LA META Y EL CAMINO 



DESQUICIANTE VIAJE DE LA HUMANIDAD POR LA TIERRA 



I PARTE
Fausto Jaramillo Y.

La ciencia, en sus actuales niveles, no puede determinar con precisión el momento exacto en que comenzó el doloroso, violento, maravilloso, alucinante y desquiciante viaje de la especie humana en el planeta Tierra; apenas si nos puede decir que se han encontrado huellas con una antigüedad de varias decenas de miles de años, especialmente en la vieja Europa y en África, es decir en los alrededores del mar Mediterráneo, pero es reticente al momento de señalar, con precisión, el instante mismo en que los primeros grupos de homínidos salieron desde las profundidades del continente africano y en largas y fatigosas jornadas caminaron a poblar los otros cuatro continentes.

Los restos arqueológicos encontrados pueden acercarnos a la forma de vivir de aquellos pueblos nómadas, a sus ideas, a sus comidas, a sus costumbres, a sus dioses; pero nada es seguro debido a que esos caminantes no habían aprendido a leer y escribir y por lo tanto no nos legaron ningún documento probatorio de cuánto podamos imaginar sobre ellos.
Siglos después, cuando esos hombres dominaron la agricultura y se volvieron sedentarios, en la región del Medio Oriente, aprendieron a escribir en tablas de cera o argamasa, en las pieles curtidas de los animales cazados y en papiros. A partir de ese instante la historia humana pudo ser descrita y conocida.
Entre esos pueblos originarios, sin desmerecer las virtudes de otros, a más de los negroides que nos legaron los genes, hay que destacar a los griegos y judíos ya que son dos pueblos de quienes heredamos gran parte de lo que define nuestra identidad. Los helenos nos legaron su filosofía, su pensamiento, su ciencia, sus instituciones, sus costumbres, sus méritos y sus deméritos, en los que se asienta la llamada civilización occidental, a la que luego se le añadiría el calificativo de cristiana, por la herencia recibida del pueblo judío, de una ética religiosa basada en la aceptación de un solo Dios. De la Biblia judía podemos extraer lecciones sobre el bien y el mal.
Homero, el poeta griego, en sus obras: La Ilíada y La Odisea y a través de sus personajes, nos legó los prototipos de las virtudes y pecados de todos los seres humanos de todos los tiempos y de todos los pueblos. En el libro primero el rapto de una bella mujer es motivo para que varios reyes de las islas jónicas se reúnan a planificar la venganza e iniciar una guerra. Tras la aparente razón esgrimida se esconde el Poder y el interés por controlar el comercio marítimo y la guerra se torna un escenario de pasiones y ardides, no siempre ejemplares, para alcanzar el objetivo.
También los dioses participan en la contienda, la que terminará, cuando un hombre usando su intelecto logra vencer la resistencia de los troyanos e ingresar a la ciudad.
Finalizada esta guerra, los reyes coaligados debieron retornar a sus reinos. Odiseo es uno de ellos, quién emprende la retirada hacia la isla de Itaca, su tierra de origen. El viaje de este rey, pletórico de mitos y aventuras, serviría de argumento a La Odisea, una obra literaria imprescindible para comprender al espíritu humano y su camino.
Siglos después, ya no un escritor como lo fue Homero, sino un cineasta llamado Stanley Kubrik, se apropió del concepto de la travesía para regalarnos una película extraña, compleja y maravillosa “2001 Odisea del espacio”.
La Odisea griega tenía como límites los confines del mar, la cinematográfica los amplía al infinito del espacio. Los dos viajes no están exentos de dolor, miedo, incertidumbre ante lo desconocido, en el que se esconden peligros y tentaciones.
El griego retorna a su hogar donde le espera su esposa Penélope y los suyos. En la larga travesía debe enfrentar todas las dificultades que los dioses y la naturaleza le ponen al frente. Comanda a la tripulación del barco con toda la inteligencia y decisión de un verdadero líder hasta alcanzar la tierra soñada.
El solitario astronauta se adentra en el espacio, donde debe enfrentar el vacío y la oscuridad; la amenaza que pone en peligro su vida no viene desde el exterior como le sucede al viajero griego, sino que surge desde el interior de su nave, es la tecnología personificada en una computadora, la que quiere gobernar el viaje y la vida del astronauta. El ser humano, en ambos casos, debe pagar un precio cercano a su propia vida, para alcanzar la meta, munidos con las únicas armas verdaderamente humanas: la sagacidad que nace de la inteligencia y del estudio; y con la valentía que surge de la voluntad.
Ambos Ulises, el griego y el cinematográfico se han convertido en prototipos de héroes que no vacilan en luchar contra la adversidad hasta alcanzar lo que se han propuesto. La palabra Odisea es ahora, sinónimo de una travesía llena de aventuras, tal cual es el proceso de vida en el que todos los seres humanos, de todas las épocas, estamos embarcados.
