Trans-Ecuatoriano, que obligó a la suspensión del bombeo de petróleo por varios meses, con serios efectos en la economía nacional.

Gran cantidad de muertos y desaparecidos.

1995/Octubre/02
Terremoto con epicentro en una zona despoblada de la cordillera de Cutucú. Grietas y deslizamientos de tierra.
Daños de consideración en Macas, Sucúa, Méndez y aldeas de la región.

1998/Agosto/04
Terremoto de severas consecuencias en la provincia de Manabí. Gran destrucción de edificios en Bahía de Caráquez. Daños graves en Canoa, San Vicente y localidades cercanas. En otras ciudades de Manabí los daños fueron de menor proporción.