RAFAGAS DE VIENTO EN LA RAMBLA 



SEMANA SANTA LLAMADA SEMANA DE TURISMO 



Fausto Jaramillo Y.
Ráfagas de viento me asaltaron mientras caminaba por la Rambla que bordea al Río de la Plata en Montevideo, intentando arrojarme al suelo; asombrado por su fuerza, decidí volver a la habitación donde estaba hospedado y gastar la tarde y noche del viernes de Semana Santa, a la que los ciudadanos de este laico país, llaman “semana de turismo”, frente al televisor y asistiendo, a la distancia, al partido de fútbol entre las selecciones de Uruguay y Brasil.
Ya en casa y luego de vestirme de manera cómoda e informal, me senté frente al televisor y lo encendí. Creí que aún era temprano para el partido y busqué algún programa de noticias. Quería juntarme a la distancia, a los miles de ciudadanos del mundo que rendían homenaje a las víctimas de los atentados en Bélgica. Apenas tres días antes, la consciencia humana había sido sacudida por las explosiones de bombas explosivas pegadas a los cuerpos de dos suicidas y que junto a las suyas habían terminado la vida de más de un centenar de personas inocentes que deambulaban por las cercanías del aeropuerto y del metro de Bruselas.
También hubiera querido caminar hasta el Camp Nou junto a los miles de fanáticos barcelonistas y expresar mi pena por el fallecimiento del holandés Hendrik Johannes Cruijff, mejor conocido como Johan Cruyff, y que como jugador y como entrenador llevara a la gloria al equipo catalán. Claro, yo lo vi jugar (por televisión, por supuesto) en aquel campeonato mundial en Argentina cuando la “naranja mecánica” brillo bajó la batuta de este extraordinario jugador.
La muerte de un ser humano, cualquier ser humano, futbolista famoso, anónimo transeúnte de las calles de cualquier ciudad, pasajero de un ómnibus accidentado, migrante asustado, o niño indefenso, ahogado, mientras su familia busca una mejor vida, no me es indiferente, la siento como cercana y me remite a la mía propia, la que vendrá en cualquier momento del que no tengo conocimiento.
No tuve suerte; para los noticieros uruguayos esos eventos ya habían pasado a la historia y, esa noche transmitían con ilusión y optimismo lo que para los productores, reporteros y presentadores era digno de relievarse: el fútbol.
Se anunció el cambio de programación: desde las 17h00 hasta las 21h45, hora en que estaba previsto el partido de su selección frente a la de Brasil, en Pernanbuco, se lo iba a dedicar a la “previa”, es decir a que sus comentaristas deportivos, reporteros, enviados especiales y productores presentaran sus recuerdos, ideas y comentarios sobre los antecedentes del partido, sus anhelos y esperanzas, dejando volar su imaginación hasta convertir en realidad lo que hasta ese momento era apenas una ilusión. Eran más de 4 horas en las que solo se hablaría de fútbol y de la selección uruguaya. Yo no podría resistir.
Busqué un canal argentino y cuando lo encontré transmitía una reseña corta de la visita del presidente de los Estados Unidos, Barak Obama, a tierra argentina. Seguí bajo el embrujo del zappin hasta encontrar Radio y Televisión española que durante unos pocos minutos cubrió mi anhelo de saber del dolor que inundaba Europa, aunque no faltó la nota televisiva sobre unos repugnantes blancos desadaptados que pretendían anteponer sus ideas xenofóbicas y racistas frente a los miles de ciudadanos belgas que encendían velas en los lugares donde un centenar de personas perdiera su vida.
Volví a la televisión local. Después de todo, yo era un extranjero en tierra gaucha y quería conocer, aunque superficialmente, la manera de pensar y actuar de los habitantes de ese país. Debía contentarme con lo que me ofrecían. La “previa” mostraba tomas de archivo sobre lo que en el pasado había sucedido en los estadios del mundo donde se habían enfrentado Uruguay y Brasil, mientras sesudos e inteligentes analistas dejaban caer sus patrióticos comentarios.
