GOBIERNOS POPULARES DE AMÉRICA LATINA, ¿FIN DE CICLO O NUEVO TIEMPO POLÍTICO? 



GOBIERNO Y PODER NO SON SINÓNIMOS 



CEPRID
Isabel Rauber
ALAI
Recientemente algunos intelectuales que se autodefinen de izquierda o centro-izquierda, anunciaron que estábamos a las puertas del fin del ciclo de los gobiernos progresistas, caracterizado por el agotamiento de sus programas neodesarrollistas –que incluyen el extractivismo , y su “ineficiente” capacidad de gestión. Es de esperar entonces, según ellos, una avanzada de la derecha en la región, situación que configuraría un nuevo mapa político en Latinoamérica. Con este discurso “visionario”, apuntalado por el conocimiento de los planes geopolíticos del imperio para la región, tales intelectuales contribuyeron a instalar y “naturalizar” en la opinión pública el advenimiento del fin de los gobiernos populares y su reemplazo “inevitable” por gobiernos de derecha, presentándolos incluso como una “saludable alternancia”. Vale entonces compartir reflexiones acerca de este diagnóstico y su sentencia.
El recuento crítico de los acontecimientos políticos de los últimos años revela que las propuestas políticas que caracterizaron el quehacer de los gobiernos populares en tiempos de proyección posneoliberal, están cumplidas. Y ello anuncia la apertura de un nuevo tiempo, con nuevas problemáticas, tareas, sujetos y desafíos. Pero además de tareas y agendas, los primeros años de los gobiernos populares significaron también para los pueblos transitar por un conjunto de aprendizajes.
Quedó al descubierto –en los hechos que gobierno y poder no son sinónimos, que no es posible, enfrentarlos al mismo tiempo ni del mismo modo. Las revoluciones democráticas no son sinónimos de la otrora “vía pacífica”, suponen la profundización del conflicto político como vehículo de la lucha de clases, anudada fuertemente con una profunda batalla político-cultural de ideas.
Se evidenció que no basta con poner “buenos gobernantes” a ocupar puestos institucionales que responden al sistema que se busca cambiar.
El crecimiento económico es importante, pero insuficiente. La educación política, la batalla ideológica es central. Y está anudada a la participación política, al empoderamiento. Nadie puede empoderar a otro/s y mucho menos desde arriba. El empoderamiento germina con la participación consciente y protagónica de los sujetos en los procesos sociotransformadores.
Se agotó la concepción de la política desde arriba y a “dedo”, propia del siglo XX; la “bobería”, el romanticismo anodino acerca de la democracia, la subestimación de la política, y las viejas modalidades de la representación política que suplantan el protagonismo popular y fragmentan lo político de lo social.
Fin del maximalismo teórico y el minimalismo práctico propio de sectores (ultra)izquierdistas.
Fin del vanguardismo, del pensamiento liberal de izquierda y de las prácticas que, en virtud de ello, aíslan a la militancia izquierdista de los procesos concretos de los pueblos, sus actores y sus dinámicas, posicionándolas fuera de los escenarios concretos de las contiendas políticas.
Desafíos centrales del nuevo tiempo politico
Marcados por los procesos políticos que sacudieron el continente en los últimos veinte años, pueblos, organizaciones sociales y políticas, y gobiernos populares, revolucionarios y progresistas necesitan hacer un alto en el camino, dar cuenta de los logros, las limitaciones y las nuevas tareas del presente. Esto es: replantearse tanto las preguntas iniciales como las respuestas que guiaron los pasos del quehacer político, económico, social y cultural por más de una década, preparándose para enfrentar nuevos desafíos. Entre ellos destacaré aquí los siguientes: Conservar lo logrado implica profundizar el proceso de cambios
La consolidación de actores de oposición política de signo neoliberal colocó a algunos gobiernos a la defensiva. Conservar los logros se convirtió entonces en una prioridad del accionar político en la actual coyuntura. Pero lo que no estuvo ni está claro es que para conservar lo conquistado y sostener los procesos de cambios es necesario profundizarlos, radicalizarlos. Y esto no se logra con acuerdos de cúpulas ni buscando alianzas con sectores del poder opuestos a los cambios; el ejemplo de Brasil es muy elocuente al respecto.
La clave radica en anclar los procesos a la participación protagónica de los pueblos. Se ha construido un nuevo tiempo social, político, cultural. Y este trae consigo nuevas tareas cuya realización está anudada al protagonismo popular. Esto implica también fortalecer los procesos de concientización y organización colectiva que vigoricen la determinación de los pueblos para sostener los logros alcanzados y traccionar el proceso hacia mayores transformaciones. Y esto no puede ser espontáneo; librados los acontecimientos a la “espontaneidad” no hay que sorprenderse ante el advenimiento de sucesiones políticas de derecha.
La actual coyuntura política continental coloca a los gobiernos populares, las fuerzas progresistas o revolucionarias de la región en la disyuntiva de profundizar las transformaciones o sucumbir ante ellas, si optan por conservarlas solo “desde arriba”.
