ALGO HUELE MAL EN MÉXICO CON SEAN PENN, LA “REINA DEL SUR” Y EL “CHAPO GUZMAN”  



SERÁ IMPOSIBLE SABER EL DÍA EN QUE ESE OLOR SE DESVANEZCA 



Fausto Jaramillo Y.

Algo huele mal en México, y no es el pedo que dice Sean Penn, haber dejado escapar en presencia de Joaquín “el Chapo” Guzmán, en aquel día que logró entrevistarse con él en el refugio del narcotraficante en las montañas de Sinaloa.
No, el olor no es de una sola flatulencia humana; creo más bien que es la suma de las flatulencias de un pueblo que avasalló y se dejó avasallar, que luchó y peleó su revolución y no supo defenderse de quienes se aprovecharon de ella. Es que ese olor nauseabundo tiene la marca de los años y de las debilidades humanas.
Seguramente será un imposible el reconocer el primer día en que ese olor empezó a elevarse sobre la tierra de México, y me temo que también será un imposible el saber el día que ese olor se desvanezca.
Es que ese olor a pedo podrido está en todas partes, inunda todos los espacios y ya nadie lo nota ni a nadie le molesta. Está ahí y nadie quiere reconocerlo, todos los huelen y a todos les parece natural.
México ciudad, México país vieron florecer una civilización gigante. México en la laguna y México en el sur del río Grande fue cuna de guerreros y de hombres y mujeres que con su trabajo elevaron su civilización a la altura de sus pirámides y más allá, más alto que aquellas, dónde se atreven las águilas a otear el horizonte en busca de las serpientes reptantes en el suelo, para cazarlas y destrozarlas; a esas alturas, no llegaban, ni llegan ahora los fétidos olores de la sangre en descomposición de los jóvenes sacrificados a los dioses. Una civilización que sacrificó vidas para que los dioses le engrandecieran.
Nadie puede afirmar si ese nauseabundo olor llegó a México con Hernán Cortés y los suyos; pero es sabido que cuando llegaron los hijos de Europa y de la Iglesia Católica se evidenciaron la ambición y la codicia, la traición y el afán de enriquecimiento rápido. Los conquistadores se apropiaron de la tierra y esclavizaron al ser humano.
El México agrario tuvo su cabal revancha cuando en las primeras décadas del siglo XX, los campesinos pobres sacudieron su modorra de trescientos años y tomando las armas protagonizaron la última revolución agraria de que tenga noticia la humanidad. Pero, casi inmediatamente, otra revolución, esta vez sin armas ni broncas, se apoderaron de aquella para convertir a México en lo que Mario Vargas Llosa, premio Nobel de literatura la llamara: “la dictadura perfecta”, porque, bien sea en cuatrienios o en sexenios, el partido político de la revolución, el PRI, se apoderó del Poder y de los bienes de los mexicanos.
Bajo la égida del PRI, o mejor dicho, de los poderosos del PRI, México conoció y se acomodó a la “mordida”, o sea, la coima fue elevada a la categoría de deporte nacional, de combustible necesario para el funcionamiento de todas las actividades, públicas y privadas, de la sociedad.
El México urbano, aquel que tiene su altar a los pies del Popocatépetl, ese gigantesco mercado que alimenta a 16 millones de zombies y a un 4 millones de ensoberbecidos adoradores del dios peso, es sede de las más inequitativas relaciones humanas y económicas, pues el PRI, en cualquier día de sus ya cercanos 100 años, siempre prefirió negociar con unos pocos sin recordar siquiera la existencia de los demás, y México es el mejor ejemplo de la forma como actúan las monopólicas empresas. Televisa, Claro, Pemex, y otras pocas forman el ejército de avanzada que alimenta las voraces fauces del sistema favorito del PRI; sistema que acumula en su interior los gases más fétidos que imaginarse pueda la humanidad, porque en él se cuecen las miserables ambiciones junto con los más abyectos ruegos de compasión de serviles sirvientes de los nuevos dioses de la concupiscencia económica.
La miseria en la que viven los mexicanos del sur ya nos la contó Juan Rulfo, cuando nos presentó a Juan Preciado y nos invitó a viajar con él a Comala, es esa misma miseria que deja escapar los olores apestosos de la injusticia, de la ignorancia, de la enfermedad, del qué me importismo, del abrazo cotidiano con la muerte que envuelve al México del sur, de Oaxaca, de Chiapas, Tabasco, Campeche, Yucatán y de Quintana Roo, donde el agro está en pocas manos y las muchas ni siquiera tuvieron el valor de perseverar en la lucha de Emiliano Zapata y del Comandante Marcos.
El México que huele a diablos se cuece en el norte, en Sonora, en Chihuahua, en Tamaulipas y en Nuevo León, donde se olvidaron de los ideales de Pancho Villa por vivir de vecinos del hipócrita y ladino rubio que les enseñó a tener antes que ser, y por eso los mexicanos de esos lares le alimentan de la droga que requiere ese vecino mientras éste les ofrece las mieses del dios verde. Claro, no importa que les trate a patadas, que les levante un muro para que no puedan ingresar a su tierra, pero les permite construir túneles estrechos por donde pasan la desesperación y la diosa blanca.
El tener ha llevado a los mexicanos a no tener. La paz y la justicia son valores olvidados y en su lugar la violencia y la trafasía se suman a la inhumanidad y a la mentira.
Ese tener que hiere las narices ha descompuesto la institucionalidad de México y por eso, la Policía y el Ejército han sido dejados de lado cuando de investigar la violencia y la delincuencia se trata porque ellos son la delincuencia.
La Policía se olvidó los principios que justifican su existencia desde antes de que el hermano de Carlos Salinas de Gortari debiera ser encarcelado por sus delitos, incluso de homicidio, a los cuales invitó a participar en ellos a altos oficiales de los uniformados.
El Ejército quedó rezagado desde hace mucho tiempo, cuando sus comandos de élite, comprendieron que era mejor arrancarse el uniforme y formar un cartel de violencia y delincuencia llamado los “z”. y munidos de sus habilidades se convirtieron en el terror de la frontera. Por si esto fuera poco, el PRI y sus líderes se valieron de la policía y del ejército para convertirlos en sus perros de caza y su estrategia de convertirlos en han hermanos de sangre y de pierna, cuando de matar estudiantes y campesinos se trata, han dado frutos de miserable aroma, sino que lo digan Diaz Ordás y Luis Echeverría cuando ordenaron la matanza de la plaza de Tlatelolco, en ciudad de México en 1968, o el actual Peña Nieto, cuando no ha podido destapar la apestosa olla de los estudiantes muertos en Ayotzinapa.
Para capturar a Joaquín “Chapo” Guzmán, fue la Marina la que se jugó. A la Marina tuvo que acudir el zar de la política para capturar al zar del narcotráfico y no porque quisiera sino porque el mundo se reía de su incapacidad y su hipócrita miseria de dejar escapar de una cárcel de máxima seguridad al mismo que perseguía.
Sí, algo huele mal en México, y no se trata únicamente de estos hechos, Es que el “Chapo” Guzmán no esconde su calidad de capo de tutti capo, que al igual de Don Vito Corleone es dueño de la vida y de la muerte de miles de seres humanos.

