¿TIENEN FUTURO LAS IZQUIERDAS DESPUÉS DE LOS GOBIERNOS “PROGRESISTAS Y REVOLUCIONARIOS”? 



¿LA IZQUIERDA HA ESTADO EN EL PODER? 



Rodrigo Santillán Peralbo

Una marcada preocupación e incipiente debate se inicia en América Latina y, en particular, en Ecuador, al pretender analizar el futuro de la izquierda, luego de la magra actuación de los gobiernos que se autodefinieron de izquierda, “progresistas y revolucionarios” que bien pudieron proponer, impulsar y ejecutar los cambios y transformaciones que los pueblos exigían durante la última década, a la que muchos comienzan a llamar la década perdida, como si perder fuera una vocación inevitable de nuestros países.

Cualquier análisis debería partir de una pregunta fundamental: ¿La izquierda desde la centro izquierda han estado en el poder? ¿Qué clase de izquierdas han participado en esos gobiernos en calidad de oficiosas colaboradoras? ¿Podría decirse, inequívocamente, que la centro izquierda ha gobernados con esos gobiernos autollamados de izquierda y hasta revolucionarios?

En la última década, la “izquierda boba” conformada por partidos, movimientos y personajes oportunistas han sido fieles colaboradores de esos gobiernos, pero desde posiciones y funciones secundarias y sin poder de decisión dentro del aparato del Estrado, pero su presencia ha servido para que los líderes y gobernantes se llenen la boca de un antiimperialismo de compromiso o de un izquierdismo sin conciencia de clase y menos con una ideología definida.

Ese tipo de gobernante ha creído que con un discurso preparado para rechazar la injerencia imperial, de hecho lo convierte en revolucionario antiimperialista o que con dádivas para los sectores populares más empobrecidos ya pueden calificarse y graduarse de izquierdistas. Estos, sólo cayeron en el populismo que se caracteriza por la falta de ideología. En conclusión, la participación de sectores de la “izquierda boba” que es aquella que cree que otros harán la revolución que ellos fueron incapaces hasta de plantearlas y hacerlas, sólo ha servido para que los populistas se autodefinan como izquierdistas.

El populismo es quizá la mejor forma, para definir a estos gobiernos que fueron incapaces de profundizar la democracia como un ejercicio cotidiano de los pueblos, porque prefirieron construir el clientelismo electoral dentro de la democracia liberal-conservadora, pero con un fuerte personalismo caudillista que ha impedido mejorar las relaciones persona-sociedad-Estado-gobierno.

El clientelismo populista ha dividido a los diferentes actores sociales, sindicales, políticos, económicos, culturales, en claro perjuicio de la organización social del pueblo en sus diferentes grados y niveles. Se ha privilegiado el divisionismo hasta polarizar totalmente al pueblo y confrontarlo entre grupos gobiernistas-oficialistas que reciben dádivas del populismo y opositores con diverso grado de conciencia política, social. Los pueblos sufrieron retrasos en formación ideológica, doctrinaria y política, pues a los populistas no les interesa la educación política de los pueblos, sino sólo gobernarlos, porque a más ignorancia política más persuasiva es la propaganda y el discurso, y mayor la posibilidad de dividirlo.