La participación protagónica del/los pueblo/s es neurálgica para que los gobiernos populares sean también un camino de construcción de poder popular
La profundización de la democracia en este nuevo tiempo reclama asumir el decisivo imperativo político del protagonismo del pueblo para profundizar las transformaciones, entendiendo que ellas anudan, simultáneamente, los derroteros políticos de los gobiernos populares con los diversos procesos de construcción y afianzamiento de poder popular desde abajo que los pueblos desarrollan en cada país. En esto radica, centralmente, la profundización de los procesos sociotransformadores iniciados. Pensarla como un simple aggiornamento de la agenda pública deja a los gobiernos populares a merced de la voracidad política de los opositores.
Las realidades objetivas y subjetivas han cambiado; las subjetividades políticas de los sujetos participantes de los procesos de cambio se han radicalizado, hay un pueblo que reclama nuevos y mayores protagonismos. Ese protagonismo necesita hoy reorganizarse y rearticularse, conformando nuevas confluencias de los quehaceres de la militancia social y política, dentro y fuera de lo institucional, actualizando el horizonte estratégico de los cambios.
En este sentido, apostar a la construcción del protagonismo colectivo de los pueblos para su constitución en la fuerza político-social de liberación es el factor neurálgico que marcará el rumbo y las dinámicas políticas del presente y el futuro inmediato en los procesos populares en curso en cada país y en la región. Ello es vehículo también para la construcción de la unidad de los pueblos.
Reconocer a la participación popular orgánica como un factor clave para el afianzamiento y la profundización de los procesos de cambio en curso, no está reñido con el reconocimiento al papel de los liderazgos individuales. Pero esto no significa aceptar que la continuidad de los líderes a la cabeza de los gobiernos populares, es el factor que da estabilidad y solidez a los procesos. Al contrario, cuando hay líderes que sustituyen el protagonismo político de los pueblos, en realidad, lejos de garantizar continuidades, anuncian el cortoplacismo del camino emprendido.
Pueblos sin autonomía y auto-convencimiento poco pueden hacer para sostener y/o profundizar procesos que en realidad no sienten como propios. Por ese camino, el extrañamiento de los mismos anidará silenciosamente entre las filas populares y abrirá cauces a previsibles derrotas. Esto no es: “sí o no”; hay muchos matices. En no pocas coyunturas se ha visto que los pueblos y sus organizaciones concentran mayor madurez y responsabilidad que sus dirigentes y si bien no logran a veces evitar el desenlace negativo, con su presencia protagónica en las calles lo aminoran bastante. Los líderes son importantes y en algunas coyunturas decisivos, pero nunca para sustituir la participación protagónica de los pueblos, sino para desencadenarla y potenciarla.
Hugo Chávez, ejemplo de líder carismático y gran creador y conductor del proceso revolucionario boliviariano de Venezuela, no centró el proceso revolucionario en su persona. Tenía claro que el pueblo autoconstituido en sujeto revolucionario es el protagonista creador, constructor y sostén del poder popular de nuevo tipo que germina desde abajo en los consejos comunales y comunas. En ellos la revolución bolivariana abre cauces hacia la creación de una nueva civilización, al orientarse vía empoderamiento colectivo hacia la construcción del Estado comunal. Tan claro lo tenía que su lema fue (y es) “comuna o nada”.
Construir un nuevo modo de producción y reproducción (sociedad-naturaleza)
Una de las mayores limitaciones de lo que podría definirse sin grandes rigores, como “modelo económico neodesarrollista” es que se ajusta a los marcos del modo de producción capitalista, sosteniendo el circuito de la muerte. Esto marca como una tarea importante de este nuevo tiempo: crear y articular procesos productivos alternativos existentes y promover la búsqueda de nuevas bases económicas que hagan posible la coherencia social entre el ciclo de producción y la reproducción.
Se trata de avanzar hacia la conformación de un sistema productivo que sea socialmente responsable del ciclo reproductivo que genera. Esto es: aportar a la creación de un nuevo modo de producción reproducción sociales con lógica circular, que abra cauces a una nueva economía, que además de enfrentar con éxito la lucha contra el hambre, la pobreza, el analfabetismo y las enfermedades curables, sea el sustrato de un nuevo modo de vida y una nueva civilización, la del buen vivir y convivir.
Salir del cerco ideológico, político, cultural y mediático del poder hegemónico
Desplegar la batalla político cultural en todos los terrenos y dimensiones, en particular las redes sociales.
Atender al desarrollo de la subjetividad y espiritualidad de los pueblos poteciando sus identidades, culturas, cosmovisiones…
Desarrollar sostenidamente procesos interactivos de formación política.