El “Chapo” ni siquiera se inmuta al afirmar que es dueño de aviones, de barcos, de submarinos, de consciencias, a pesar de haber nacido en una cuna humilde y carente de todo. No tuvo trabajo y a los 15 años, apenas salido de la adolescencia comprendió que para valer no hacía falta estudios, disciplina, trabajo, y tantas otras cojudeces que pregona el gobierno, cualquier gobierno de nuestras democracias, sino tener, poseer. ¿De qué se le puede acusar, si el valor de todo mexicano, de todo ciudadano del mundo, está en función del nuevo dios, ese de color verde, que te abre las puertas a la dignidad y al estrato? Si todos adoran a ese dios, entonces ¿qué se puede criticar a Pablo Escobar en Colombia o al Chapo Guzmán, en México?
Pero no nos confundamos: Joaquín Guzmán también apesta. Para alcanzar a tener, dejó de ser; se olvidó que antes que nada es un ser humano y como tal debía respetar la vida de los otros seres humanos y manchó de sangre su propia vida; se olvidó que tras cada muerte que dejó en su camino estaban otras vidas, de esposas y esposos, de hijas y de hijos, de madres y padres que sin culpa engrosaron la larga, larguísima lista de sus víctimas. También apesta Guzmán cuando ignora que otro ser humano se degrada cuando inhala o se inyecta o se toma aquellas porquerías que él y sus secuaces venden por las calles. Guzmán es tan culpable como el gobierno, cualquier gobierno, de que niños encuentren el idílico mundo de la inhumanidad y escondan su hambre en la droga, antes de que empuñen el fusil de la rebelión para exigir trabajo y dignidad.
Algo apesta en México cuando una damisela, bella y educada ella, sucumba a los encantos de un patán ignorante y asesino, porque está cansada de que los políticos y autoridades de su país le mientan y le engañen. ¿Acaso ella también no engaña ni miente cuando ante las cámaras finge ser la reina del sur, o de cualquier parte? ¿Acaso no es culpable de que Televisa siga marcando los contenidos y las formas de pensar de su pueblo?
Pero, claro, ella se esconde en el guión de telenovela de que ella no es la única culpable, de que existen muchos otros, incluyendo su padre, que desde hace décadas han sido cómplices de Emilio Azcárraga y compañía (léase los líderes del PRI y del PAN y de cuanto club político exista en ese país) en esa apestosa cruzada de descerebrar al pueblo mexicano.
Ahora resulta novedoso el que el actor hollywoodense Sean Penn se haya encontrado en las montañas de Sinaloa, México, con el narcotraficante “Chapo Guzmán”, el hombre más buscado por la justicia de varios países y actor de espectaculares escapes de las cárceles del suyo; pero más novedoso y sorprendente es que el actor en el texto que publicara la revista “The Rolling Stones”, sobre este encuentro escribiera frase, aparentemente cargada de humanidad que desacralizara la imagen de monstruo de Guzmán: “flatulencia humana, cargada del cansancio del viaje” que dejara escapar este seudo periodista en presencia del capo y éste no se diera por enterado.
Ahora Guzmán se ha integrado al mundo de Hollywood y de Televisa. Ahora es, en sí mismo, un espectáculo y quiere que todo el mundo lo vea y lo considere un hombre bueno, que tiene sentimientos y emociones como todo el mundo; pero el hombre tiene ambiciones, Televisa le queda chica, por eso pretende que sea Hollywood la que le catapulte a las pantallas de todo el mundo. Ambas, han creado un mundo apestoso, nauseabundo que glorifica la violencia y la mentira con algunos de sus productos bodrios, y entre ellos, Guzmán, al menos, tiene la virtud de ser original, de ser de carne y hueso y no es producto de una mente calenturienta de algún guionista de esos centros de falsa diversión.
El pedo de Penn, y la aparente indiferencia o falta de olfato de Guzmán, nada tendrían de raro si no fuera porque, aun sin proponérselo, mostraron simbólicamente lo que está aconteciendo con aquel país, otrora grande y maravilloso, llamado México.
El pedo que apesta es el que México deja escapar todos los días. Y lo peor es que México es, a su vez, el símbolo de que sucede en toda nuestra América.