LA META Y EL CAMINO EL TIMÓN QUE DIRIGE LA NAVE 



IDENTIDAD LATINOAMERICANA. EL CAMINO DEL MUNDO  



II PARTE
IDENTIDAD LATINOAMERICANA
No es un tema ingrato ni banal el de la identidad de América Latina, por el contrario, hace falta entenderlo y aceptarlo, saber que una identidad no es nunca un tema acabado, sino en permanente construcción, es un proceso continuo que basa su desarrollo en realidades propias y definitorias.
América Latina pertenece a aquella entelequia denominada Civilización Occidental y Cristiana, en oposición a aquellas otras: la del Medio Oriente Islámica y la Oriental Sintoísta. Pero, seamos más exactos, América Latina es hija bastarda de la Europa del siglo XVI y de la América pre-colombina, así como del pueblo Judío y alumna, no muy aventajada por cierto, pero alumna al fin, de la misma Europa de los siglos XVI, XVII y XVIII, pues, de ella heredamos y aprendimos todo lo que debíamos hacerlo, las ciencias humanas y la religión que aunque nació en Oriente Medio, llegó a nosotros a través de esa Europa.
Si bien de ella heredamos la lengua y aprendimos la ciencia euclidiana, es justo reconocer que los pueblos amerindios aportaron a la configuración de nuestra actual identidad.
América Latina, desde la llegada de españoles y portugueses a sus costas es heredera de los griegos y romanos tanto como de los Aztecas y los Nahuals; de los Celtas como de los Incas; de los Árabes como de los Mayas; de los arios y bárbaros como de los Araucanos y los Onas. Tras esa primera gran oleada de genes extranjeros vendrían otras oleadas grandes o pequeñas en migraciones de pueblos de Asia y África que recalaron en estas tierras y procedieron a configurar un caleidoscopio racial y cultural de inmensa riqueza y variedad. Por su geografía recorren no solo la conjunción de todas las etnias sino una simbiosis integral de ellas. Por ello no es posible hablar de una sola identidad latinoamericana sino que se debe hablar en plural y destacar que en América Latina existen múltiples identidades que buscan coexistir.
Si la genética es múltiple y mezclada, la cultura también lo es. Cada pueblo ha aportado parte de su cosmovisión para crear otra diferente, nueva, que guarda en su seno una pizca de todas ellas, y de esa mistura han surgido elementos distintos identitarios propios de la cultura de este nuevo pueblo.
Fernando Tinajero, ensayista y filósofo, galardonado con el permio Eugenio Espejo del 2015, en un largo artículo publicado en la revista “Letras del Ecuador”, de la Casa de Cultura Ecuatoriana, N° 201, correspondiente a abril de 2015, nos dice: “Para algunos, la cultura es una suma aleatoria de lo que han hecho los pueblos, de lo que tienen, de lo que creen; para otros, cierto indefinible refinamiento espiritual que incluye las artes y las letras y las más altas formas del pensamiento, pero no necesariamente la ciencia; para otros más, un conjunto de valores simbólicos que se orientan a la vida moral. Hay quienes conciben la cultura como la atmósfera propia de la vida humana; otros, como un privilegio de las clases superiores; otros, como el conjunto de conductas colectivas y rituales que identifican a un grupo étnico; otros, en fin, como un conjunto de bienes que trascienden su propia materialidad.
Cada una de las definiciones, si lo son, contiene una parte de verdad, pero ninguna logra agotar el concepto de cultura: cada una apunta a un aspecto singular de un objeto muy complejo que parece escurrirse entre las palabras, resistiéndose a ser atrapado por ellas. Y es obvio que así sea porque sencillamente “la cultura no existe”. Lo que existe de un modo objetivo e incuestionable es una serie discontinua de prácticas sociales, no siempre iguales ni siempre las mismas, a las que solemos llamar genéricamente “culturales”. Su común denominador parecería radicar en la función que todos cumplen en el contexto del grupo, comunidad o sociedad en la que nacen. Para decirlo brevemente, ahorrándome el recuento de varias respuestas que se han dado a esta cuestión, creo posible decir directamente que tal función consiste, al parecer, en la invención de un mundo paralelo a la realidad material circundante; un mundo imaginario que sin embargo, tiene tanta consistencia como el mundo visible que solemos identificar con lo real; un mundo que recurre siempre al lenguaje de los símbolos para encarnar las creencias y aspiraciones colectivas o su cuestionamiento”.
Otra de las definiciones de Cultura nos dice que, ésta es el resultado de la creatividad del ser humano para responder a los desafíos del entorno o medio ambiente. Entonces, empecemos por aceptar que la quebrada geografía de la zona colindante con el Pacífico es distinta a las grandes sabanas y pampas de la zona colindante del Atlántico, lo que otorga a los distintos pueblos que allí habitan características diferentes. Quienes moran frente al mar tienen ante sí un horizonte ilimitado mientras que los que lo hacen en las hoyas y valles interandinos o montañosos, apenas si lograrán adaptar su visión a las encerradas paredes, farallones y abismos que los rodean; como diferente será la cosmovisión del habitante de la selva amazónica, donde su riqueza biológica en medio de un ambiente cálido, húmedo y siempre verde produce una efervescencia imaginativa. En esta tierra de múltiples climas, alturas, colores y riquezas aun habita el hombre primitivo que buscara hace décadas Levy-Strauss, pero también el moderno hombre de negocios o de ciencia que alcanza sus objetivos en el entramado de fantásticas telecomunicaciones que deslumbran nuestros días.
La historia de los pueblos que miran con nostalgia al Oriente, donde se ubica la Europa de sus ancestros, es tan distinta a la miserable explotación que sufrieron los indígenas de los Andes. Los descendientes de los arios europeos no pueden comprender a cabalidad la real dimensión de las manifestaciones de dolor y miseria que cuentan y cantan los descendientes de los esclavos negros que, desde el África profunda, llegaron a estas tierras.
Pero, seamos francos. El latinoamericano es habitante del sur, ya sea que more en el este o en el oeste de la región, no pertenece al norte protestante, hijo de la tecnología y esclavo del tiempo. No, el habitante del sur tiene otras prioridades en su vida como producto de una herencia cultural en la que habitan todas las culturas del mundo.
El “sudaca” pretende por sobre todas las cosas alcanzar aquel concepto inasible que se llama felicidad y ha comprendido que para ello no es necesario ni imprescindible el exceso de dinero; por ello, a sus horas de trabajo le suceden con cotidiana complacencia horas y horas de charlas con los amigos, de bares y de práctica deportiva, pero todo ello con los “amigos”. Cada fin de semana se toma las calles del barrio o los parques para transformarlos en estadios donde sus habilidades deportivas son admiradas por ojos negros similares a los suyos. El fútbol en el sur del continente y el béisbol en el Caribe son temas obligados de sesudos comentarios que ocupan horas y horas de su tiempo, incluyendo en las fábricas y oficinas.
El humor es otra de sus características. Cada país tiene su representante del humor lugareño; incluso en los medios modernos de comunicación, el “sudaca” deja escapar su humor con el que se burla de su propia cotidianidad, de los políticos, de sus problemas y de sus defectos. Este personaje no puede vivir sin la risa; a cada paso y a cada momento busca reírse de los demás, de sí mismo. Quizás sea por eso que en Sudamérica, los consultorios de los sicólogos y siquiatras no están llenos, no se acude tan frecuentemente donde ellos porque la risa es una poderosa terapia al momento de enfrentar las dificultades. Es parte consustancial a su personalidad el buscar el lado amable de las cosas y para ello, el humor es su herramienta.
