HOMENAJE A OSWALDO ALBORNOZ PERALTA 



AUTOR DE OBRAS FUNDAMENTALES DE LAS CIENCIAS SOCIALES ECUATORIANAS 



Cuenca ha dado al país muchos destacados trabajadores de su cultura, intelectuales que han dedicado su vida a descubrirnos y a construir nuestra identidad nacional. En esta ciudad, justamente, nació Oswaldo Albornoz, el 8 de mayo de 1920.

Crece en un ambiente propicio para que escribir, más tarde, se convierta en inclinación natural. A su padre, Víctor Manuel Albornoz, poeta, periodista e historiador que llegó a ser declarado cronista vitalicio de Cuenca, lo tenía en su recuerdo armando sobre una gran mesa La Crónica, periódico del cual fue su director propietario siete años, hasta 1930.

Luego su traslado a Quito, a la casa del abuelo materno, otra personalidad fuerte que le marcó para toda la vida, el ideólogo de la revolución liberal, el brazo derecho de Alfaro: José Peralta, ese personaje que quienes lo admiran lo llaman titán, porque obra de titanes fue la construcción del Ecuador moderno emprendida por los liberales de la revolución del 95. En la tertulia familiar con frecuencia recordaba la preferencia que sentía su abuelo para que él le leyera los periódicos del día, o el libro que su deteriorada vista le impedía hacerlo, con la profusión de antes, para apropiarse de la inmensa cultura que había consumido sus ojos.

Ya en la capital, concluye sus estudios primarios en la Escuela Espejo, y los secundarios en el normal Juan Montalvo. Años treinta, las ideas progresistas del liberalismo radical que envuelven el ambiente familiar, son enriquecidas en las aulas por algunos maestros que contagian en los futuros profesores las novedosas del socialismo. Así se va configurando la concepción filosófica del mundo que abrazaría como guía en su vida y como método en sus escritos, siéndole fiel desde entonces porque la realidad se empecinaba en demostrarle sus certezas.

Tres años en Guayacán sería su ejercicio como maestro en la única escuela del lugar, recóndito poblado orense, donde conoció la vida del montubio, las alegrías y tristezas del agro costeño. Fijada en la memoria la belleza de los paisajes vistos, agotados los libros que se proveía en sus visitas a la librería de Zaruma, los reiterados llamados familiares hacen que regrese a Quito en 1942.

Es cuando empieza su actividad intelectual, alimentada por su activa militancia política de tres décadas, al ingresar entonces al Partido Comunista del Ecuador, el único al cual perteneció y en el que desde la base llegó a dirigente provincial, miembro del Comité Central y del Ejecutivo, y a dirigir por diez años su semanario El Pueblo.

La capital de los años cuarenta es una sociedad en ebullición en todos los sentidos. La oposición al nefasto gobierno de Arroyo del Río, el interés con que se sigue la segunda guerra mundial, las organizaciones que se forman, generan un semillero de donde surgen varios de los más destacados representantes de las letras y artes ecuatorianas. La Universidad Central publica Surcos, periódico donde empieza su oficio de escritor, en el cual no desmayó nunca, en su afán de esclarecer aspectos soslayados o tendenciosamente interpretados de la historia nacional y latinoamericana.

Una mejor visión para lo que escribe, le da su participación directa en los acontecimientos políticos de los sectores populares a los que preferentemente dedicó sus investigaciones. Para conocer mejor la situación del indio, por ejemplo, no solo aprendió lo que al respecto dicen escritores progresistas, sino que en aquellos años de su juventud fue a vivir con ellos, alrededor de un año, en una comunidad de Tigua donde ayuda a organizar una de las primeras cooperativas campesinas que se crean en el país. Las reuniones con dirigentes campesinos y obreros, con destacados dirigentes de otros partidos del pueblo, el socialista básicamente, y en algunas circunstancias incluso con personeros de otros partidos, actividad normal dentro de su militancia política, le permitieron no solo ser narrador sino también actor de lo que después convertiría en textos. La militancia política, recalcaba, fue su mejor escuela para poder entender y escribir los problemas en que centró su atención de investigador social. Incluso, las largas décadas como empleado público en el Poder Judicial que a más de sobrevivir, porque sus sueldos para eso alcanzan, le dieron un caudal de conocimientos jurídicos para la comprensión del sistema legal que se ha tejido para sustentar la injusta sociedad en que vivimos.