EL INICIO DEL VIAJE DE AMÉRICA LATINA
La travesía de la especie humana en América, de acuerdo a la ciencia, solo la podemos contabilizar en alrededor de 15.000 años. Por supuesto, hay autores que defienden la tesis de que el ser humano ha estado presente en nuestro continente desde hace 40 mil años, pero no se han encontrado evidencias que justifiquen ese dato, mientras que las huellas más antiguas encontradas hasta hoy, en sitios como Clovis y Friedklin, en territorio de lo que hoy es Canadá y Estados Unidos en Norteamérica y en Monte Verde, en el sur de Chile, nos hablan de 14 mil, más o menos, incluso 15.500 años. Ese punto de partida muestra a un ser humano preocupado únicamente por sobrevivir en una geografía desconocida y hostil. Los restos encontrados no muestran una organización social política, ni siquiera familiar o de clan. Su vida nómada transcurre entre cazar y pescar, huir de las erupciones volcánicas y de los animales salvajes, batallar contra las inclemencias del clima y reproducirse.
Poco a poco, a lo largo de miles de años, América se fue poblando, el hombre comprendió mejor a la naturaleza que le rodeaba y pudo dominarla. Cuando llegaron los europeos, el hombre de Abda Yala, ya vivía en sociedades complejas, había desarrollado una organización política, domesticado a las plantas y a varios animales, se dedicaba a la agricultura y a las manualidades, sabía contar y construir fortalezas y ciudades y se había adentrado en las complejidades de las ciencias y del arte. Tras la conquista, el viaje continuó, el mestizaje fue su carta de identidad. Mestizaje que no fue únicamente racial, fue sobre todo cultural. Cambió su organización familiar, social, política, económica, científica y tecnológica. Nuevos conceptos llegaron para asentarse en estas tierras y nuevas ideas surgieron de ella.
EL PRESENTE
El aquí y el ahora no son eternos
La idea de que el mundo, tal como es conocido y percibido por una generación, debe durar indefinidamente es una de las falacias más determinantes de su comportamiento y de las más constantes de la historia; quizá a ello se deba el hecho de que los problemas y conflictos que se presentan en una determinada sociedad, no sean asumidos, por ésta, como partes integrantes de un proceso de más largo alcance y que, por lo tanto, deben ser enfrentados en su integridad. Los problemas y conflictos son tratados en forma aislada del resto de relaciones sociales, cuando en realidad, cada uno de ellos forma parte de un entramado complejo en el que cada uno ejerce una influencia grande o pequeña sobre los otros y, esa mutua influencia es la encargada de configurar el escenario de vida del pueblo. El miedo al cambio es un síntoma que produce una visión reduccionista que obstaculiza una solución integral y definitiva de los conflictos.
Cada época, cada tiempo, tiene sus propias condiciones y característica, sus propias instituciones y su propio espacio. El contrato social adquiere características propias en cada época y en cada latitud. No existen los moldes rígidos y eternos; siempre se cambia y el nuevo diseño que aparece, obliga a cada sociedad a adaptar su ritmo de cambio a las nuevas condiciones. Las leyes y normas sociales, así como las instituciones encargadas de su administración deben ubicarse en el deber ser, antes que en el ser; adelantarse a lo que está sucediendo para insertarse en lo que vendrá y, responder así, a las nuevas demandas que irán apareciendo. No podemos desconocer que el concepto de desarrollo tiene en su matriz la necesidad de afrontar continuamente los cambios que intervengan en ese proceso. Lastimosamente, en la actualidad sucede lo contrario: las instituciones responden a las condiciones de lo que ya fue, mientras que lo que es ahora, y peor, lo que será mañana, no tiene representación ni cauce para su manifestación; incluso, en ocasiones, parecería que el diseño en el que basan su accionar, las instituciones al haber sido creadas en siglos pasados, se oponen a las nuevas demandas, conspiran contra ellas y dejan al ciudadano desamparado.
El miedo paraliza la imaginación e impide sospechar que un día, una forma de vida diferente traiga consigo una nueva organización política, una nueva estructura económica y social; que imperios y pueblos están condenados a desaparecer y en su lugar otros emergerán, distintos, impensados. No es menos cierto que eso sucederá imperativamente y las naciones deben vislumbrar ese nuevo escenario a fin de prepararse para vivir en él, adaptarse a los cambios por venir y amenguar los efectos de los traumas que sufrirán por causa de éstos.
En la actualidad, las viejas formas de pensar, las obsoletas fórmulas, dogmas e ideologías, por estimadas o útiles que hayan sido en el pasado, no se adecuan ya a la vida moderna. El mundo que está emergiendo rápidamente del choque de nuevos valores y tecnologías, trae aparejado nuevas relaciones en la geopolítica, nuevos estilos de vida y medios de comunicación, exige ideas y analogías, clasificaciones y conceptos completamente nuevos que provoquen comportamientos diferentes. No podemos encerrar el mundo embrionario del mañana en los cubículos convencionales del ayer. Tampoco son apropiadas las actitudes y posturas ortodoxas.
Un nuevo descubrimiento científico o tecnológico, una nueva demanda en el mercado, la puesta en vigencia de una nueva ley o reglamentación, la construcción de una obra de infraestructura, la moda del momento, un desastre natural, incluso un triunfo deportivo traen consigo consecuencias impensadas en el comportamiento de una sociedad, en la ética con que enfrentan sus miembros sus relaciones sociales; en suma, en la cosmovisión del ser humano, y sin embargo, no son comprendidos en su dimensión social sino que son aceptados como “algo natural”, es decir, como parte integrante de un presente inamovible.
