LOS INTELECTUALES FRENTE AL PODER 



SON NECESARIOS PARA EL DESARROLLO INMATERIAL DE LOS PUEBLOS. 



Rodrigo Santillán Peralbo
¿Los intelectuales que son absorbidos por el poder, perdieron su calidad de seres libres para ejercer la crítica? ¿Los que voluntariamente treparon la escalera, para con todo derecho ganar un sueldo, acaso se convierten en ideólogos voluntariosos y oficiosos del gobierno, y en acérrimos defensores de “proyectos históricos”? ¿Son útiles a las masas y a los procesos revolucionarios? Sean de derecha o izquierda, los intelectuales tienen derecho a escoger ideologías, corrientes de pensamiento o crearlas, intervenir en las culturas de acuerdo a sus intereses, y actuar en política con cualquier finalidad personal o grupal. Puede ser sirviente del poder y perder su libertad o ser libre, inmaculado y puro sin contaminación alguna, para al final, esperar ser un aporte con sus ideas y pensamiento para un incierto futuro en el que quizá ya no vivirá.

El intelectual es necesario para el desarrollo inmaterial de los pueblos. Así lo demostraron los griegos y los romanos que heredaron a la humanidad diversas formas de ver, entender e inclusive analizar al mundo, sus seres y sus cosas que se desenvuelven en interminables interrelaciones entre el ser individual, el ser colectivo, el ser social, el ser cultural, el ser masa alienado y cosificado.

En cualquier caso, el intelectual requiere de libertad para que ejerza su rol. La falta de libertad deteriora la inteligencia, inmoviliza el pensamiento, anquilosa la creatividad. Un intelectual que renuncia a su libertad para servir al poder, no sólo hipoteca su vida, sino que la pierde cada vez que se hunde en el pantano del servilismo intelectual. Pero si se une al poder porque éste se fundamenta en los principios rectores de su pensamiento, de su ideología, puede ser útil a ese poder concediéndole ideas para su fortalecimiento y pensamiento para su permanencia. ¿Acaso no ha habido intelectuales que fueron un soporte significativo para el fascismo italiano, para el nacional socialismo alemán, para el franquismo español, para las dictaduras neofascistas de América Latina?

Así también hubo y hay brillantes intelectuales que impulsaron, motivaron, fortalecieron los procesos revolucionarios en todo el mundo y hay miles y miles de intelectuales que enriquecieron el marxismo-leninismo y otros que fueron consecuentes con sus principios, y se unieron a las luchas de liberación de sus pueblos y perecieron en los procesos. Un intelectual que ofrenda sus vida por sus creencias y principios, es un ser superior, es un intelectual digno de emulación.

En el tráfago de las circunstancias, intelectuales ha habido los que se convirtieron en políticos y dejaron de ser brillantes, otros renegaron de la vida y exaltaron la bohemia y los de más allá, con cierto cinismo, se transformaron en defensores del sistema capitalista, se convirtieron en neoliberales amantes del imperio. De motivadores de las luchas proletarias devinieron en pequeño burgueses, se traicionaron a sí mismos, se regodearon de las migajas del poder al que apuntalaron, y sin siquiera con un rubor ha habido los que denigraron a sus ex compañeros de ruta.

Otros, por sus pensamientos, ideologías y filosofías sufrieron persecuciones, destierros, cárceles, sin jamás delatar a sus compañeros y amigos. Estos son los consecuentes, estos son los que sobrevivieron a dictaduras, ayudaron a superar las contradicciones y las crisis de las izquierdas y hasta creyeron, con absoluta honestidad, en falsos procesos revolucionarios a los que se unieron con las esperanzas del cambios y transformaciones, ofertados por políticos demagogos, populistas, carentes de ideologías definidas.