Luego pude enterarme de la agenda de la selección uruguaya luego de su arribo a Pernanbuco, y de la gigantesca apuesta de Luis Suárez con Neymar, consistente en, nada más y nada menos, una hamburguesa. Lo que los comentarista no sabían y les causaba malestar era saber si la moneda de la apuesta era pequeña o grande; tampoco sabían lo que contenía: pan, queso, carne, lechuga y tomate y ¿qué otro ingrediente?, ¿sería solo para ellos o para todos los jugadores de sus equipos?, ¿con qué bebida acompañarían los dos jugadores, la comida apostada?, si con vino o con cerveza, si con gaseosa o con un “mate”; en fin, era una discusión sesuda y profunda la que planteaban dichos comentaristas y, lo digo con cierta vergüenza, yo no la entendía, seguramente porque no soy brasileño ni uruguayo.
Mi angustia fue tal que levantándome de mi asiento, me dirigí al refrigerador a buscar, yo también, algo que se asemejara a la hamburguesa de la apuesta, pero no encontré nada de lo previsto. Recordé, eso sí, que dos días antes, había acudido al mercado del puerto de Montevideo a degustar de la “mejor parrillada del mundo”. Allí en un ambiente cerrado, en un local de grandes dimensiones, como un coliseo, donde antiguamente se vendían los productos sacados del Río de la Plata, y los que llegaban a desembarcar en el cercano puerto, se habían instalado más de una docena de restaurantes que ofrecían a lugareños y turistas lo mejor de la gastronomía del país. Allí, las parrillas instaladas sobre brazas de carbón, a las que se les ofrecía la carne para su cocción, llenaban el ambiente de un delicioso olor a grasas y a chimichurri. Pedí una botella de vino Tannat, propio del Uruguay, un tanto dulzón, diferente al seco Merlot, pero que acompaña de manera deliciosa a la picaña, al lomo fino, al asado de tira, a la morcilla, al chorizo, a la chuleta, al cuadril y a la costilla. Al final de ese almuerzo, mi paladar quedó satisfecho, lo que no sucedió con mi bolsillo, pues, los precios corresponden, como no podía ser de otra manera, a precios para turistas.
Tal vez, por una extraña asociación de ideas, me vino a la mente lo que un amigo me había comentado cuando supo que viajaría a Montevideo; me dijo: “allí encontrarás que los uruguayos solo tienen dos comidas: pastas y carne”. Creo que tenía razón. En el refrigerador yo no tenía ninguna de las dos y debí contentarme con algunas galletas y un vaso de “guaraná”, la bebida refrescante fabricada en Brasil y que de casualidad la había encontrado en una pequeña tienda de víveres del barrio donde estaba alojado.
Retorné al sillón para seguir las notas de la “previa” y ahora los comentaristas hablaban sobre el retorno de Luis Suárez a la selección luego de casi dos años de ausencia. Claro, no podía ser de otra manera, solo se mencionaba que había sido la FIFA la que le había sancionado, pero no se recordaba el motivo de la sanción impuesta; eso había que olvidar. Lo verdaderamente importante era que nuevamente vestiría la camiseta celeste y esta vez, además con el brazalete de capitán. Las imágenes recordaban que este jugador ostentaba el record, (mayor número de goles) de un jugador uruguayo, vistiendo el uniforme de su país, en partidos oficiales: 42. Todos esperaban que esa noche ese número quedara en el olvido y diera paso a otro mayor.
En el corte de la transmisión para dar paso a comerciales me llevé otra sorpresa. De los 5 anuncios que conformaban el bloque, 3 estaban directamente relacionados con el fútbol. Uno planteaba en las imágenes las nuevas camisetas de la selección uruguaya, vestidas por un jugador llamado Diego Godín, que en el comercial usaba todas las camisetas, pantalonetas, trajes deportivos y zapatos de la selección. Un excelente comercial de la industria textil de su país, con hermosas tomas y una efectiva edición, acompañada de una melodía que, supongo, debe ser muy conocida por esos lares; el segundo era auspiciado por una asociación médica uruguaya, en la que jugaban con el fútbol como instrumento para transmitir a los niños grandes valores humanos como la honestidad, el coraje, la solidaridad y el trabajar en equipo y el tercero y final corto publicitario pertenecía al tradicional equipo de fútbol de Uruguay, el Peñarol, club en el que jugó y triunfó nuestro compatriota Alberto Spencer, que anunciaba para el domingo siguiente la inauguración de su estadio al que lo habían bautizado como Estadio Campeón del Siglo, pues, según las estadísticas, Uruguay había logrado en el siglo XX, el mayor número de campeonatos internacionales, 19 para ser exactos, mientras que Brasil, aparece segundo en esas estadísticas con 17 campeonatos; Argentina aparece con 13; Alemania con 6; Italia con 5, España con 4, y finalmente Chile con 1 campeonato. Además el Peñarol era, según estas estadísticas, el equipo con mayor número de campeonatos internacionales alcanzados y por ello el nombre de su estadio.
