¡QUIERO RECORDARLE! 



TRAS TESOROS DE UMBERTO ECO 



Fausto Jaramillo Y.

Ahora que se ha ido, quiero recordar si la película me llevó a leer el libro, o si el libro me llevó a espectar la película. En cualquier caso, “El nombre de la Rosa” fue el inicio de una maravillosa aventura propuesta por Umberto Eco, que me llevó por nuevos y fascinantes caminos.
Confieso que no he leído todos sus libros, no conozco toda su obra, aun debo enterarme de una infinidad de ideas y conceptos que en su prodigiosa mente bullían; pero, al menos me queda el consuelo de que algunos de sus libros se robaron mi sueño y lograron encandilarme con ese inconmensurable mundo que me mostraron.
“El nombre de la Rosa”, “El péndulo de Foucault”, “La isla del día de antes”, “El cementerio de Praga”, son los títulos de sus obras de relatos que reposan en mi biblioteca personal; pero además no puedo dejar de mencionar: “Los límites de la interpretación”, “Semiótica y filosofía del lenguaje” y “Construir al enemigo”. En las tapas de sus libros aparecen otros títulos y seguramente irán apareciendo otros que hasta ahora están inéditos, pero todos ellos conforman la visión brillante, colorida, novedosa y maravillosa que este italiano tuvo sobre las ideas, la cultura, el arte, la semántica, la semiótica y la filosofía. Era, por así decirlo, uno de los últimos grandes pensadores que nacieron y crecieron en el siglo XX, que inicia con el sufrimiento y dolor de la guerra y la violencia, y culmina abriendo paso a esta nueva Era, donde la información y el conocimiento definen al Poder.
Nació en la ciudad italiana de Alessandría en 1932, es decir, entre las dos grandes guerras. De la primera, seguramente, sufrió los estragos y vivió los intentos de reconstrucción, de la segunda debió embeberse de sus horrendas consecuencias. Su respuesta a la imbecilidad humana fue el estudio y la crítica, la interrogación y la ironía, la crítica razonada y la investigación. No hubo tema que no pasara por su bisturí intelectual, de la política, a la belleza; de la fealdad, a la búsqueda de tesoros, del ensayo literario sobre el Ulises de Joyce y de sus amigos y coetáneos del grupo del 63. Eco fue, tal vez, la última marioneta de su propio intelecto, de su propio afán por diseccionar los hechos y las ideas para buscar la verdad, su verdad.
No fue un hombre egoísta sino que siempre buscó plantear sus inquietudes a los demás, a los otros, y por eso fue profesor, catedrático, amigo y conversador. Tras leer a Umberto Eco, no puede uno volver a hacerlo sin sentir la imperiosa curiosidad de saber ¿de dónde viene, esta idea? ¿Quién la planteó por primera vez? ¿En qué época? ¿En qué contexto? ¿Cuál es el referente y cuál el referido? ¿Cuál es su significado? ¿Su significante? Entonces la lectura se torna un excitante desafío por descubrir las respuestas y el intelecto del lector se enriquece.
Van quedando pocos como Eco. Los hombres y mujeres de nuestro tiempo, ya no tienen tiempo para pensar, para cuestionar, ahora, tal como lo decía Eco, la farándula y el internet facilitan tanto el encuentro con la noticia y con el conocimiento que nos hemos olvidado de la rigurosidad del interrogatorio y la paciencia del discernimiento. La verdad va perdiendo la batalla, y en su lugar quedan diseminadas las risas falsas y el lúgubre parloteo de la superficialidad.
Pero queda la esperanza de que de la semilla sembrada por Umberto Eco y por hombres como él, renazca el significado de verdad, de ciencia, de arte, de cultura y vuelva a florecer la alegría del descubrimiento y la felicidad de la conquista.
Ahora que se ha ido, quiero recordarle “construyendo al enemigo”.
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TRAS TESOROS DE UMBERTO ECO

Fausto Jaramillo Y.