No es suficiente decir que los cambios a los que nos enfrentamos serán revolucionarios. Debemos controlarlos y canalizarlos, pero para ello, primero debemos identificarlos y analizarlos.
FUTURO:
Fin del viaje o inicio de otra odisea
A principios del tercer milenio, América Latina, sigue viajando ¿hacia dónde? ¿Cuál es el puerto al que debe arribar algún día? ¿Existe ese puerto o es apenas una ilusión cambiante? ¿Quién puede asegurar que los objetivos propuestos son lo que alcanzará? ¿Qué nuevos retos aparecerán en el futuro? ¿Será América Latina víctima de los cantos de sirena o tendrá el coraje de llenar los conductos auditivos de su población con cera mientras sus líderes tendrán el coraje de atarse al palo mayor del barco para no torcer el rumbo marcado? Son tantas las preguntas y ninguna de ellas tiene una respuesta certera.
Al carecer de un sistema que nos permita comprender el choque de fuerzas que se producen en el mundo actual, somos como los tripulantes de un barco atrapado en medio de una gran tempestad y navegamos sin brújula ni mapa por entre peligrosos arrecifes, tal como sucede en las dos Odiseas a las que nos hemos referido.
Sin un norte definido, todos tenemos la obligación de aportar, desde nuestro particular punto de vista, a configurar el mapa o la ruta del viaje. En este intento, las luchas intestinas nos impedirán mirar lo que actualmente sucede en el mundo donde la tecnología está modificando la estructura del Poder, abandonando las antiguas fuentes del mismo: la tierra, la máquina, el dinero, sin permitir que sea el conocimiento el que ocupe ese lugar. Hay que destruir obsoletas formas de interpretar el tiempo y el espacio para lanzar al mundo a otra configuración.
Si el concepto que tenemos de nuestro futuro es simplemente una concepción derivada del presente, no sería necesario un mayor esfuerzo intelectual para diseñarlo y comprenderlo; si por el contrario, dicho concepto es el que determina nuestras acciones, no seríamos capaces de modificar el rumbo a causa de las cambiantes circunstancias. En ambos casos, el viaje se internaría en un determinismo que nos llevaría a una inacción.
Pero existe otra visión, quizá más imaginativa, más audaz, quizás más etérea, pero al mismo tiempo más real. Pertenecemos a la última generación de una vieja y obsoleta forma de mirar y entender el mundo y, por supuesto, a nuestro país; de entender las relaciones sociales y el diseño institucional y político de un Estado que perteneció al siglo XX. Al mismo tiempo pertenecemos a la primera generación de una nueva cosmovisión, de la política, de la economía, de las relaciones personales y sociales, de las interpersonales con la familia y con las colectividades.
Por décadas, América Latina ha ensayado todas las doctrinas políticas y económicas vigentes en el mundo y no ha podido resolver sus problemas con la aplicación de alguna de ellas; por eso, debe tornar la mirada hacia otros campos con la esperanza de encontrar las respuestas. La política sola no es la solución, hacen falta otros elementos que permitan completar la ecuación.
A pesar de las incógnitas, América Latina, quiere trazar su propia ruta. Sabe, por experiencia, que no podrá hacerlo mientras permanezca dividida, por eso, a pesar de los fracasos, sigue intentando diseñar procesos de integración. Sabe que sus problemas no han podido ser resueltos por una conjunción de factores entre los que sobresalen la falta de una educación acorde con los tiempos y una permanente injusticia en la distribución de la riqueza. Actualmente, al sentir los efectos del fenómeno del calentamiento global aprende que la naturaleza no pertenece a persona alguna, ni siquiera a un pueblo, pertenece a todos los seres humanos por igual, es un bien planetario y lo que cada uno haga con ella, bien sea en forma individual o colectiva, repercute en todo el conjunto de criaturas que aquí moramos.
Recientes acontecimientos han logrado tambalear la confiada imagen del futuro que el inmóvil presente nos ha forjado. El mundo bi-polar imperante hasta 1989, había otorgado a la geopolítica una extraña sensación de equilibrio entre las naciones; pero, tras la caída del muro de Berlín, se dio paso al imperio de una sola nación, la que confundió su papel de potencia hegemónica con el de un perro guardián y policía del mundo. Basados en la idea de su superioridad bélica y económica, los Estados Unidos habían logrado someter al resto de las naciones y guardando las apariencias de legalidad y legitimidad, así como de respeto a la soberanía de las naciones, obligaba solapadamente a los gobiernos a satisfacer sus deseos y cumplir sus mandatos. Muchas naciones y pueblos criticaron la política de Washington y mostraban su desacuerdo con lo que sucedía en el concierto internacional de naciones.
EL TIEMPO
Proa al viento
Los antiguos habitantes del continente de Abba Yala, hoy conocido como América, y no me refiero únicamente a los de los grandes imperios: Aztecas, Mayas e Incas, sino incluyo a los pueblos anteriores a éstos, tenían dos maneras de medir el tiempo: “una cuenta corta” y “una cuenta larga”. La primera tiene como referente principal el tiempo de duración de la vida de un ser humano; la segunda se aproxima más a la vida de una sociedad, a la historia de un pueblo o de una civilización e incluso de toda la humanidad.