En el debate iniciado, la cuestión recurrente es definir conceptualmente lo que es izquierda y lo que es derecha. Existe un afán pernicioso de las derechas con ansias de recuperar espacios y poderes perdidos durante la “década progresista”, y para ello no vacilan en proclamar que ya no hay posibilidad de división entre izquierdas y derechas o que la división ideológica carece de sentido en estos tiempos globalizantes. ¿Otra vez el fin de la historia y de las ideologías de Francis Fukuyama, tesis expuesta en 1992, cobra sentido para los sectores neoliberales más recalcitrantes de las sociedades latinoamericanas y caribeñas? ¿Después del socialismo del siglo XXI al que consideran un fracaso total, ¿las derechas recobrarán el poder como ya ha ocurrido en Venezuela y Argentina? ¿Son los gobiernos “revolucionarios, progresistas” y sus fracasos los que abren el camino para el retorno triunfal de las derechas y su capitalismo más agresivo después del fascismo?
Boaventura de Sousa Santos, doctor en Sociología del Derecho, afirma: “No pongo en cuestión que exista un futuro para las izquierdas, pero su futuro no será una continuación lineal de su pasado. Definir lo que tienen en común equivale a responder la pregunta: ¿qué es la izquierda? La izquierda es un conjunto de posiciones políticas que comparten el ideal de que los seres humanos tienen todos el mismo valor, y que son el valor más alto. Ese ideal es puesto en cuestión siempre que hay relaciones sociales de poder desigual, esto es, de dominación. En este caso, algunos individuos o grupos satisfacen algunas de sus necesidades transformando a otros individuos o grupos en medios para sus fines. El capitalismo no es la única fuente de dominación, pero es una fuente importante.
Las diferentes comprensiones de este ideal produjeron diversas fracturas. Las principales fueron respuestas opuestas a las siguientes preguntas. ¿Puede el capitalismo ser reformado para mejorar la suerte de los dominados, o esto sólo es posible más allá del capitalismo? ¿La lucha social debe ser conducida por una clase (la clase obrera) o por diferentes clases o grupos sociales? ¿Debe ser conducida dentro de las instituciones democráticas o fuera de ellas? ¿El Estado es, en sí mismo, una relación de dominación, o puede ser movilizado para combatir las relaciones de dominación?
Las respuestas opuestas a estas preguntas estuvieron en el origen de violentas fracturas.
En nombre de la izquierda se cometieron atrocidades contra la izquierda; pero, en su conjunto, las izquierdas dominaron el siglo XX (a pesar del nazismo, el fascismo y el colonialismo) y el mundo se volvió más libre e igualitario gracias a ellas. Este siglo corto de las izquierdas terminó con la caída del Muro de Berlín. Los últimos treinta años fueron marcados, por un lado, por una gestión de ruinas y de inercias y, por el otro, por la emergencia de nuevas luchas contra la dominación, con otros actores y otros lenguajes que las izquierdas no pudieron entender.
Mientras tanto, liberado de las izquierdas, el capitalismo volvió a mostrar su vocación antisocial. Ahora vuelve a ser urgente reconstruir las izquierdas para evitar la barbarie. ¿Cómo recomenzar? Con la aceptación de las siguientes ideas:
Primero, el mundo se diversificó y la diversidad se instaló en el interior de cada país. La comprensión del mundo es mucho más amplia que la comprensión occidental del mundo; no hay internacionalismo sin interculturalismo.
Segundo, el capitalismo concibe a la democracia como un instrumento de acumulación; si es preciso, la reduce a la irrelevancia y, si encuentra otro instrumento más eficiente, prescinde de ella (el caso de China). La defensa de la democracia de alta intensidad debe ser la gran bandera de las izquierdas.
Tercero, el capitalismo es amoral y no entiende el concepto de dignidad humana; defender esta dignidad es una lucha contra el capitalismo y nunca con el capitalismo (en el capitalismo, incluso las limosnas sólo existen como relaciones públicas).

Cuarto, la experiencia del mundo muestra que hay inmensas realidades no capitalistas, guiadas por la reciprocidad y el cooperativismo, a la espera de ser valoradas como el futuro dentro del presente.
Quinto, el siglo pasado reveló que la relación de los humanos con la naturaleza es una relación de dominación contra la cual hay que luchar; el crecimiento económico no es infinito.
Sexto, la propiedad privada sólo es un bien social si es una entre varias formas de propiedad y si todas están protegidas; hay bienes comunes de la humanidad (como el agua y el aire).
Séptimo, el siglo corto de las izquierdas fue suficiente para crear un espíritu igualitario entre los seres humanos que sobresale en todas las encuestas; éste es un patrimonio de las izquierdas que ellas han estado dilapidando.
Octavo, el capitalismo precisa otras formas de dominación para florecer, del racismo al sexismo y la guerra, y todas deben ser combatidas.
Noveno, el Estado es un animal extraño, mitad ángel y mitad monstruo, pero, sin él, muchos otros monstruos andarían sueltos, insaciables, a la caza de ángeles indefensos. Mejor Estado, siempre; menos Estado, nunca.
Con estas ideas, las izquierdas seguirán siendo varias, aunque ya no es probable que se maten unas a otras y es posible que se unan para detener la barbarie que se aproxima”.

