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UN LIBRO CON LA VISIÓN DE FAUSTO JARAMILLO Y. SOBRE AL DÉCADA DE LOS SESENTA 



No es el libro de un historiador sino el testimonio de un ser humano que vivió una época y, por lo tanto, es testigo de cuánto sucedió en ella. No es el libro de un tratadista experto en cada uno de los temas, sino apenas el relato de cómo percibió el autor esos alucinantes años que conforman la década de los años sesenta del siglo veinte.

La palabra vivir es una de las más comunes en la conversación humana, abarca todos los aspectos de la cotidianidad; la usamos para destacar el hecho de usar los cinco sentidos para ver, oír, gustar, oler y palpar; al igual que para describir lo que siente un espíritu humano: vibrar con cada amanecer y con cada anochecer, reír, sufrir, llorar, sentir el dolor físico del cuerpo y el otro, ese dolor del alma que parte la vida en migajas.

Significa también el trasladar cada emoción al intelecto donde puede almacenarse en los libreros de la memoria y quedar arrumada por los tiempos de los tiempos, lista para cuando la voluntad decida someterla a la disección del análisis y a la mirada escrutadora de la investigación; relacionarla con otros recuerdos propios o ajenos, individuales o colectivos e intentar comprender “lo que es la vida”.

Quisiera yo también confesar que he vivido, especialmente los maravillosos, encantados y encantadores, libres, locos, trágicos y esperanzadores años sesenta. En estas páginas me propongo rendirles un homenaje; porque, debo confesar que padezco de una frustración, la más grave de todas; y es que a pesar de que mi cuerpo, mi mente y mis sentimientos estuvieron presentes en aquellos días, no los viví, y nunca podré hacerlo. Diariamente, leía en los diarios o escuchaba en la radio lo que traían los noticieros: hechos, eventos, o frases dichas en algún punto del planeta, pero en esos días no supe valorarlos en su justa dimensión; o quizá, el vértigo de aquellos tiempos me impidió saborear cada evento como para hacerlo mío. Apenas si tuve noción de que algo sucedía, o mejor dicho, nos sucedía, porque lo que pasaba en el Caribe o en la China, en París o en Ciudad del Cabo, en Washington, en Liverpool o en Praga, cambiaba la manera como estaban, hasta ese entonces, organizadas la ciencias, el arte, el deporte, y por supuesto, la política. Todo empezaba a ser distinto. A partir de ese momento, la vida misma tendría otro sabor, pero no alcanzamos a llevar todos esos eventos al laboratorio del análisis y de la comprensión; quizá porque fueron tantos, o quizá porque la intención de nosotros, los jóvenes de ese momento, era la de cambiar la vida, sin darnos cuenta de que era la vida la que cambiaba ante nuestros ojos.

Atravesar los años sesenta fue una aventura maravillosa aunque, en esos momentos, incomprensible. Con el paso del tiempo fueron adquiriendo su real dimensión, tanto las luchas como las rebeliones y las esperanzas que, al amparo de la libertad, de una libertad nunca excesiva, apenas ilimitada, se abrían paso hacia la mente y hacia las emociones cobrando su cuota de risas y de lágrimas.

En la palabra libertad encontramos el escenario adecuado para aprehender cuanto sucedió. Libertad para pensar, para sentir, para experimentar, para desafiar y para llorar. En suma, libertad individual y colectiva que permitió emerger la vida.

Pero ahora comprendo que en los primeros años de esa década, la única herramienta que estuvo a mi alcance para apropiarme de esos inolvidables momentos fue la inconciencia de una pubertad enclavada en los límites de un colegio católico de una pequeña ciudad de los Andes; y, luego, en la segunda mitad de esos años, fueron los cauces abiertos de una universidad donde el fervor revolucionario quitaba tiempo a las ciencias y nos acompañaba en las noches de bohemia.

En esos días y en esas noches aprendí que la amenaza de la guerra nuclear no permite dormir, al igual que un concierto de los Inti Illimani. Aprendí a no dormir, porque sentado frente a la pantalla de un televisor hasta la madrugada, pude ver entre atónito y maravillado el histórico primer paso de un hombre al llegar a la Luna. Aprendí a no dormir porque la televisión transmitía los combates de Cassius Clay, o quizás sea mejor decir, las danzas sobre el ring que este atleta protagonizaba, en horas de la noche o madrugada y también porque en París mis hermanos, los jóvenes franceses peleaban su propia revolución. Aprendí lo que es perder las esperanzas porque una mafia de blancos asesinaba a Kennedy; y, otra mafia, pero esta vez de mestizos como yo, en las montañas andinas de Bolivia asesinaba al Che. Aprendí, en fin, que la desilusión puede sentar las bases en el corazón de la juventud cuando las razones de Estado justifican, en boca de los poderosos, el segar la vida de sus propios hijos. Por eso, preferí aprender que la gloria puede estar en los negros pies descalzos de un niño de 17 años, que en Suecia y en México entregaron la inmensa alegría al Brasil de alzar la Copa “Jules Rimet”, el máximo galardón del Fútbol, al igual que en la blanca piel de una audaz parisina que no tuvo vergüenza en posar desnuda, por primera vez, ante una cámara de cine.