“El culto de las reliquias ha sido algo habitual en todas las religiones y culturas; depende, por una parte, de una especie de pulsión que definiría como mito-materialista, por la que se puede encontrar algo del poder de un grande o de un santo al tocar partes de su cuerpo; y por la otra, del normal gusto anticuario (por el cual, el coleccionista está dispuesto a gastarse fortunas no solo para poseer el primer ejemplar de un libro famoso, sino también para poseer el que perteneció a una persona importante).”
Ilustrativa en su contenido: en sus detalles y en sus análisis; y agradable en su estilo y en su redacción, resulta la lectura de los textos escritos por Umberto Eco, profesor de Filosofía y Semántica de la Universidad de Bolonia, pero sobre todo, uno de los últimos verdaderos pensadores que restan en el planeta.
Hace pocos días recibí como un preciado regalo un libro de 318 páginas que recogen el pensamiento de este autor, en forma de pequeños o medianos ensayos, sobre muy diversos temas: Construir al enemigo, La Llama es bella, Lo absoluto y lo relativo, Delicias fermentadas, Los embriones fuera del paraíso, La poética del exceso, son unos pocos títulos que identifican estos ensayos.
Quiero detenerme en uno de ellos, “Tras tesoros”, no solo por la profundidad de su pensamiento, tampoco me mueve únicamente su ilustración histórica o la riqueza de los detalles y variedad de ejemplos con los que ilustra su texto, sino porque al leerlo, vuela la imaginación a encontrar similitud de comportamientos humanos en varios siglos y en diferentes latitudes geográficas.
La primera palabra con la que el autor inicia su ensayo nos lleva ya a pensar en el camino que nos propone recorrer: “Tesorear”. En un primer momento pensé que no existía este verbo, y recorrí al diccionario para confirmar mis sospechas. Tesorear, así a secas, no existe en el mundo académico de la lengua, pero siendo Eco el referente, sabiendo de su capacidad de inventar palabras para definir lo que no estaba definido, había que intentar desentrañar su semántica y el referido, es decir esta palabra nos remite a iniciar una búsqueda de apropiación de tesoros.
La palabra que más acerca su definición a la buscada, es “Atesorar”, que en sus acepciones significa: “Guardar dinero o cosas de valor”, “Retener parte del ahorro en forma líquida”, “tener muy buenas cualidades”. Pero este verbo, a diferencia de aquel que menciona Eco, no hace referencia a la búsqueda que demanda Tesorear.
Atesorar no requiere el esfuerzo y el placer de la búsqueda, sino que el objeto deseado puede llegar a pertenecer al que atesora, de diferentes maneras, pero todas ellas le son dadas o regaladas. Tesorar, en cambio demanda la búsqueda, el tiempo y la paciencia para diseñar el camino hasta encontrar lo deseado; tiempo que puede ser corto o largo, ser fácil o difícil, no importa; lo que se esconde en la búsqueda es el placer de alcanzar el objetivo.
Es decir, tesorear es el afán (pulsión) que parte desde la necesidad de encontrar tesoros para apropiárselos, para poseerlos ya sea en propiedad propia o en propiedad espiritual o inasible. Por eso, tesorear lleva a encontrar objetos que representen creencias políticas o religiosas, reliquias que hayan pertenecido a líderes o a personajes que representan determinados comportamientos o formas de vida.
De este comportamiento nacen las colecciones, los museos y los bancos de datos, las bóvedas de tesoros y los catálogos, reliquias sacras y laicas. Es que el viaje de tesorear no tiene límites en cuanto al contenido, lo verdaderamente importante es sorprender con la posesión de aquello que afirme y confirme una idea, un concepto, incluso modernamente diríamos, una imagen personal o corporativa y hasta una fe.