Hasta 1960 el campo de su labor intelectual está básicamente en el periodismo. A más de Surcos donde se inició y de El Pueblo, del cual es su director desde 1949 hasta 1960, dirige también, de 1945 al 47, el semanario Ñucanchic Allpa (Nuestra Tierra), órgano de la Federación Ecuatoriana de Indios y El Trabajador, órgano del Comité provincial de Pichincha del Partido Comunista. En los años cincuenta colabora asiduamente con sus artículos en el prestigioso diario El Sol que dirige Benjamín Carrión.

Por esa época inicia también su producción con obras de mayor aliento. Así, uno tras otro, con la dificultad que significa ser escritor comprometido con la otra historia, la que incomoda a las clases dominantes, se publican sus trabajos que conforman su contribución a nuestras ciencias sociales: Semblanza de José Peralta (1960), Historia de la acción clerical en el Ecuador (desde la conquista hasta nuestros días) (1963), Del crimen de El Ejido a la revolución del 9 de Julio de 1925 (1969), Las luchas indígenas en el Ecuador (1971), Dolores Cacuango y las luchas campesinas de Cayambe (1975), La oposición del clero a la independencia americana (1975), Breve historia del movimiento obrero ecuatoriano (1983), El pensamiento avanzado de la emancipación: las ideas del prócer Luis Fernando Vivero (1987), Montalvo, ideología y pensamiento político (1988), El caudillo indígena Alejo Saes (1988), Ecuador: Luces y sombras del liberalismo (1989), Bolívar: visión crítica (1990), Eugenio Espejo (1997), José Peralta, periodista (2000), El 15 de Noviembre de 1922 (2000). A lo que habría que sumar gran cantidad de artículos aparecidos en revistas y periódicos del país.

En la tertulia familiar contaba cómo fue posible publicar uno de sus libros que más trascendió en la formación de los futuros estudiosos de la realidad ecuatoriana, Historia de la acción clerical en el Ecuador, que prácticamente se convirtió en texto de historia nacional en colegios y universidades, porque era el único de la nueva interpretación que existía, hasta que en 1975, gracias al esfuerzo mancomunado de varios prestigiosos intelectuales, apareció Ecuador: pasado y presente preludiando el inusitado auge de la investigación de nuestra sociedad que se ha producido en las décadas siguientes. El mayor empeño puso su entrañable camarada Luisa Gómez de la Torre, incansable revolucionaria en la organización del movimiento indígena y obrero, con iguales arrestos en la labor de propaganda, porque así entendía la función del libro que se propuso vea la luz. Personalmente recolectó fondos de todos los que había calificado como seguros colaboradores, entre ellos ilustres personajes de la tendencia de izquierda como Benjamín Carrión, quien puso la cuota individual más alta, o el maestro Guayasamín que puso lo que mejor sabía hacer: una cruz roja en la portada, con sus inconfundibles pinceladas de denuncia y de protesta. Luego la siguiente dificultad, su difusión, en plena dictadura militar ─para recuperar la inversión y devolver su parte a cada uno de los contribuyentes─ entre ellos Jaime Galarza Zavala, otro camarada y entrañable amigo, vendiendo el libro por todo el país junto a otros nombres que guardaba con cariño en su memoria.