En esos años descubrí el valor del desafío a las reglas, cuando una música interpretada por cuatro jóvenes varones de largas cabelleras, como hasta ese entonces no se habían visto en el siglo XX, revolucionaban los gustos y dividían a las generaciones; de la misma manera que Europa descubría que la realidad no se componía únicamente de los restos de la guerra, sino que aquí, en América, esa realidad tenía poderes de un realismo que sólo podía ser mágico.

De pronto supe que el amor y otros sentimientos no estaban radicados en el corazón, puesto que el ser humano podía vivir con el corazón de otro ser humano y, también, porque ciertos dictadores de uniforme o de camisa y corbata no lo tenían y, con furia ciega, mandaban a exterminar a los jóvenes que salían a las plazas a dejar oír su voz de protesta. Descubrí que la palabra libertad, en aquellos días, tenía múltiples significados dependiendo de quien fuera el que apretaba el gatillo.

En suma, los dorados años sesenta para unos; los rebeldes años sesenta para otros, o quizás, los incomprendidos años de la rebeldía dorada, pasaron tan rápido como cualquier otra década, pero su huella recién empieza a ser entendida y apreciada; y eso, porque el mundo cambió, pero el ser humano no lo hizo; o al menos, yo no lo logré en la medida y a la velocidad que aquellos cambios demandaban.

En ocasiones, no sé por qué extraña dinamia, muchos eventos convergen en un momento determinado de la historia y modifican su dirección. Esto no depende de la voluntad o inteligencia de un hombre o de un puñado de hombres; tampoco de la decisión política de un gobierno, por muy poderoso que éste sea.

Para algunos filósofos o científicos, la respuesta debemos encontrarla en la naturaleza, donde fuerzas y leyes inmutables que, a pesar de todo cuanto pueda ser pensado o realizado por el ser humano, terminan imponiéndose. Es el determinismo aplicado a la historia, según el cual, en forma cíclica, coincidirán múltiples circunstancias que promueven un desarrollo incontenible.

Para otros, nada ni nadie puede impedir al ser humano el modificar su vida. Basta querer para que sea posible el lograrlo. Es decir, es la voluntad humana la que determina su destino.

Otros autores defienden la idea de que la historia está llena de ejemplos de hechos y eventos producidos al azar, pero, una vez presentes, modifican su curso. En este contexto, sería la casualidad la que torna posible esos instantes únicos, en que de forma acelerada, el pensamiento y la acción humana se lanzan vertiginosamente a nuevos espacios y conquistas.

Para un cuarto grupo, las teorías anteriores no son contradictorias sino complementarias, pues existen en la naturaleza una serie de leyes inmutables que permiten una continuidad en la vida de los hombres y de los pueblos, al mismo tiempo que un inmenso espacio abierto de acción, donde la especie humana es capaz de crear e imaginar su destino, sin que por esto dejen de producirse, al azar, ciertas coincidencias felices.

Revisando la historia encontramos varios de estos momentos; aunque, claro está, ninguno pueda compararse al Renacimiento, donde hombres, circunstancias, mecenas y hasta ambiciosos políticos, dejaron libre a la imaginación, la que quedó sin las ataduras del pasado, y que en algo más de un siglo y medio, transformó la vida sobre la Tierra.

En el Renacimiento apareció una nueva “visión del hombre”. Renació la fe en el ser humano y en sus capacidades, posición contrastante con aquella otra que reinaba durante la Edad Media, de un conformismo rayano en lo absoluto porque se pensaba que todo era regido por la “voluntad” incuestionable e inescrutable de la divinidad.

Los humanistas del Renacimiento pusieron al ser humano como punto de partida y en eso coincidieron con los filósofos de la Grecia antigua. Por eso es posible hablar de un “renacimiento”, porque en ese siglo y medio volvieron a estar presentes en el pensamiento humano, las ideas antropocentristas de la Antigüedad. Pero el Renacimiento trajo consigo algo más: el individualismo. No sólo somos personas, también somos individuos únicos; idea básica para establecer lo que llamamos “un hombre renacentista”, con la que se designa a una persona que se conmueve y se sorprende de todo cuanto pasa a su alrededor y por ello participa en todos los campos de la vida, del arte y de la ciencia.