Sobre esto, Eco, nos dice: “Cuando se visita un tesoro no hay que acercarse necesariamente a las reliquias con ánimo científico, de otro modo se corre el riesgo de perder la fe, puesto que noticias legendarias comunican que en el siglo XII, en una catedral alemana se conservaba el cráneo de san Juan Bautista a la edad de doce años”. Pero, cómo esto puede ser posible, si Juan Baustista, según la Biblia era un tanto mayor a Jesús, a quien Juan lo bautizó en el río Jordán, cuando éste ya tenía más de 30 años. La respuesta solo puede ser una: la fe. Esa fe que hace que el ser humano crea lo increíble, crea lo que su líder o alguien que aquel considere digno de su confianza, lo diga o lo mande a hacer. La Fe, que en nuestros días aún sigue siendo un motor del comportamiento humano, ya sea que lo dignifique o lo denigre, lo empuje a alcanzar la dignidad o le arroje a la muerte.
Por eso hay que llenarse de paciencia antes de iniciar el viaje en busca del tesoro. Revisar pacientemente la lista de herramientas y conocimientos de que se dispone y se pondrán en juego durante el periplo, pero sobre todo, mirar sin apasionamientos ni prejuicios todo lo concerniente al tesoro buscado y anhelado, lo que otros ya lo han encontrado y sus testimonios.
“Tesorear es una experiencia apasionante: vale la pena organizarnos un buen viaje, siguiendo un itinerario que nos lleve a tocar los tesoros más interesantes, localizándolos incluso…”
Atesorar será entonces, hallar el cofre que contenga un grupo de piedras preciosas que permitan superar la pobreza y un ascenso social. “La búsqueda de las piedras preciosas y de sus distintas cualidades es una de las diversiones preferidas por los apasionados de tesoros, puesto que se trata de reconocer, no solo el diamante, el rubí o la esmeralda, sino también esas piedras que siempre se mencionan en los textos sagrados, como el ópalo, el crisopacio, el berilio, el ágata, el jaspe, la sardónice. Si uno es bueno, debe saber distinguir las piedras buenas de las falsas: en el tesoro de la catedral de Milán hay una gran estatua plateada de san Carlos, de época barroca: puesto que a sus mecenas o donadores la plata les parecía un material pobre, lleva un pectoral con cruz que es todo un fulgor de gemas. Y algunas, dice el catálogo, son verdaderas, otras no, son cristales coloreados. Claro que si dejáramos caer tanta escrupulosidad mercadotécnica, tenemos que disfrutar, ante todo, de lo que los constructores de estos objetos querían obtener, un efecto global de relumbre y riqueza”.
Pero, en cambio, las reliquias familiares y sociales constan entre los objetos que se buscan “tesorear” y son, las que quizás, mueven más fervientemente a conseguirlas.
Grandes hombres, o pequeños granujas a los que se les atribuyen características especiales, forman parte del imaginario popular y sus pertenencias corporales o exteriores son de las más buscadas.
En el continente americano, por ejemplo, cada año se forman largas filas de fieles adoradores del cantante Elvis Presley, acuden a mirar el Cadillac de su pertenencia; o a contemplar el Porsche destrozado en el que perdió la vida el joven actor James Dean. No importa si sus vidas fueron en dechado de virtudes o, por el contrario, un ejemplo de bajeza y fetidez, los fieles acuden a “tesorar” recuerdos y a contagiarse de los sueños de la grandeza que aquellos representan.
Seguramente en pocos años más, también serán interminables las visitas a la propiedad de Michael Jackson, o al menos a mirar las mansiones de ciertos actores y actrices de Hollywood. Todos tratarán de coleccionar el sostén de Marylin Monroe, (cierto o falso), o el calzoncillo de….
Los salones de la fama del deporte contienen “reliquias” de aquellos que en su momento fueron reconocidos como grandes representantes de las virtudes y características exigidas por el deporte. Por supuesto a estos salones no están invitados deportistas en actividad; uno de los requisitos es que ya no lo practiquen en forma profesional o pública y por eso, cada año se hace una revisión de estos salones, para incrementar sus piezas con objetos de los recientemente retirados y que hayan logrado grandes hazañas deportivas como para ser recordados.