Por otra parte, es preciso destacar que para algunos observadores, concluida la etapa “populista-progresista, el futuro de la democratización de América Latina depende de hasta qué punto la sociedad civil y el Estado puedan relacionarse efectivamente según patrones institucionales inclusivos. Así, el desarrollo de esfuerzos asociacionales voluntarios, de capital social y de organizaciones no gubernamentales podría proveer de instrumentos más efectivos para el control de las agencias estatales y de los partidos políticos, de tal manera de asegurar gobiernos más eficientes, transparentes y participativos.
¿Es posible llegar al radicaldemocrático; es decir a la profundización de la democracia? La consecución de un régimen político más igualitario e inclusivo requiere de mayor espacio para la participación de aquellos movimientos sociales que han sido más críticos de las políticas neoliberales, como los movimientos indígenas, de campesinos, de desempleados y/o de trabajadores.

Lo interesante, desde un punto de vista analítico, es que las visiones normativas se construyen, en gran medida, en oposición a lo que se considera que es el estado actual de las relaciones entre Estado y sociedad civil en Latinoamérica. Con muy pocas excepciones (las llamadas “izquierdas moderadas” de Chile y Uruguay y, con mayores matices, Brasil), se considera que los Estados latinoamericanos no llegan a construir relaciones auténticamente democráticas (liberales ni radicales) con sus respectivas sociedades, dado que caen en la tercera y más inauténtica opción: la ‘populista’. El populismo estaría caracterizado por la cooptación de la sociedad civil (entendida como las ONG y los movimientos sociales) por parte del Estado a través del mantenimiento intencionado de niveles de alta desigualdad social y del uso de redes clientelares.

Es decir, ambas señalan que, en realidad y con las excepciones de Uruguay y (probablemente) Brasil, el giro a la izquierda de Sudamérica encubre un tercer paradigma, llamado ‘populista’, y coinciden en sus fallas. En él, los gobiernos populistas de izquierda se acercan hacia las organizaciones de la sociedad civil con la intención de manipularlas, disminuir su autonomía y, eventualmente, subsumirlas o cooptarlas”.
(Más información sobre el tema se puede encontrar en: http://www.nos-comunicamos.com.ar/content/futuro-de-izquierdas#sthash.PeHtoe2g.dpuf)
En el análisis de la problemática de los autodenominados “gobiernos progresistas”, siempre aparecen dos palabras recurrentes para calificarlos o ubicarlos en su contexto: el ‘clientelismo’ y el ‘populismo’. “Con ellos se busca disminuir la autonomía de la sociedad civil y para limitar la capacidad de la sociedad civil de obligar a los políticos elegidos a realizar rendiciones de cuentas. Ambas coinciden en que, más que avanzar hacia una verdadera profundización de la democracia, América Latina lo hace hacia la cooptación de la autonomía de la sociedad civil por parte del Estado, a través del mantenimiento de altos niveles de desigualdad social y pobreza, y el despliegue de redes clientelares.

En realidad son el populismo y el clientelismo los que mejor caracterizan a este tipo de gobiernos que al final conforman otra década perdida u otra “oportunidad perdida”. El populismo para que se consolide necesita de un liderazgo fuerte, autoritario, concentrador del poder que tampoco podría desarrollarse sin la creación o conformación de un amplio clientelismo que se consigue con la manipulación de las masas por medio de una propaganda reiterativa, audaz y agresiva, con la repetición de un discurso populachero, mediocre en su contenido pero rico en admoniciones, descalificaciones y agresiones a sus contrarios o críticos puesto que las masas son consideradas incapaces de entender mensajes académicos. Además el populista usa al Estado, así tenga que convertirlo en un aparato ampuloso hasta el extremo, para satisfacer necesidades sentidas y demandas de los sectores sociales deprimidos.