Abrir cauces a un nuevo pensamiento crítico latinoamericano, descolonizado, intercultural y multicosmovisivo, plurívoco, anclado a las prácticas de los pueblos.
Promover procesos articulados de descolonización, interculturalidad y despatriarcalización en la construcción del poder popular desde abajo.
Desarrollar un nuevo tipo de intelectual orgánico, que descubra, promueva y potencie el pensamiento de los pueblos en toda su diversidad, amplitud y riqueza.
Trabajar por el fortalecimiento y desarrollo de las articulaciones regionales y continentales de los movimientos y organizaciones sociales populares, particularmente ampliar y profundizar el espacio ALBA de los movimientos. Y también impulsar la creación de espacios de encuentro, intercambio y coordinación de organizaciones sociales y políticas continentales, regionales y en el ámbito de cada país.
Apostar a la creación y construcción de una nueva izquierda política, social y cultural
Es vital comprender las nuevas dimensiones de lo político, de la acción y organización políticas; dar cuenta de las nuevas realidades y sus nuevos sujetos/as: los/as desplazados/as de diversos orígenes, los/as precarizados/as permanentes, los movimientos indígenas, las mujeres, los/las jóvenes, los niños y las niñas, los y las adultos/as mayores, los LGTB… abrir espacio a las diversas identidades, cosmovisiones, saberes, sabidurías y corrientes de pensamiento: los saberes ecológicos, la biopolítica, la bioética, el feminismo político y la despatriarcalización como crítica raizal del poder del capital…
Construir la ofensiva estratégica popular revolucionaria
Una de las resultantes más recurrentes de la división del campo popular, y particularmente entre la izquierda latinoamericana, es que las protestas y luchas sociales terminan siendo funcionales a los intereses de los poderosos. Marcado el campo popular por disputas internas de “poder”, por divisiones multicolores de todo signo entre las fuerzas políticas y su correlato en los movimientos sociales populares, los conflictos sociales terminan subordinados a los intereses intestinos del poder, fortaleciéndolo como recambio, en vez de lograr –colectivamente- subordinar a los poderosos a los intereses del pueblo y proponer una agenda política para concretar los objetivos populares (ofensiva). El caso de Argentina es muy elocuente al respecto, visible tanto en los acontecimientos recientes como en la trayectoria histórica de las izquierdas.
A esta gran debilidad política y cultural hay que sumar la instalación de un pensamiento binario (lo uno o lo otro, blanco o negro…), el desarrollo de la guerra mediática para conquistar y anestesiar las mentes del “gran público”, sin que las organizaciones políticas y sociales –ocupadas en sus peleas internas , asuman las tareas de la batalla de ideas como una de las disputas centrales de las luchas políticas de nuestro tiempo.
La falta de convergencia y unidad de los diversos actores sociales y políticos, aunada con la escasa formación política, las sectorialización y el corporativismo… coloca a las organizaciones sociales y políticas de los pueblos en situación de subordinación a los intereses de los poderosos. En función de ello, estos pueden manipularlos para alcanzar sus propósitos, debilitando y resquebrajando la base social de los gobiernos populares para reagruparse como bloque de poder opositor con capacidad de recuperar su hegemonía. Esta recuperación es en realidad una nueva toma de posiciones de los poderosos quienes haciéndose cargo de las nuevas realidades políticas recientemente vividas con los gobiernos populares , una vez en los gobiernos, buscarán destruir las bases democráticas de las sociedades para impedir cualquier intento futuro de reeditar gobiernos progresistas, populares o revolucionarios en el continente. Y para ello no están solos, cuentan con el apoyo imperial del Norte, de las instituciones del poder global del capital y de sus cañoneras mediáticas locales y globales.
El arribo de gobiernos de derecha en la región no es una simple “vuelta al pasado”, tampoco responde a una “enriquecedora alternancia” de gobiernos y gobernantes. Se trata de una vuelta de hoja, un giro raizal en la orientación de los procesos emprendidos, que se produce para articular los procesos locales con las necesidades hegemónicas y lógicas del poder global del capital: saqueo, dominación y muerte… Es importante no subestimarlo. Y preparar las nuevas resistencias anclándolas en la coordinación y unidad a partir de la participación articulada social y política de los sectores populares en su diversidad. A ello debe encaminarse el fortalecimiento de la formación política y de los procesos orgánicos de convergencia colectiva de organizaciones sociales y políticas hacia objetivos comunes, enmarcados en la creación y construcción colectivas de un nuevo horizonte civilizatorio.
El debate sobre el “fin del ciclo progresista” se mantiene y amplía, sobre todo después que se han cumplido dos meses de aplicación en Argentina de lo que -como dijimos la semana pasada utilizando un concepto de Immanuel Wallerstein- podría denominarse un modelo de “fascismo democrático”.