Individual o colectivamente cada país se ve reflejado en su humor y a él acude para comprender y aceptar las ideas y cosas más inexplicables o inescrutables como la muerte. Todos los “sudacas” tenemos una relación muy especial con la parca, y a ella, nuestros pueblos la tratan como parte integrante de su familia. A ella, cada pueblo, le dedica fiestas y algarabías, muestras especiales de gastronomía y de su folklor, de su poética y de su arte pictórico; la muerte es otra forma de reflejarnos.
Esa amabilidad y cortesía propia de los habitantes de la región, pudiera ser que justifique que en América Latina, no tengamos tantas guerras macabras como en otros continentes. Las guerras que ensangrentaron, en su momento, nuestra tierra, como toda guerra, fueron crueles y violentas, sí, pero esa violencia no puede compararse con las luchas tribales y raciales de África, ni con las guerras totales de Europa en las que han muerto millones de personas y eso, apenas en el siglo pasado, ya que no contamos los muertos en guerra, en otros siglos; tampoco podemos compararlas con los desates de violencia permanentes en Oriente Medio y Extremo.
La fuente y a la vez, escudo para esta característica es fácilmente reconocible: un idioma común y una simbiosis religiosa, también común. El castellano y el portugués, se amamantaron del latín y con ese bagaje se regaron por toda América Latina, otorgándonos la posibilidad de que el diálogo reemplace al rugir de los cañones, a los que, en ocasiones si los hemos escuchado; pero la posibilidad de conversar siempre ha estado presente. Podemos mirarnos con desconfianza, pero no podemos dejar de entender las palabras dichas y expuestas en nuestras conversaciones. Claro que hablamos con acentos diferentes: los guatemaltecos y en general los pueblos que habitan la región del Caribe tienen su propia forma de pronunciar las palabras, diferente a como lo hacen los argentinos o los chilenos, los acentos bolivianos, uruguayos, paraguayos y colombianos difieren unos de otros. Y no se trata únicamente de la forma, también los conceptos y significados de ciertas palabras han sido modificados a lo largo de la historia de estos pueblos.
Otro elemento constitutivo de este escudo es la religión. Con la llegada de los españoles y portugueses, arribó la cruz y con ella una visión de la vida que, al regarse por toda la región pasó como un rasero la identidad de nuestros pueblos. La religión se juntó y se mezcló con formas tradicionales de los pueblos primitivos, en una simbiosis tal que, en la actualidad resulta difícil saber con precisión si tal o cual festividad es cristiana o pagana, pero que por igual nos mueve a todos los latinoamericanos a festejarla.
Así, siendo diferentes, nos parecemos demasiado y compartimos un todo: un continente de tierra y de cultura, de costumbres y tradiciones que se han ido tejiendo en nuestra realidad a través de los siglos hasta formar esto que llamamos latinoamericano. Una identidad inacabada, en constante creación y surgimiento. Aún no hemos resuelto todos los temas y problemas de esta mixtura, pero es comprobable que buscamos resolverlos a nuestra manera y, aunque demore mucho tiempo en hacerlo, también es cierto que lo haremos. Tenemos la alegría y la paciencia en dosis necesarias para lograrlo.
LA POLÍTICA Y EL GOBIERNO
Las velas sin motor:
El mundo de la política apunta únicamente a la conquista del Poder, ese poder que otorga la satisfacción de las más recónditas aspiraciones, la superación de los escondidos complejos y traumas, el ansia a ser reconocidos y admirados por los otros.
Desde los albores de la humanidad hasta la revolución industrial, es decir, en la primera Ola, la fuente del Poder era la tierra. Los líderes de aquellos siglos imponían su presencia y su voluntad creando y manteniendo ejércitos formados por fornidos, fuertes y desalmados guerreros que estaban prestos a morir por su adalid, a cambio, claro está, de un pedazo de tierra arrebatada a sus enemigos.
La segunda ola, basada en la máquina, nos diría que el Poder está basado en la producción industrial, el comercio y… el dinero. Aquel que posea dinero podrá comprar consciencias, libertades, honras y hasta leyes. La política entonces es el campo de batalla de los grupos poderosos que teniendo dinero quieren tener más y más cantidad del mismo. Leyes que favorezcan la posesión del dinero, que restrinjan las libertades y derechos de los trabajadores para que el capital pueda crecer; en fin, dinero que sirva para hacer más dinero, sin importar las consecuencias de sus tretas y artimañas.
Hacia finales del siglo XVIII, Francia y los fundadores de los Estados Unidos de Norteamérica, basados en principios ideados en los templos masónicos de la época, daban forma a una nueva institución política: la República, con su división de Poderes, la independencia de los mismos, la alternabilidad en el gobierno y el cambio conceptual de que el Poder no estaba radicado en Dios que lo entregaba a los elegidos (Reyes), sino en el pueblo, el que cada cierto tiempo lo encargaba, mediante el voto, a determinadas personalidades, por un tiempo predeterminado. La República en esos países vinieron acompañados, económicamente, por la industria; es decir, la República no nació huérfana de recursos, por el contrario, el cambio de época (de Ola) fue la que empujó al cambio de las instituciones políticas y administrativas.
Recordemos, por un momento, la historia de América Latina de aquellos días: los movimientos libertarios que se produjeron entre los finales del siglo XVII y los inicios del XIX, estuvieron impulsados por los criollos, es decir, los hijos de españoles que nacieron en nuestro territorio, quienes querían administrar esta tierra. La invasión de Napoleón Bonaparte a la península Ibérica les brindó la oportunidad de separarse de la monarquía española, aunque guardando la apariencia de ser súbditos leales; sin embargo sus proclamas fueron tan claras que hasta se dictaron constituciones que daban origen a ingenuas Repúblicas.
Nacieron, en América Latina, las Repúblicas como respuesta a las ambiciones de los criollos, pero sin que varíe las relaciones de Poder ni de producción económica. La República no tuvo, como compañera, a la industria. El agro, el latifundio siguió siendo la fuente de Poder, pero la institucionalidad política dio un salto cualitativo inmenso. Así nacimos a la República: Saltamos de la primera Ola a la Segunda, sin bases, sin ideas ni conceptos, sin verdadera voluntad de modificar las estructuras de Poder; y así hemos vivido casi doscientos años.
Sin base económica, las repúblicas latinoamericanas, a lo largo de estos últimos siglos mostraron sus costuras. La democracia electoral fue casi siempre burlada mediante fraudes electorales conocidos y aceptados por el pueblo. La soberanía popular fue permanentemente manipulada por élites económicamente poderosas, aunque intelectual y éticamente despreciables. La división de poderes y su independencia ni siquiera se intentó establecerla en estos países.

EL PODER
El motor del viaje:
El tiempo y el espacio han sido trastocados por la ciencia y la tecnología que ahora se posee en el mundo. El conocimiento que se desprende de ellas, las rutas y relaciones que ellas han creado y siguen creando, obligan a pensar que América Latina debe re-diseñar su hoja de ruta y para ello debe interpretar el significado nuevo del Poder.
¿Qué es el poder?
Todo aquello que pueda satisfacer los deseos del otro, de cualquier otro, es una potencial fuente de Poder. El uso de ese poder, en forma deliberada, lleva a conseguir influencia en otras personas. Según quien la use, esa influencia puede aportar al desarrollo de una sociedad.
El nuevo sentido del poder
“El Poder brota del cañón de una arma”. (Mao Zedong)
“El dinero habla”. (Anónimo)
“El conocimiento en sí, es Poder”. (Francis Bacon)
“El Poder en sí no es bueno ni malo. Se trata de un aspecto ineludible de la comunicación humana y deja sentir su influencia en todo, desde nuestras relaciones sexuales hasta los puestos de trabajo que ocupamos, los coches que conducimos, los programas de televisión que vemos, las esperanzas que perseguimos. Somos producto del Poder en una medida mayor de la nadie se imagina”.