Daio, al referirse a los intelectuales sostenía que los intelectuales suelen descubrir que las masas no tienen necesidad de ellos para saber porque saben claramente, perfectamente, mucho mejor que ellos; y lo afirman extremadamente bien. Pero existe un sistema de poder que obstaculiza, que prohíbe, que invalida ese discurso y ese saber. Poder que no está solamente en las instancias superiores de la censura, sino que se hunde más profundamente, más sutilmente en toda la malla de la sociedad. Ellos mismos, intelectuales, forman parte de ese sistema de poder, la idea de que son los agentes de la conciencia y del discurso pertenece a este sistema. El papel del intelectual no es el de situarse un poco en avance o un poco al margen para decir la muda verdad de todos; es ante todo luchar contra las formas de poder allí donde éste es a la vez el objeto y el instrumento: en el orden del saber, de la verdad, de la conciencia del discurso.
Así la labor crítica del intelectual se distingue de las otras críticas en cuando se erige contra el poder político y cultural manifiesto, hegemónico, el que reina, que tanto puede ser de derecha como de izquierda, oficialista u opositor, según las circunstancias. Se trata de una contraalocución que apunta contra un dominio en el campo discursivo, simbólico, en el universo de las representaciones, dice Nicolás Casullo.-
Cuando el intelectual se incorpora al Estado su visión crítica se debilita o desaparece, corriendo también el peligro de convertirse en un ideólogo del gobierno.
Cuando el intelectual se incorpora al Estado, o sin incorporarse se une a un proyecto de defensa del gobierno, seguirá siendo como lo caracteriza Norberto Bobbio, alguien que se distingue por la instrucción y la competencia científica, técnica o administrativa superior a la media y que comprenden a los que ejercen actividades laborales o profesionales específicas y que ha adquirido, con el ejercicio de la cultura, una autoridad y un influjo en las discusiones públicas, pero corre el peligro de dejar de decir lo verdadero a quienes aún no lo veían y en nombre de aquellos que no podían decirlo, debían ser: conciencia y elocuencia. Voz y rostro de los que no tienen voz y rostro de los seres anónimos que luchan cada día.
Al intelectual identificado con el gobierno parecería hoy no interesarle la corrupción, o en el mejor de los casos la remiten a un futuro fallo judicial; no hablan de la inflación ni de la manipulación, la que reconocen en privado, pero evitan su pública admisión puesto que sería alimentar a los buitres financieros, esos buitres muy bien alimentados por las políticas oficiales de “desendeudamiento”, aún a costa de nuestras reservas y para ellos la inseguridad es una “sensación” que sólo experimentan las clases adineradas.
También saben, perfectamente de las violaciones a los derechos humanos, a la libertad de expresión del pensamiento, pero se hacen de la vista gorda porque son temas de los que callan y otorgan, son asuntos molestos y espinosos que les impide gozar de los privilegios de la pequeña burguesía en la que se acomodaron.
Daio agregaba que cuando un intelectual se integra a un gobierno revolucionario, puede ser la concreción de sus afanes, pero en cambio, su apoyatura a un sistema de tinte populista puede correr el peligro de olvidar las críticas que se pueden hacer al populismo, según lo advierte Nicolás Casullo, en cuanto marca la tendencia de un Estado cuyo despliegue y presencia, bajo la hipótesis de que es la representación genuina del pueblo para un bien común, puede ir suprimiendo peligrosamente la dualidad Estado y sociedad e interponerse de manera antidemocrática en el ejercicio de la vida colectiva e individual y que también al fundamentar lo político sólo desde el conflicto y la contienda como señal sustancial y constante, que no tiene mayores reaseguros en cuanto a las violencias que puede desencadenar, y por ende establece una brumosa frontera entre política y guerra social potencial.
El intelectual correrá así siempre el peligro de ser asimilado por el poder, o de ser silenciado por el poder, ese peligro será mucho mayor cuando se olvida de su función crítica.
LOS "INTELECTUALES" Y EL PODER
“El doble papel del "intelectual" debería ser el de ideólogo y crítico, y la naturaleza de sus relaciones con el Estado de disidencia y contrapoder”, si sus ideologías y principios no coinciden con el Poder político y menos con el poder económico. Daio enfatiza que los actuales "intelectuales", a menudo son cómplices arribistas de los poderosos.
De generación en generación, con una frecuencia que podríamos caracterizar como cíclica se produce la incorporación del "intelectual" al Estado. Es así como resulta frecuente observar al joven ­que a los veinte años comienza a darse a conocer con un discurso crítico de tintes radicales­ instalado, después de los cuarenta, en un confortable puesto burocrático, desempeñando las mismas funciones, realizando los mismos actos que el mismo criticó en sus años mozos. Esta actitud parece ser la que predomina entre nuestros "intelectuales" como lo prueba la casi total ausencia en nuestro país de intelectuales críticos e independientes. ¿Cómo explicar esto? Para ello habría que precisar tanto la función del "intelectual" como la naturaleza de sus relaciones con el Estado. Aquí sólo nos proponemos enumerar algunos aspectos que deben ser tomados en cuenta si se quiere llevar a cabo un estudio profundo y detallado de la relación ­harto sospechosa­ del "intelectual" con el poder.
DOBLE PAPEL DEL "INTELECTUAL": COMO IDEÓLOGO, COMO CRÍTICO

