AMÉRICA LATINA NECESITÓ DE UN CAUDILLO NEOPOPULISTA QUE DERROTE A LA PARTIDOCRACIA 



EL POPULISMO CARECE DE IDEOLOGIAS 



Rodrigo Santillán Peralbo
El populismo en cualquiera de sus modalidades carece de ideología ya sea clásico o el neopopulismo que se fortaleció en la década de los 80, luego de las dictaduras militares y fascistas que padeció América Latina.
Fue y es una especie de respuesta a las condiciones socio-económicas y políticas que permanecieron represadas por largo tiempo ya sea por dictaduras o por gobiernos partidistas y orgánicos que respondían a intereses de las burguesías y sectores dominantes que organizaron partidos políticos que actuaban en detrimento del mínimo bienestar de los pueblos y que se desprestigiaron hasta constituirse en una vieja y horripilante partidocracia despreciada por las masas y aprovechada por la fuerza caudillista del neopopulista.
Para que el neopopulismo alcance éxitos requiere de un caudillo que es un líder político o social, con un gran poder de convocatoria y convencimiento por sus cualidades comunicacionales o retóricas, y carismáticas que le facilitan el camino hacia las cumbres del poder, desde donde ejerce un mando indiscutido, con una enorme influencia sobre las masas ya sea directamente o a través de intermediarios que repiten el discurso generalmente demagógico, pero con suficiente contenido sentimental, pasional y emocional como para crear identificaciones con los problemas, angustias, necesidades, sueños y esperanzas populares.
Diferentes estudios suelen señalar que el populismo latinoamericano surgió en plena II Guerra Mundial debido a varios factores como el cansancio de las masas ante los gobiernos surgidos por vía electoral o dictatorial que al llegar al poder sólo se mostraron fieles sirvientes de las clases dominantes y siempre defensores a ultranza de los privilegios de clase y olvidaron convenientemente a los pueblos que sólo sufrían represiones y humillaciones, en tanto la clase en el poder vivía en orgías de poder y dinero. Las demandas económicas, sociales y políticas fueron oídas por quienes habrían de convertirse en caudillos populistas: Juan Domingo Perón en Argentina, Getulio Vargas en Brasil y Lázaro Cárdenas en México, se convirtieron en paradigmas del caudillo, populista, según sostiene Sussane Gratius. Esta última afirmación puede ser discutida por los seguidores que aún quedan de esos líderes, que no aceptan que se los haya identificado como caudillos populistas.
De conformidad con el pensamiento de Jesús Reyes, el populismo se destaca por tener, en primer lugar, una elite que no desea mantener el estatus-quo, es decir, el orden de las cosas tal cual están. En segundo lugar, una masa movilizada por el factor esperanza o un cambio creciente de las expectativas y en tercer lugar la presencia de un discurso demagógico de amplio contenido emocional.
En cuanto a su relación con la democracia, existen dos principios que la relacionan con el populismo, uno es de diferencia y otro de semejanza. El primero se caracteriza por ceder la mayoría de las facultades políticas a un representante que se define como el mejor para llevarlas a cabo; el segundo, es que al igual que en la democracia el pueblo se siente identificado con el líder y por eso escoge, mediante votación universal, a individuos con modismos y habla con los cuales se sienten familiarizados..
José María Velasco Ibarra, en el Ecuador, “el último caudillo de la oligarquía” como lo definiera Pablo Cuvi, es un clásico ejemplar del discurso delirante y enardecido con el que inflamaba a las masas para obtener sus votos. Clásico, también, porque de las cinco ocasiones en las que fue elegido, sólo terminó un período, porque pronto las masas se desencantaban de tal caudillo que, desde luego, no fue el último porque apareció otro de mayores proporciones, gracias a los medios tecnológicos usados por los propagandistas del caudillo neopopulista.
Continuando con el decir de Reyes se podría afirmar que, además de estas características, la mayor parte de estos regímenes cuentan con un líder carismático que es en gran medida responsable por la política tanto económica como social de su nación. Mediante la estructura gubernamental, se involucran a las masas y sectores populares, esto se logró mediante la utilización de distintos mecanismos como en el caso ecuatoriano el arte de dividir a todos los sectores sociales, económicos y políticos, el amedrentamiento hasta crear verdaderos estados de miedo sico-social y personal, persecución a periodistas y medios de comunicación social, la exagerada propaganda tipo goebeliano, la persecución y enjuiciamiento a líderes sociales y políticos después de criminalizar la protesta social, la división de sectores y movimientos sociales, políticos, culturales porque el populismo sabe cómo llegar al alma de quienes tienen nacieron con vocación de traidores.
