EL CORONEL VARGAS TORRES [1] 



EL ECUADOR RECUERDA LOS 129 AÑOS DEL ASESINATO DEL REVOLUCIONARIO LIBERAL LUIS VARGAS TORRES  



Oswaldo Albornoz Peralta
La lucha que antecede a la toma del poder por el liberalismo tiene rasgos de epopeya, pues que la heroicidad es, podríamos decir, su denominador común. Y la vida y la acción de Vargas Torres son parte insustituible de esa etapa heroica.

El combate liberal se desenvuelve en medio de la crisis en que se debate el caduco régimen político dominado por los terratenientes. Y es, en ese entonces, no sólo manifestación de los intereses de la burguesía que emerge, sino que también expresa sentidas aspiraciones populares. Por eso tiene el aliento del pueblo, el viento del pueblo, como dijera el poeta español Miguel Hernández.

En efecto, como en todo movimiento social de trascendencia, las masas populares, persiguiendo reivindicaciones postergadas, juegan un papel protagónico y son, al final, el factor decisivo del triunfo. Alberto Hidalgo Gamarra [2] nos narra como los peones de la hacienda de su padre se incorporan a las filas liberales y se convierten en la columna vertebral de la célebre campaña de los chapulos que dirige Nicolás Infante, persiguien¬do, básicamente, romper las cadenas del concertaje aunque sea a costa de la propia vida. Más y más conciertos, pequeños y medianos campesinos de la costa, en un primer momento, engrosarán las huestes capitaneadas por Alfaro. Del seno oscuro de la manigua, de los pueblos humildes de las playas costaneras, surgirán soldados valerosos y guerrilleros indomables, como los hermanos Cerezo por ejemplo.

VARIAS FUERON LAS ETAPAS DE ESTA LUCHA A MUERTE.

En una de ellas, en la emprendida contra el general Ignacio Vein¬temilla el Ignacio de la cuchilla de Las Catilinarias de Montalvo- que ha instaurado una oprobiosa y corrompida dictadura, Vargas Torres hizo su entrada en la historia ecuatoriana. Luego de liquidar la Casa Comercial Avellaneda y Vargas T. de Guayaquil, compró armas con el dinero obtenido y se alistó en el ejército del general Eloy Alfaro. Jefe Supremo de las provincias de Manabí y Esmeraldas. Comandando una de sus divisiones participó en la toma de la ciudad antes nombrada -9 de julio de 1883- acción en la que también intervino la llamada coalición restauradora, formada por conservadores no adictos al dictador. Terminadas las operacio¬nes militares, como resultado de su gallarda actuación, fue elegido diputado a la Convención que se había convocado.

Por inexperiencia el liberalismo no cosechó ningún fruto de la victoria obtenida. El escritor Patricio Cueva se expresa así sobre este particular:

Los restauradores... birlaron el triunfo a Alfaro a pesar de que su campaña fue decisiva en la derrota del Dictador. «Me conduje como un recluta», dirá más tarde el General. [3]

Eso aconteció, desgraciadamente. Y lo peor fue que el presidente elegido, José María Plácido Caamaño -de pura cepa latifundista- quiso detener a sangre y fuego el ascenso de las fuerzas progresistas, resucitan¬do la represión garciana y convirtiéndose en un pequeño tiranuelo. Un tirano pigmeo porque no tenía la talla de García Moreno, tal como está calificado por José Peralta en su libro El régimen liberal y el régimen conservador juzgados por sus obras.

Más todavía: a la represión Caamaño unió la corrupción. El folleto titulado La Revolución del 15 de Noviembre de 1884 que Vargas Torres publicó en el exilio, contiene estas duras palabras:

¿Qué significa aquel desbarajuste de las rentas nacionales y el haber empleado a su hermano y a su cuñado en los destinos más lucrativos de la república? Significa nada menos que falta de dignidad y de honradez; significa que el robo público tiene sus principales agentes en quienes deberían exterminarlo. [4]