En suma el “Estado creció porque las demandas de los sectores populares se centran alrededor de la consecución de ‘más Estado’, es decir, más bienes públicos en sus comunidades, más políticas públicas dirigidas a ellos y mayores regulaciones hacia el mercado. Por otra parte, los sectores populares demandan y actúan sobre el Estado, y premian con su voto a aquellos partidos o gobiernos que o bien sienten más cercanos a su vida cotidiana (como sostiene Ernesto Calvo) o han puesto a su alcance bienes públicos y políticas sociales más expansivas, como lo han hecho los nuevos populismos de izquierda con políticas públicas como la Bolsa Familia en Brasil, la AUH en la Argentina, el Bono Juancito Pinto en Bolivia o el Bono de Desarrollo Humano en Ecuador…

Las denuncias sobre el “populismo” y el “clientelismo” son intentos de defender ideas preconcebidas acerca de lo que lo político ‘debería ser’, y protestas contra su supuesta invasión por parte “de prácticas desordenadas, corruptas e irracionales de una cultura popular no reformada en los salones y cámaras de la vida civil” (cita de Partha Chatterjee). Las quejas sobre la subsunción de una política ‘virtuosa’ en el populismo y clientelismo parece trasuntar, por momentos, una queja sobre que ‘se hace política con qué y con quiénes no debe hacerse’ (Columna de María Esperanza Casullo)

A más del populismo y clientelismo, los gobiernos “progresistas y revolucionarios” han cometido graves errores y, entre ellos, la creación de un caudillismo prepotente, autoritario, concentrador del poder con ansias megalómanas de perpetuarse en el poder. Este caudillismo ha pretendido consolidarse recurriendo al uso y abuso del poder, utilizando a la Función Judicial a su antojo para perseguir a sus “enemigos” políticos; acallando las protestas populares para lo cual tuvo que criminalizarlas o apropiándose de la Función Legislativa para que aprobara leyes y normas al gusto del caudillo o para satisfacer su ego insuflado de una superioridad forjada en base de la desaforada propaganda.

¿Las izquierdas son responsables o culpables del caudillismo personalista, megalómano, capaz de modernizar al Estado capitalista, inclusive con obras faraónicas y elefantes blancos? La respuesta es afirmativa si se refiere a la izquierda colaboracionista o boba que, desde la grupa del poder, ha sido capaz de prestarle elementos y lenguajes del discurso que usa el caudillo para autodefinirse de izquierda. La otra izquierda, despreciada por el caudillo, permanece en la oposición coyuntural, sin programas ni propuestas orientadoras que sumen simpatizantes entre el pueblo. Esta izquierda también está dividida entre grupos, grupúsculos, líderes egoístas e incapaces de una visión política unitaria y perdurable.

Sin embargo, hay analistas y tratadistas, comunicólogos y politólogos que consideran a los gobiernos caudillistas autodefinidos como progresistas, como si fuesen en verdad gobiernos de izquierda. Otros en cambio los ubican en el neocaudillismo latinoamericano carente de ideología propia, porque el caudillismo no tiene ideología y, es esa misma condición la que permite, en ocasiones, definirlo como populismo de izquierda o populismo de derecha.


El analista Daniel Armirola que no habla de populismos sino de izquierda, sostenía que no todos los países de izquierda en América Latina están experimentando las dificultades económicas y políticas de Brasil, Argentina, Ecuador y en especial de Venezuela, pero la izquierda regional se ve más débil.

Corrupción y crisis económica son los dos asuntos que marcan la actualidad de varias naciones de la “izquierda latinoamericana”. En general, su popularidad se ha visto vulnerada, hasta el punto de que algunos gobiernos de la región pasan o han pasado recientemente por crisis política y de credibilidad.

Venezuela, Brasil, Argentina y Ecuador, pueden contarse como los principales ejemplos de esto, aunque las coyunturas por las que atraviesan tienen sus matices. Las que eran en un momento las más dignas representantes de la “izquierda regional”, son ahora evidencia de su debilitamiento.

El chavismo tiene problemas para que los estantes de los supermercados tengan comida y bienes básicos en medio de una galopante inflación. El aparato productivo recibe cada vez menos incentivos y es creciente el uso de importaciones para intentar suplir la demanda.