Angélica Abad resume sus características de la siguiente manera:
1. Un líder carismático al que se le atribuyen características excepcionales o "meta-presidenciales". Se podrían añadir que se considera a sí mismo mesiánico, una especie de enviado de Dios y por tanto irremplazable hasta convertirse en un verdadero tesoro nacional.
2. Una relación directa líder-electorado. Contacto con las masas
3. El éxito de esta relación depende de la movilización de amplios segmentos de la población (masas).
4. Una relación ambigua con la democracia, es decir, aunque hace mención del voto no es un régimen democrático. Sólo pueden opinar los que sean capaces de derrotarlo en las urnas.
5. Emplea una retórica que apela al “pueblo” y crea un discurso de "nosotros contra ellos" para buscar la unión de este.
6. Sostiene que el voto y la movilización pública son los principales medios de legitimación. Usa el voto como una concesión expresa del pueblo elector, para usar mecanismos de dominación incluso con modos o formas dictatoriales.
7. La puesta en marcha de mecanismos, que pueden ser proyectos o reformas sociales para subyugar a las masas que comienzan a verle como el divino salvador.
De acuerdo a los diferentes enfoques de política pública es posible identificar tres “olas”, neopopulistas, según Sussane Gratius:
• El populismo nacionalista de la década de 1940, ejemplificado por Juan Domingo Perón, Getulio Vargas y Lázaro Cárdenas en México. El objetivo de este fue fundamentalmente incluir a las clases populares al Estado y así crear una unidad nacional. Es también una respuesta a las condiciones de desigualdad social y a la crisis en el Estado oligárquico liberal.
• El neo-populismo o populismo de derecha de la década de 1980 y 1990 con líderes como Carlos Menem en Argentina o Alberto Fujimori en Perú. Este tipo de populismo aplicó políticas económicas neoliberales que iban de acuerdo a las recomendaciones del Consenso de Washington y el Fondo Monetario Internacional.
• Más recientemente el populismo de izquierda, dentro del cual constaban el presidente Hugo Chávez en Venezuela, Néstor Kirchner en Argentina, y los actuales mandatarios: Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador. Esta "tercera ola" puede ser diferenciada de la primera por su discurso político y por su rechazo a mantener un modelo económico basado en la sustitución de importaciones; de la segunda por sus políticas públicas y su oposición al sistema neoliberal ortodoxo.
De igual manera se pueden identificar de acuerdo a su inclinación política en:
• Populismo autoritario: La vertiente autoritaria se presenta como un cese a la democracia representativa y una alternativa a esta. Es un tipo de “socialismo para el siglo XXI” que promueve independencia nacional de las esferas de influencia de países como Estados Unidos y promueve la igualdad social.
• Populismo “democrático”: este tipo tiene un giro más modernizador y pragmático en sus políticas de reforma estructural pero sigue siendo eminentemente nacionalista y colectivista, al decir de Weyland, K (2013) en The threat of the populist left. Journal of Democracy 24:3 17-33. Disponible en: http://www.journalofdemocracy.org/sites/default/files/Weyland-24-3.pdf .
En contraposición con el populismo, el neopopulismo tiene algunas divergencias. En primer lugar, a diferencia de las políticas principalmente opositores a la intervención americana de gobiernos como el de Perón y Vargas, los líderes neopopulistas de la segunda ola han buscado políticas de buenas relaciones con Estados Unidos de Norteamérica y una apertura comercial a este, en lugar de una acelerada industrialización y economía centrada en el mercado nacional, en apreciación de Debene. De igual manera, contrario al populismo de los años 40 o 50 que solía ser más conservador, específicamente en términos morales, el neopopulismo tiende a ser ideológicamente más radical, apegándose de manera más exacta a los ideales de izquierda o derecha, según sea el caso. El neopopulismo moderno se podría definir como: “Una forma de gobierno concreto que puede ser articulado desde lo político con una teoría marxista. Implicando redistribución, atención a los de abajo, y protagonismo de los que están más excluidos del sistema económico capitalista puro".