En la cuenta “corta” podemos incluir todos los eventos o hechos de los que podemos ser testigos. En ella estarán los ciclos de gobiernos, ciertas luchas y guerras, determinados hechos históricos, intrigas palaciegas, complots, catástrofes naturales, construcciones, etc. A la segunda pertenecen las relaciones con los dioses, el afán de trascendencia, el afianzamiento de valores e instituciones que definen la identidad de un pueblo; en suma su cosmovisión.
En realidad, la duración larga no es otra cosa que la acumulación constante de hechos que tuvieron una duración corta, pero que sumados modificaron visiones y permanecieron por largo tiempo hasta enraizarse en un pueblo.
En la época moderna, las prédicas de Jesús, el invento de la máquina de vapor, la revolución francesa, el descubrimiento de América, la llegada de Mayflower a las costas de lo que hoy conocemos como Estados Unidos y la Reforma de Lutero son apenas unas cuantos ejemplos de eventos que se produjeron en la “duración corta”, pero que por sus consecuencias bien merecen estar ubicados en la “duración larga”; por el contrario, los “ismos” en el arte, el imperio napoleónico, la guerra de los 100 años, ocupan un lugar en la “duración corta”.
La ciencia, los principios, las leyes de la naturaleza que el ser humano logra desentrañarlos, inventos como la imprenta, la electricidad, o teorías como la de la relatividad, cambiaron la visión del mundo. Son hechos que se pronuncian rápidamente pero sin los cuales no podríamos entender el mundo en que vivimos, son de “duración larga”. Por el contrario, el triunfo de tal o cual candidato dentro de los procesos democráticos no tiene otra trascendencia que la permanencia del sistema y por lo tanto, pertenece a la “duración corta”.
En ocasiones no resulta fácil reconocer la diferencia entre una y otra, debido a que existe una especie de convivencia entre formas de organización social propias de una época con otras de otra época; mientras los viejos criterios y obsoletas instituciones van desapareciendo, los conceptos nuevos, instituciones novedosas, organizaciones que emergen, demandan tiempo para mostrar su solidez y eficacia para resolver problemas de la actualidad. Esto es lo que Gramsci, define como “crisis”, cuando plantea: “una crisis se produce cuando aquello que tiene que morir, no muere; y aquello que tiene que nacer, no nace”.
Sistemas autoritarios, ya sean monarquías, dictaduras, colonialismo, tiranías, y tantas otras, han dado paso, al menos teóricamente, a la democracia; pero al observar el funcionamiento de ésta, encontramos que muchas costumbres e instituciones de aquellas siguen presentes y gozando de buena salud, mientras la democracia se va perfeccionando. No quiere decir que el sistema democrático está contaminado con las aberraciones del pasado, sino que la imperfección humana torna imposible que un proceso pueda desligarse por completo de lo anterior.

Las dos visiones son verdaderas
Para comprender mejor esta visión de la historia, tomemos el esquema que hace muchos años planteó Alvin Toffler, en su clásico libro: “La tercera ola”, que revolucionó la forma de analizar y entender lo sucedido con la humanidad a lo largo de su presencia en este planeta. Como elemento base para su análisis tomó el método de producción imperante en cada una de sus categorías (olas), lo que según este autor, condiciona todas las actividades y relaciones humanas, desde la individualidad, hasta las más complejas como podrían ser las de la organización social, política, de justicia y religiosas.
Para el autor, la historia debe ser comprendida como una sucesión de oleadas, en la que cada una de ellas, configura un sistema de vida y de valores. Cada ola acude a la cita con la historia y no desaparece con el aparecimiento de la siguiente. El símil que usa el autor es el de las olas que besan una playa. Llega una ola, ingresa hasta lo más profundo de la playa y emprende su retirada, mientras que una segunda, más impetuosa ingresa rauda y confiadamente a la playa. No quiere decir con esto que la primera haya desaparecido, sino que permanece bajo la segunda. Lo mismo sucederá cuando la segunda emprenda la retirada y llegue la tercera, en una sucesión ininterrumpida.
Las olas superpuestas mantienen su diseño e influencia, lo que determina la existencia de conflictos y tensiones entre una y otra, agitando la vida de un pueblo, de todos los pueblos.

La primera Ola
Según este autor, la primera Ola se inició aproximadamente hace uno 18.000 años, en Europa, y unos 8.000 en América, cuando el ser humano ya había adquirido los rudimentos de la agricultura. El dominio sobre la tierra fue el primer punto de inflexión en el desarrollo social. Antes de esto, los humanos vivían como nómadas, en pequeños grupos migrantes; encontraban su alimento en la caza, la pesca y de los frutos que naturalmente daba la tierra. Con la agricultura, el ser humano pudo asentarse y con ello pudo formar familia, pudo rogar a los dioses el envío de lluvias y agradecerles por las cosechas. En forma embrionaria se diseñaron las formas de convivencia social primero dentro de la familia, luego entre familias y finalmente entre pueblos. Se otorgó la autoridad al más fuerte y se establecieron las especializaciones laborales y aunque se producía para el consumo inmediato, ocasionalmente las cosechas fueron abundantes que dejaban excesos que debieron ser comercializados con otros grupos humanos que requerían dichos productos; nacía así el trueque y luego el comercio.
La tierra, entonces fue el fundamento de la vida de los hombres. No hay actividad humana, en esta época, que no esté ligada a la tierra. En las relaciones familiares, grupales, sociales y con los dioses, la tierra era el elemento primario y al que se rendía culto casi sagrado.