“Vivimos unos momentos en los que toda la estructura del Poder que mantuvo unido al mundo se desintegra, y otra, radicalmente diferente va tomando forma”…. y lo está haciendo en cada uno de los niveles en que habíamos estratificado a la sociedad humana”. Alvin Toffler.
Los supuestos más convencionales respecto al Poder, al menos en la cultura occidental, implican que el Poder es cuestión de cantidad, este enfoque pasa por alto lo que ahora puede ser el factor más importante de todos: la calidad del Poder.
¿Calidad del Poder? ¿Es que el Poder puede ser medido desde diversos niveles? Sí, como todo lo humano, el Poder nunca alcanzará la calidad de perfecto, siempre será perfectible.
El Poder mediante el uso de la fuerza bruta o violencia es el más imperfecto de todos. La violencia no supera su propio límite. Puede llegar el momento en que la violencia y la fuerza bruta se tornen en contra de quienes las utilizan y destruyan a las propias fuerzas en conflicto y, por lo tanto, ya no tendría sentido su uso y aplicación. La fuerza bruta y la violencia pueden destruirse a sí mismas.
El dinero, por su parte, es una herramienta de mejor calidad. Una cartera repleta resulta mucho más versátil y útil que la fuerza, al momento de su aplicación. El dinero puede ofrecer recompensas de distinta graduación: pagos, detalles, coimas, comprar consciencias, comprar actitudes, comprar comportamientos. Por supuesto, el dinero no puede comprarlo todo y en algún momento, esa cartera, por más abultada que sea, puede llegar a vaciarse.
El Poder de mejor calidad se deriva de la aplicación del conocimiento. El Poder de buena calidad no es simple influencia, no solo es la habilidad de salirse con la suya y lograr que los “otros” hagan lo que el líder quiere, aunque prefieran hacer otra cosa. La buena calidad viene de la eficiencia al momento de usar el mínimo de recursos para obtener el máximo de calidad.
El conocimiento es infinito, puede crecer sin límites porque es autogenerativo, puede ser usado por todos al mismo tiempo a diferencia de la fuerza y del dinero que son productos que pueden ser empleados solo por aquel que los posee y que no crecen por sí mismos.
Por lo tanto, de las tres fuentes básicas del Poder, el conocimiento es el de mejor calidad. Puede ser usado como castigo, como recompensa, persuasión o transformación.
Por supuesto que quienes están en mejores condiciones de usar el Poder son aquellos que poseen las tres fuentes del mismo: fuerza, dinero y conocimiento, a condición, claro está, que sepan usarlas de acuerdo a las circunstancias y para ello hay que saber que no se trata de cantidad sino de calidad en el uso de cada uno de estos elementos.

EL DESARROLLO
¿Utopía o engaño?
Antonio Gramsci, en la década de los años 20 del pasado siglo, determinaba que un Estado moderno debía estar integrado por una población asentada en un territorio determinado, el Gobierno y la Sociedad civil.
La población no es un ente estático sino que está en permanente crecimiento lo que determina que sus demandas también son cambiantes y mensurables.
El gobierno, al ser una parte del Estado, no puede adjudicarse la representación total del mismo, e ignorar a la sociedad civil como co-constructora de lo público.
Por su parte, la sociedad civil no debe asumir las funciones y responsabilidades de la administración pública, así como tampoco puede renunciar a su derecho de participar en el diseño, seguimiento y evaluación de las políticas y obras públicas.
En base a esto, se concibió el desarrollo como producto de la interacción de estos tres elementos, ellos dialogan, discrepan, dialogan y en ocasiones hasta coinciden y arriban a consensos; cuando esto ocurre, pueden determinarse los objetivos que una sociedad pretende alcanzar y transitar por los procesos que conduzcan a la meta propuesta.
Los gobiernos y las sociedades han logrado importantes avances en el proceso de reconocimiento, en aclarar sus respectivas funciones y limitar sus espacios; pero también es fácil comprobar que estos avances han sido más rápidos, acelerados y profundos en los llamados países desarrollados, mientras que en los de menor desarrollo relativo, esas dificultades han sido más difíciles de vencer y, en ciertos casos, imposibles de lograrlo. Lastimosamente, a lo largo de la historia, la relación entre estos elementos ha sido construida sobre la base de la confrontación y hasta la violencia, antes que sobre la participación respetuosa y de colaboración.
En la actualidad y tras los fracasos del comunismo y del neoliberalismo, la división entre derecha e izquierda, parece no tener sentido. Hace falta encontrar otras posiciones, otras ideologías que conjuguen las virtualidades de ambas y el olvido de sus falsedades. Hace falta repensar en la política desde la perspectiva de América Latina, de sus problemas, de sus demandas, de sus inquietudes y desde su cosmovisión, la que ciertamente difiere a la de Europa y su heredera Estados Unidos.
Por eso, en América Latina hace falta:

Repensar la política
La tentación de encontrar un sentido a la historia ha sido una constante entre filósofos, políticos, historiadores, economistas y de todos quienes buscan desentrañar los misterios que rodean a la presencia de la especie humana en el planeta Tierra. Pero la verdad, ni siquiera los científicos han logrado escapar de esta idea y cada día nos muestran un camino, una ruta, un sendero, sin que hasta ahora nos puedan mostrar un punto claro y preciso. Nada, hasta ahora, nos permite pensar que llegaremos a encontrar ese “sentido”, todo muestra que la historia es un proceso que iniciándose en algún punto perdido en la noche de los tiempos, seguirá avanzando sin alcanzar nunca un final.
Pero, lo que nunca se ha dicho, lo que nadie se atreve a decir, es cuál es ese camino marcado por esa “direccionalidad”. ¿Hacia dónde se dirige la humanidad? ¿Cuál es su objetivo, o cuáles son sus objetivos? Son preguntas sin respuestas.
Carlos Marx, en el siglo XIX, intentó, en base a esa “direccionalidad” hallar un sentido a la historia y pronosticó que ésta se acabaría con el triunfo del proletariado y del comunismo como forma de gobierno.
En el siglo XX, los liberales encontraron a Francis Fukoyama, al pensador y escritor que dijera, en su obra “El Fin de la Historia”, que tras la caída del muro de Berlín, la humanidad viviría bajo el imperio del liberalismo y ya no cabría otorgar ningún sentido a otra ideología.
Ambas posturas: liberalismo y comunismo, cubrieron con su manto la historia política de la humanidad desde los inicios de revolución industrial y la Segunda Ola. El liberalismo inició su camino sin un rival que impusiera límites y pronto derivó en la más salvaje explotación del hombre por el hombre. Para el capitalismo liberal, el desarrollo significa un comportamiento sobresaliente de las variables económicas a partir de la libertad individual y del mercado y su objetivo fue la acumulación del dinero, de la riqueza y del Poder, por sobre el imperio de los Derechos Humanos, inmanentes a todos los miembros de la especie, entre ellos el Derecho a una vida digna que satisfaga sus necesidades básicas.
La democracia electoral será el ideal de organización política de un Estado, y en sus desvaríos, el liberalismo no ha vacilado en atropellar y desconocer la voluntad popular con fraudes electorales.
Para el comunismo y socialismo, el desarrollo es una “justa” redistribución de la riqueza, basada en un férreo control estatal que planifique y controle la producción de bienes y servicios la que le permita al ser humano y a la sociedad, su desarrollo. Una democracia representativa de partido único ha sido su consigna para determinar la institucionalidad de un Estado. Lo que nunca ha definido es: ¿qué debe entenderse por justa?, y al no hacerlo ha llevado a los pueblos en los que se ha impuesto esta ideología, a sacrificar la iniciativa, la libertad y hasta la vida de aquellos que piensan diferente.
Sin iniciativa, el ser humano se acomoda a recibir del Estado, la respuesta a sus necesidades, y se aupa la molicie, la vagancia y un quémeimportismo peligroso.