Así mismo, su caudal se viene a alimentar con las acciones de la oposición venezolana encaminadas a hacer retroceder las conquistas de los trabajadores y el pueblo en los últimos quince años, los nuevos intentos desestabilizadores de la derecha y ciertos sectores de las fuerzas armadas ecuatorianas y la incertidumbre respecto del resultado del referéndum en Bolivia. Todo ello apunta a confirmar la tesis de aquellos que aseguran que ha habido un ciclo progresista y que el mismo está llegando a su fin.

Desde mi punto de vista, hablar de ciclos entraña un pensamiento lúgubre y fatalista de la historia que apunta a la idea de que los avances logrados en la lucha de los pueblos pasa por ciclos que necesariamente van a tener un retroceso. ¬¬¬¬Suponer que esos momentos de flujo o, como se ha dado en llamar “ciclos progresistas” están vinculados a la llegada al gobierno de una fracción del movimiento popular, en el marco de democracias liberales representativas, cuando la estructura del poder económico no se ha cambiado (por las razones que sean), es simplificar la significación de la lucha de los pueblos por su liberación.

Asumiendo incluso que las transformaciones estructurales no se han hecho, simplemente porque no existen las condiciones para ello, se da cuenta de la superficialidad con que se acepta la idea de “ciclo”, toda vez que la persistencia de un momento de flujo del pueblo depende de su capacidad de ensanchar en cantidad y calidad el espectro de fuerzas que configuran la masa que va a actuar como sujeto del proceso de transformación. El solo hecho de que esa correlación de fuerzas pueda ser revertida, incluso estando en el gobierno algún representante de una fracción progresista, democrática, independentista o anti imperialista, nos habla de un proceso dialectico en el que el “ciclo” es solo un factor temporal, tal vez importante para los académicos que necesitan sistematizarlo para efectos didácticos.

