LA ÉTICA EN LA COMUNICACIÓN SOCIAL SE PIERDE ENTRE LA VORACIDAD IMPERIAL Y APETITOS POLÍTICOS 



AÑOS DE TRASTROCAMIENTO DE VALORES 



Rodrigo Santillán Peralbo
Los últimos años del siglo XX y primeros del siglo XXI, han sido pródigos en revoluciones científico-técnicas y su descomunal desarrollo que, en ciertas circunstancias, se caracterizan por el desprecio a los valores esenciales de la especie humana. En estos últimos años, la humanidad padece de grandes impactos tecnológicos y profunda náusea provocada por el neoliberalismo y el neoglobalismo imperial que globaliza capitales e impide el cruce de fronteras a los seres humanos, como si la calidad de migrantes los hubiesen convertido en parias de la peor especie. Años son de iniquidad y vergüenza, de envilecimiento y trastrocamiento de valores. Tiempos de reordenamiento del sistema de dominación y de reacumulación de capitales en los que se ha elevado a categoría divina el valor dinero; el enriquecimiento de unos pocos sobre la base del empobrecimiento de unos muchos. Son tiempos de despiadadas guerras de agresión, guerras civiles y de crueles terrorismos que asesinan a personas inocentes y nada culpables de los conflictos sociales, económicos, políticos y culturales creados de quienes se creen dueños del mundo, de sus seres y sus cosas. .
Son tiempos de construcción de altares para adorar al "becerro de oro" y sus dioses menores: individualismo, egoísmo, satisfacción de apetitos voraces de personas y grupos privilegiados; éxito personal medido en "cuánto tienes tanto vales", burla y desprecio de principios ideológicos, doctrinarios, filosóficos, morales y socio-culturales y de odios patológicos a aquello que se llamó justicia social, liberación de los pueblos, democratización de las sociedades, socialización de la propiedad de los medios de producción, solidaridad y ayuda mutua que garanticen la realización plena de la persona humana.
El don supremo de los pueblos que es la paz, es reemplazado por la guerra que siembra muerte y destrucción para satisfacer posiciones e intereses nacionalistas que tienen mucho de nazi-fascismo; por el aumento de conflictos regionales, por posiciones fanáticas en pseudo-concepciones étnicas y religiosas; pero, sobre todo para satisfacer las necesidades de capital de los dueños de los complejos industriales-militares, fabricantes de la muerte y azuzadores de toda clase de problemas y conflictos. Bastaría recordar lo que decía el magnate sionista-estadounidense Rothschild: “Si no hay guerras, hay que fabricarlas, para hacer negocios”. Los valores morales convertidos en ansias acumulativas de poder y fortunas.
La guerra, la violencia, la intolerancia, el fanatismo xenofóbico o deísta, el culto a la mentira y engaño masificados, son antivalores-valores del postmodernismo industrial, trasladados por los medios de comunicación social hasta los países periféricos y tercermundistas que, por efecto de la aplicación del despiadado e inhumano neo liberalismo -hijo bastardo del capitalismo imperial- son paulatinamente desplazados al cuarto o quinto mundos. Son pueblos condenados para siempre al subdesarrollo inicuo, al atraso miserable, a la marginalidad abyecta.
Estos son los tiempos en los que la verdad es reemplazada por mentiras técnica y científicamente preparadas; en los que la honradez y decencia son aniquiladas para dar paso a la corrupción en todas sus formas que objetivizan los más bajos instintos humanos, y que son capaces de pudrir las conciencias más firmes y obnubilar las inteligencias más preclaras, como producto acabado de las doctrinas neoliberales que asuelan a Europa, América del Norte, América Latina y el Caribe, en especial en los países en los cuales ha recuperado el poder y en los otros amenazados por las derechas más reaccionarias, desde siempre con el respaldo económico, financiero, político y militar del imperio.