Sin libertad se crea pueblos sumisos, obedientes, que no actúan y apenas esperan las órdenes de una élite iluminada y privilegiada que no siempre piensa en el bien común y, por el contrario, arrastra a aventuras peligrosas y corruptas.
El totalitarismo en el pensamiento termina siempre en la aberración de sacrificar la vida de quien ejerce la capacidad humana de pensar, de quién quiere soñar en cosas nuevas y distintas que la verdad oficial. Los Gulags, como en la antigua Unión Soviética, los paredones como en el caso de Cuba y las persecuciones y cárceles como en Venezuela y Ecuador, forman parte del sistema de gobierno donde imperan los llamados socialismos, para impedir el más ligero asomo de protestas y distorsiones en el comportamiento humano impuesto desde el gobierno.
Hace poco se hizo pública una encuesta realizada en Argentina que demostraba que los conceptos de izquierda y derecha, aplicados profusamente en la política habían caído en desuso y en el olvido de las mayorías; estos eran los números: Cuando preguntas ¿usted es de izquierda, derecha, o no le interesa el tema? en Argentina se dicen de izquierda el 9%, y de derecha el 6%. Al resto, no le interesa el tema.
Recordemos que estos términos, derecha e izquierda, tienen su origen en la Asamblea que se reunía en Paris en tiempos de la Revolución Francesa, es decir en el siglo XVIII, cuando la humanidad asistía al cambio de la primera a la segunda Ola, y con ello nacía la institucionalidad propia de la República.
Hoy que asistimos a un nuevo cambio de época, no solo deben morir las instituciones de la segunda Ola, sino también las palabras que las nombran.
La República, como institución política administrativa de la segunda Ola, ha sido y es el escenario donde se han enfrentado capitalismo y comunismo y sus distintas variantes, era una institución propia de la Segunda Ola. En ella se ubicaron en las antípodas estas ideologías y, según sus ideólogos, en la confrontación de ellas, radicaba el combustible del desarrollo.
Hoy, cuando aparece en el horizonte la Tercera Ola, gracias al Internet y a las tecnologías de la comunicación, las redes sociales han logrado derribar las barreras del “secretismo” con que se gobernaba y han puesto en evidencia que, sin distingo de ideologías, los gobiernos escondían mucha basura y para lograrlo no vacilaban atentar contra los derechos humanos y políticos de sus ciudadanos.

¿Repensar la izquierda? No, destruirla
Tras la caída del muro de Berlín, queda una discusión pendiente en las izquierdas latinoamericanas sobre los nuevos paradigmas ideológicos, la ética en la política, la equidad, la democracia, la tolerancia a los demás, el respeto a la naturaleza y el desarrollo sostenible y su posición frente a los cambios que se van produciendo en el mundo y al interior de cada país, su postura frente al ejercicio del Poder, frente al Estado, a la familia y a la sociedad, a la globalización y a la competitividad, a la propiedad privada y familiar, a la empresa privada, al ejercicio de las libertades individuales y frente al respeto a los derechos humanos, entre otro temas.
La llamada izquierda latinoamericana vive un momento paradójico: por un lado ha alcanzado la más amplia representatividad social de su historia: en varios países de AL.- Cuba, Chile, Uruguay, Brasil, Bolivia, Ecuador, Venezuela y Nicaragua- se han consolidado gobiernos que se autodefinen como de izquierda, pero, al mismo tiempo, esta izquierda muestra vulnerabilidad en su discurso y en la conducción del gobierno y empiezan a perder las elecciones (Argentina y Venezuela son los primeros perdedores).
El debate, entonces, no puede reducirse a presentar, ante los electores, dos izquierdas: un socialismo que pretende mostrarse “democrático”, dispuesto a negociar políticamente dentro del sistema y una izquierda radical que rechaza a sentarse a la mesa con representantes de otras tendencias, demostrando que en su visión, éstos no merecen ser considerados como adversarios sino como un peligro al que hay de exterminarlo.
El clientelismo, corporativismo, acuerdos poco claros que atentan a la ética política, signos de corrupción justificados bajo la premisa de que “la política es la correlación de fuerzas y los compromisos se tornan necesarios y la entrega de principios se parecen más al populismo y al caudillismo antes que a un partido ideológico; y son síntomas que aquejan a esta desorientada izquierda que por décadas ha estado relegada a los niveles de perdedores y que de pronto, los pueblos los ha elevado a la de vencedores, pero que al llegar al Poder se muestran obnubilados y desorientados en sus prácticas. Es en estos casos que entregan la justificación de su accionar a la premisa de que “el fin justifica los medios” olvidándose de que la política que exigen los pueblos es la de los principios.
Por ello, no hay que repensar a la izquierda, puesto que significa repensar los partidos y sus idearios, sus organizaciones y sus directivas. Lo que se debe repensar es sus prácticas políticas que han devenido en caudillismos, populismos, en tiranías y “dictaduras” no del proletariado, sino de camarillas de jóvenes o viejos que apropiándose de las ideas han abierto paso a sus ansias de eternidad y, en ciertos casos, a la profundidad de sus bolsillos.

¿Repensar la derecha? No, destruirla
Si en los primeros tiempos, luego de la revolución industrial, había que inventarse un nuevo mundo en el que el Poder provenía de Dios, y lo ejercían los elegidos.
El poder proveniente de la tierra era inferior al que surgía de la propiedad de las máquinas, dejó atrás a la “nobleza” y en su lugar se ubican las oligarquías industriales y de comerciantes.
En ambos casos el Poder era medido en términos cuantitativos. Quién más posee, mayor poder ejerce. Así entonces, el poseer fue la clave y la consigna. Había que poseer aunque para ellos había que olvidarse de ser y de la solidaridad.
En este marco, la derecha tomó la bandera de aquel que más poseía. Fue el esquema que dominó, sin contrapeso, por más de un siglo y en su nombre se cometieron atroces delitos. La explotación del hombre por el hombre tuvo su real cumplimiento con bajos salarios y extensos horarios, con insalubridad y sin defensa, con violencia y sin derechos.
Cuando la revolución soviética declaró al mundo que defendería a los obreros, apenas algunas conquistas habían maquillado la explotación. Los hombres y mujeres serviles esclavos de la máquina creyeron en el manifiesto y la lucha ensangrentó las calles y plazas del mundo.
En 1989, tras la caída del Muro de Berlín que no solo dividía a una ciudad sino al Poder hegemónico mundial que hasta ese momento pertenecía al mundo bi-polar, representado por la Unión Soviética y los Estados Unidos de Norteamérica, y que se definía en el escenario de la Guerra Fría, surgió como un único Poder dominante los Estados Unidos. El mundo debió modificar su pensamiento y comportamiento para adecuarlos a las nuevas circunstancias. A partir de ese momento, el Poder quedó en unas solas manos, sin adversario que pudiera discutir su liderazgo y por ello cayó en el marasmo de la comodidad. Parecía que había llegado el mundo descrito por Francis Fukuyama en el Fin de la Historia, pues parecía que el liberalismo había triunfado y no se veía en el horizonte ninguna idea que pudiera contradecir su predominio. Con el impulso dado por el Presidente Ronald Reagan y la Primer Ministro británica Margareth Theacher, el neoliberalismo se regó por el mundo entero. Las ideas políticas liberales tuvieron su cabal cumplimiento y en lo económico la privatización era prédica de salvación de todos los males sociales. Bajo el tutelaje las recetas del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial se impusieron a raja tabla. Los tratados de Libre Comercio y el surgimiento de la Globalización pretendieron ser la fórmula política y económica que debía dominar al mundo hasta el fin de los siglos.
