LAS DERECHAS POLÍTICAS Y MEDIÁTICAS MANIPULAN GRAVES ERRORES DE GOBIERNOS PROGRESISTAS PARA DERROCARLOS 



LAS DERECHAS LLEGAN AL PODER PARA IMPLANTAR EL NEOLIBERALISMO  



Rodrigo Santillán Peralbo
La derecha continental avanza imparable. Triunfó de manera aplastante en Venezuela y ahora gesta un golpe de Estado “constitucional” para derrocar al presidente Maduro. Macri es el presidente de las derechas fascistoides de Argentina y arrasa con conquistas sociales, laborales, derechos humanos, paga “los fondos buitre” y despide a miles y miles de trabajadores tras haber conformado un gobierno empresarial-neoliberal.
En Brasil, al igual que en Venezuela, las derechas políticas, en contubernio con la Embajada de Estados Unidos en Brasilia, ejecuta paulatinamente un golpe de Estado para derrocar al gobierno legítimo de Dilma Rousseff.
En Bolivia, Evo Morales perdió el referéndum y la posibilidad de ganar otro mandato. En Ecuador, es evidente la inconformidad del pueblo con el gobierno del presidente Correa que, según ha reiterado públicamente, no participará en los procesos electorales del 2017.
El premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel sostiene que el avance de la derecha es “imparable” desde el golpe de Estado de Honduras, Venezuela, Paraguay; de ahí en adelante; los llamados golpes blandos, en complicidad con los poderes judicial, político y empresarial. Y en este panorama no podemos dejar a un lado a Haití, donde después del golpe de Estado (el segundo golpe fue en 2004) las tropas de la Minustah se instalaron definitivamente.”
¿Insostenible retroceso de los llamados gobiernos progresistas-revolucionarios? Han cometido muchos errores en la administración de recursos naturales y económicos y han irrespetado derechos y libertades. Una tragedia se cierne sobre este Continente con las derechas triunfantes y las izquierdas fraccionadas.
Detrás de los procesos desestabilizadores que posibilitan el avance de las derechas en la recuperación de espacios y de poder político, siempre estarán las Embajadas de Estados Unidos que no sólo financian a los opositores de los gobiernos autodenominados “progresistas y revolucionarios”, sino que también brindan asesorías, impulsan propaganda y campañas mediáticas con la complacencia de los poderosos dueños de medios de comunicación que se identifican con las derechas o pertenecen a ellas, con toda la carga de las ideologías, incluso radicales y fascistoides.
Las embajadas de Estados Unidos con la CIA y demás agencias de espionaje y contraespionaje de la NSA manejan, con todos los medios a su alcance, a políticos de las derechas opositoras. La NSA cuenta con un presupuesto superior a los 61 millones de dólares, cantidad suficiente para desestabilizar a países con gobiernos no obedientes al dictado imperial y propiciar “golpes blandos” contra ellos.
Estados Unidos en su papel imperial ya no necesita generales o coroneles formados en la Escuela de las Américas para dar golpes de Estado e imponer las más crueles dictaduras. Ahora utiliza métodos más sutiles, “constitucionales y democráticos” para deshacerse de gobiernos desafectos o peligrosos para sus fines y objetivos geopolíticos.
Recurre a los “golpes blandos” como en Honduras (2009) y Paraguay (2012) o como práctica sistemática de desestabilización. Brasil es el último éxito de la política injerencista de Washington que, al sacar a Dilma Rousseff del poder, agrede a toda la región. Peligran los procesos integracionistas: Alba, Unasur. Celac y Mercosur.
La injerencia de la Casa Blanca en Venezuela es cínica y descarada al declararla por decreto que es un peligro para la seguridad nacional de Estados Unidos. En Brasil usó de su poder mediante la Embajada y la CIA para manipular a los políticos más corruptos de ese país, enriquecidos con el dinero de Petrobras. Esos políticos procesados por la justicia, son los que desde las Cámara de Diputados y del Senado, decidieron iniciar un juicio político y dar un golpe de Estado contra la Presidenta que, además, tuvo el pecado de haber sido guerrillera, comunista y miembro del Partido de los Trabajadores, lo mismo que Lula.
Los corruptos los acusaron de corrupción para reinstalar el modelo neoliberal en Brasil que ya se instauró en Argentina y poner fin al Mercosur. Estados Unidos ansía recuperar sus espacios hegemónicos en Latinoamérica, acabar con los BRICS iniciado por Rusia, China, Brasil, Sudáfrica, para consolidar la Alianza del Pacífico e imponer el libre comercio sin indeseables estorbos. Gobiernos como los de Dilma son amenaza para la supremacía estadounidense. Entonces hay que liquidarlos y, para ello, recurren al poder mediático: monopolios de la comunicación e información que manipulan la conciencia de los pueblos, sobredimensionan los errores de gobiernos y la innegable corrupción o la traición a los ideales de transformación y cambio latentes en los sectores populares.