La característica de sus trabajos es una visión diferente de la que, sin desmerecer esfuerzos anteriores, seguramente es pionero en el país: la interpretación marxista de la historia ecuatoriana. Así su enfoque, eminentemente sociológico, rompe con la tradición liberal, tradicional o conservadora de resaltar hechos unilateralmente privilegiados, ciertos personajes o fechas, para empezar a reconstruir una historia viva en la que el pueblo es su actor y protagonista más importante: los indios en su condición de conciertos o mitayos, o como rebeldes ante el cúmulo de injusticias que ha sido el comportamiento de las clases explotadoras en los últimos 500 años en nuestra patria; los trabajadores, obreros, artesanos, etc., en su organización gremial, sindical o política, en su lucha por arrancar reivindicaciones que dignifiquen su existencia; la mujer y su abnegada lucha por ganarse el espacio que le corresponde en una sociedad con taras de las que todavía no logra desprenderse.

Las revoluciones y movimientos populares más relevantes que han tenido lugar en el país es otra parte fundamental de sus escritos. Y junto a ello, el rescate de aquellos compatriotas que difícilmente encuentran lugar en las historias oficiales, porque temen que al conocerlos el pueblo siga su ejemplo: ahí están, en sus escritos, los dirigentes indígenas que pusieron las bases de ese respetable movimiento social que es el de nuestros días: Rumiñahui, Jumandi, Lorenza Avemañay, Cecilio Taday, Francisco Sigla, Daquilema, Guamán y Saes, Puma de Vivar, Jesús Gualavisí, Ambrosio Laso, Dolores Cacuango, Tránsito Amaguaña, todos de pie, organizando a su pueblo, indicando el camino correcto, del que a ratos parecen desviarse algunos de los dirigentes que hoy los han reemplazado. Igual, el movimiento obrero con sus jornadas de luchas trascendentales. O los más altos valores de la intelectualidad progresista del ser ecuatoriano: Espejo, Mejía, Vivero, Montalvo, Joaquín Chiriboga, Vargas Torres, Alfaro, Peralta y tantos más.

Rompiendo tabúes, incursionó en campos vedados para cierta historiografía que guarda reverencial silencio en problemas como la actuación de la iglesia en la historia ecuatoriana, o de las empresas extranjeras y su nefasta presencia en el Ecuador. Todavía, importantes trabajos sobre la realidad ecuatoriana salidos de su amplio conocimiento y prolija investigación, permanecen inéditos: Notas sobre el desarrollo social y las creencias religiosas de los antiguos pobladores del Ecuador, Juan Honorato Peralta, pionero del socialismo en el Ecuador, Estudios Históricos. Y quería reunir todos los estudios biográficos de líderes indígenas que ha escrito para ponerlos en una misma galería, hombro a hombro, bajo el título de Caudillos indígenas. Además, entre uno de sus últimos deseos, con la dificultad para hablar por el cáncer que ponía inexorablemente fin a sus días, dijo: de mis escritos que he dedicado al problema indígena, quisiera que se traduzca algo al quichua, para que ellos puedan leerlo en su propia lengua.

La Escuela de Sociología de la Universidad Central del Ecuador le rindió homenaje publicando su libro Las compañías extranjeras en el Ecuador (2001) a los pocos meses de su deceso. El 2007 la Casa de la Cultura Ecuatoriana publicó en dos voluminosos tomos sus Páginas de la historia ecuatoriana. El 2009, con motivo del bicentenario de la Independencia, la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Central del Ecuador, su Actuación de próceres y seudopróceres en la Revolución del 10 de Agosto de 1809. Con el mismo motivo, la campaña de lectura Eugenio Espejo publicó en su colección bicentenaria, en un gran tiraje, la segunda edición de su Oposición del clero a la independencia americana. Y el 2012, una vez más, la Casa de la Cultura Ecuatoriana puso en manos de los lectores su Ideario y acción de cinco insurgentes (Espejo, Mejía, Joaquín Chiriboga, Marcos Alfaro, Manuel Cornejo Cevallos).