El neopopulismo se separa del populismo latinoamericano anterior en el sentido en que no parece buscar una conciliación de sectores sociales con vistas a la modernización, como ocurría en la época de las grandes industrializaciones de mitades de siglo, sino que ha heredado del marxismo tradicional un lenguaje de confrontación social. Esta confrontación, por otra parte, no es en el sentido de clases, sino que se apega a un enfrentamiento entre los sectores modernos y no modernos de las sociedades latinoamericanas en donde este modelo triunfa”
Luis Guillermo Patiño Aristizábal, Licenciado en Ciencias Sociales de la Universidad de Antioquia, especialista en Cultura Política y Derechos Humanos de la UNAULA, magíster en estudios Políticos de la UPB, profesor interno de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la UPB, al referirse al neopulismo en América Latina, en artículo publicado en la Revista Cronopio expresaba que el concepto de populismo y su variante contemporánea el neopopulismo, resulta difícil de enmarcar dentro de la teoría política, pues sus postulados teóricos carecen de unidad y consistencia, son elásticos y se adaptan a múltiples circunstancias y contextos. A pesar de ser un concepto difuso carente de una tradición académica asumiremos el populismo y neopopulismo como una dimensión de la acción política que se materializa en el “discurso político”, en el “estilo” o forma de hacer política –frecuentemente demagógica– de ciertos líderes, que tienen como propósito materializar su poder estableciendo una relación directa, casi mística y sin mediación institucional con el pueblo.
El neopopulismo se instaura como una “nueva” forma de representación e identificación política gracias a la paulatina deslegitimación de las instituciones de poder tradicionales. La crisis de representación, la debilidad del régimen democrático y el desmonte del modelo del Estado-protector, posibilitó el “resurgimiento” de líderes populistas, que apoyados en su carisma personal se presentaron como los salvadores de la nación y hombres providenciales restituidores del orden perdido. Entre estos líderes que aparecen a finales de los ochentas y algunos de los que retoman sus banderas en el presente siglo tenemos a Carlos Saúl Menem en Argentina, Alberto Fujimori en Perú, Collor de Melo en Brasil, Hugo Chávez en Venezuela y ahora Nicolás Maduro, Rafael Correa en Ecuador, Álvaro Uribe en Colombia y Evo Morales en Bolivia.
Dentro del neopopulismo el líder representa la voluntad del pueblo, su poder sobrepasa muchos de los mecanismos y procedimientos de la democracia liberal, su contacto directo con las masas le posibilita obtener un apoyo mayoritario de la población, la cual acepta entregar o delegar el poder a estos líderes de corte autoritario, quienes dicen encarnar y personificar las aspiraciones populares.
Asimismo, se quieren presentar como los únicos con capacidades extraordinarias para resolver las graves problemáticas que padecen sus sociedades e incluso se auto atribuyen ser los defensores y promotores de la justicia social, pues dicen representar las aspiraciones de los más desposeídos, y mediante el señalamiento de un “enemigo” responsable de los males sociales, adoptan políticas pragmáticas para derrotarlo, y de esta forma vuelva el “orden” y el bienestar a la población.
Al final, muchos de estos regímenes con tendencias neopopulistas, que en un principio se destacaron por ser la solución para todos flagelos de la nación, se han diluido en sus propias contradicciones: la corrupción galopante, el desconocimiento del valor de la pluralidad política, los proyectos cortoplacistas, personalistas y de poco alcance, la tendencia a perpetuarse en el poder, su poca consistencia ideológica y sus rasgos antidemocráticos los llevaron al fracaso; igualmente, ocasionaron nuevas crisis en sus países (caso Menem, Fujimori) pues no lograron consolidar ni las instituciones democráticas ni mucho menos los diferentes estamentos de la sociedad civil.