Las funciones que desempeña el "intelectual" lo colocan en una situación ambigua y en muchos casos contradictoria: tanto puede volverse abiertamente un ideólogo del poder que elabora representaciones cuyo objeto consiste en hacer que el individuo "interiorice" las relaciones de dominación existentes, esto influye sobre el imaginario social, instituyendo valores, creencias, signos que tienen como fin institucionalizar la relación de poder a través de un consensus; puede asumir como tarea el análisis crítico que impugna al poder instituido, luego denuncia sus mecanismos enajenantes y opresivos. Sostiene Daio.

ESCISIÓN ENTRE EL DISCURSO (CRÍTICO) Y LA AMBICIÓN PERSONAL; EL ARRIBISMO COMO META.
Si por una parte el saber sirve al "intelectual" como instrumento que le permite enjuiciar críticamente la realidad (conocer los diversos elementos que la conforman, la manera como estos últimos se interrelacionan, se interpenetran e influyen recíprocamente; las tendencias implícitas así como lo esencial de lo secundario); por otra parte, el conocimiento le sirve como medio para hacer una carrera, labrarse un estatus. Por lo demás, el propio "intelectual" atribuye a su desempeño una gran importancia, siente que su papel (interpretar, dar ideas y sentido) debe trascender a la acción y no simplemente limitarse al análisis crítico; pero siempre piensa que su actuación debe ser de dirigente (tanto de guía, consejero, como de organizador, planificador); la elevada imagen que tiene de sus propias capacidades lo lleva fácilmente a creer que por ello merece honores y privilegios, buenos empleos y buenas retribuciones.
En el camino que lo lleva al poder, al prestigio y a la consideración el "intelectual" en ascenso necesita emplear un lenguaje, de izquierda, radical y hasta incendiario; esto le permite irse haciendo de un nombre ­para ello, escribir en la prensa sirve bastante­, obtener una cierta influencia sobre un público generalmente joven y universitario que lo escucha de buena fe, prestigio y notoriedad que difícilmente conseguiría si prescindiera de su discurso crítico. Sin embargo, este último poco a poco va perdiendo sus matices radicales para convertirse más bien en consejos, advertencias que señalan las situaciones peligrosas, los riesgos que puede correr el propio poder, hasta volverse una crítica cortesana (loyal opposition) que jamás toca lo esencial de los mecanismos de poder y más bien los oculta. Ahora bien, el discurso del "intelectual" integrado también puede conservar sus matices radicales ­esto contribuye a dar al poder una apariencia democrática­ pero el discurso se vuelve inofensivo, usa meros "clichés", se sirve de enunciados retóricos, que por ser tan generales no afectan al Poder. La distancia que se produce entre el discurso (crítico) y su ambición personal llega a producir una verdadera esquizofrenia en el intelectual.