Se trata de aquella empresa familiar que ha perdurado en nuestra historia con el sugestivo nombre de La Argolla.
Ante estos hechos, el liberalismo se preparó nuevamente para la pelea, dirigido siempre por Alfaro, caudillo irreductible. Y una vez desatada la revolución en el año 84, sus combatientes escribieron las páginas más gloriosas de su largo historial, a la par, que las más san¬grientas. Gran parte de la costa se conmovió al paso de la montonera, expresión magnífica de la guerra popular. Los revolucionarios, declarados piratas y bandoleros, eran fusilados contra toda ley y contra toda jus¬ticia. Muchos pueblos fueron incendiados y saqueados por orden de los jefes gobiernistas, que luego dirían con descaro, que habían procedido “paterna¬lmente” con los descarriados... como consta en la Memoria del ministro de Guerra. Quizás el incendio del Alhajuela con propia mano para no rendirse, sea el símbolo más alto del heroísmo de esta etapa de lucha. Heroísmo otra vez vano, pues que fue la derrota, el epílogo triste y doloroso.
Vargas Torres estuvo inmerso en la contienda y participó desde un principio. En su Diario de Campaña, publicado por el gobierno que se apoderó del documento, están narrados los trabajos realizados en Centro América para preparar el movimiento revolucionario. Su centro de acción, esta vez, fue la provincia de Esmeraldas.
Incansable luchador, poco después, desde el Perú, donde se había radicado a raíz de la derrota, atravesó la frontera a fines de 1886 para reiniciar el combate. Pero en esta ocasión el desenlace fue rápido y cayó prisionero en la ciudad de Loja. Dadas las características del régimen, la suerte estaba echada.
Los acontecimientos, justamente, se desarrollaron como era de esperarse. Un Consejo de Guerra conformado con gentes escogidas exprofeso, se reunió en la ciudad de Cuenca y le condenó a la pena de muerte, pese a que la Constitución vigente prohibía ese castigo para los delitos políti¬cos. El Consejo de Estado se pronunció en contra de la conmutación de la pena impuesta. Y, por fin, el presidente Caamaño, basándose hipócritamente en el pronunciamiento de tal organismo, negó también dicha conmutación, conduciendo al patíbulo, en esta forma, al joven héroe esmeraldeño.

ERA EL 20 DE MARZO DE 1887.

Se había preparado todo el escenario para la cruel venganza, inclu¬sive llevando a colegiales para que presenciaran como se castigaba a los herejes. Se quiso humillar a la víctima exigiéndole que se arrodillara, pero él se negó a tal afrenta, manifestando que moriría como en ese tiempo morían los hombres: con el pecho y la mirada al frente. Y así fue. Sonaron los disparos y todo había terminado.




No, no había terminado todavía la tragedia. El cadáver fue llevado en una jerga y se le negó sepultura en el cementerio por tratarse de un descreído que no había querido confesarse pese a los esfuerzos del obispo. Se arrojó su cuerpo en la quebrada de Supay-huaicu, y sólo gracias a la caballerosidad del doctor Miguel Moreno, pudo ser colocado en una caja mortuoria y enterrado en una fosa. El doctor Moreno mencionado, era el vate mariano que posteriormente, en 1907, publicaría los sentidos versos del Libro del Corazón.
Caamaño, a manera de colofón del doloroso drama, diría en su Mensaje de ese mismo año, que la muerte de Vargas Torres “llegó a hacerse ineludi¬ble, ante las exigencias de la vindicta pública”. [5]!!
Otros detalles, detalles que emocionan y muestran la vigorosa contextura moral de Vargas Torres, se pueden encontrar en la biografía escrita, con pulcra y erudita pluma, por el distinguido historiador doctor Jorge Pérez Concha.
Nosotros terminamos con una estrofa de su paisano, Nelson Estupiñán Bass, gran poeta y novelista:

Coronel,
Coronel,
ahora todos los hombres comprendemos
que decir tu nombre es hacerle a la Libertad una oración;
que decir Vargas Torres
es como agitar una lámpara en la noche,
como tocar en el fondo del alma una campana jubilosa,
como desplegar ante el viento una bandera. [6]

Lámpara y bandera, exactamente. Porque para quienes recogemos las tradiciones avanzadas de nuestra historia, las luchas heroicas del ayer son guía y ejemplo para las luchas del presente. Por esto, su nombre, sigue siendo lámpara y bandera.


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Publicado por César Albornoz