Las grandes empresas de comunicación cumplen fielmente el papel asignado por el imperio y las oligarquías, al ser muy eficaces en la reproducción de la ideología dominante, propia del capitalismo imperial y de sus lacayos esparcidos en el mundo. Los oligopolios de la comunicación suelen manipular, tergiversare hechos y realidades para su particular beneficio o intereses de las clases dominantes que no desean perder un sólo ápice de sus privilegios que, consideran, estarían en peligro con la existencia de los denominados gobiernos progresistas y revolucionarios, a los que suelen acusar de arbitrariedades y violaciones referidas a la libertad de prensa, confundida a menudo, con libertad de empresa.
La comunicación empresarial, para “defender la libertad de expresión del pensamiento” garantizada por la ONU, y muchos documentos e instrumentos internacionales que consideraron el legítimo derecho de los pueblos a la información; desde su particular concepción ideológico- política, recurren a organismos tales como la Sociedad Interamericana de Prensa -SIP-, denunciada como un mecanismos usado por la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos -CIA- para sus fines propagandísticos y desestabilizadores e inclusive recurren a organismos internacionales de derechos humanos.
La realidad demuestra que no son sólo los gobiernos progresistas los que declararon a la prensa y a los periodistas como sus enemigos a los que hay que arrinconar y maltratar, sino también los gobiernos de las derechas fascistoides y neoliberales que han agredido a la prensa y sus miembros en Argentina y Brasil, con similares argumentos que utilizaron cuando estaban en la oposición. En estos tiempos, el periodismo soporta ataques virulentos desde las izquierdas cobijadas por el Socialismo Siglo XXI y derechas violentas con ansias de venganza.
Insultar a la prensa y a los periodistas con todos los adjetivos imaginables ha sido y es una actividad vergonzosa de los gobiernos progresistas y revolucionarios, de conformidad con la incompleta y en no pocas ocasiones, la mal aplicada teoría del Socialismo del Siglo XXI, como si la dialéctica preconizada por Marx y el Socialismo Científico, ya no sirviesen en estos tiempos.
Si graves errores cometen los gobiernos progresistas-revolucionarios en sus relaciones con la prensa, otros vicios e inmensos pecados, propios de los gobiernos derechistas, reaccionarios y fascistas se han convertido en realidades despreciables, en los años de la “revolución” nunca iniciada. De esos errores mayúsculos se aprovechan las grandes cadenas de comunicación social para desprestigiar a la revolución, a las izquierdas y al Socialismo Siglo XXI. Entre otros errores mayúsculos se podrían destacar, por ejemplo la concentración del poder, el autoritarismo, la corrupción galopante.
Elegidos con el voto popular, según los cánones de las democracias occidentales y cristianas, los gobiernos progresistas comenzaron a depender de un caudillo único e irremplazable que, paulatinamente, acapararon todo el poder del Estado, tanto que el caudillo en el poder se confunde con el mismo Estado, y si fuese posible se declararía, como el Rey Sol Luis XIV, de Francia: “El Estado soy yo”.
Ama tanto el poder que se transforma en un megalómano que no es otra cosa que un desorden de la personalidad que consiste en una “condición psicopatológica caracterizada por fantasías delirantes de poder, relevancia, omnipotencia y por una henchida autoestima” Ese delirio de grandeza y sobrenatural autoestima convierten al gobernante en un peligro para su pueblo, ya que cuando sus delirios se desbocan puede decir u ordenar sobre asuntos que a menudo terminan por desprestigiarlo, o causar un terremoto socio-político-económico, cuya víctima es el pueblo por el que dicen luchar y trabajar..
Esa misma megalomanía conduce al gobernante a la excesiva concentración del poder que origina el caudillismo, es decir, un sistema político en el que se centraliza o concentra todo el poder del Estado en una sola persona o grupo. El caudillo proviene de una figura política maquillada o exaltada por la propaganda.
La concentración del poder en una sola persona, fácilmente se deriva en dictadura, inclusive, con ropaje constitucional y “democrático”. Esa persona se autoconsidera líder indiscutido de una determina idea de gobierno que puede ser nacida en su cerebro enfermizo o creada por su equipo de áulicos que obedece ciegamente las órdenes del caudillo en el poder. La concentración del poder es una causa de las principales dictaduras a lo largo de la historia mundial. También “significa concentrar o burocratizar y centralizar los poderes y la administración del Estado en un solo lugar o en a una sola persona.