LA FASCINACIÓN POR EL PODER

Si en sus comienzos pudo haber en el "intelectual" una indignación sincera frente a la pobreza, la corrupción y la injusticia reinantes, en él domina la creencia de que para superar esta situación, para el cambio deseado, sólo puede mediar la existencia de un Estado fuerte y autoritario. Esta creencia lo induce fácilmente a integrarse a este como una posibilidad para actuar y ser "útil y eficaz", sin embargo ya dentro del Poder su actitud se transforma, su espíritu se obnubila, empieza a adoptar posturas conformistas y oportunistas; autoritarias hacia los de abajo y sumisas frente a los de arriba; el esprit de corps" (sentido de solidaridad) burocrático: como detentadores y monopolizadores de razón y de la autoridad que emana de la razón, termina por imponerse en él, lo que no impide, como ya hemos dicho, que en ciertos casos siga usando un discurso aparentemente crítico.

NATURALEZA DE LAS RELACIONES ENTRE EL "INTELECTUAL" Y EL ESTADO; COMPLICIDAD Y COMPLEMENTARIEDAD O DISIDENCIA Y CONTRAPODER.

Para continuar con el análisis de Daio, se puede decir que en los primeros quince años del siglo XXI, el Estado ha multiplicado sus funciones y con ellas no sólo controla e interviene en la economía, sino pretende el control total de la sociedad.

Para ese objetivo final utiliza las nuevas tecnologías, espía a los ciudadanos, convierte al Estado en un simple Estado de Propaganda. Bajo una imagen protectora, el Estado decide, dispone de la sociedad y de sus recursos, impone su poder sobre la sociedad a la que manipula, quiere tenerla aplastada, sumisa y dependiente, para lo cual necesita reducir los conflictos que emanan de ella (económicos, políticos, regionales, culturales, intelectuales, etc.) asimilarlos hasta volverlos inofensivos.

La educación, la ideología, los medios de comunicación son los instrumentos, entre otros, de los que se sirve el Estado para que las relaciones de dominio que instituye sobre la sociedad se interioricen y sean aceptadas como algo dado por sí, algo evidente e indiscutible. En esta tarea, la labor del "intelectual" es esencial, este proporciona los instrumentos ideológicos que no sólo lo legitiman y le dan un consensus, sino ocultan su naturaleza profunda, que es la violencia. El Estado necesita, pues, del Saber, pero de un saber institucionalizado que no mine las bases de su hegemonía; que le sirva tanto de saber operatorio, técnico, planificador o como expresión cultural y artística, mismas que confieren una apariencia respetable, civilista y culta. Institucionalizado, el saber se vuelve dependiente y en consecuencia, controlado (por las instancias burocráticas). El saber que pone en circulación el Estado, se vuelve una mezcla conocimiento e ideología, de representaciones, mistificaciones que políticamente le son útiles, lo consolidan y le dan cohesión, afirma Daio.

En estas circunstancias, el intelectual sirviente del político populista que llega al poder con el discurso diseñado por el lacayo no con librea, sino con libros bajo el brazo, se convierte, casi inexorablemente, en cómplice complementario del poder con todos sus abusos y distorsiones, pero si esos actos del poder golpean su conciencia que permanecía obnubilada, se aleja del poder, porque sabe que hace mal y llega a la disidencia y contrapoder, porque otra vez se reencontró consigo mismo.