Podemos señalar que el neopopulismo de alguna manera es incongruente con la democracia representativa porque reproduce elementos negativos del caudillismo y del clientelismo de otrora, dando prioridad a la voluntad indiscutible y autoritaria del líder por encima de las aspiraciones de la sociedad civil. Los neopopulistas, utilizan estratégicamente los medios masivos de comunicación para fortalecer su imagen, mediatizar sus discursos y propuestas políticas, manipular la información y crear indentificaciones en torno a su figura, porque para triunfar en política y consolidar un liderazgo fuerte en una sociedad “massmediatizada”, es más importante la construcción de una imagen representativa para el electorado, que la presentación de un programa de partido coherente.
Es así como el poder del líder sobrepasa el de las instituciones, debilita el régimen político democrático y posibilita la emergencia de otro con tintes autoritarios y personalistas. Al respecto Cristina de la Torre escribe: “Hay estrecha correlación entre neopopulismo, desinstitucionalización y régimen autocrático. En el neopopulismo la democracia liberal se convierte en democracia delegativa o en dictadura plebiscitaria, el poder se concentra en el líder y la división de poderes desaparece. A la voz de la crisis del Estado y de los partidos, el líder desarrolla una deliberada estrategia de desinstitucionalización”. Esto puede verificarse en las actuaciones de gobiernos neopopulistas” de Nicaragua, Venezuela, Ecuador, Bolivia.
A pesar de la defensa que realizan los líderes personalistas de la voluntad general, no se han preocupado por potenciar la política –siguiendo a Hannah Arendt– como la acción más noble de la sociedad, que posibilita construir consensos, resolver querellas por medio de argumentos, edificar un orden social razonable, consolidar el bien común y construir sociedades más justas y equitativas, no perfectas ni infalibles, simplemente más humanas donde todos podamos vivir mejor…”
Naturalmente que las definiciones conceptuales y características del populismo y neopopulismo responden a las ideologías de los analistas, politólogos y cientistas sociales y, también, a la calidad de los “intelectuales orgánicos” según expresión de Antonio Gramsci, filósofo marxista, político y periodista italiano. En política nadie es dueño de la verdad.
Así, “las actitudes de los tratadistas frente al populismo son divergentes y a veces contradictorias. Algunos insisten en calificar al populismo como un movimiento genuinamente latinoamericano, original, capaz de movilizar e integrar grandes masas y como la única fuerza de transformación política, económica y social viable, mientras que para otros, el populismo no es sino un movimiento demagógico, oportunista, manipulativo, corrupto, retórico e ineficaz. (Rey).
Para Vega “El populismo fue una respuesta, históricamente significativa, a la vaciedad del liberalismo de las elites latinoamericanas, (...) además de integrar grandes masas al mercado, propiciar la industrialización, la sustitución de importaciones y la urbanización, desarrollo de un proceso de ampliación de la participación polí¬tica bajo una suerte de ciudadaní¬a social a la que se le daba prioridad frente a la ciudadaní¬a polí¬tica".
En tanto, Quijano señala que en América Latina se denomina populismo a experiencias políticas de naturaleza muy disí¬mil. Este autor afirma que el populismo clásico alude a la importancia del líder y su forma de relacionarse con las masas, mientras que el nuevo populismo se limita al tipo de políticas y programas que ponen a andar una vez instalados en el gobierno. El término neopopulismo trata de recoger esa ambigüedad de los nuevos liderazgos: sus despliegues y formas populistas y sus políticas neoliberales, críticas al estado y sus viejas identidades empobrecedoras y excluyentes.
Sobre el tema, José Nún señala que no es posible reducir las reflexiones sobre el tema del populismo a la relación líder - masa, sino que hay que retomar los intereses sociales en juego, y las nuevas relaciones de poder.
Carlos de la Torre considera que el fenómeno populista es transitorio, excepcional, en el paso de una sociedad a otra, ya sea de una sociedad tradicional a una moderna, o de una precapitalista a una capitalista. La realidad actual en América Latina demuestra que el populismo no es una anomalía sino que pareciera formar parte de la cultura política de nuestras sociedades.
Ernesto Laclau dice que el populismo no es especifico de ninguna etapa histórica, contradiciendo con esta advertencia a de la Torre y a Octavio Ianni quienes, como ya advertimos, lo catalogan en el campo de la transitoriedad. Ianni dice es un fenómeno representativo de una etapa del proceso de sustitución de importaciones, histórica y específica y que por tanto el populismo se agotó en la décadas de los 60 y 70. Para Laclau el populismo no es especifico de ninguna etapa sino que surge cuando la coalición que está en el poder empieza a fragmentarse y se crea un vacío de poder, cada sector de la coalición busca salvarse en momentos de crisis, y se dirige al pueblo, con un discurso deliberado, para ganar sus favores.