Fueron varias décadas de luna de miel; pero la historia no se sujeta a los sueños de unos pocos. En el seno del liberalismo se venía incubando sus propias contradicciones. El estallido de la crisis de bienes raíces en el suelo estadounidense, mostró al mundo las ambiciones desmedidas que encubría el capitalismo y el liberalismo miró atónico su incapacidad de eternidad.
Junto con la crisis vino el descontento y el surgimiento acelerado de nuevos regímenes que, amparados en mecanismos democráticos como las elecciones, tomaron el Poder y desafiaron al hegemónico Poder. Viejos conceptos se remozaron para servir de herramientas en esta nueva batalla: los socialismos y la soberanía.
Con los primeros, los pueblos pretenden ampliar la presencia del Estado en la economía, su capacidad de control de la vida y acciones humanas y retomar su capacidad de participación en la generación de la riqueza. Con la segunda desafiaron a los Estados Unidos, reviviendo la antigua cruzada anti-imperialista, buscan disminuir la influencia de ese país en las decisiones políticas internas de cada nación. Estas dos herramientas blandidas en épocas de elecciones generaron en los votantes una enorme simpatía llevando a las instancias de Gobierno a personajes que estuvieron dispuestos a cambiar constituciones y buscar modificar las reglas de juego democrático y convertir a los líderes socialistas en vitalicios, gracias a sus continuos éxitos electorales; mientras tanto los partidos creyentes en el dios mercado no atinan a reaccionar, siguen mirando atónitos sus fracasos y el derrumbe de sus privilegios.
Los partidos de derecha, a inicios del siglo XXI, no han sido capaces de reaccionar ante el nuevo mundo que se levanta y esperan con impaciencia, mirar los errores de los “otros” para agrandarlos y de esa forma mermar la popularidad de los líderes opuestos, cuando en realidad no se trata de líderes sino de instituciones y de honestidad.
Los de la derecha no encuentran el rumbo porque jamás pensaron que podían perderlo. Creyeron que la imposición era la regla, pero cuando comprendieron que no era así, no han podido adaptarse al juego de la discusión y el intercambio de ideas propio de la democracia. En su momento escondieron su propia corrupción y compraron consciencias y votos, pero cuando la izquierda usa las mismas prácticas, la derecha no atina a reaccionar. Al perder las elecciones poco o nada han podido argumentar, ninguna idea salvadora ha nacido de sus mentes acostumbradas al inmovilismo.
Siglos han debido pasar para que estas concepciones caigan en el oscuro limbo de la obsolescencia. Ambas posturas se han mostrado incompetentes de responder a las demandas sentidas de las sociedades. Ambas, por absolutas, mostraron su limitada visión de los problemas sociales. Ambas tuvieron su fracaso en el tiempo comprendido entre 1989 (caída del muro de Berlín) y el 2007 (caída del neoliberalismo). Apenas 20 años fueron suficientes para demostrar al hombre moderno, la invalidez de sus posturas intransigentes y la necesidad de tornar la mirada a otros lados en busca de nuevos caminos.
Esquemátizando hasta el estereotipo, diríamos que la derecha es sinónimo de explotación inhumana; mientras que la izquierda es la carcelera de la alegría de pensar por sí mismo. Ambas posturas pueden reclamar, en su discurso, muchas victorias, pero en la práctica ambas son culpables de atentar contra los derechos humanos y por lo tanto deben ser condenadas a desaparecer.


NUEVO ESCENARIO
La Tercera Ola irrumpe con fuerza en la historia y la vieja política, representada por ambas posturas, no ha sido capaz de repensar su responsabilidad. América Latina, tiene en este escenario, la oportunidad de crear, si de crear, una nueva institucionalidad que responda a los nuevos retos con un liderazgo sólido, basado en principios y prácticas éticas, con credibilidad, sin corrupción, honrada y eficiente, con vocación de Poder y capacidad de Gobierno.
Desarrollo debería significar el crear las condiciones para que todos los miembros de una sociedad puedan alcanzar una vida digna: satisfacción de sus necesidades básicas, seguridad, trabajo y posibilidad de contemplación estética. Vida digna debería ser entendida como la posibilidad de gozar de los beneficios de la satisfacción de las básicas necesidades de salud, educación, seguridad, y una igualdad en la consecución de un trabajo acorde con sus habilidades y talentos.
Latinoamérica, en su afán de alcanzar un modelo de desarrollo diseñado e impuesto por los países del primer mundo, en las últimas décadas ha sido el escenario de los más variados experimentos políticos, sociales, culturales y económicos; sin embargo, los resultados no han sido los esperados; incluso en ocasiones, la aplicación de determinado recetario ha sido peor que los males que pretendía remediar, lo que ha determinado que al ingresar al tercer milenio, la región no haya resuelto sus principales problemas de pobreza e injusticia social.
Muchas son las causas que inciden en este panorama; algunas tienen que ver con la incapacidad de los gobiernos de convencer a los ciudadanos de las bondades de los programas propuestos, otras tienen que ver con una corrupción rampante en todos los niveles gubernamentales, lo que provoca desconfianza en la ciudadanía; otras debido a que las políticas implementadas son de reciente data, lo que no arroja resultados inmediatos tal como lo desea una desesperada población.
Entre todas las razones expuestas, resalta aquella que tiene que ver con la incapacidad de gobernantes y gobernados de entender el mundo moderno y aferrarse a instituciones y métodos ya, largamente, superados, de no aceptar que los cambios forman parte de la vida misma y que por lo tanto se torna necesario el adaptarse a los tiempos. Las condiciones imperantes en estos días demandan su espacio en las relaciones sociales para mostrar sus beneficios y evitar un choque generacional de tal magnitud que atente con la vida misma de los países.
En cada época, las leyes y normas sociales, así como el diseño institucional, deben ubicarse en el deber ser, antes que en ser. Adelantarse a lo que está sucediendo para insertarse en lo que vendrá y así responder adecuadamente a las nuevas demandas que irán apareciendo. El concepto mismo de desarrollo determina en su matriz la necesidad de emprender continuamente en cambios que acompañen este proceso, cambios que demandan abandonar viejas prácticas y mente abierta para experimentar otras.
Carlos Arce, ex Presidente de Bolivia escribió hace poco, un artículo, cuyas ideas encajan perfectamente en este análisis. Decía él: “¿De qué debemos despojarnos? De la lógica pendular, de la retórica ideológica de extremos, de la tentación del año cero de la Revolución y, sobre todo, del mesianismo. De los caudillos que encarnan el cambio, palabra tan cara a América Latina, cara por entrañable y cara por costosa.
Necesitamos menso destinos manifiestos y más construcción cotidiana de instrumentos que nos den disciplina, orden, sentido de responsabilidad ciudadana, ligazón clara entre Estado y sociedad, que tiene un solo nombre: tributo y un solo concepto: reciprocidad del Estado al tributario.
En otras palabras, una obligación libremente aceptada por todos de que el compromiso del Estado a través del Gobierno que es elegido es el de administrar con sabiduría la sociedad a la que representa; y del ciudadano, el de hacer posible que ese Estado funcione porque aporta con sus impuestos y su trabajo.
Todo, sobre la premisa de que el Estado y la sociedad deben construir juntos un escenario de oportunidades lo más equitativo posible y una oferta de trabajo digno lo más amplia posible.
Un continente en el que las instituciones se inventan cada lustro, se descuartizan cada década y no funcionan bien la mayor parte del tiempo difícilmente puede alcanzar sus metas. El hilo de Ariadna es, en esta historia, el mayor dolor de todos, lo tejido en el día se desteje en la noche y lo que se vuelve a tejer tiene un punto diferente.