LA DISIDENCIA Y EL CONOCIMIENTO CRÍTICO

El Estado prefiere tener al "intelectual" incorporado, burocratizado, otorgarle puestos directivos, honores, premios, a tenerlo como opositor, como crítico independiente. Para el Poder, el pensamiento crítico es más peligroso que la crítica violenta a la que puede contraponer la violencia estatal, por eso prefiere integrar al "intelectual" que reprimirlo. Los medios de los que se vale para incorporarlo son diversos, van desde los directos, a través del desempeño de funciones burocráticas o indirectos mediante premios y subvenciones. La meta es la de asimilar al "intelectual" o mantenerlo en un silencio cómplice. Para evitar que surja una crítica independiente, el Estado corrompe por múltiples medios y de manera sistemática al "intelectual" que comienza a sobresalir, por lo demás no hay que olvidar, como lo vimos al principio, que por su parte el "intelectual" se deja corromper.

Los pocos intelectuales de talento se ven condenados al aislamiento, a la pobreza y, en última instancia, a ser reprimidos. El silencio que los rodea comienza a hacerse entre sus propios colegas, quienes censuran, sin confesarlo, la actitud crítica y sin compromisos del primero, pues esta posición es ya en sí misma una acusación contra su propio conformismo y oportunismo. Por fortuna, estos intelectuales independientes, aunque escasos, existen. El germen de un pensamiento independiente y crítico no ha desaparecido, entre los universitarios encontramos intelectuales íntegros y modestos que no han abdicado y que intentan hacer el análisis lúcido de nuestra realidad.

Frente a los mecanismos de control, las tácticas de seducción, las mordazas reales o figuradas que el poder impone y que el "intelectual" acepta de manera cobarde y cómplice, urge crear, fortalecer una corriente de pensamiento independiente, contestatario, disidente, capaz, teóricamente sólido; que sepa analizar y denunciar las lacras del poder que nos ahoga y corrompe, que sea un verdadero contrapoder al poder asfixiante del Estado, que denuncie los mecanismos a través de los cuales este mantiene a la sociedad explotada y sometida, muda y embrutecida. Evidentemente, su tarea debe comenzar por el enjuiciamiento crítico de la función del intelectual y de sus privilegios, a fin de volverse una crítica radical y sin compromisos con los poderes que oprimen y explotan.

Laura Baca Olamendi, en su ensayo intitulado Bobbio: los intelectuales y el poder sostiene que nadie puede discutir la importancia que Norberto Bobbio tiene en el debate intelectual del siglo. Al respecto afirma que En la amplia herencia intelectual que ha dejado Bobbio, está un tema directamente relacionado con su oficio, el quehacer intelectual, y con los intelectuales. Sus ideas constituyen la materia prima que es importante consultar para entender no sólo qué es un intelectual, sino también su función, sus relaciones con la sociedad y con la cultura así como con la política. Por todo ello.

La autora hace énfasis en los vínculos que hay entre la política y la cultura como la base de la obra bobbiana. De esta manera: “El estudio de esta relación puede considerarse central en su reflexión teórica y política, no sólo porque sus escritos acerca del asunto comienzan a partir de los años cuarenta sino porque poseen una doble característica: por un lado, presentan a Bobbio como un intelectual comprometido con su circunstancia histórica y, por el otro, constituyen un punto de referencia teórica muy útil para el estudio de las relaciones entre los intelectuales y el poder”

Para Bobbio, una definición del intelectual debe basarse en su función; es decir,
crear, portar y difundir ideas. Como lo señala la autora, a quienes tiene en mente
Bobbio es a los “hombres de ideas”
Baca Olamendi, investigando en los escritos de Bobbio, ha identificado cuatro tipos de
intelectuales:

- el intelectual puro
- el intelectual educador
- el intelectual revolucionario, y
- el filósofo militante

El intelectual puro se caracteriza por propugnar una separación tajante y radical entre la teoría y la práctica; es la figura del no compromiso con el poder ni con “las pasiones políticas”, en palabras de Julien Benda quien, además de Max Weber, Romain Rolland y Bendetto Croce, también ejemplifica esta figura de intelectual.

Para el intelectual educador es posible que la teoría contribuya a ratificar la política. Este tipo de intelectual considera que la política está por encima de las demás actividades humanas porque es capaz de entender los problemas de la sociedad. En esta categoría se ubican Karl Mannheim y José Ortega y Gasset.