A la tierra, el ser humano le rindió culto como a una diosa. A ella le ofreció sacrificios, incluso el de su propia vida. Fue ella la que le brindaba generosa, los productos para que pudiera sobrevivir y para que pudiera comerciar. Fue ella la que le acogió en su seno, cuando su cuerpo ya no quería o no podía seguir en este mundo. En fin, fue la tierra la medida de comparación de todas las cosas y la vida humana estaba tan ligada a ella que no existe ni una sola área del convivir personal, familiar y social que no tuviera algo que ver con ella.
Del trabajo agrícola participaban todos los miembros de una familia. Abuelos, tíos, padres, hijos, primos, nietos, agnados y cognados permanecían juntos en las tareas agrícolas y de pastoreo, formando unidades cada vez más extensas hasta formar los clanes o las tribus. La sangre unía, pero la tierra cohesionaba y fortalecía la unidad de sus miembros.
El tiempo que dejaba las tareas agrícolas, la familia lo dedicaba a ciertas tareas manuales, bien sea en la producción de bienes necesarios para sus miembros o sus casas, o artesanías que permitieran satisfacer sus gustos estéticos.
La tierra era moneda de trueque, el ideal de posesión, la medida de comparación del poder y del valor de los seres humanos. Cuanto mayor era la extensión de la tierra que poseía el amo, mayor era su Poder, dentro de su sociedad. Los imperios y el Feudalismo en Europa y la Hacienda en suelo americano son un claro ejemplo de esta ideología.
Las guerras fueron de conquista o defensa de territorios. Guerras que lograron configurar los mapas, los que se sufrían constantes modificaciones en base al triunfo o derrota de los contendientes; los ganadores se apropiaban de la tierra y de los pueblos, mientras que los derrotados pasaban a formar parte de un ejército de esclavos serviles a los conquistadores.
Las herramientas que en un principio fueron instrumentos de sobrevivencia: labranza, extensión de manos, etc., pronto se convirtieron en armas destructivas y de muerte.
Los pequeños o grandes viajes que calentaban la imaginación y desafiaban a los aventureros tenían como fin último el expandir los límites conocidos de la tierra para apropiarse de grandes extensiones de territorio. Antes de las guerras, la lucha por el Poder al interior de cada pueblo, también tenía como fundamento la posesión de la tierra. El líder, llámese Rey, caudillo, Khan, emperador, Inca, Gran Jefe, o cualquier otro nombre, era el propietario de la tierra, mientras que los súbditos o vasallos apenas eran amparados por los poderosos a cambio de la fuerza de su trabajo y de sus vidas, las que apenas servían para servir a éste.
Las ciencias que lograron mayor desarrollo fueron, precisamente, las que permitieron perfeccionar la agricultura: la cosmología, la medicina, el riego, etc. Los conocimientos adquiridos eran transmitidos oralmente de una generación a otra, tarea encomendada a los ancianos que, por su condición, ya no podían participar en las guerras.
Las relaciones con los dioses también formaban parte de esta cosmovisión. La tierra tenía nombre propio y a ella había que rendir culto y sacrificios. No hay pueblo de la antigüedad que no tenga en su imaginario un cuento, un mito, o una leyenda en la que no se encuentre esta veneración a la “madre” tierra, de cuyo vientre brota la vida y el bienestar de los seres humanos. Así, entonces, en esta época, el tiempo era medido en función de la producción agrícola y las distancias en función de lo que ella producía.
La tierra sirvió durante miles de años, como fuente de poder y de desarrollo. Ella era la que brindaba el alimento y a su vez exigía amor y respeto. La tierra otorgaba todos los beneficios y obligaba a que todas las acciones humanas sirvieran a su adoración.
En la primera ola se crearon vínculos profundos entre el hombre y la tierra. El primero debía sobrevivir y la segunda se encargaba de permitírselo. La tierra no era únicamente la fuente proveedora del alimento cotidiano, era la fuente de seguridad y tranquilidad; en ella el ser humano halló cobijo para las inclemencias del tiempo, solaz para su espíritu, alimento para su estómago y para su alma. Los nexos parecían indisolubles.
Este fue un fenómeno común a todos los pueblos y a todas las latitudes. Aquí mismo, en nuestra América, pueblos como los Pieles Rojas, Aztecas, los Mayas, los Incas, los Mapuches y los Onas, muestran evidentes signos de que su convivencia familiar y social estaba regida por los mismos elementos e iguales parámetros que sus similares imperios de Europa. Aquí también la tierra era la fuente de todas sus preocupaciones y de todas las normas de convivencia. La tierra era fuente de vida y de organización social.
Recién a finales del siglo XX, América pudo conformar el mapa político de la región, definiendo por vez primera los límites de cada país. La conquista y la defensa de la tierra, hasta esos años, siguió siendo la causa de conflictos y de guerras, de muertes y desesperanza, de ingentes gastos militares que provocaron y siguen provocando desequilibrios en los presupuestos de nuestros países, distrayendo recursos que bien hubieran podido destinarse a obras de infraestructura o a inversión social.