“Más aún, el país vecino pasa por un momento de escándalos políticos y penurias económicas”. Los escándalos surgen de acusaciones no probadas a altos funcionarios del gobierno de formar parte de un cartel del narcotráfico. Las acusaciones provienen de Estados Unidos o se originan en fuentes poco confiables de las derechas venezolanas e internacionales. Pero grave es que surjan acusaciones de corrupción y enriquecimiento ilícito que comprometen a cercanos familiares del fallecido presidente Chávez y del actual presidente Nicolás Maduro y a otros altos funcionarios.

Armirola afirma que el escenario político de Venezuela, casi acostumbrado a este tipo de arbitrariedades, parece no ser realmente la prioridad del pueblo venezolano. Tal como afirmó a EL COLOMBIANO Jesús Castillo, politólogo y director de la Fundación Zulia Productivo, “la ciudadanía en Venezuela está harta de los políticos. De los chavistas por la corrupción y por el mal manejo de la nación, pero también de los opositores por su división y desorden. En realidad, lo que mueve al venezolano a marchar en este momento es la situación económica, la escasez, la inseguridad y otros problemas que lo afectan”.

Las cifras avalan este creciente desencanto de los venezolanos frente a la política. Según una encuesta de Datanalisis publicada el mes pasado, 85 por ciento de la población desaprueba la gestión del presidente Nicolás Maduro, y ocho de cada diez consultados creen que la situación del país es “negativa”. Por su parte, el índice de popularidad del mandatario se ubicaba por debajo del 25 por ciento.

Los escándalos no son exclusivos de Venezuela, y tanto en Brasil como en Argentina la ciudadanía asiste a un bochorno similar por cuenta de los funcionarios de su gobierno”. Existen acusaciones de corrupción en el gobierno de Rafael Correa del Ecuador.

El caso Petrobrás, que dejó en evidencia una compleja estructura de prebendas y sobornos para la firma de contratos con la empresa estatal más grande de América Latina, puso en la mira de todos los brasileños a la presidenta Dilma Rousseff. Como muestra de esto, su popularidad se ubicó en menos del 10% , un mínimo desde que el izquierdista Partido de los Trabajadores está en el poder. Lo más grave del escándalo de corrupción en Brasil es que las denuncias de corrupción llegaron hasta el ex presidente Lula. El gobierno del Partido de los Trabajadores se tambalea.

Giovanni Reyes, doctor en Economía de la Universidad de Pittsburgh y docente de la Universidad del Rosario, considera que “la economía brasileña también se ha visto afectada por una ola de desconfianza que se consolidó tras el escándalo de Petrobras, por lo que el tema de la corrupción tiene mucho que ver”.

En Argentina, por su parte, el asunto económico es mucho más crítico. La economías está muy deteriorada y la corrupción ha sido muy elevada en el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner según sostiene el gobierno del derechista Macri. Hay varios casos como el Ciccone, que involucra al ex vicepresidente de Fernández, Amado Boudou, por presuntamente participar en la compra —incompatible para un funcionario del Estado—de una imprenta argentina.

Por su parte, Katu Arkonada al analiza la situación política en nuestra América Latina expresaba que hace tiempo que venimos leyendo que el ciclo progresista en América Latina y el Caribe ha llegado a su fin. Aprovechando la muerte del Comandante Chávez, y un cierto reflujo en los avances logrados por los procesos de cambio en el continente, la derecha comenzó a construir un discurso que intenta deslegitimar a esos gobiernos…

Katu Arkonada considera que la época de los llamados gobiernos progresistas ha llegado a su fin porque se terminó su ciclo. Sostiene que en los últimos tiempos, también desde varios sectores de la izquierda se ha venido construyendo la tesis del fin del ciclo que viene a complementar el discurso de la derecha contra los gobiernos de izquierda y nacional-populares. Uno de los amanuenses de la izquierda lightberal, Pablo Stefanoni, habla de una deriva lulista de la izquierda latinoamericana. Una compañera de Stefanoni en el grupo de apoyo al trotskismo anti kirchnerista del FIT en la Argentina, Maristella Svampa, escribe en el diario de la oligarquía Clarín sobre una crisis del pluralismo político y un populismo de alta intensidad en Bolivia y Ecuador. Mientras tanto, por el lado de la izquierda autonomista, Raúl Zibechi sostiene que estamos no solo ante el final del ciclo progresista, sino que el progresismo no ha sido un avance.