El peligro hoy, es que comenzamos a mirar a unos, despegar y a otros, quedarse. No se trata de una realidad uniforme y chata; es una realidad variopinta que enfrenta sus propios problemas y sus peculiares dificultades, así como se aprovecha de diversas formas sus evidentes ventajas. Unas, aferradas al rentismo extractivista; otros, conscientes de que el conocimiento es el secreto, a través de la educación y la tecnología de punta.
La receta simple es en América Latina, complicada. Creíamos ingenuamente que la ruta estaba trazada y nos damos cuenta, demasiado tarde, de que por lo pronto seguimos dentro del péndulo. En un extremo Uribe, en el otro Chávez, en el centro Lula, pero péndulo al fin”.
Actualmente las instituciones públicas de administración social responden a las condiciones de lo que ya fue, mientras que lo que ahora es, y lo que será, no tiene representación ni cauce para su manifestación; incluso, en ocasiones, parecería que el diseño social imperante, al haber sido pensado en siglos pasados, se opone a las nuevas demandas y conspira contra ellas.
“Las viejas formas de pensar, las viejas fórmulas, dogmas e ideologías, por estimadas y útiles que hayan sido en el pasado, no se adecuan ya a los hechos de la vida moderna.
El mundo que está rápidamente emergiendo del choque de nuevos valores y tecnologías, nuevas relaciones geopolíticas, nuevos estilos de vida y modos de comunicación, exige ideas y analogías, clasificaciones y conceptos completamente nuevos. No podemos encerrar el mundo embrionario del mañana, en los cubículos convencionales del ayer. Tampoco son apropiadas las actitudes y posturas ortodoxas.
Una nueva civilización está emergiendo en nuestras vidas y hombres ciegos están intentando sofocarla. Esta nueva civilización trae consigo nuevos estilos familiares, formas distintas de trabajar, amar y vivir; una nueva economía; nuevos conflictos políticos; y más allá de todo esto, una consciencia modificada también. Millones de personas están ya acompasando sus vidas a los ritmos del mañana. Otras aterrorizadas ante el futuro se entregan a una desesperada y vana huida del pasado e intentan reconstruir el agonizante mundo que les vio nacer”. (Alvin Toffler, La tercera Ola)
Ante este nuevo mundo que está emergiendo, la división en derecha e izquierda, como una vieja herencia de la Revolución Francesa, que sirvió por mucho tiempo para clasificar y separar a quienes pregonaban la libertad individual por sobre los que demandaban la justicia social y el reparto de la riqueza, ahora ya no nos es útil.

La ciencia
Pero, si la política debe ser repensada, los latinoamericanos debemos tornar la mirada a la ciencia, pues, ella como antesala fundamental de la tecnología nos puede entregar la llave tan ansiada de un desarrollo sostenible en el que se conjuguen el crecimiento económico con el respeto a la naturaleza y una exploración y explotación racional de los recursos de la tierra.
¿Fantasía o realidad?
“La pantalla que tenían delante mostraba una transmisión de video desde una cámara de precisión montada sobre el microrobot.
A pesar de ser microscópicos, los robots dirigidos por el control remoto parecían casa de ciencia-ficción. De hecho, llevan en funcionamiento desde los años noventa. En el número de mayo de 1997, la revista Discovery había presentado en portada un reportaje sobre los microrobots, hablando tanto de los modelos voladores como de los nadadores. Los nadadores, nanosubmarinos del tamaño de un grano de sal, podían inyectarse en la corriente sanguínea del cuerpo humano, igual que en la película “Un viaje fantástico”. Ahora son utilizados en avanzadas instalaciones hospitalarias para ayudar a los médicos a navegar por las arterias por control remoto, observar en vivo transmisiones de video intravenosas y localizar obstrucciones arteriales sin tan siquiera levantar bisturí.
Los primeros microrobots voladores, diseñados por la NASA como herramientas de exploración automática para futuras misiones a Marte, medían varios centímetros. Sin embargo, los avances logrados en los campos de la nanotecnología, en el tratamiento de materiales ligeros de absorción energética y en micromecánica habían convertido a los microrobots en una realidad.
El verdadero adelanto había llegado desde el nuevo campo de la bioquímica (basado en la imitación de la madre naturaleza). Se había descubierto que las libélulas miniaturizadas eran el prototipo ideal para esos ágiles y eficaces microrobots. El modelo PH2 que, Delta-2, estaba haciendo volar en ese momento medía tan solo un centímetro de longitud (el tamaño de un mosquito) y empleaba un doble par de alas transparentes de bisagra y de hojas de silicona que le daban una movilidad y una eficacia en el aire, inigualables”.
Si le parece ciencia ficción, o el relato de una mente calenturienta, está equivocado. El autor, el novelista Dan Brown, advierte en las primeras páginas de su novela “La Conspiración”, como nota del autor que: “toda la tecnología a la que se hace referencia en esta novela, existe”.
Pero no es únicamente en la electrónica ni en la miniaturización de la robótica donde encontramos adelantos increíbles de la ciencia y tecnología y a una velocidad nunca antes conocida.
Desde que el ser humano se levantó en dos pies y empezó su caminar en este planeta, su curiosidad por entender los fenómenos naturales y desentrañar las leyes de la naturaleza lo ha llevado a internar su capacidad intelectual en los más diversos y misteriosos senderos; por eso no debe sorprendernos que desde la prehistoria hasta bien entrada la edad moderna, cuando se inventó la máquina de vapor que produjo la revolución industrial, la vida humana siguió el ritmo impuesto por la propia naturaleza.
El sol, la luna y los planetas, las estaciones y las mareas, fueron los primeros referentes del sistema de medición del tiempo y del espacio: la geografía, la astrología e incluso la arqueología estaban basadas en los conocimientos que se iban adquiriendo y acumulando. Con esos bagajes científicos, los seres humanos guerreaban y conquistaban territorios, construían las grandes pirámides que apuntaban al cielo, intentando alcanzar a los dioses que moraban en el espacio y hasta rogaban a esos dioses, en danzas rituales y pócimas mágicas que daban de beber a los enfermos, las infusiones milagrosas que calmaban los dolores y sufrimientos.
Transcurrieron siglos de un pausado y lento desarrollo. Antes creíamos que el mundo era inconmensurable y albergaba cómodamente a los pocos miles de hombres y mujeres; no había la presión de la estampida de los índices de crecimiento poblacional ni tampoco la demanda de una mejora sustancial en la calidad de vida de estos seres, por lo tanto no tenía razón para apurarse. Todo dependía de la naturaleza; los barcos dependían de los vientos; la comida dependía de la lluvia y el sol; la medicina de las hierbas; la física de la posición de las estrellas en el firmamento. Nadie intentaba dominar y modificar la naturaleza, el objetivo era el de explotarla.
Las grandes relaciones humanas como el comercio y el intercambio de productos, así como la de los hombres con los dioses y entre ellos, tenían que ver con la naturaleza. Los humanos más que adorar a su creador, eran animistas y adoraban a la naturaleza a la que daban formas humanas, o al menos, características humanas.
La Paccha Mama fue la causa de que el ser humano se tornara sedentario y tuviera tiempo para pensar y echar raíces en su parcela. Por ella fue capaz de matar y asaltar; por ella no vaciló en inventar armas con las que procedió a desalojar a quienes pretendían arrebatarle su pedazo de tierra. Por ella no tuvo reparos en transformarse en esclavo de algún señor que le ofrecía a cambio de protección, un pedazo, por pequeño que fuera, de tierra para trabajarla.
Esas guerras duraban años y hasta decenas y centenas de años y de ellas nacieron odios profundos entre los pueblos, odios que en ciertos casos habrían de durar hasta ahora, poniendo en riesgo la sobrevivencia misma de la especie. El sitio de Troya duró más de 10 años, en los que los ejércitos de los pueblos que más tarde formarían parte de la Grecia de Atenas, permanecieron inmóviles en las afueras de la ciudad sitiada. El éxodo del pueblo de Israel, según la tradición duró más de 40 años. La construcción del Tahuantinsuyo llevó más de 600 años y la construcción de las pirámides de Egipto puede medirse en miles de años. El tiempo no era una variable que urgía.