De pronto el silencio me llamó la atención. La televisión seguía sonando, el silencio era afuera, en la calle. Pero un silencio extraño había invadido la ciudad. Era como si de pronto ésta durmiera. Las gentes no caminaban por las aceras ni por las calles y los autos no circulaban. Era ya la noche y el comercio, la industria y la banca estaban cerrados, pero ¿y los bares? ¿los sitios de reunión? Nada, ninguno estaba abierto, al menos en el barrio donde estaba hospedado.
La capital uruguaya, construida junto al Río de la Plata, que parte desde la Rambla y se adentra hacia una suave colina que atraviesa la ciudad de Este a Oeste estaba en silencio. Sobre la cima de la antedicha colina, las dos principales avenidas: la 18 de julio y el Bulevar Artigas cortan de este a oeste a la ciudad; en ellas están los parques y principales edificios que guardan la historia de esta nación, especialmente la primera, la 18 de julio, una fecha que demuestra que a los uruguayos no les importa recordar las gestas de su independencia, y tienen mayor cuidado con las de su constitución como República en 1830. En cambio, la segunda, resalta al mayor de sus héroes y personajes: José Artigas. Ambas son la pasarela viviente donde puede admirarse la belleza de sus mujeres, morenas la mayoría, de cabello negro, lacio y sedoso, rostros armoniosos y cuerpos esculturales.
Las laderas de esta colina son el refugio de los barrios donde la vida pacífica y tranquila de sus habitantes, se muestra en su máxima expresión. Los embotellamientos y atracones de tránsito comunes en toda gran ciudad, aquí casi que no se producen, ni siquiera en las amplias calzadas de la Rambla, por donde circulan el mayor número de vehículos, al menos eso fue lo que pude constatar, tal vez porque, como ya lo dije, la Semana Santa es la semana de turismo en este país, y los habitantes de la capital salen a disfrutarla en el interior y en las playas. En todas las esquinas montivedeanas, sendos semáforos dirigen el tránsito y sus señales son estrictamente obedecidas por los conductores y peatones. Por supuesto, nadie grita y los viandantes caminan en silencio o conversando en voz queda; unos van de prisa mientras la mayoría se moviliza a paso pausado; los buses recorren la ciudad casi sin sonar sus motores y casi, casi, me atrevo a suponer que los vehículos que por allí circulan, carecen de pitos o bocinas. Pero, el silencio que yo escuchaba, tenía más de recogimiento religioso que de un rito de viernes Santo.
La causa de ese silencio, supongo, era que había llegado la hora del inicio del partido. Con cierto retraso, las dos selecciones salían al campo de juego, la verde-amarelo había olvidado el verde y vestía pantaloneta blanca; la celeste vestía su nuevo uniforme hecho de una fibra sintética que, según los comentaristas, absorbía de manera más rápida y con mejor resultado, el sudor del esfuerzo del deportista.
Tras la ceremonia de rigor con himnos incluidos, el árbitro argentino Nestor Pitana, anunció el inicio del partido. Bueno, ahora si debía quedarme sentado frente a la pantalla y gozar de las delicias de este deporte.
Sorpresa mayúscula, apenas habían transcurrido segundos desde que se inició la justa deportiva, y en el primer ataque brasileño, se produjo el gol que enmudeció mucho más el silencio que yo había percibido en la ciudad. Brasil 1, Uruguay 0 en el primer minuto.