La concentración del poder da paso al autoritarismo que es “un modo de ejercer el poder de una forma autoritaria. Se entiende también como una actitud abusiva de la autoridad. Esta palabra se utiliza especialmente para describir sistemas de gobierno autoritarios de una nación o país. “El autoritarismo, entendido como forma de gobierno autoritario, se ha dado a lo largo de la Historia de la Humanidad. El autoritarismo es una de las características de sistemas dictatoriales… En el contexto de las relaciones sociales, un ejemplo clásico de autoritarismo es el que, en ocasiones, se da en el entorno familiar. Se considera que existe un autoritarismo cuando los padres ejercen la figura de autoridad, de una manera represiva, con fuertes normas y en ocasiones con métodos de control violentos.
En el autoritarismo, de una forma genérica, se puede encontrar una serie de características diferenciadoras. Una de ellas es la existencia de normas o leyes represivas que restringen la libertad. En muchos casos, se trata de medidas arbitrarias y que no responden a la justicia. El poder se concentra en unas pocas personas, grupos o una sola persona que ejercer el poder sin dar lugar a negociaciones. El autoritarismo no se corresponde con una única ideología, ya que se trata de una forma de ejercer el poder y la autoridad sin concesiones y menos con diálogos. El autoritario sólo cree en sí mismo.
Una democracia o sistema democrático puede derivar en autoritarismo cuando a través de variados medios como el ejército o la legislación, se ejerce el poder de manera unilateral y represiva sin buscar el consenso social. Algunos líderes elegidos democráticamente han ejercido su poder de forma autoritaria, estableciendo leyes que corrompen la idea de democracia real y participativa. Esto ocurre especialmente cuando un partido que obtiene mayoría absoluta utiliza esa ventaja para realizar cambios, por ejemplo, en el sistema de acceso al poder” o cambios en las constituciones políticas, con el propósito de garantizar al líder-caudillo la permanencia en el poder, mediante aparentes elecciones libres y democráticas a condición que los pueblos los reelijan indefinidamente. ¿Si no es así, quién va a dirigir el gobierno “revolucionario al servicio del pueblo?”
“En definitiva el autoritarismo es un régimen político que se basa en el sometimiento absoluto a una autoridad:
El autoritarismo es característico de las dictaduras", es el abuso que hace una persona de su autoridad...
Autoritarismo, en las relaciones sociales, es una modalidad del ejercicio de la autoridad que impone la voluntad de quien ejerce el poder en ausencia de un consenso construido de forma participativa, originando un orden social opresivo y carente de libertad y autonomía…. “ “En ciencia política el concepto de "autoritarismo" no tiene una definición unívoca, lo que permite identificar como autoritarias muchas y muy diferentes ideologías, movimientos y regímenes políticos. Algunas definiciones lexicográficas son simplificadoras: "sistema fundado primariamente en el principio de autoridad" -es decir, que no admite crítica."
“El autoritarismo deviene en el abuso y exceso de la autoridad que aplasta la libertad, por tanto, más que representar lo opuesto de democracia, el autoritarismo significa lo contrario de libertad". Otras definiciones conceptuales se hacen por acumulación de términos que, si bien pueden entenderse como relacionados, no son estrictamente sinónimos ("la doctrina política que aboga por el principio del gobierno absoluto: absolutismo, autocracia, despotismo, dictadura, totalitarismo").. Las que pretenden precisar rasgos se centran en cuestiones como "la concentración de poder en manos de un líder o una pequeña élite que no es constitucionalmente responsable ante el cuerpo del pueblo", el "ejercicio arbitrario del poder sin consideración de otros cuerpos" que puedan limitarles (separación de poderes), y la inexistencia de mecanismos que permitan una efectiva alternancia en el poder, como las elecciones libres multipartidistas... “
Para ejercer el autoritarismo, el gobernante se convierte en megalómano; que es la persona que ama el poder por sobre todas las cosas. En el año 2009 los británicos David Owen y Jonathan Davidson publicaron en la revista Journal of Neurology el artículo “Síndrome de hybris: ¿un desorden de personalidad adquirido?”, iniciando una polémica que creció con la edición de “En el poder y en la enfermedad y The Hubris Syndrome”, según una nota de Jaime Durán Barba.
El gobernante que padece el síndrome del hybris, sufre de un exceso de confianza en si mismo ya que reserva para sí, la exclusividad absoluta en la toma de decisiones; es decir no escucha opiniones ni siquiera de sus más cercanos asesores y menos aún busca consejo o palabras de aliento que, si las hay, no le importan. Inclusive si hubiese personas reconocidas por su sabiduría y experiencia que expresan opiniones válidas, simplemente las desprecia.