Aunque la idea de paso de un ciclo de una situación de flujo del movimiento popular a una de reflujo, expone la continua ley dialéctica de negación de la negación, no considera de la misma manera, las de la unidad y lucha de contrarios y mucho menos la de los saltos cuantitativos a cualitativos. Desde el punto de vista de la dialéctica la aplicación de estas leyes, discurren de manera tal que en términos estratégicos la historia siempre camina hacia adelante. Es en ese sentido, que me parece que hablar de “ciclos” tiene un carácter pesimista y desmovilizador. Vale recordar que si comparamos la América Latina y el Caribe de hoy con la de 1998 cuando el Comandante Chávez ganó las elecciones por primera vez, la situación en términos de organización, formación y conciencia política de los pueblos, es infinitamente superior. Eso siempre ha sido así, ha habido avances de los pueblos independientemente de si llegan o no al gobierno, aunque generalmente ese ha sido el parámetro para medir tal adelanto.

Veamos la historia de América Latina y el Caribe al respecto. El primer gran momento político de los pueblos de la región lo inaugura la Independencia de Haití en 1804, ello sirvió como impulso y apoyo político y moral a los independentistas en las colonias hispanoamericanas, que una a una fueron logrando su emancipación en la década siguiente, incluso la visión estratégica del Libertador Simón Bolívar atisbó la necesidad de la integración como vía de dar presencia a la región en el mundo del futuro. Pero en 1830 comenzó un proceso de regresión cuando las oligarquías se hicieron cargo de los Estados nacientes y establecieron políticas encaminadas a satisfacer intereses particulares de grupos, en detrimento de las mayorías nacionales y de la región.

Los próximos ochenta años fueron de hegemonía comercial inglesa, desintegración de naciones, penetración del capital extranjero, intervenciones militares de Estados Unidos, guerras fratricidas, secesión de países, avance en la implementación jurídica de la idea panamericana, hasta la transformación a finales del siglo XIX de Estados Unidos en primera potencia mundial, todo lo que se podría llamar un “largo ciclo conservador y retrógrado”. Era la época de las políticas imperiales del “Gran garrote” y “Diplomacia del Dólar”.

Sin embargo, ya a inicios del siglo XX habían comenzado a ser fundados partidos de tendencias democráticas y reformistas y sindicatos que organizaban a la clase obrera en función de sus propios intereses, cuestionando por primera vez el orden establecido. Cien años después de la Independencia, la Revolución Mexicana fue el primer gran proceso de transformación profunda en la América emancipada ejerciendo un impacto ideológico y emocional sin parangón en la historia y dando un influjo a las luchas populares en la región.

No sé si eso llegó a ser un “ciclo”. La nueva Constitución mexicana de 1917, surgida de la revolución fue un modelo para la institucionalización de las ideas progresistas y anti feudales, dando un papel predominante al Estado y rechazando al imperialismo. Estados Unidos se vio obligado a desatar una política ultra conservadora a fin de frenar el ejemplo de la Revolución mexicana, lo cual devino en un nuevo momento de reflujo del movimiento popular.

Sin embargo, las luchas populares continuaron. La crisis económica se enseñoreó en Estados Unidos, lo cual unido a su entrada en la segunda guerra mundial unos años después, creó una situación propicia para el avance de los pueblos. La potencia imperial se vio obligada a implementar la política del “Buen Vecino”. Estados Unidos retiró sus fuerzas de intervención de los países que tenía ocupados ante un capitalismo debilitado, mientras en América Latina, los gobiernos estaban rendidos a los pies del poderoso. La región vivió una situación positiva desde el punto de vista del desarrollo económico y social producido por el alza de sus materias primas por efecto de la guerra.