Tras las conquistas de los primitivos habitantes de estas latitudes, las grandes extensiones territoriales sin dueño conocido, despertaron la codicia de los europeos que en grandes oleadas vinieron a poblarlas y si, para ello, debían exterminar a los pocos grupos indígenas, pues, no vacilaron en hacerlo. Al norte y al sur del continente, el exterminio fue la norma, mientras que el medio, el mestizaje surgió como necesidad de mano de obra barata para labrar la tierra.
En suma, desde muchos siglos antes de la llegada de los europeos a las costas americanas, los aborígenes, al igual que los conquistadores, vivían de lo que producía la tierra y, por eso, había que brindarle pleitesía. El arribo de los “caras pálidas” o los “barbudos” significó el exterminio de muchos pueblos, pero no el cambio de mentalidad. La tierra siguió siendo el centro de la vida humana; la economía seguía basada en la producción agrícola y el Poder político se radicaba en aquellos que la poseían.
La Colonia duró más de 300 años en los cuales la base y fundamento de la vida siguió siendo igual. La configuración social y política, con otros nombres, siguió inmutable. Cambiaron los dueños pero no el sistema. La extensión de la hacienda, de la finca, del rancho o del pago marcaba el destino del Poder: a mayor extensión, mayor Poder y mayor reconocimiento social.
Las guerras de la independencia hablaron a los habitantes de este continente de conceptos intangibles como libertad, igualdad ante la Ley y democracia. La República que vino con ellas tampoco logró modificar la antigua concepción de la vida de los pueblos. “Último día del despotismo y primero de lo mismo”, era la frase que circulaba por aquellos días. Las primeras constituciones que se dictaron luego de esas guerras evidencian que la tierra seguía siendo la fuente de Poder. Había que poseer tierras para ser considerado como ciudadano y mucho más si el interesado pretendía participar de la vida política de los nacientes países.

La segunda Ola
La revolución Industrial cambiaría la historia y sería el punto inicial de una nueva “Ola”. A partir del invento de la máquina de vapor, la humanidad inició una revolución en su cosmovisión. La tierra poco a poco fue dando marcha atrás como fuente de poder y poco a poco, quienes poseían la máquina, sabían operarla y controlaban su producción se transformaron en la nueva clase dirigente. De los imperios y los reinos la humanidad pasó a las Repúblicas; de la tierra, el Poder pasó al dinero; de las grandes extensiones de territorios agrícolas, se pasó al desarrollo descomunal de las zonas urbanas levantadas cerca de donde estaban las máquinas; de las cortas distancias recorridas para comercializar sus escasos productos se pasó a los largos recorridos llevando y trayendo los excedentes que diariamente salían de las máquinas. El tiempo se redujo y fue medido por los relojes de las fábricas, mientras que las distancias se acortaron en función de los mercados que demandaron nuevos productos.
Sería la revolución industrial la que al cambiar la base del Poder vendría a modificar la concepción política. Con la máquina también habrían de llegar cambios en la institucionalidad, pues la Revolución Francesa, que tuvo lugar pocos años después de la Industrial, trajo consigo la República como reemplazo de los reinos y de los imperios.
La máquina obligó al ser humano a abandonar el campo para morar en los conglomerados urbanos donde camina hacia las chimeneas negras de las fábricas. La ciencia amplió su mirada, de los astros y la agricultura pasó a la producción de diversos artículos y a la tecnología de toda clase de artefactos. La familia en esta nueva “Ola” se redujo, de la amplia de antaño ahora quedan el padre, la madre y los hijos. La educación sacó a las nuevas generaciones de las manos de los ancianos para entregárselas al gobierno; cosa igual pasó con la salud. Las guerras ya no se justifican con territorios conquistados o defendidos, sino con la lucha por recursos naturales que abastezcan a la fábrica.
La producción industrial propia de la máquina se encargaría de obligar a un buen número de agricultores y labradores a buscar otros mercados más allá de la vista; largos viajes y el contacto con otras sociedades y pueblos, diluyeron los nexos con la tierra de origen y aunque la mayoría de ocasiones, se retornaba al punto de partida, no es menos cierto que la posibilidad de crear nuevas raíces, de establecerse en otros puertos, de no retornar, estuvieron siempre presentes.
Con la máquina aparecieron nuevos modelos de explotación y de relaciones laborales. Los propietarios de las máquinas comprendieron que éstas no se enfermaban, no solicitaban vacaciones, no se cansaban y podían trabajar las 24 horas del día, durante todo el año. Claro que para ello era necesaria la presencia, junto a la máquina, de un obrero que alimentara a la máquina y aportara con su cuidado a su buen funcionamiento y por ende, a la calidad del producto fabricado. Ambos: dueños y obreros se enfrentaron en una lucha sin tregua y sin fin. Los dueños se adhirieron al liberalismo mientras que los obreros y campesinos habrían de ser fieles adeptos del socialismo y del comunismo. El Estado sería el árbitro de esta lucha.
La “segunda ola” llegó a las costas de la historia para imperar por algo más de 3 siglos, así el tiempo de permanencia de esta ola ha sido menor al de la de la primera. Con ella, todo cambió y un nuevo mundo surgió. La fuente de Poder en esta ola, es el dinero que, llegando a las manos de los dueños de las fábricas e industrias y de las rutas de comercio, dieron forma a nuevos actores sociales: las oligarquías y las burguesías, los obreros y oficinistas, convirtiendo a los primeros en administradores del Poder, mientras los gobiernos, aun hoy en día, deben someterse a los designios de éstas, cumpliendo muchas veces el papel de perros guardianes de sus intereses.