Este tipo de gobernante se considera único, una especie de enviado de Dios para resolver los problemas y angustias de los pueblos que, conforme pasan los días, se acentúan en agudas crisis que el hybris las niega.
El gobernante hibris actúa como si estuviese en permanente “embriaguez por el poder” que, de tanto usarlo, comienza a creerse superior y por lo mismo comienza a despreciar a los demás mortales. Al pensarse autosuficiente desprecia las opiniones ajenas porque nadie es digno de igualarse a él y menos admite que alguien inferior aspire a ocupar al sillón presidencial.
Los estudios de David Owen y Jonathan Davidson “fueron acogidos por intelectuales progresistas, y rechazados por cortesanos que dijeron que los autores acusaban a Bush y Blair de “locos”. Los incondicionales de los presidentes son, con frecuencia, bastante ignorantes, no están para pensar sino para adular y fueron incapaces de distinguir entre “síndrome” y la categoría “loco”, que desapareció hace años del lenguaje de los psicólogos. En el poder y en la enfermedad explica la política mundial desde una perspectiva holística, tomando en cuenta las enfermedades y el síndrome de hybris del Sha Reza Palevi, Kennedy, Hitler, Stalin y otros. Termina con una reflexión acerca de los problemas que padecen las sociedades como consecuencia de las dolencias físicas y psicológicas de sus líderes y las medidas que pueden tomar para protegerse. El libro sobre la intoxicación del poder es más completo, describe con detalle el síndrome de hybris de Bush y Blair, al que atribuye las graves equivocaciones que cometieron a propósito de la invasión a Irak. Las frases entre comillas están traducidas directamente del texto de Owen. “Los políticos víctimas del hybris tienen una propensión narcisista a ver la realidad como una arena en la que pueden ejercer el poder y buscar la gloria”. Se comportan de manera impulsiva, creen ser infalibles, hablan de sí mismos usando el, como si fuesen voceros de un plural mayestático “nosotros” o en tercera persona “presidente” a quien admiran. Se sienten responsables de un modelo o de una misión histórica, que los pone por sobre la ética que rige para la gente común, pero no para ellos, que encarnan la historia. Cuando Bush y Blair manipularon la información y mintieron acerca de las armas químicas, no creyeron que cometían una falta, por la trascendencia de los fines que perseguían. “Creían que no debían rendir cuentas a la opinión pública, sino solamente ante el tribunal de la historia y de Dios que les glorificarán”.
Otro grave defecto, error y delito imperdonable que cometen los gobiernos “progresistas y revolucionarios” es el de la corrupción. De los hechos punibles, del ocultamiento, la falta de transparencia y la ninguna fiscalización que suelen cometerse en los gobiernos liderados por un caudillo irrepetible que, al parecer, corrompe todo cuanto toca o dice, se aprovechan los medios de comunicación privados para denunciarlos y agitar a los pueblos. En el supuesto que un caudillo autoritario sea incorruptible se convierte en el peor de los corruptos, al permitir actos de corrupción de sus familias o de su entorno íntimo y hasta de los más alejados del centro de poder.
Ese megalómano autoritario es capaz de pontificar sobre la moral pública y por decreto ordenar que el pueblo viva de acuerdo a sus ideas de moral- ética, mientras los gruesos muros de palacios y mansiones ocultan las nada santas diversiones del poder.
La obra pública ostentosa que ve y siente la colectividad, las obras vistosas para el desarrollo de la infraestructura, la contratación pública en general son fuentes de corrupción. Para la firma de contratos hay que cumplir requisitos y el favorecido siempre es el que más soborno, coima o porcentaje ofrezca. Nadie reclama ni se admira que una obra que cueste diez millones de dólares, termine por costar cien millones de dólares o más.
Todo el sector público se mueve si primero se aceita la maquinaria. Ni la justicia escapa de esta maldición. Un ejército de contratistas y tramitadores en todos los niveles y sectores se conviertes en terribles coimadores, sobornadores, “aceitadores” porque de antemano saben a quién y cuánto pagar. La corrupción puede encontrarse en la cumbre del poder y en los niveles operativos más bajos del Estado.
“La honestidad y la verdad son valores reconocidos en una sociedad por considerarse moralmente superiores. En lo económico, se ha comprobado hasta la saciedad que los hombres pueden crear bienestar y abundancia sin dejar de ser buenos y virtuosos. La corrupción, al contrario, es un comportamiento que cambia la naturaleza de las cosas, la degrada, la vuelve mala. Hay una definición de corrupción que usa frecuentemente el Banco Mundial y vincula la corrupción con la existencia del sector público, con el abuso del poder. Esta concepción se expresa en la tan citada frase de Lord Acton según la cual el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Si bien la corrupción se puede dar en todos los ámbitos de la acción humana porque muchas de nuestras decisiones individuales envuelven consideraciones de índole ética o moral”.