El Renacimiento significó un rompimiento total con esta forma de vida. Nada quedó igual, la mente humana cuestionó todas las instituciones, costumbres y formas de entender la vida. Fue, como dirían ciertos autores, un cambio en la cultura humana, una transformación dentro de la civilización, entendiendo la primera como una expresión interna de los pueblos y la segunda como el progreso material, las técnicas que permiten el dominio de las fuerzas naturales. Leonardo da Vinci, es el ejemplo cimero de esta transformación, pues, en él se funden: el arte, en todas sus formas, con la ciencia que, con mente indagatoria no se detiene ante nada hasta desentrañar los misterios de la naturaleza estudiada.
Durante esa época y a partir de ella, el desarrollo científico adquirió un ritmo diferente. Los descubrimientos se sucedieron con intervalos cada vez más cortos y rápidos. El planeta Tierra dejó de ser el centro del Universo, dejando ese espacio para que lo ocupara el Sol. Copérnico, Newton, Galileo pertenecían a esa categoría de hombres que buscan la verdad y logran desentrañar las leyes del universo y dotar, con ellas, a la historia humana una postura científica y racional; por eso, ellos y sus ideas, pertenecen al “tiempo largo”.
Cuatro científicos habrían de estremecer las estructuras del siglo XX. Charles Darwin que, sin haber vivido en este siglo, su teoría de la evolución de las especies y la sobrevivencia del más fuerte y de aquel que posea mayor capacidad de adaptación a las condiciones circundantes, tendría especial presencia en este siglo. Albert Einstein, y su teoría de la relatividad que transformó la visión del tiempo y rompió con la física de Newton imperante hasta inicios del siglo; gracias a este hombre, el ser humano pudo atreverse a ingresar al espacio y al átomo. Carl Sagan que nos legó la difusión de la teoría del Big Bang sobre los orígenes del universo; y, Sigmund Freud y su mirada al interior del ser humano y a sus más recónditos escondrijos. Estos hombres y sus ideas modificaron la manera de ver y comprender la célula y la genética, el primero; el tiempo y el espacio, el segundo; la comprensión del primer segundo de la creación o del Universo, el tercero; y, las bases del comportamiento humano, sus pasiones, complejos y ambiciones, el cuarto; y con ello sacudieron el andamiaje de toda la ciencia natural del siglo XX, en la que sus aplicaciones parieron un nuevo mundo.
La dolorosa pregunta que nos hacemos es: “en este escenario de la ciencia ¿cuál ha sido el aporte de América Latina? Pobre, pobrísimo, casi nulo. Apenas si tres latinoamericanos han logrado los Premios Nobel de ciencias: los argentinos Bernardo Haussay y César Milstein, en 1947, por sus trabajos en Fisiología y Medicina; y el mexicano Mario Molina, en 1970, por sus estudios de Química.
¿Será que los latinoamericanos estamos en desventaja genética frente a otras culturas, para transitar en las ciencias exactas y de la naturaleza?
No, claro que no. La respuesta la podemos encontrar en otro lado, en la desidia con que los gobiernos de la región miran y apoyan el desarrollo científico autónomo y propio, en el reconocimiento que debe brindar la sociedad al personaje que dedica su vida a estudiar y a investigar y en la falta de una comunidad científica que brinde el apoyo y sustento al investigador.
En la primera Ola, cuando la tierra era el sustento del desarrollo y en la segunda Ola cuando era la máquina, América Latina prestó poca o ninguna atención a su desarrollo científico. Era y es más fácil comprar la tecnología que desarrollarla. Estuvo y sigue estando más acorde con sus ideas, el creer que la tecnología, al ser producida en otras latitudes era de superior calidad que aquella que hipotéticamente podía salir de laboratorios y fábricas instaladas en nuestro suelo y operadas por científicos de nuestro mismo color de piel y que hablaran nuestra lengua.
En la actualidad asoman síntomas halagadores. Nuestros técnicos se apropian del conocimiento y empiezan a experimentar, unas veces con éxito y otras no. Por ejemplo en el campo del diseño de software para computadoras, los técnicos latinoamericanos, especialmente jóvenes universitarios están desarrollando nuevas aplicaciones que son admitidas en todo el mundo.
En ciencias biológicas, que deberían ser mejor atendidas por gobiernos y universidades ya que América Latina es poseedora de la mayor riqueza biológica del mundo, existen ya centros de investigación y muchos investigadores dedican su vida al estudio de nuevas y desconocidas plantas y animales para encontrar sus secretos.

La educación
El sistema educativo de la región es heredero de las virtudes y defectos originados en la península ibérica del siglo XV. Junto con los conquistadores arribaron a América diversas órdenes religiosas con el cometido de extender la doctrina cristiana entre los aborígenes de estas tierras. La cristianización partió de la base del miedo; los indios eran considerados como mano de obra barata a la que no se debía educar y mantenerlos en la ignorancia de sus derechos, y así, tornar imposible el reclamo de los mismos. Un analfabeto era fácil presa de la justicia de la Corona porque ignoraba el mecanismo y el procedimiento para su administración. Basta recordar lo que sucedió con Atahualpa, cuando le acercaron una Biblia para que aceptara los mandatos bíblicos, y el Inca llevó el libro a sus oídos; luego de un momento arrojó el libro al suelo diciendo que éste no le había dicho una sola palabra. Por eso fue condenado como infiel.
La educación era, en aquellos primeros años de la Colonia, un privilegio de las clases dominantes. Los hijos de los españoles venidos a América, eran los únicos que podían aspirar a una educación básica. Ni siquiera las hijas mujeres de estas familias asistían a una escuela porque no se consideraba necesario que ellas supieran leer y escribir para cumplir a cabalidad su función de amas de casa. Las que sabían leer y escribir eran las hijas de pocas familias que podían costear la presencia diaria y a determinado horario de un maestro en sus casas para impartir la instrucción. Casos excepcionales eran aquellos en que las madres eran las instructoras de sus hijas. Estas niñas, paralelamente a las lecciones de lectura y escritura, recibían lecciones de costura, bordado, piano y una que otra enseñanza más que les preparara a desempeñarse como buenas amas de casa en el arreglado matrimonio al que estaban destinadas.
Desde la conquista española y el inicio de la Colonia, el sistema educativo no gozó de los aires frescos necesarios para la investigación y desarrollo científico. Las universidades estaban destinadas al estudio de Jurisprudencia y de Teología. Los conocimientos científicos de Ingeniería necesarias para las grandes construcciones de Iglesias y Palacios propios de la época eran privativos de los sacerdotes y europeos afincados en América, quienes dirigieron los trabajos ejecutados por indígenas, la mano de obra barata.
Pasado el período colonial, las guerras de la Independencia no lograron cambiar el sistema educativo. Las repúblicas que surgieron, siguieron el mismo esquema y procedimiento. Las élites privilegiadas que podían costear los viajes de estudio en Europa eran ínfimas y los que aquí se quedaban solo podían asistir a las escuelas confesionales existentes, las que seguían los métodos coloniales para enseñar los mismos contenidos de 200 años atrás.
La herencia de aquellos tiempos ha sido poderosa y, los intentos por dejarla atrás han sido parciales y no sistemáticos. Los resultados obtenidos no son halagadores. Los profesores siguen pensando que “la letra con sangre entra” y que su misión es meramente informativa, sin pensar en que la educación debe cimentarse en la investigación y el razonamiento.