Mucho se ha escrito y se ha hablado sobre el diferente comportamiento seguido por los países, especialmente europeos y los Estados Unidos de Norteamérica, que aceptaron, desde un primero momento, la industrialización y el resto, entre ellos los de América Latina que no se percataron del contenido en el tren de la historia. Los primeros al ingresar a la era industrial aceleraron su crecimiento económico; sus excedentes, el valor agregado que pusieron en sus productos les permitieron imponer los precios en el mercado, siendo éstos, muchas veces excesivos. Los demás países, entre ellos los de América Latina, prefirieron seguir con su rutina de producción basada en la tierra y sus economías siguieron exportando materias primas sin ningún agregado y por eso quedaron rezagados en el desarrollo. El dinero, la fuente de Poder de la segunda Ola, fluyó a raudales del sur hacia el norte.
La llegada de la segunda Ola no fue advertida por las élites gobernantes de América Latina, las que prefirieron mantener, al interior de sus países, el status quo que les otorgaba el disfrute de sus riquezas provenientes de la explotación de la tierra y de los campesinos, con actitudes parecidas a la de los capataces; mientras que al exterior, hacia los países industrializados y hegemónicos, mantenían una actitud similar a la de los esclavos.

La tercera ola.
Llegó a la historia de manos de la computadora y del internet. Basados en estos instrumentos, los seres humanos fueron capaces de extender sus horizontes hasta el infinito del conocimiento.
El conocimiento no es propiedad de nadie, ni siquiera de la humanidad. El conocimiento pertenece a todo aquel que lo busque y lo encuentre. El conocimiento puede acrecentarse sin límites, se autoalimenta y crece; es el único producto natural o humano verdaderamente acumulativo y para su posesión solo demanda esfuerzo individual y concentración.
En esta era, las relaciones personales, familiares y sociales han sufrido una profunda transformación. Ahora, el hombre y la mujer, al menos en teoría, pueden permanecer en sus casas y trabajar desde allí, comprar o vender, planificar sus días hábiles y los de ocio, contactarse con su oficina, taller, negocio o local de trabajo. Los teléfonos celulares conectan a unos con otros en tiempo real, la televisión nos contacta con el mundo mientras que el internet con conecta con todos y con todo.
La forma de producir riqueza es ahora distinta y el dinero no es únicamente físico, -billetes y monedas-, ahora también es plástico y es virtual, para ello basta una orden de la computadora y la transacción comercial y bancaria se perfecciona. La producción industrial está sometida únicamente a las demandas del mercado y no sigue un patrón estático o lento como en décadas anteriores y las finanzas recorren el mundo en nanosegundos creando o destruyendo fortunas, provocando progreso o impidiendo el desarrollo de un pueblo o de una región.
En ciertas regiones del mundo incluyendo América Latina, el tiempo parece haberse detenido y el paisaje sigue inmutable. La primera ola sigue vigente. La tierra sigue siendo el sustento agrícola y el fundamento de ciertas instituciones, de algunas costumbres, en suma de la cosmovisión de miles de seres humanos que no se han enterado que otras son las realidades que mueven la historia.
En el Atlántico, Brasil, la lucha de los “sin tierra”; en el Pacífico, Ecuador, lucha por una ley de Recursos Hídricos; al norte, México, la guerrilla Zapatista demanda la aplicación de la Reforma Agraria; y al sur, Argentina, paros y huelgas enfrentan al gobierno con los productores agrícolas, evidenciando que el Poder sigue residiendo en la tierra y que el llamado “valor agregado” modificatorio del producto natural, al añadirle el aporte del intelecto humano, no es significativo en la economía de nuestras naciones; de ahí que América Latina tenga tan poca presencia en las decisiones de la política internacional.
Las ideas socialistas trajeron consigo la consigna de la Reforma Agraria que habría de poner fin a los latifundios improductivos, pero no ha sido suficiente. América Latina sigue exportando lo que produce la tierra, a precios de regalo y sigue importando productos elaborados a precios de elevada factura.
Las estadísticas demuestran que la economía en nuestros países sigue ligada a los productos naturales primarios, bien sea que se trate de banano o café, de carne o de frutas, camarones o flores; incluso el producto que genera el mayor ingreso de divisas a nuestra región: la cocaína, es extraído de una planta generosamente otorgada por la tierra.

ESPACIO
La popa inmutable
Para cada ser humano, la tierra en la que se nace, forma parte indisoluble de su memoria. La “Heimland” que nos habla la filosofía alemana, es el sustento de raíces que sustentan la vida. En ella no solo se nace, sino que de ella se reciben los principios, costumbres y valores que sustentarán toda la vida, incluso las formas que marcan la interpretación del arte.
La tierra de nacimiento es, por regla general, la tierra de los mayores, del pensamiento acumulado en lo individual y en lo colectivo. La “Fatherland” es, por así decirlo, la cuna y la mortaja de lo pensado, de lo trabajado, de lo soñado y de lo vivido por un pueblo.