En América Latina, la del sur del río Bravo, no ha seguido la moda de los salones de la fama, quizás porque son poco emotivas para el temperamento de nuestros pueblos. Aquí para guardar las reliquias, buscamos algo más contundente y trascendente. En Argentina, los fanáticos del fútbol crearon la Iglesia Maradoniana, destinada a adorar a Diego Armando Maradona, y en su templo tienen como reliquia las medias sucias y apestosas usadas por el deportista en uno de sus partidos.
Por esos pagos, no falta quien asegure con la certeza que brinda la fe, que Carlos Gardel canta mejor, mientras pasa el tiempo; mientras todos los días se forman largas filas para visitar la tumba de Evita Duarte, la esposa del líder populista Juan Domingo Perón. Nada sorprendente será saber que muchos argentinos persiguen afanosamente el traje que vistió la señora en tal o cual momento, o jirones de su cabello, y hasta las pastillas o medicinas que ella uso cuando el dolor producido por el cáncer doblaba su cuerpo.
En Colombia, aun hoy en día, la imagen del narcotraficante Pablo Escobar es adorado en altares familiares. ¿No sería posible que, reliquias de su cuerpo y de su vida sean objetos de búsqueda y de colección?
Aquí mismo, entre nosotros, en Ecuador, cada año el cementerio de Guayaquil es el lugar de encuentro de miles y miles de ecuatorianos que acuden a celebrar un aniversario más de la muerte de Julio Jaramillo, sin que falten negociantes “vivísimos” que ofrecen reliquias de él.
Pero, las reliquias más perseguidas por quienes quieren “tesorar” son las de los líderes mesiánicos, que América Latina tiene innumerables representantes. Quizás no se destaquen Monteczuma o Atahualpa, pero estoy seguro que si la arquelogía y la ciencia antropológica declarara algún día haber encontrado los restos humanos de estos dos emperadores indígenas de este lado del Atlántico, muchos querrán poseerlos.
Bolívar y Manuelita corren una “no tan deseable” persecución de los que buscan “tesorear”. Sus restos y pertenencias, si bien la mayoría están en custodia de museos, hay otras que recorren los caminos escondidos, el mercado negro, de las reliquias.
Hace unos años, muy pocos, por cierto, se recogió en Paita – Perú, un puñado de tierra, alardeando que se trataba de los restos de Manuelita Sáenz, y en una cívica procesión se trasladó la urna que contenía esa tierra, por todo el trayecto que separa al puerto peruano con la capital de Venezuela. Tras una ceremonia casi sacra se depositó en un sarcófago junto al del libertador Simón Bolívar. Pero, recordemos que ella murió de una plaga, tan propia de esos días, que seguramente llegó hasta el caserío de Paita, en algún barco. Como en esos días no había cura para esos brotes, se enterraban los cuerpos en fosas comunes y se los cubría con paladas de cal. Tampoco en aquellos días existía la técnica que permite identificar el ADN de unos restos, y en el caso de Manuela, que no tuvo descendencia, no hay restos de familiares cercanos que permita la comparación. Entonces, es fácil concluir que resulta imposible determinar con precisión que los restos trasportados con tanta unción cívica y emotiva, le pertenezcan. Pero eso no era lo importante, porque no es que “la reliquia la que hace la fe, sino la fe la que hace la reliquia”.
Por eso estoy tentado a pedir a mis hijos y nietos que desde ahora consigan las más variadas reliquias de ciertos líderes que circulan en nuestros países, mechones del pelo, los pajaritos con los que vuelven a la vida para dar consejos a sus pupilos, camisas adornadas con extraños bordados, algún bolígrafo con que el que hayan firmado tal o cual documento, el balón de fútbol con el que tal equipo jugó la final de tal Copa, etc., para que hereden a sus nietos y así sucesivamente hasta que pasen unos 300 años, que es el lapso señalado por estos líderes para su duración en la conducción de su país, y como ellos son los únicos dueños de la verdad, supongo que así será, y solo entonces mis descendientes saquen esas reliquias a la venta, ya sea directa o por subasta, lo que les hará millonarios.