Algunos reconocimientos han merecido sus trabajos. En 1990 su Bolívar ganó el premio Mejía del Municipio de Quito en Historia, Más tarde, con motivo del centenario de la revolución liberal, el Consejo Provincial de Pichincha le extendió la orden Rumiñahui por su contribución al análisis de ese magno acontecimiento y por su compilación de las inéditas Cartas del General Eloy Alfaro, voluminoso libro publicado por la misma institución en 1995. Y por último, en julio del 2000, la Universidad Central del Ecuador premió su labor de más de cincuenta años de producción para las ciencias sociales ecuatorianas otorgándole el Doctorado Honoris Causa. La más prestigiosa universidad ecuatoriana, a sus ochenta años, le graduaba de doctor. El Ministerio de Educación y Cultura, en septiembre le otorgó la Condecoración al Mérito de Primera Clase y, al mismo tiempo, la Casa de la Cultura Ecuatoriana le incorporó como miembro honorario de su Departamento de Historia.

Siempre se mantuvo optimista en que la redención del ser humano es su único destino, y convencido de que el socialismo por más reveses o reflujos tenga ─al fin y al cabo procesos dialécticos de la historia─ será más temprano o más tarde el camino de la racionalidad recuperada. Por eso produjo casi hasta el final, hasta cuando la enfermedad le arrebató su energía, porque pensaba que los temas y problemas que se deben esclarecer, sobre los que en su criterio no se ha dicho suficientemente la verdad, o no se ha dicho nada, eran varios y los tenía anotados en un cuaderno como para recordar cuánto le faltaba escribir. Esa la tarea que se impuso, fiel a su convicción de que la historia de una sociedad se escribe porque tiene una justificación: conocerla en sus procesos pasados, relacionarlos con el presente, para no equivocar rumbos en el futuro.

El 27 de noviembre del 2000, con su conciencia tranquila, en paz consigo mismo por haber sido útil al país cuya historia escribió y su problemática social desentrañó en lo que le fue posible, rindió tributo a la muerte, pero para seguir viviendo en sus obras.


César Albornoz



EN MEMORIA DE ROQUE DALTON

Hace 40 años, el 10 de mayo de 1975, el gran poeta y revolucionario salvadoreño Roque Dalton García fue asesinado por orden de Joaquín Villalobos y otros miembros de la dirección política del denominado Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), una de las organizaciones que formaron el Frente de Liberación Nacional “Farabundo Martí” de El Salvador (FMLN). Después de concluida la guerra interna, el otrora jefe guerrillero “ultraizquierdista” Joaquín Villalobos se reveló como lo que era: un agente de la CIA y el imperialismo.
Por otra parte, el 14 de mayo se conmemoran 80 años del natalicio del gran Roque Dalton. En memoria de tan insigne figura, van a continuación algunos de los varios artículos recopilados en varios años.
Wilder Sánchez

¿QUIÉN MATÓ A ROQUE DALTON?
Hermann Bellinghausen
La Jornada
A 35 años de su asesinato, Roque Dalton (1935-1975) está más vivo de lo que jamás pensaron sus detractores literarios, y pervive también, intensamente, en términos políticos y de experiencia revolucionaria. Es uno de los muchos caídos en las esperanzadoras insurrecciones en los años 70 del siglo pasado que terminaron enlutando Centroamérica y el Cono Sur, y que, con excepción de Nicaragua, fueron derrotadas. Lo particularmente doloroso en el caso de Dalton es que fue asesinado por sus propios compañeros de lucha en El Salvador.

La noche del 10 de mayo de 1975, mientras dormía, recibió un tiro en la cabeza por decisión de tres de los cuatro miembros de la Comisión Militar del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP): Joaquín Villalobos, Alejandro Rivas Mira y Vladimir Rogel Umaña. Ellos mismos se encargaron de la ejecución.