América Latina está formada por pueblos de migrantes, de hombres y mujeres que un día emprendieron camino hacia otras latitudes. Los primitivos parece que iniciaron su camino desde muy al norte y desde muy al sur; seguramente fueron pueblos nómadas asiáticos que gracias a las mareas bajas pudieron superar la barrera del estrecho de Boering, en el norte, y caminar tras las manadas de animales de caza, es decir seguir la ruta hacia el sur, y allí encontrar espacios ideales para transformarse en sedentarios. Igual parece que sucedió a aquellos grupos humanos que vencieron al mar y en rústicas canoas cruzaron el Pacífico hasta las islas de Pascoa y de allí al sur del continente, desde donde iniciaron la búsqueda de esos generosos espacios que les brindaron la posibilidad de la agricultura y por ende del sedentarismo.
Siglos después, los aztecas, los mayas y los incas iniciaron sus conquistas. Fueron pueblos guerreros que mataron, robaron a otros esa “tierra prometida”. Los pocos pueblos que no se sometieron a la esclavitud impuesta por estos sangrientos conquistadores, se refugiaron en terrenos inhóspitos donde no llegaba la codicia de aquellos.
Gracias a instituciones políticas como la de los “mitimaes”, los incas lograron poblar extensas zonas, con pueblos arrancados de sus orígenes y forzados a trasladarse a otras tierras.
La llegada de los españoles significó para América Latina otra ola de inmigrantes. De allende el mar llegaron a estas tierras, seres sedientos de riquezas, de oro, de tierras y aunque no lograron lo primero, lo segundo fue suficiente como para que echaran raíces.
Estas dos conquistas, si bien pueden ser anécdotas del “tiempo corto”, sus consecuencias pertenecen al “tiempo largo” ya que, por ellas, la vida en estos lares ya no fue la misma. En la primera de ellas, los pueblos conocieron una organización política, se establecieron rangos y clases, se establecieron nuevas relaciones con los dioses y con los emperadores, la construcción de obras como el camino del Inca modificó la percepción de las distancias y los “mitimaes” trajeron consigo un primer mestizaje. El Poder conocido dio paso a otro vertical y violento, las leyes desconocidas hasta entonces, conformaron una sociedad grande, poderosa y disciplinada. En la segunda, al ser el choque de imperios, se impuso aquel que poseía mayores conocimientos científicos y mayores recursos tecnológicos. No es verdad que los anteriores habitantes de estas tierras hayan sido ignorantes y poco civilizados, la verdad es que pertenecían a otro tipo de civilización que desconocía el acero y sus aplicaciones, que no sabía de la existencia de la pólvora y de las armas de fuego, de ahí que la victoria se inclinó a aquella otra que si las conocían y las usaban.
Los españoles luego de la derrota de los primeros pueblos americanos, aplicaron con violencia y sin compasión, las leyes de la conquista, leyes que nunca habían sido escritas y no constaban en ningún documento, pero que eran practicadas con puntillosa sabiduría ya que favorecían sus intereses y ambiciones. Se adueñaron de la tierra y de todo cuánto allí se encontraba, incluyendo seres humanos que en la cotidianidad pasaron a ser sus esclavos. Se apropiaron de las mujeres para dar origen a otro ser: distinto y diferente a los “blancos” que llegaron de Europa y al indígena que llevaba siglos viviendo en estas tierras; el segundo mestizaje fue consecuencia de la lucha entre estos imperios.
Pero, las migraciones de europeos hacia América Latina no fue cosa del pasado, del siglo XVI, sino que continuaron los siglos posteriores y aun hoy en día, sigue siendo una práctica común, ciudades como Buenos Aires son un ejemplo de este continuo y permanente arribo migratorio.
En los últimos años, debido a profundas crisis económicas que han afectado a América Latina, el rumbo de la migración ha cambiado; ahora el rumbo final es Europa y miles y miles de latinoamericanos arriban al viejo continente en busca de una mejora económica para ellos y sus familias.
Pero, comprendamos que las olas de migrantes europeos hacia América, en tiempos de la primera y segunda ola histórica, atravesaban el mar, en viajes que duraban meses, por lo que quienes se aventuraban a hacerlo, sabían que era un viaje sin retorno, que era imprescindible asentar sus bártulos y sus vidas en estas tierras, y comprender que sus hijos ya no pertenecerían al pueblo desde el cual partieron, sino que formarían parte de este nuevo continente.
La tecnología moderna creadora de la tercera ola vendría a trastocar esta visión. Los modernos migrantes, antes de que sus cuerpos recalen en otro punto de la tierra, su mente ya lo había hecho. Gracias al Internet, hoy se tiene la oportunidad de conocer el paisaje, los seres humanos, las ciudades, costumbres, leyes, y hasta la gastronomía de la tierra que los acogerá. Pueden conocer y estudiar no solo los mapas físicos y políticos sino la cosmovisión de los pueblos a donde pretenden morar. El desarraigo es menor porque no existe el factor sorpresa ante lo desconocido.
Los versos del poeta catalán Joan Manuel Serrat: “pero los muertos están en cautiverio y no nos dejan salir del cementerio”, resultan poco realistas. Los migrantes emprenden su aventura porque quieren hacerlo, sin remordimientos por lo que dejan atrás, por los “muertos en cautiverio” y emprenden la búsqueda de su propio cementerio.
La tierra no ha dejado de ser el sustento de las raíces, pero éstas son ahora más flexibles e ingratas.