Guardando las distancias, en el siglo XX también encontramos un momento como este, único y maravilloso, donde hombres, circunstancias, hechos y hasta omisiones, se hicieron presentes en una sola década, de la cual, la humanidad salió siendo la misma y distinta. Todo cambió y el cambio no fue superficial, fue profundo, porque afectó a todas las áreas del convivir individual y social. Esa década fue la de los años sesenta de aquella centuria.

En esos años, el ser humano desató la libertad y con ello, la fuerza de la creación. Creó en el arte, creó en la ciencia, creó en el deporte, escribió y leyó, se adentró en el macro espacio para intentar conquistar otros planetas y se internó en el micro espacio de la célula y del átomo; abrió su mente a los colores, olores y sonidos, aunque para ello, en ocasiones, debió pedir ayuda a drogas y humores; liberó su cuerpo, al tiempo que desprendió su mente, intentó ser ángel y llegó a ser más humano que nunca.

Al igual que durante el Renacimiento, aquí también, la palabra mágica parecer ser: LIBERTAD, así con mayúsculas, porque cuando existe libertad para pensar, soñar y crear, entonces, el espíritu humano se lanza al infinito. Si no hay libertad, si la opresión adquiere cualquier tipo de máscara, sea política, económica, religiosa o cultural, entonces, la vida se estanca y permanece aferrada al pasado.

Fueron en esos acelerados y alucinantes años sesenta cuando el hombre al salir al espacio se encontró con un escenario nunca antes imaginado donde, literalmente, las ciencias exactas rompieron sus límites y se lanzaron al infinito. Las ideas y sentimientos sobre el “yo” profundo se aventuraron a nuevos horizontes con las drogas alucinógenas y el rechazo a la violencia propios del movimiento hippie. Y qué decir de las artes, la filosofía, la música, la moda y el deporte, donde nada quedó sin ser tocado y nada volvió a ser igual. Las décadas posteriores no son otra cosa que el reacomodo de las fuerzas afectadas por ese vendaval de ideas y eventos que nacieron y se vivieron en aquellos días.

Como suele suceder, los límites de los años sesenta no coinciden con la rigidez matemática de la década, pero, empleando la terminología de Hobsbawn, quizás pueda hablarse de unos “largos años sesenta”, que empezando en 1958 terminarían en 1974. Los cambios que se produjeron durante estos años incidieron en todos los órdenes, no sólo en lo político donde las nuevas figuras que habrían de gobernar a los países más desarrollados del mundo, trayendo consigo, esperanzas y temores, sino también y, primordialmente, en lo cultural lo que configuró una humanidad distinta y muy diferente.

Es que, aparentemente, lo cultural poco o nada tiene que ver con los índices económicos y con el grado de desarrollo de un sistema político; en ocasiones más bien, la historia muestra que el aparecimiento de movimientos culturales transformadores se dan como producto de graves y profundas necesidades humanas de un pueblo. Por eso, es en lo cultural, considerando en su acepción más amplia y holística, donde se produjo una verdadera revolución en los años 60, que provocó el aparecimiento de una nueva sensibilidad, modificó las costumbres y abrió las puertas a un mundo esencialmente “nuevo”.


ALGUNOS DATOS SOBNRE LA VIDA Y O0PBRA DEL AUTOR


Fausto Jaramillo Yerovi, tiene una amplia presencia en el periodismo ecuatoriano, desde hace 40 años, como productor y director de televisión, libretista y guionista de series de radio y televisión, programas educativos y de entretenimiento. Se ha desempeñado como editor y reportero de revistas radiales y televisivas.

Ha sido productor y director de producción en una de las televisoras más importante del país. Presentador de noticias y redactor de noticiero en otra de estas cadenas. Director de los departamentos de Radio y Televisión de CIESPAL. Ha sido coordinador responsable de varios proyectos internacionales de comunicación.

En la prensa escrita, sus artículos han aparecido en varios medios privados y en revistas especializadas. Es autor de varios libros: tercermundo.com , La noche de las cacerolas, La Odisea de América Latina, Presencia en las calles de Otavalo, Crónicas de un viajero, son algunas de sus obras. Es coautor con la Dra. Rosalía Arteaga del libro: Alto Cenepa, los frentes de una guerra.

En lo gremial, ha presidido el Colegio de Periodistas de Pichincha.