El tipo de corrupción –a veces sutil, otras abierta y desvergonzada- que se genera en el sector público, producto de las maniobras políticas conlleva profundas consecuencias en el tejido institucional de un país, lo debilita en forma tal que sus ciudadanos desconfían de todo y de todos y reniegan de la ley que no les merece el menor respeto porque es violada constantemente por sus propios gobernantes. En ese sentido, según el Índice de Percepción de la Corrupción (IPC), de un total de 180 países y territorios, Haití, Venezuela y Ecuador son los países latinoamericanos que se consideran los más corruptos”.
Estos errores, pecados y delitos de los denominados gobiernos progresistas son intensamente manipulados y exacerbados por las derechas políticas y económicas, y sus medios de comunicación social que conforman el poder mediático nacional e internacional para agitar a las masas, promover escándalos de autoritarismo y corrupción con un fin primordial: propiciar “golpes de Estado blandos” para reimplantar el neoliberalismo con toda su carga de ofensas a los pueblos y sus patrimonios.
Raul Pierri decía que los intentos desestabilizadores de la derecha conservadora son una realidad, pero los Gobiernos progresistas de América Latina deben superar las "teorías conspirativas" y admitir sus propios errores ante la llegada de un "nuevo ciclo".
Informó que el filósofo, cineasta y excandidato presidencial por el Partido Progresista chileno consideraba que observa una "desesperación" de los sectores conservadores de la región por volver al poder, aunque sin ofrecer alternativas, pero también advirtió con la necesidad de una autocrítica de la izquierda por no haber batido la desigualdad en una época de bonanza.
Refiriéndose a los procesos desestabilizadores que ocurren en varios gobiernos de América Latina, Paulo Whitaker, en Reuters sostenía que “es innegable que ha habido injerencia extranjera, eso es evidente, pero aun así asumamos que, en materia de desigualdad, estos gobiernos, con los cuales yo me siento cercano, tienen que dar una explicación. Redujeron la pobreza pero no la desigualdad, e incluso hay economías que aumentaron sus niveles de desigualdad. O sea, hay una discusión que es pertinente.
El progresismo, si en realidad lo hubo, camina a tropezones. Cae como en Argentina y Brasil y tal vez Venezuela sea absorbida por las derechas ansiosas de poder. Nazaret Castro afirmaba que en América Latina se habla de un cambio de ciclo político, tras 15 años de auge de los gobiernos progresistas en la región, que, con la ayuda de los movimientos sociales, campesinos e indígenas, llegaron al poder en Brasil, Argentina, Paraguay, Honduras, Uruguay, Venezuela, Ecuador y Bolivia, entre otros países.
Desde las izquierdas, el panorama político, que en algunos países viene de la mano de la incertidumbre económica, se observa como un momento para la reflexión: si algunos intelectuales o activistas apuntan a la arremetida del imperialismo y las “derechas mediáticas”, otros hablan de la falta de legitimidad a la que ha llevado la “derechización” o cambio de rumbo de algunos de estos Gobiernos.
Atilio Borón expresaba que loa idea de un fin del ciclo de gobiernos progresistas en América Latina es mal intencionada. Se preguntaba: ¿Se está cerrando realmente el ciclo revolucionario en América Latina? ¿Se agotó el modelo de los países progresistas de la región? ¿Volverá el neoliberalismo a ser el modelo hegemónico en el continente?
Adrián Sotelo Valencia, en Rebelión decía que “son muchos los partidarios que se inclinan por el fin del llamado "ciclo progresista" en América Latina. Pero a veces se refieren propiamente a los gobiernos post-neoliberales en dificultades; en otras ocasiones, a las diversas formaciones políticas de la izquierda y, en no más de las veces, a los movimientos populares también denominados sociales. El hecho es que cuando uno termina de leer los artículos, proclamas, manifiestos y consignas referidos a estas temáticas queda esa duda que en la gran mayoría de los casos desafortunadamente no termina de despejarse”.
En la segunda década del siglo XXI los gobiernos progresistas y revolucionarios comienzan a debilitarse al son de cornetas de franca retirada. No hicieron la revolución cuando todo era posible, no efectuaron los cambios indispensables en las estructuras económicas, políticas, sociales y culturales. Para los verdaderos revolucionarios ha sido una década perdida.