El diseño del sistema educativo, a pesar del tiempo transcurrido, sigue siendo similar al de la primera Ola. Está basado en la memoria, como si esta fuera la única herramienta que posee el ser humano para apropiarse del pensamiento y del conocimiento científico o humanista. Desde el primer año, el profesor, que no el maestro, se limita a intentar cumplir con los planes emanados del Ministerio respectivo. Esa rutina la repite año tras año, y camina por el mismo sendero de la rutinaria repetición memorística que ofende al intelecto del estudiante, pero que lo domestica, porque no le entrega ni le entrena las capacidades analítica y crítica que lo enrumbaría por nuevas rutas para acercarse a la verdad científica. El estudiante, desmotivado para salir de la mediocridad, se embelesa en repetir una y otra vez fechas, hechos, números, tesis, sin comprender la trascendencia del conocimiento.
En las aulas de la educación primaria y secundaria le está permitido al estudiante, utilizar todas las preguntas del idioma y del intelecto, a excepción, claro está, de las dos más importantes: ¿Por qué? ¿Para qué? Podrá usar el ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? Quizás también le permitan usar el ¿Qué?, pero jamás podrá hacer uso de aquellas otras que son las que abren el intelecto a la verdad y a la ciencia.
Las repúblicas de América Latina vieron pasar la era industrial como un viento lejano y no se apropiaron de la máquina y sus beneficios y aberraciones; prefirieron cambiar superficialmente el nombre y los gobernantes, pero no profundizaron todo lo que había que hacerlo. La segunda Ola no ingresó a la vida de América Latina. En los pocos casos en que se instaló una industria fue apenas por iniciativa de algún europeo nostálgico de su tierra que quiso replicar las condiciones de la tierra abandonada, pero se encontró que la visión de la gente, y entre ellos, las autoridades que reemplazaron a las que imponía la Corona, no habían entendido lo que sucedía en el mundo y por eso, América Latina quedó rezagada en la carrera del desarrollo, mientras que los países anglosajones ocuparon ese lugar.
Los pocos jóvenes de América Latina que en estos siglos pudieron educarse en la Metrópoli, pudieron conocer las ideas libertarias que recorrían los templos masónicos europeos y las trasplantaron, sin adaptación, a este continente. Fueron ellos los que anunciaron nuevos tiempos y fueron ellos los que comandaron las rebeliones y dirigirían los ejércitos que alcanzarían la tan ansiada libertad.
Pero, tras las guerras de la Independencia, los cambios fueron de nombres pero no de sistemas y costumbres. Los oficiales que lucharon bajo San Martín y Bolívar se alzaron con el Poder, aunque no estuvieron preparados para gobernar. Fueron más evidentes sus anhelos de riqueza que su visión de Estadistas. La educación no cambió y siguió siendo privilegio de pocos y de una mediocridad inaudita.
El problema radica en que a la ampliación de la oferta de educación que trajo aparejada la República, no le acompañó el mejoramiento en su calidad. Desde entonces se han creado innumerables establecimientos educativos propios de los estudios escolásticos y un número menor dedicado a los estudios técnicos. El bachillerato sigue siendo propedéutico y no existe un lugar, por muy apartado de la capital en que se halle, donde no se levante una escuela que entregue una educación básica. Sin embargo, los métodos y contenidos educativos siguen la misma rutina impuesta hace siglos.
Desde hace unas décadas, verdaderos maestros han surgido en nuestra América y con su intelecto y experiencias han emprendido la ardua y urgente tarea de modificar el andamiaje de la educación. El optimismo está presente, aunque los cambios propuestos chocan con las paredes del pasado y no siempre logran derribarlo.
La apropiación del conocimiento no es el único objetivo a ser alcanzado por estas nuevas teorías, sino que se impone la necesidad de que el educando pueda desarrollar su independencia, sus habilidades y sus intereses. Marcando así la educación se pretenden abrir las puertas de la tercera Ola, a fin de que América Latina pueda definir su proyecto de vida.

NAVEGAR EN EL MAR DEL FUTURO
Levar las velas
La cuestión política fundamental es quién tiene la imaginación y las agallas para diseñar una nueva sociedad, esa misma que estamos reclamando y que será la destinada a reemplazar a la ahora tenemos. Las actuales escaramuzas políticas agotan nuestra energía y atención, mientras bajo ellas, una batalla mucho más importante se está llevando a cabo; a un bando pertenecen los partidarios de un pasado inequitativo, injusto, excluyente, propio de un país vago, esclavista, racista y aprovechador; mientras al otro bando pertenecen aquellos que comprenden que los más urgentes problemas de un país son el hambre, la energía, el control del crecimiento de una población, la ecología, el cuidado de los recursos naturales, los cuidados debidos a poblaciones vulnerables como los niños y los adultos mayores o ancianos, la falta de fuentes de trabajo y todos ellos no pueden ser resueltos fuera de un marco de ética, de imaginación y de un diseño institucional que responda adecuadamente a estas nuevas circunstancias.
La vieja guerra de los intereses agrícolas, a menudo feudales y de haciendas contra los industriales y comerciantes, la lucha religiosa entre clericalismo y anticlericalismo, la lucha regionalista entre los habitantes de la Costa y de la Sierra, entre militarismo y civilismo, entre capitalismo y comunismo, entre liberalismo y socialismo, entre exportadores e importadores; en fin, esas viejas luchas adquieren otro matiz cuando se las conoce y se las comprende a la luz de las nuevas circunstancias surgidas en esta era del conocimiento y que inciden en la vida personal, individual, familiar y social.
Ahora las amenazas de desestabilización tienen orígenes diferentes. En el sur, la construcción de una fábrica de papel llevó a un intercambio de gestos hostiles entre Uruguay y Argentina; en el norte, México lucha por cambiar las leyes de inmigración vigentes en varios Estados de la Unión Americana; cosa igual sucede entre Venezuela y Colombia o entre Venezuela y Guyana, que poco o nada tienen que ver con una lucha de límites como era común en la era de la primera Ola, la desconfianza radica en la aplicación de ciertos principios de política internacional que tienen que ver con soberanía y extraterritorialidad. En cualquier caso, el fundamento de estos problemas ya no pertenece a la primera Ola, parcialmente pertenecen a la segunda, pero en realidad a estos conflictos debemos ubicarlos en la tercera.
En medio de estas luchas, las instituciones políticas propias de un Estado, luchan desesperadamente por sobrevivir en un mundo que no comprenden, los sistemas de todo tipo se resquebrajan, mientras los salvavidas sociales como el familia, el Estado y la Iglesia, son cuestionados por su inanición frente a ellas, pero ¿cómo pueden hacerlo, si ellos mismos están absortos tratando de comprender qué es lo que pasa en las sociedades?
Mientras no comprendamos estos cambios profundos y no seamos capaces, tanto como individuos y como sociedades de apropiarnos y utilizarlos en aras de una mejora sustancial en la calidad de vida personal y social, seguirá América Latina sufriendo los embates de la incomprensión, de la violencia y la inestabilidad, arrojándonos fuera del tan ansiado desarrollo.
Hace ya algunos años, Winston Churchill decía que “los imperios del futuro son imperios de la mente”. Lo que no se ha entendido correctamente hasta ahora es el grado de transformación de la sociedad y sus relaciones que se producirán bajo el nuevo esquema.
Hace falta aprender a vivir la diversidad y convivir la diferencia, no la universalidad que impone sus fórmulas a pretexto de libertad y de una supuesta independencia, como lo viene haciendo occidente desde hace más de 2000 años. Ante ello, cabe abogar por “un mundo en donde quepan todos los mundos”. No necesitamos un planeta globalizado, homogenizado, único, como el “primer mundo”, sino un mundo de armonía de complementarios. Para ello, hay que cambiar las reglas de juego y la cancha, puesto que esto es imposible dentro del actual sistema antropocéntrico de derecha o de izquierda.