Para entonces, Dalton llevaba un mes preso por los mandos del ERP, al cual pertenecía; lo acusaban de agente, primero de la CIA, y después castrista. El propio Fidel Castro reviró, y acusó de agentes de la CIA a Villalobos y a sus socios del tribunal guerrillero. Al parecer, el gran delito del poeta fue insistir en que antes de la insurrección era necesario crear un frente de masas, o sea, tener bases en la sociedad descontenta. Eso acabaron haciendo los guerrilleros que confluyeron en el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) después de la muerte de Dalton.

Joaquín Villalobos llegó a ser uno de los comandantes del FMLN, y tras los acuerdos de paz del Castillo de Chapultepec, que dieron fin a la guerra de El Salvador en 1992, regaló su arma al presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari; arma que a su vez había entregado a Villalobos el comandante Fidel Castro.

El gesto le ganó un boleto de primera clase a la Universidad de Oxford, donde sufrió una metamorfosis, como ha ironizado Roberto Bardini. Los estudios de posgrado hicieron de Villalobos especialista en problemas de seguridad y le permitieron asesorar al gobierno fascista de sus antiguos enemigos de ARENA, y más recientemente al presidente colombiano Álvaro Uribe.

Su deuda con Salinas era grande, y no dudó en trasladarse a México en enero de 1994 para sobrevolar la selva Lacandona junto con mandos del Ejército federal, para orientarlos en la ofensiva que preparaban contra el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, a raíz del levantamiento indígena de Chiapas.

El asesino de Roque Dalton vuelve a México en 2010 para hablar en Los Pinos ante el cuerpo diplomático y el gabinete del presidente Felipe Calderón, evaluar positivamente su guerra contra el crimen organizado y delatar los mitos que la intentan desprestigiar (La Jornada, 9/01/10). Coincide la visita con la nueva publicación (¡en Australia!) del libro más emblemático y polémico de su víctima, Historias y poemas de una lucha de clases (editorial Oceansur, Melbourne, 2010), que Dalton escribió hacia 1975, póstumamente conocido como Poemas clandestinos (1981).

Una franja de sus ideas y convicciones hoy resultan obsoletas pero fueron comunes en la izquierda latinoamericana de los años 60 y 70 del siglo XX, como el sovietismo devoto o el rechazo intransigente a la homosexualidad (aunque debe reconocerse que ya había asumido la igualdad de las mujeres, pues aprendió las primeras lecciones del feminismo sesentero, lo que en esa tradición de izquierda tenía su mérito).

Toda generación de poetas es en parte obsoleta. Para ilustrarlo con el caso mexicano e independientemente de los logros artísticos, esto aplica a los modernistas porfirianos, los estridentistas, los Contemporáneos, las revistas Taller e Hijo pródigo o el valemadrismo infrarrealista. Pero lo que va quedando es la poesía, donde la hay. Y las verdades que la alimentaron.

Revolucionario de corazón, militante íntegro y comprometido hasta el final, en Historias y poemas, Roque Dalton se desdobla en cinco heterónimos, poetas de su invención: la joven activista Vilma Flores, el líder estudiantil Timoteo Lúe, el también narrador Juan Zapata, el ensayista literario Luis Luna y el de mayor edad, Jorge Cruz, asesor jurídico del movimiento obrero católico, especialista en Paulo Freire y presunto autor de una Oda solidaria a Camilo Torres; su alter ego Dalton transcribe la serie Poemas para salvar a Cristo, incluyendo el memorable Credo del Che.

Víctima de un error estalinista del hoy oxfordiano asesor bélico de gobiernos neoliberales y represivos, Dalton tiene asegurado su lugar como autor fundamental (y siempre incómodo) en las letras salvadoreñas y el conjunto de la literatura en lengua castellana. Tan sólo su libro más conocido, Las historias prohibidas de Pulgarcito (1974), en deuda con las misceláneas de Julio Cortázar, pertenece a la estirpe cuasi nerudiana de Guatemala: las líneas de su mano, de Luis Cardoza y Aragón, y Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano.