El bien y el mal se confunden en "la calvicie moral" como diría José Ingenieros, de gobernantes y gobernados. Los antivalores se convierten en valores; la bondad en maldad, la honestidad en un saco de fuerza impertinente, la decencia en imbecilidad, la dignidad en disparate, los principios en dogales asfixiantes, la ideología en estupidez que impide la realización de buenos negocios o simplemente la compra-venta de conciencias.
En estos tiempos no importan las políticas sociales, las necesidades básicas de los hombres, los anhelos y esperanzas de los humildes, de los pobres, porque la pobreza apesta y no merece la mínima atención de Estados y gobiernos. Son -qué duda cabe-tiempos de náusea y desprecio a los valores del humanismo, a la esencia de lo humano.
Naturalmente que las definiciones conceptuales de la moral y sus prácticas se condicionan y acomodan a los tiempos porque no son permanentes, inmodificables, definitivas. Cambian y se transforman dialécticamente en las mismas formas y medidas en que cambian los sistemas socio-económicos; político-culturales. La evolución de la ética es natural como antinatural es su involución, como la que se observa en estos años; pero que tiene su razón de ser, si se busca racionalizar la irracional doctrina de neodominación imperial diseminada por el neoliberalismo.
La ética no es un producto totalizador de las relaciones humanas pero su teoría científica pretende regular las relaciones sociales; por eso crea normas, reglas, usos sociales. Crea ordenaciones que permiten o prohíben, premian o castigan, ordenaciones indispensables que sirven de freno para los apetitos humanos, pues sin esas ordenaciones, normas, reglas; los seres humanos ya habrían desaparecido, puesto que no se puede confiar en la moderación propia de los instintos del hombre. El ser humano necesita normas y ajustarse a ellas y ese es el precio primario que paga por su derecho a vivir en sociedad que en correspondencia le permite la realización de su vida. El ser humano solo, individual, librado a si mismo para la satisfacción de sus necesidades es tan sólo una abstracción o simple experimento intelectual, afirma el sicosociólogo alemán, Philipp Lersh.
Las ordenaciones son indispensables para la evolución, desarrollo y progreso de la especie humana a condición que cada norma, regla o delineación del comportamiento social sea aceptada por el hombre en uso de la libertad; en consecuencia, ésta es requisito fundamental para la existencia y valoración social de la ética. La práctica de la libertad presupone la voluntad consciente del individuo para actuar en determinado sentido con absoluta responsabilidad social y con pleno conocimiento de sus derechos individuales y de los derechos humanos, civiles y políticos, económicos, sociales y culturales de la colectividad, del grupo, del sector social en el que vive, al que se pertenece y en que interactúa. La condición esencial del ser humano es su dependencia e interdependencia de la sociedad, de la que tanto recibe como da, en cuanto tiene oportunidad de hacerlo; pues, el hombre es un ser social por naturaleza y a esta situación debió referirse Aristóteles cuando definía al hombre como un "zoon politikón" (animal político).
No cabe duda alguna que las normas éticas regulan la existencia humana porque sus principios guían, orientan, determinan, no sólo los actos humanos sino, fundamentalmente, porque pretenden ordenar o normar las formas conductuales individuales y colectivas. Por esta razón, pese al dinamismo evolutivo de los valores morales ya que las concepciones de la ética concluyen en que es una ciencia que surge de hechos sociales concretos provenientes del sistema socio-económico-cultural; su observancia y práctica es un asunto personal-individual, dimanado por la sociedad pero usado por la razón y voluntad de cada componente del grupo social.
Sin que importe el grado de evolución económica, social, política y cultural de los grupos o sociedades humanas, cada uno posee particulares normas éticas cuya inobservancia castiga el grupo, la sociedad o su ordenamiento legal y político a través de las diversas formas y concepciones del Estado, que en nombre y supuesta representación de todos sus miembros, dicta leyes que mandan, prohíben o permiten. No existe sociedad o grupo carentes de normas.
Esta singular percepción de cohesión social es fundamental en el momento en que cada grupo se considera con derecho a expedir sus propias normas ético-culturales, situación que impulsa a los sectores profesionales a normar sus actividades a través de la adopción de reglas inscriptas en códigos de ética y conducta profesional.