A diferencia del intelectual puro, el intelectual revolucionario parte del supuesto de la completa identificación entre cultura y política. Así, teoría y práctica estarían, para este tipo de intelectual, unidas indisolublemente. Pero más aún, conforme a la visión del hombre politizado, la cultura se subordinaría irremediablemente a la política. El intelectual marxista representa de manera prístina a este grupo, y quien destaca, sin duda alguna, es Antonio Gramsci.

Finalmente, el filósofo militante sostiene que su actividad en la política es legítima, pero que su forma de hacer política es diferente a la que llevan a cabo los políticos. En tanto hombre de cultura procura comprometer a otros que están en contra del poder tradicional. Considera que es cierta la separación entre teoría y práctica pero reconoce que la cultura implica una cualidad específica que la hace autónoma. El intelectual que representa a esta figura es Carlo Cattaneo.

Les Temps Modernes publicó una serie de entrevistas y artículos efectuados a Jean Paul Sartre en los que expresaba algunos pensamientos sobre el intelectual. Decía que se podría precisar un intelectual europeo. Digo 'europeo' porque en el Tercer Mundo un intelectual tiene como primera tarea servir al desarrollo del su país. En consecuencia, ponerse a disposición del gobierno y del partido. Y ser profesor, aún si lo que desea es escribir, etc.

En Europa estamos en una sociedad capitalista llena de contradicciones, y un intelectual es otra cosa. Primero hay que saber dónde se lo recluta. Se lo recluta en lo que podemos llamar el grupo de técnicos del saber y del saber práctico; entendiéndose por eso los profesores, los investigadores científicos, los ingenieros, los médicos, los escritores. Pero este campo no es suficiente con hacer su trabajo para ser un intelectual.

Un intelectual aparece a partir del momento en que el ejercicio de este oficio hace surgir una contradicción entre las leyes de ese trabajo y las leyes de la estructura capitalista. Digamos que cuando el científico, que necesariamente tiene una relación con lo universal, ya que lo que busca son las leyes, al darse cuenta de esa universalidad, ya no existe en el mundo; que ya no encontremos más conceptos universales, sino que, al contrario, encontramos clases opuestas, que no tienen ni el mismo estatus ni la misma naturaleza que el humanismo burgués que se pretende universal, es en realidad un humanismo de clase; en ese momento, si encuentra esa contradicción, el científico la encuentra en sí mismo.

A pesar de los conceptos burgueses que él mismo tiene por haber sido instruido y educado por los burgueses, al mismo tiempo él siente que su trabajo lo conduce a esa idea de universalidad que es contraria a la de los burgueses, y en consecuencia a la naturaleza de su propia constitución. Es entonces cuando se convierte en un intelectual. En otras palabras, un científico nuclear no es un intelectual, es un científico en la medida en que hace sus investigaciones. Si el mismo científico, llevando a cabo sus investigaciones nucleares, se da cuenta de que con su trabajo va a posibilitar la guerra atómica, y si denuncia esto, es porque lo siente como una contradicción. Él hace lo universal en la medida en que estudia la física nuclear, y crea la posibilidad de un conflicto singular precisamente porque su trabajo puede usarse a los fines de la guerra.

Si al mismo tiempo, como ha sucedido a menudo, cierto número de científicos nucleares se reúnen y declaran que no quieren que su trabajo se utilice para esos fines, ellos viven su propia contradicción. Si denuncian esa contradicción exterior, yo digo que son intelectuales.

En esa condición, como vemos, el intelectual tiene un doble aspecto. Es a la vez un hombre que hace un determinado trabajo y no puede dejar de ser ese hombre. Tiene que hacer ese trabajo, porque no es en el aire en donde él descubre sus contradicciones, es en el ejercicio de su profesión. Y al mismo tiempo, denuncia estas contradicciones a la vez en su propia interioridad y en el exterior porque se da cuenta de que la sociedad que lo ha construido lo ha construido como a un monstruo; es decir, como alguien que custodia intereses que no son los suyos, que son opuestos a los intereses universales.