¿QUIÉN DIJO QUE LA POESÍA NO MUERDE?

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2010/01/18/index.php?section=opinion&article=a14a1cul

REBELION: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=105757

Roque Dalton
Eduardo Galeano
La Jornada

Hace treinta y cinco años, Roque fue asesinado mientras dormía.

Yo soy uno de sus muchos dolientes.

Fui su amigo, y lo sigo siendo.

Su asesinato me dolió, y me sigue doliendo.

La impunidad me indignó, y me sigue indignando.

La impunidad estimula a los criminales, y los militantes que matan para castigar la discrepancia no son menos criminales que los militares que matan para perpetuar la injusticia.

Aquí va mi abrazo, de muchos brazos, a los familiares de Roque, a sus amigos, a sus compañeros, y a las muchas y muchos que no lo conocieron pero lo aman amando las palabras que nos dejó.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2010/05/11/index.php?section=opinion&article=017a1pol

REBELION: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=105751

PIDEN JUSTICIA PARA EL POETA ROQUE DALTON

Eric Lemus
El Salvador
A 38 años del asesinato de Roque Dalton Destacado

por Txanba Payés

A uno de ellos lo pasean por el mundo como ‘hombre de paz’ cual Vargas Llosa centroamericano lo pasean y él les presta un buen servicio. Se supone entonces que, ahora como ayer, sigue siendo su confidente.

Han pasado 38 años - y ya son muchos - del asesinato de Roque Dalton. A estas alturas de la historia, la inmensa mayoría de salvadoreños sabemos quiénes fueron – y son - los responsables de la muerte del poeta. Además de los nombres, sabemos los apellidos, y a pesar de eso, seguimos sin entender las razones, que no las hubo, para el asesinato. Los responsables se decían revolucionarios, y no lo eran. Indilgaban el destino de miles de guerrilleros mientras ellos yacían bajo las faldas del imperio y quienes les seguían no atisbaron su traición.

Hoy sabemos que, de los que participaron en el juicio y en el posterior crimen, son – y eran - confidentes del imperio. Sí. Del imperialismo gringo. A uno de ellos lo pasean por el mundo como ‘hombre de paz’ cual Vargas Llosa centroamericano lo pasean y él les presta un buen servicio. Se supone entonces que, ahora como ayer, sigue siendo su confidente. Joaquín Villalobos es uno de ellos y a estas alturas todos sabemos dónde está y a quienes defiende y atiende. A los gringos, a la oligarquía y a la burguesía salvadoreña, en ese orden.

Hay mucho que escribir sobre Roque. Y si, se ha escrito mucho sobre el Poeta salvadoreño, todos sabemos por lo que se ha escrito y por lo que él escribió, que supo combinar lucha y poesía y eso lo supo hacer tanto en la teoría como en la praxis. Poesía y lucha se conjugaron para dejarnos el legado poético y literario que ya todos conocemos. Y sin quererlo, además de sus libros, nos mostró un camino a aquellos que nos imponíamos como meta el escribir y dejar negro sobre blanco ideas, poesía, artículos, etc.…, debíamos de seguir en teoría y praxis, lucha y poesía. La poesía salvadoreña le debe mucho a Roque y Roque le dio mucho a la poesía.

Y porque le debemos mucho…, nos asiste la responsabilidad - y la obligación - de exigir que los responsables del asesinato, si la familia lo avala, sean llevados a la justicia. Pero no aquella justicia con la que se juzgó a Roque, no. Una justicia en toda regla. Debemos, sin embargo, exigir primero, que entreguen los restos del poeta a sus familiares ya que llevan años reclamándolo. Y segundo, justicia. Y se castigue a los culpables. Mientras no se cumplan las dos, las heridas seguirán abiertas esperando a que la justicia la cierre por completo.

Post data.