Gloria Álvarez, la joven guatemalteca licenciada en Ciencias Políticas de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala, que revolucionó las redes sociales en 2014, con su discurso sobre los partidos populistas y sus intenciones, en el Parlamento Iberoamericano de la Juventud, en Zaragoza, España., ha vuelto a generar la atención con un nuevo vídeo que se ha viralizado en infinidad de soportes electrónicos.
En su nueva presentación bajo el título “Populismo vs. República” Gloria Álvarez sostiene que “en cada discurso, el populista busca insertar odio en la sociedad” y, que al lograr introducir ese sentimiento, consigue que el pueblo “se enamore de él, le perdone todos los robos y actos de corrupción porque supuestamente todo lo que el populista hace es en nombre del pueblo y cualquier cosa que vaya mal siempre será culpa del antipueblo'”.
Afirma que los grandes líderes populistas como Perón, Mussolini, Getulio Vargas… coinciden en tomar una parte de la población y volverla el enemigo interno que junto con el enemigo externo convierten en lo que los populistas llaman el antipueblo. Entonces por un lado está el pueblo y en otro, el antipueblo.
En cada discurso el populista trata de sembrar odio en la sociedad, hacer que el pueblo odie al antipueblo que puede tomar diversas formas internas y externas: la oligarquía, la vieja partidocracia, la plutocracia, los yanquis, los empresarios locales, las transnacionales…
El pueblo es en cambio es el cúmulo de todas las virtudes de la sociedad. El pueblo es honrado, desinteresado, nunca se equivoca y siempre escoge al mejor líder. Con esta dicotomía, el populista llega a insertar odio en la sociedad, una vez así logra que una parte del pueblo se enamore de él y perdone todos los robos, los actos de corrupción, los cambios en la Constitución, los cambios en la justicia porque supuestamente todo lo que el populista hace, lo hace en nombre del pueblo, y cualquier cosa que vaya mal siempre será culpa del antipueblo.
Todo esto se refuerza con acciones de adoctrinamiento masivo a través de los periódicos, los medios televisivos, redes sociales y también en el sistema educativo
Todo líder populista busca amalgamar los tres poderes del Estado: Ejecutivo, Legislativo y Judicial, para tener todo el poder y gobernar en una sola mano.
El problema populista se completa con la idea de satisfacer ciertas necesidades sociales y publicitarlas, de tal manera que el líder es quien cura las injusticas en la sociedad.
Así incrementa el gasto público, multiplica el empleo estatal, suben las dádivas, los subsidios, se aumentan las bolsas de comida y para financiar todas esas cosas que te regalan y te dicen que son gratis… Mentira, nada es gratis, todo viene pagado de algo, entonces los populistas tienen que hacer otras cosas, tienen que aumentar los impuestos, aumentar la deuda pública, aumentar la inflación que se come todo el ahorro de los pobres.
El aumento de los gastos del Estado nunca les alcanza, y los servicios, las prestaciones a los ciudadanos, cada vez son más pobres. El problema populista encuentra el aumento del consumo, se desincentiva la inversión, descapitaliza el país, luego el sector productivo sigue siendo explotado hasta que el dinero se acaba.
La economía entonces, entra en estanflación, los gobiernos desesperados empiezan a tener otras cosas y necesidades: controlan precios, controlan tarifas, controlan a las importaciones y exportaciones del país, hasta que la economía colapsa, pero por supuesto la culpa no es del populista y cuando las cosas empiezan a ir mal culpa los enemigos externos o internos que permanentemente se inventó.
En los países populistas sin que haya guerras sigue aumentando la pobreza es que proclama que le gusta tanto los pobres que los multiplica”.
El neopopulista a todos los que no están con él los odia, los insulta, los estigmatiza y lo peor de todo es que pone a una parte del pueblo contra la otra parte. El populista se apropia del pensamiento maquiavélico: Divide y vencerás. Todo divide con la esperanza de apuntalar su poder mesiánico.