En ese momento es un intelectual, y en consecuencia denuncia esta doble contradicción. La denuncia porque la sufre; no porque la encuentra fuera de sí, sino porque la sufre a su manera como otros explotados sufren. Por supuesto que no es lo mismo, no es un sufrimiento vivo, punzante. Es el descubrimiento de la alienación en sí mismo y fuera de sí mismo.

Pero si el intelectual no descubre constantemente su contradicción en sí, si no ejerce constantemente su oficio de intelectual, de científico o técnico de un saber práctico, es un marginal. Si al contrario, continúa ejerciéndolo se encuentra en una contradicción, porque él debe dar testimonio por todos de su contradicción, que es la misma para los demás. Es decir que debe a la vez ejercer su oficio y comprometerse en la manifestación de las contradicciones de la sociedad. Uno no es posible sin el otro.

Bolívar Echeverría y Carlos Castro sostienen que la coexistencia entre el poderoso y el filósofo es, en el fondo, imposible porque los fines de ambos son opuestos: uno quiere gobernar, el otro necesita criticar. Ejercer el poder implica siempre supeditar los medios a los fines y, por tanto, un cierto nivel de arbitrariedad e injusticia. Pensar implica demoler lo establecido y caminar hacia la utopía.
Quienes aspiran al poder tienen que renunciar a su libertad intelectual y adherirse a las consignas del que manda. Si no lo hacen, sólo les queda dimitir. Por tanto, me parece incompatible ocupar un alto cargo político y ser libre.
Esa es la gran tragedia de nuestra democracia y la razón de su deterioro: los diputados votan en función del jefe de su grupo, los ministros obedecen sumisamente al presidente, los cuadros recitan como loros las consignas y los barones actúan como sargentos de un regimiento.
Decía Sartre que el hombre tiene la capacidad de decir no, incluso cuando es torturado porque siempre se reserva la opción de confesar. Pues bien, nuestros políticos han renunciado a decir no si desean ser promocionados en el futuro y alcanzar los privilegios del poder.
Y ello se contrapone a lo que escribe Sartre: la libertad es la nada en la medida en que mi conciencia está abierta a la elección entre muchas posibilidades. Sólo en la elección nos vamos construyendo a nosotros mismos, dejamos de existir para ser. Uno es lo que elige ser.
La identidad del político está esencialmente alienada porque es lo que otros quieren que sea, no tiene capacidad de elegir ni puede ser lo que no es, que es la esencia de la libertad. Es puro ser en sí, petrificado en el molde de la disciplina de partido.
Por el contrario, la libertad es un proyecto, un para sí abierto al futuro en el que cada día tenemos que reinventarnos con nuestras propias decisiones. La libertad es el fundamento del ser porque un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él.
Estamos condenados a ser libres y si abdicamos de ello, nos convertimos en fósiles, en seres inauténticos que han renunciado a construir su propia existencia para alcanzar el poder o amasar una fortuna.
No es fácil ser libres. Es muy difícil y, a veces, heroico. Y tampoco somos perfectos ni tomamos decisiones en el vacío. Pero, aun así, no debemos renunciar a nuestra libertad, debemos preservar esa capacidad de decir no porque es lo único que nos puede ayudar a vivir con dignidad. Desde Dionisio de Siracusa y Platón o desde Aristóteles y Alejandro, la Historia demuestra que los gobernantes siempre han intentado tener cerca a los hombres que piensan. Entre otras razones para legitimar su propia acción de gobierno.
Por su parte, Antonio Gramsci estudió extensamente el papel de los intelectuales en la sociedad. Para él, todos los hombres son intelectuales, en tanto que todos tenemos facultades intelectuales y racionales, pero al mismo tiempo consideraba que no todos los hombres tienen en la sociedad la función de intelectuales.