Desde otra posición, el paraguayo-brasileiro y militante del PT Gustavo Codas afirma que Venezuela, Brasil y Ecuador, cada uno con sus matices, enfrentan una serie de problemas económicos y políticos, con una importante movilización de la derecha nacional (en ocasiones con apoyo del exterior).

Ese flujo que dejó atrás la larga noche neoliberal tuvo su apogeo en los dos años que transcurrieron entre finales de 2004 y finales de 2006 donde se puso en marcha el ALBA-TCP; llegaron al gobierno Evo Morales y Rafael Correa; fueron puestas en marcha herramientas fundamentales del cambio de época como teleSUR o la Red de Intelectuales en Defensa de la Humanidad; y en Mar del Plata el instrumento imperialista llamado ALCA fue enterrado por 3 patriotas nuestros americanos, Chávez, Lula y Néstor Kirchner.

En cambio hoy, sin la presencia física del Comandante y con Fidel retirado de la conducción política en Cuba; con una derecha recargada que trata de llegar al gobierno a veces por dentro de la institucionalidad y a veces por fuera; y con instrumentos de desintegración latinoamericana como la Alianza del Pacifico, el TPP o el TISA tratando de construir un Consenso anti-posneoliberal, la guerra de posiciones en Nuestra América conduce a las fuerzas de izquierda, tanto las revolucionarias como las reformistas, a posiciones de repliegue, según el pensamiento de Katu Arkonada.

Este nuevo momento del cambio de época exige un esfuerzo de honestidad intelectual para, desde la lealtad y el compromiso con los procesos de cambio, tratar de leer el momento de reflujo y generar propuestas para las izquierdas latinoamericanas y caribeñas. En ese sentido proponemos 7 tesis para alimentar el debate desde la necesidad que tenemos de hacer un diagnóstico del momento histórico en que nos encontramos con el fin de obtener una radiografía de la coyuntura actual.

1.- La crisis del capitalismo ha venido para quedarse, 2.- El mundo multipolar ya está aquí, 3.- Necesidad imperiosa de profundizar la integración, 4.- Desactivación de los instrumentos para la desintegración latinoamericana, 5.- Enfrentar la derecha recargada; 6.- La necesidad de los liderazgos, 7.- La importancia de las batallas electorales.

¿Las izquierdas tienen futuro luego de los fracasos de los gobiernos que llegaron al poder con el apoyo de todos los sectores progresistas de los pueblos latinoamericanos? En Argentina ha triunfado la derecha radical fascistoide. En Venezuela las derechas se unieron y en la Asamblea Nacional imponen sus tesis. En Bolivia, Evo Morales fue derrotado electoralmente en sus ambiciones de perpetuarse en el poder, en Brasil existe un proceso desestabilizador que pone en riesgo al gobierno de Dilma Rousseff y en Ecuador la crisis económica se incrementa y crece la protesta social y la inconformidad frente a las acciones del gobierno de Correa.

En Latinoamérica “tenemos una derecha renovada, asesorada por los gurús del marketing político neoliberal y asumiendo un rol de paraopositores que no dudan ni un momento en camuflarse bajo una estética y discurso más amable tan posmoderno como pseudo posneoliberal, que no ataca directamente las conquistas logradas…

Esta derecha reciclada y transformista trata de robarse las banderas de la democracia y los derechos humanos apelando sobre todo a los nuevos actores de la política, la juventud y las clases medias. Y ahí es donde los procesos tienen un reto en reactualizar su programa y praxis política para seducir a una juventud que no ha vivido el terrorismo social neoliberal y llega a una mayoría de edad dando por sentada la presencia del Estado en la economía y la redistribución de la riqueza. Lo mismo sucede con las nuevas clases medias que tienen la “ilusión” de continuar su ascenso social y para ello se les hace atractiva la idea de votar por un “gestor”, normalmente un candidato proveniente del mundo empresarial y con un discurso que apela a la ciudadanía moderada por encima del clivaje izquierda-derecha.