Empecemos señalando a uno de ellos, Joaquín Villalobos, debe de decir donde están sus restos. El sabe dónde están y el por qué de su desaparición física. La boñiga también puede ser una pátina intelectual o al menos se cubre de un lívido conocimiento y presentarse al mundo como un intelectual “ex guerrillero”. Obtuso Villalobos, lábil que creyó en su momento que con la desaparición física del poeta iban a reconocerle su “valía”, craso error, con el asesinato de Roque, empezó su declive moral, ético y sobre todo, humano, porque como tal sólo le quedan restos, como la suciedad, se resbala por cloacas como el imperio allí donde va. El sus compinches no son más que escoria al servicio del imperio. Eso es lo que demostró Joaquín Villalobos y sus compinches hace 38 años.

KAOSENLAREd


EL ASESINATO DE ROQUE DALTON
Marco Antonio Campos

En la editorial Aura, en San Salvador, acaba de editarse el libro El asesinato de Roque Dalton, mapa de un largo silencio, de Lauri García Dueñas y Javier Espinoza, quizá la más detallada y esclarecedora investigación (hasta donde es posible) sobre el crimen del poeta mayor salvadoreño. Por un lado está el reportaje, y por el otro, una serie de entrevistas con protagonistas del hecho o de estudiosos y enterados del tema. En el libro se muestra quiénes cometieron el crimen, y se barajan las presuntas causas del porqué del hecho y los probables sitios donde se arrojaron o enterraron los restos.

El asesinato de Dalton por sus propios correligionarios del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), el sábado 10 de mayo de 1975, fue uno de los hechos políticos más estúpidamente atroces cometido por una guerrilla de izquierda que recuerdo de mi juventud. Junto con él mataron a un compañero de armas, Armando Arteaga, Pancho, líder obrero. Sin embargo más atroz es sin duda que pasados treinta y ocho años todo mundo en su país sepa quiénes cometieron el crimen y asombrosamente no se haya castigado a ninguno, y para colmo, se ignora, o más bien, no han querido decirlo los perpetradores, dónde enterraron o arrojaron los restos de ambos. Los asesinos de Dalton tienen rostro y nombre y eran quienes conformaban el comité directivo del ERP, y varios de los entonces “jóvenes asesinos” (como los llama el poeta salvadoreño Miguel Huezo Mixco) venían de colegios privados, formados en la democracia cristiana y pertenecían a la clase media acomodada. El Comité lo encabezaban Alejandro Rivas Mira, el máximo dirigente, quien huyó de El Salvador dos años después del asesinato de Dalton, probablemente a México, y nunca más se supo de él; Joaquín Villalobos, que se convirtió, con habilidad camaleónica, después de los Acuerdos de Paz de Chapultepec entre el gobierno y las guerrillas salvadoreñas en 1992, en asesor de seguridad de gobiernos de derecha impresentables como el del colombiano Álvaro Uribe y el del mexicano de Felipe Calderón; Vladimir Rogel Vaquerito, ultimado después asimismo por sus correligionarios del ERP, quien era, paradójicamente, considerado el más radical del grupo; y Jorge Meléndez, personaje sórdido, ahora ministro para Asuntos de Vulnerabilidad con el actual presidente Mauricio Funes. Joaquín Villalobos mencionó en una entrevista de 1993 que el tribunal lo conformaban siete; ignoro cuáles sean los otros tres. Respecto al asesino material es uno o más de ellos, por más invenciones y rectificaciones, justificaciones y tergiversaciones que han dado o quieran dar. ¡Cuál será el tamaño de la culpa para que ninguno haya querido detallar cómo fue la ejecución y en qué lugar dejaron los cuerpos! En nombre del contexto político, es decir, de la firma de los Acuerdos de Paz, el cual fue en esto una suerte de copia del Pacto de la Moncloa, los gobiernos sucesivos desde 1992 no han querido enjuiciar a nadie porque eso significaría, a su parecer, destapar una caja de Pandora de la cual muy pocos escaparían de tener las manos manchadas de sangre.