Cada profesión tiene sus propias normas, sus reglas, ordenaciones que mandan, permiten o prohíben. La violación de esas normas presupone una serie de castigos que incluye la expulsión definitiva del grupo profesional y la prohibición del ejercicio de la profesión, si la falta es tan grave que amerite esa enérgica sanción.
El distinguido periodista ecuatoriano y profesor universitario, Fabián Garcés, prematuramente fallecido, en su obra "Ética en la Comunicación " cita a Aquiles Méndez para tratar de ampliar la concepción de la ética profesional, quien afirma: "Reuniendo todas las cátedras de moral de cualquier procedencia histórica y de cualquier posición ideológica (materialista o espiritualista, religiosa o racionalista ), por encima de los desacuerdos verbales y de las desavenencias escolásticas, hay una conciencia unánime sobre dos puntos fundamentales:
a) uno, de orden teórico: la sabiduría depende del dominio del espíritu sobre los sentidos
b) otro, de orden práctico hacer el bien y evitar el mal o más concretamente, "haz el bien a tus semejantes”.
De lo que se trata es de normar la práctica profesional a través de concepciones morales definidas en códigos o estatutos a partir del conocimiento del bien y su práctica libre, razonada, voluntaria y responsable. Fabián Garcés señala con mucho acierto que a la ética o moral profesional suele definírsela como " la ciencia normativa que estudia los deberes y los derechos de los profesionales en cuanto tales". Es lo que se ha bautizado como " deontología”. El concepto medular de la ética profesional es la moralidad. Pero, por la trascendencia social y humana de la profesión (periodista más que comunicador social) también tiene particular relieve el derecho, la sociedad entendida como solidaridad humana, la tradición, las costumbres, la virtud y otros valores..."
Los periodistas- comunicadores tienen graves responsabilidades básicas: Informar y orientar a los pueblos para satisfacer el derecho social de la información y para guiar, educar, concienciar a los grupos humanos sobre los asuntos que tengan trascendencia y sean de interés público o afecten directa o indirectamente a la existencia y desarrollo de la sociedad. Lamentablemente, en sistemas capitalistas como el ecuatoriano que además soporta un capitalismo subdesarrollado y dependiente "el interés del público se halla subordinado al afán mercantil, lo cual obliga a los comunicadores a vulgarizar su producción", según afirmaba Luís Ramiro Beltrán, en tanto que el prematuramente fallecido periodista ecuatoriano, Lincoln Larrea sostenía que si la información es un bien social, se hace necesario que "se oriente hacia la concienciación de los ciudadanos para asegurar la completa comprensión de los procesos económicos y políticos...". Lincoln Larrea fue un brillante periodista y un abogado de extraordinaria solidez intelectual y moral.
Sobre este problema, Rubén Astudillo considera: "No es justo exigirle un comportamiento ético exclusivamente al comunicador. También hay que pensar en una ética del lector, o del espectador. Una sociedad ávida de sensacionalismo no es el mejor incentivo para el comunicador honesto. Opera una doble ética: la del que entrega el mensaje y la del que lo recibe". La cuestión es absolutamente ética si se entiende que al periodista-comunicador debe estarle negado procesar mensajes que satisfagan los bajos instintos de la gente, que exciten la morbosidad y los vulgares apetitos; y, por otra parte, es necesario pensar en los niveles educacionales y culturales de la población, pues un público educado y culto exige de los medios de comunicación, mensajes con altos niveles culturales. La vulgaridad siempre es una ofensa a la conciencia ética de los perceptores de mensajes. Pero en una sociedad mercantilista, lo deseable desde el punto de vista ético se estrella contra las exigencias económicas de la empresa de comunicación.
Nadie puede negar que mientras más sangre se derrame en las páginas amarillistas de la crónica roja de los periódicos, más ejemplares se venden o más sintonía alcanzan los canales de televisión y radiodifusoras que le dejan ver u oír informaciones relacionadas con crímenes y toda clase de delitos. Ante las necesidades materiales-económicas de los empresarios ansiosos de mayores ganancias, la ética siempre pierde.