Frente a ello, más que perder tiempo en atacar a esta derecha que solo hace sus tareas, amparada por las elites económicas y con el apoyo de las transnacionales comunicacionales, debemos reactualizar y hacer más atractivo el proyecto político de las izquierdas, como única manera de sostener y profundizar los procesos. Las posibles derrotas electorales por venir serán única y exclusivamente responsabilidad nuestra.

Y para prepararnos para las próximas batallas políticas, es necesario dar un debate sobre la cuestión de los liderazgos. La muerte del Comandante Chávez nos coloca ante el espejo de unos procesos que dependen en demasía de líderes de una enorme talla política e intelectual. Pero además estos liderazgos son fruto de una época de resistencia e insurrección al neoliberalismo que ya dejamos atrás.

Será difícil que en Bolivia vuelva a surgir un líder como Evo Morales que lleva en su esencia el componente antiimperialista, anticolonial y anticapitalista cuando han sido expulsadas del territorio nacional la DEA, USAID y el propio embajador estadounidense; cuando los dirigentes sindicales han pasado de enfrentar un gobierno neoliberal a ocupar cargos de conducción política en el Estado; o incluso cuando las relaciones internacionales del movimiento social se construyen sobre todo con otras izquierdas en el gobierno. Es por ello más necesaria que nunca la necesidad de construir liderazgos colectivos y fortalecer el poder popular y la formación política pues solo de estas semillas pueden germinar otros dirigentes preparados para liderar una nueva etapa ascendente del cambio de época que deje atrás el reflujo coyuntural. Pero al mismo tiempo mientras líderes como Evo sigan con la capacidad de conducir los procesos, debemos habilitar los mecanismos que sean necesarias para que la legalidad no obstaculice la legitimidad.

Por paradójico que parezca, la irreversibilidad de los procesos depende en buena parte en este momento histórico de las victorias electorales que se vayan produciendo en el campo de la izquierda. Para ello a su vez es necesario no retroceder en ni una sola de las conquistas logradas hasta el momento. Tenemos claro que llegar al gobierno no supone tener el poder, y que una vez llegado hay que enfrentar una guerra de posiciones con el poder ejercido por las burguesías nacionales e internacionales desde sus atalayas económicas o mediáticas. Pero para poder llegar a ese momento de plantearse la construcción de hegemonía es necesario primero la victoria electoral”.

Agregaba que ya no es tiempo de política ficción sino de definición. Tiempo de audacia para generar pensamiento crítico siempre desde abajo y a la izquierda, manchándose con el barro de la praxis en medio de las contradicciones, y no leyendo la realidad con el lápiz rojo virtual en una mano desde el wifi de los cafés de los barrios de clase media. Recordando las palabras del Comandante Chávez: “Que nadie se equivoque, que nadie se deje confundir, uno puede criticar a la revolución pero este es el camino de la salvación de la Patria”.

Emir Sader en su ensayo “La crisis de la izquierda en América Latina” decía que la izquierda posneoliberal ha tenido éxitos extraordinarios, aun más si tenemos en cuenta que los avances en contra de la pobreza y la desigualdad se han dado en el marco de unas dinámicas en la economía internacional que provoca un aumento de la pobreza y la desigualdad. En el continente más desigual del mundo, cercados por un proceso de recesión profunda y prolongada del capitalismo internacional, los gobiernos de Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia y Ecuador han disminuido la desigualdad y la pobreza, han consolidado procesos políticos democráticos, han fomentado la integración regional independiente de EEUU y han acentuado el intercambio Sur-Sur.”

El camino que le toque recorrer a las izquierdas será arduo; tal vez doloroso, pero si quiere llegar a alguna parte, tendrá que pasar por la construcción de la unidad desde el centro izquierda hasta los sectores más radicales. Si no se forja la unidad, el próximo gobierno será de las derechas más reaccionarias ahítas de venganzas y revanchas. El neofascismo está al acecho y podría llegar a las puertas del poder.