Gramsci recurre al análisis de la actividad intelectual como actividad intrínseca al ser humano –y por tanto inseparable de la actividad manual–, donde se observa claramente la impronta de Marx, quien fue el primero en captar la esencia del hombre como actividad “crítico-práctica”, o sea “revolucionaria”. De aquí se desprende la actividad (trabajo) “intelectual”, como especificidad, como aspecto parcial de una actividad integral del hombre; e históricamente surgen los intelectuales como grupo, al desarrollarse dentro de la sociedad la división social del trabajo, que constituye la parte fundamental del desarrollo de la fuerza productiva de trabajo.
El papel de los intelectuales es importante tanto para la construcción de la hegemonía como para la contra-hegemonía. Él define dos tipos de intelectuales:

1. el intelectual tradicional.
2. el intelectual orgánico.

El intelectual tradicional:

“El intelectual tradicional es el literato, el filósofo, el artista y por eso, nota Gramsci, “los periodistas, que retienen ser literatos, filósofos, artistas retienen también ser los verdaderos intelectuales”, mientras modernamente es la formación técnica la que sirve para formar la base del nuevo tipo de intelectuales, un “constructor, organizador, persuasor”, que debe llegar “de la técnica-trabajo a la técnica-ciencia y a la concepción humano-histórica, sin la cual permanece especialista y no se vuelve dirigente”. El grupo social emergente, que lucha por conquistar la hegemonía política, tiende a conquistar la propia ideología intelectual tradicional mientras, al mismo tiempo, forma sus propios intelectuales orgánicos.

Esta parece ser la categoría más compleja de analizar en términos históricos, por al menos dos razones. Primero, por la relación entre el papel que juega realmente su actividad en el desarrollo de las luchas entre las clases y lo que ellos mismos creen acerca de su propia actividad; pero además por la relación que guardan en todo momento con los intelectuales “orgánicos””.

El intelectual orgánico:

“Los intelectuales orgánicos no se limitan a describir la vida social de acuerdo a reglas científicas, sino más bien 'expresan', mediante el lenguaje de la cultura, las experiencias y el sentir que las masas no pueden articular por sí mismas. ¿a qué apunta el intelectual orgánico? Gramsci responde “[…] a buscar la relación entre la organización y las masas como una relación entre educadores y educados, que se invierte dinámicamente al papel de los intelectuales -en el seno del intelectual orgánico, la conquista y transformación de los aparatos del Estado- para crear las condiciones de esa nueva hegemonía y la transformación de la sociedad civil”.
La organicidad del intelectual se mide con la mayor o menor conexión que mantiene con el grupo social al cual se refiere: ellos operan, tanto en la sociedad civil – el conjunto de los organismos privados en los cuales se debaten y se difunden las ideologías necesarias para la adquisición del consenso que aparentemente surge espontáneamente de las grandes masas de la población a las decisiones del grupo social dominante – que en la sociedad política o estado, donde se ejercita el “dominio directo o de mando que se expresa en el Estado y en el gobierno jurídico”. Los intelectuales son algo así como “los apostadores del grupo dominante para el ejercicio de las funciones subalternas de la hegemonía social y del gobierno político”.
Consecuentemente, el intelectual estaría en la obligación ética de definir su ubicación y, por tanto, decidir a quién sirve: ¿al poder dominante, al poder económico, a las burguesías, a los pueblos y los procesos revolucionarios?
El intelectual podría asumir el papel de guía y maestro propagador de pensamientos e ideas nuevas para combatir la dominación mundial imperialista, desterrar las agresiones militares que causan dolor y muerte, destrucción despiadada e inmoral en medio de regueros de sangre, y podría ser un constructor de conciencias por la paz, el cambio y el desarrollo.
Unirse y servir a un poder político sin ideología definida, personalista, autoritaria, prepotente es condenarse al ostracismo intelectual, negarse a sí mismo y negar la unidad y el desarrollo de las fuerzas de izquierda.