Las concepciones de la ética de los medios de comunicación social insertos en el capitalismo o sirvientes de ese sistema, están íntimamente relacionadas con las definiciones de economía de mercado, libre empresa y libre competencia. La noticia es una mercancía, un producto industrial que debe dejar utilidades. Los derechos de los periodistas-comunicadores, la responsabilidad social del periodista, el derecho de los pueblos a la información; son simples paparruchadas que molestan la efectiva realización de los negocios, la obtención de utilidades prontas y generosas.
Las normas éticas se subordinan al valor comercial de la información, es decir al valor dinero. Para los empresarios de la comunicación vale el consejo del moribundo padre judío a su hijo: " Haz dinero honradamente, pero de todas maneras haz dinero..."; esta parece ser la premisa en la que se mueven los dirigentes y propietarios de la industria de la información y comunicación en el sistema capitalista y así lo confirma el pensamiento de Peter Hamilton, del famosos World Street Journal cuando enfáticamente decía: "Un periódico es una empresa privada que no le debe nada al público, el cual no le concede ninguna franquicia. Por consiguiente, no tiene nada que ver con el interés público. Es categóricamente, propiedad del dueño, quien vende un producto manufacturado a su propio riesgo".
Estas formas de entender el papel de la prensa en el sistema capitalista, impulsaron a que sean cuestionadas por parte de comunicadores sociales, periodistas y gremios, cuyas inquietudes, investigaciones, experiencias, fueron recogidas por diversos centros de investigación de la comunicación o por investigadores de los efectos de los mensajes difundidos por los medios de comunicación; estudios que demostraron el rol negativo de las concepciones capitalistas de la práctica del periodismo y de la ética.
Luís Eladio Proaño, distinguido periodistas ya fallecido, ex-Director del Centro Internacional de Estudios Superiores de Comunicación Social para América Latina ( CIESPAL ), dijo tajantemente: "Un periodismo responsable jamás podrá admitir la fórmula nocivamente simplista que define la libertad de prensa como negocio y peor todavía, como sólo negocio. Tampoco es admisible que la obligación de informar no admita ninguna limitación en cuanto a los medios que se utilizan para lograr la noticia. La primera obligación de todo periodismo profesional es la de ser y permanecer libre. La libertad está expuesta a presiones de toda clase que proviene de gobiernos, de ideologías políticas, de grupos de presión y de compromisos y alianzas de interés económico. Muchas son las preguntas que a este respecto podrían plantearse: ¿Hasta qué punto el monopolio de un medio o varios medios pone en peligro la libertad? ¿en qué medida los anunciantes la coartan? ¿cómo evitar el impacto que la manipulación experta de los medios de comunicación llevada a cabo por hábiles relacionadores públicos y líderes políticos, puede causar en un público desprevenido? ".
Son múltiples los problemas, aspectos, fundamentos, deberes, derechos, efectos y defectos de la comunicación social que intervienen cuando se habla de ética de los periodistas y de los medios de comunicación social; factores que se ahondan al tratar de normar prácticas empresariales y comunicacionales que deben estar establecidas en diversos códigos de ética, a partir de las definiciones conceptuales de libertad de prensa y expresión del pensamiento, el derecho de los pueblos a estar informados, la responsabilidad social de los periodistas-comunicadores, las políticas de comunicación, el uso de la verdad, las prácticas de censura y autocensura y revisión o eliminación de conceptos tales como la objetividad, subjetividad, imparcialidad y neutralidad de los periodistas y lógicamente las deformaciones profesionales que conducen a abusos en la práctica profesional.
Se ha demostrado que es imposible la objetividad en los seres humanos y mucho más en los periodistas. Nadie puede ser imparcial o neutral. El verdadero periodistas es un profesional comprometido con la verdad y con la defensa de los intereses, sueños y esperanzas de sus pueblos o es comprometido con los intereses empresariales de los medios de comunicación a los que sirven o comprometidos con el poder político o económico de sus patrones, pero no hay lugar para la neutralidad.