Nuestros países, ricos en energía, minerales y alimentos incrementaron sus ingresos generándose un derrame financiero que repercutió en el mejoramiento de las condiciones de vida, pero salvo los gobiernos de Getulio Vargas (bastante contradictorio) en Brasil y de Jacobo Arbenz en Guatemala, derrocado a sangre y fuero, no se podría hablar de “ciclo progresistas” en la región, a pesar de que hubo progresos muy importantes en la organización y la lucha popular. ¿Se podrá decir que fue un ciclo progresista generado por la crisis capitalista de 1929 y las repercusiones económicas positivas de la guerra? ¿Les suena conocido?

Casi al finalizar la década de los 50 del siglo pasado, con muy poca diferencia en el tiempo, cayeron las dictaduras de Perú, Colombia y Venezuela. Y vino el momento más alto jamás alcanzado desde la Independencia y la Revolución mexicana: la victoria del pueblo cubano en 1959 que sí cambió todo, ¿alguien puede explicar cómo una tromba revolucionaria como la que se produjo en la mayor de las Antillas no generó un “ciclo progresista”? ¿Por qué Perú, Colombia y Venezuela no siguieron el mismo derrotero de Cuba?

Sin embargo, hay que decir que la persistencia y presencia de Cuba, su resistencia sin par a la agresión imperial, siempre ha sido un estandarte blandido por las fuerzas progresistas de la región. Pasó más de una década antes que Salvador Allende llegara al gobierno en Chile, antes militares progresistas como Juan Velasco Alvarado en Perú y Omar Torrijos en Panamá, intentaron desarrollar procesos de soberanía y defensa de los intereses nacionales. Por un breve período, se sumó el General Juan José Torres en Bolivia unos años después. Perón había regresado a Argentina. ¿Se puede atribuir al influjo de la Revolución Cubana este “nuevo ciclo”?

Sin embargo, todo cayó bajo la noche negra del fascismo. Jamás escuché en esos años de persecución y muerte, de clandestinidad y riesgos que alguien hablara de “fin de ciclo”. Sólo se pensaba en organizarse y luchar para derribar las dictaduras, retomar la democracia y avanzar hacia la revolución. Al final, igual que en la Independencia, las derechas reaccionarias y las izquierdas recicladas en Europa se hicieron cargo del Estado, despojando al pueblo de una victoria que le pertenecía, después de haber llevado la parte más dura de la confrontación.

Los triunfos de Nicaragua y Granada en 1979 parecieron inaugurar “un nuevo ciclo”, pero fueron enfrentados con la guerra y la invasión, que paralizaron un proceso, retomado en diferentes condiciones 17 años más tarde en un caso, y destruido desde sus raíces el otro. De todas maneras, la revolución sandinista ejerció una influencia notoria en el fin de las dictaduras de seguridad nacional, y en el logro de la paz que con la sola excepción de Colombia se obtuvo en toda Latinoamérica antes de finales el siglo pasado. ¿A qué ciclo pertenecen estas luchas?

Y ahora… este debate, estéril para mí, sobre el fin del último “ciclo”, el que inauguró Hugo Chávez y se supone, cerrando el gobierno de Mauricio Macri. Visto en la perspectiva histórica , vendrán nuevos “ciclos” porque la lucha de los pueblos no se detiene, es dialéctica, es continua, es permanente, se hace a veces en mejores condiciones cuando se han logrado algunos espacios de poder. y en mucho peores en otras, cuando la represión, el asesinato , la tortura y la muerte es la alternativa.

De lo que si estoy seguro es que la América Latina de hoy es mejor que la de la Independencia, mejor que la de la revolución mexicana, mejor que la que inauguró el luminoso triunfo de Fidel Castro y el pueblo cubano en 1959, mejor que la del fin del siglo pasado cuando Hugo Chávez llegó al gobierno en 1999 y será siempre mejor mientras los pueblos sigan luchando haya o no haya “ciclos progresistas”.
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