Veinticuatro minutos más tarde otro gol de Brasil, esta vez, el culpable fue el propio defensa uruguayo. Se venía una tormenta.
La angustia tuvo su respiro. El árbitro anunció el fin del primer tiempo y los jugadores marchaban hacia sus camerinos. Las tomas de la televisión demostraban el cambio del color de la camiseta de Uruguay: de celeste que mostraban los jugadores considerados suplentes, a un azul oscuro que mostraban quienes habían corrido los 45 minutos. Si el cambio de color era una prueba de la bondad de las fibras sintéticas, pues, había pasado la prueba.
Un comentarista prendió mis alarmas, en algún momento reclamó como “Patrimonio Nacional”, el que Uruguay, siempre, y en todo tema, sufría al comenzar, para luego superar la adversidad. Sus palabras fueron algo así: “Es patrimonio nacional el venir desde atrás y luego traspasar la desgracia”.
¿Será? Mirando la historia de ese país puede afirmarse algo así. Primero fue la víctima de la guerra entre españoles y portugueses debido a su ubicación geográfica en la desembocadura del Río de la Plata. Allí están las ruinas de fuertes y guarniciones militares en Colonia, Punta del Este y la puerta de entrada de piedra que aún conserva Montevideo a un costado de la Plaza de la República en el centro de la ciudad. Luego, en los años de las luchas independentistas, Brasil y Argentina disputaron la posesión de este territorio, pero cuando comprendieron que si se miraban como vecinos, la paz sería mucho más difícil de alcanzar, y por eso dieron paso a la formación de un nuevo país llamado Uruguay; es decir, las aspiraciones independentistas de Artigas debieron sufrir muchos traspiés antes de alcanzar el título de República independiente.
En épocas recientes, los dos partidos tradicionales: el Blanco y el Colorado, se habían sucedido en el poder creando el espejismo de una paz amodorrienta que escondía las inmensas inequidades, las que estallaron cuando en la década de los años 60 un grupo de jóvenes idealistas se unieron para conformar las guerrillas urbanas Tupamaros, poniendo en jaque y en pindingas dicha paz.
Ahora, tras 15 años de ausencia de dichos partidos tradicionales y la presencia del Frente Unido de Izquierda, la política sigue su ritmo, pero la economía amenaza su suelo, donde no existen grades recursos, ni petróleo ni mineral alguno que pueda sostenerla; las pequeñas y no tan numerosas industrias tampoco; la agricultura y la ganadería, cuyo verdor y abundancia, así como los hatos ganaderos, numerosos y bien cuidados, que se admira en los costados de las carreteras que unen las pequeñas ciudades con la capital, son las que sostienen el desarrollo de este pequeño país.
El segundo tiempo comenzó mostrando un cambio de mentalidad de los jugadores de Uruguay. Los de Brasil, aunque mostrando cierto nivel de cansancio seguían el mismo esquema, es decir, parar los ataques del rival e intentar salir por las bandas y buscar a Neymar. En un par de ocasiones casi lo consiguen; pero sería la Celeste la que en dos ocasiones: a los 30 minutos del segundo tiempo y a los 47, los que lograron la paridad, con sabor a hazaña.
La televisión enloqueció cuando Luis Suárez consiguió que una pelota empujada por él, ingrese al arco brasileño. Allí sí, los comentaristas uruguayos no escatimaron adjetivos calificativos positivos para dirigirse a este jugador: el “rompedor”, “destructor”, “transformer”, etc., etc., sonaban como alabanzas. Uruguay había empatado el partido y nuevamente el pedido de declarar al sufrimiento como patrimonio nacional, como incentivo para alcanzar los triunfos se hizo presente. A mí me pareció que reclamar, públicamente, dicho patrimonio, era similar a aceptar que el uruguayo sufre de un masoquismo social. ¿Será?
Al final del partido, los comentaristas continuaron con sus peroratas, aunque ahora matizadas con la invitación a que los ciudadanos de Montevideo asistieran a la inauguración del estadio del Campeón del Siglo que se realizaría el siguiente domingo. El fútbol continuaba presente y el ruido de la ciudad volvía a sus niveles habituales.