¿Cuáles fueron las justificaciones de la cúpula del ERP para la ejecución de Dalton? Al principio, se le acusó de agente cubano; luego, de agente de la CIA; como ninguna prosperó por disparatadas, se le acusó de tomar una actitud de rebeldía e intentar dividir al ERP al obstinarse en proponer una estrategia distinta, en este caso, la de la guerra prolongada contra la dictadura en lugar de la vía armada inmediata. No faltan tampoco las imputaciones personales: indisciplinado, mujeriego, borracho, “bohemio pequeño burgués”, en suma, en sus palabras, “el hechor y víctima de su propia muerte”. Aun entre esto se habla de un pique entre Rivas Mira y Dalton por una poeta y guerrillera, Lil Milagro, que en ese momento era amante del poeta. Una cosa es clara: si capturaron a Roque Dalton y a Armando Arteaga el 13 de abril y los ultimaron el 10 de mayo, los miembros de la dirección del ERP tuvieron tiempo de sobra para saber que cometían no sólo un ”grave error” sino una monstruosidad injustificable.

Pero ¿cómo ajusticiaron a Dalton? Tres son las principales versiones: una, a tiros por la espalda; la segunda, de un balazo en la nuca; la tercera, fusilado.

Para mí la más creíble de las versiones de la muerte la dio Joaquín Villalobos, en un arranque de sinceridad, en mayo de 1993, en una entrevista al hijo de Dalton, Juan José, publicada en el diario mexicano Excélsior, un año después de los Acuerdos de Paz de Chapultepec, donde Roque Dalton ya no es víctima de sí mismo sino de la dirección ampliada del ERP: “Yo fui uno de los siete miembros del tribunal que ordenó la ejecución. Fue una acción de inmadurez personal, pasional y radicalización ideológica. Dalton fue víctima de la ignorancia, la intriga y el dogmatismo. Fue un grave error.” Villalobos se autodelataba y exponía a seis autores intelectuales más. El propio Villalobos repitió ese mismo año lo de “grave error” a El Diario de Hoy salvadoreño, y no hizo entonces en ese 1993 ninguna aclaración o rectificación de sus declaraciones. Sin embargo, seis largos años más tarde, empezó a perder la memoria y la siguió perdiendo hasta 2012. Se volvió menos un analista político que un caso clínico. En su modificación de recuerdos, escribió en 1999 al diario español El País, que él no era responsable intelectual ni material porque no era jefe militar ni político del ERP; en 2004 volvió a sorprender a todos y declaró que todo estaba dicho, y no era la ejecución de Dalton un macrotema, pero volvió a delatarse al decir: “Pero si en ese entonces yo tomo una decisión distinta, no estuviera platicando aquí con ustedes.” Y en 2012, al ser entrevistado por García Dueñas y Espinoza negó de nuevo toda responsabilidad. Por desgracia nadie en El Salvador, en todos estos años, ha tenido la delicadeza de llevarlo, no a la cárcel, sino a un hospital siquiátrico.

En diversas guerrillas de los años sesenta y setenta latinoamericanas fueron muertos poetas en la verde edad y otros relativamente jóvenes, como el peruano Javier Heraud, veintiuno, el nicaragüense Leonel Rugama, veintiuno, y el argentino Francisco Urondo, cuarenta y seis; el único ultimado por sus propios correligionarios fue Roque Dalton, quien murió cuatro días antes de cumplir 40 años.

Escribe el editor del libro Carlos Clará en el último párrafo del prólogo a propósito de la investigación que hay en El asesinato de Roque Dalton: “El silencio es uno de los personajes claves en este crimen. Ha sido más fuerte que las mentiras y tan grande como la impunidad, pero deja rastros, y este es el mapa, la cartografía inicial para encontrar el largo camino de la historia”.

Marco Antonio Campos es un reconocido poeta mexicano, Premio Casa de América (2005) y Premio Nacional de Literatura de México (2013).