LA IZQUIERDA CON MÁS PROBLEMAS EN BUSCA DEL RUMBO PERDIDO 



EL DIVISIONISMO PROFUNDIZA CONCEPTOS SIMPLISTAS 



Rodrigo Santillán Peralbo
El divisionismo de la izquierda con orígenes marxistas es un problema que se profundiza desde las definiciones conceptuales y adjetivaciones simplistas: izquierda colaboracionista-oficialista o izquierda “boba” e izquierda infantil-revolucionaria sin posibilidades de “hacer” la revolución. La primera, en su bobería, considera que la mejor estrategia es participar y colaborar con un líder “progresista” que sea capaz de “darle haciendo” su trabajo político, económico y social.

Entonces se entrega atada de pies y manos al proyecto “revolucionario”, y mucho más si por ese entreguismo recibe un sueldo al ocupar uno o varios cargos de segundo y tercer nivel dentro de la pirámide burocrática. Esa misma bobería es la que le impide practicar la teoría predicada en cerrados conciliábulos, en privadas cofradías y ante incondicionales aplaudidores.

Convencidos de sus discursos y de la validez de sus propuestas, sus cerebros obnubilados son incapaces de aprender las lecciones de la historia y vuelven a repetir los mismos errores entreguistas, tanto que se niegan a comprender las realidades políticas del bloque en el poder que, en última instancia, es un bloque de derecha, reformista para modernizar el Estado burgués. La suprema importancia es colaborar con el “proyecto revolucionario”, inclusive con el uso de argumentos fundamentalistas, dogmáticos, en nada dialécticos.

La izquierda infantil nada tiene que ver con “la enfermedad infantil del izquierdismo" analizada profundamente por V.I. Lenin. Se refiere a un calificativo del Ec. Correa para agredir e insultar a los distintos sectores de izquierda que le niegan apoyos. Estos sectores comprendieron que el colaboracionismo con una falsa “revolución ciudadana” retrasa el advenimiento de una revolución verdadera que sea capaz de transformar las estructuras y superestructuras, sólo que en el camino no tienen respuesta a las necesidades reales de los pueblos y tampoco señalan las rutas que hay que recorrer para ser revolucionarios y hacer las revoluciones.

Ser de izquierda es ser marxista, es ser leninista. Nada hay que inventar, sino aplicar la teoría revolucionaria a las circunstancias y realidades actuales de la historia. Ser de izquierda es aprender a ser político del pueblo y para el pueblo, aprender a interpretar acertadamente sus anhelos, sueños, esperanzas y frustraciones sociales, económicos, políticos y culturales. Ser de izquierda es adquirir los instrumentos teóricos para transformar las realidades de modo radical a fin de liquidar las sociedades de clases con la intervención de un partido de trabajadores e indígenas, de movimientos sociales y de masas, ideológicamente definido,

Ser de izquierda conlleva la grave responsabilidad de convertirse en la voz y en el rostro de los de abajo, del pueblo simple y llano, es identificarse plenamente con sus necesidades insatisfechas, sus angustias y dolores derivados del sistema de explotación, con su pobreza consuetudinaria muy a pesar del infatigable trabajo que ejecuta para otro u otros. Es comprender la necesidad de liquidar las formas mostrencas de una sociedad dividida en clases en la que las de arriba tienen todos los privilegios y los de abajo todos los sufrimientos que son consecuencias del capitalismo rapaz y depredador.
La izquierda proveniente de raíces marxistas tiene para sí y para los pueblos, la mejor filosofía, doctrina e ideología, pero no ha sido capaz de llegar a la conciencia de las masas, por lo que habría de peguntar: ¿tiene futuro la izquierda? ¿Por qué la izquierda radical pregona la revolución, pero es incapaz de hacerla? ¿Por qué sectores de la izquierda prefieren subyugarse a partidos y movimientos políticos en apariencia progresistas y democráticos que terminan traicionándolos? Otros sectores prefieren la participación electoral, pero por qué no consiguen los votos del pueblo y arrasan en las elecciones convocadas por la burguesía?
Fabio Gándara Hazte, abogado español, en el mismo sentido que lo arriba preguntado, decía: ¿Dónde están hoy los valores de la izquierda y por qué no son apoyados mayoritariamente por una población que está sufriendo los estragos de la doctrina neoliberal? Agregaba:. "Los fundamentalistas del mercado se equivocaron en casi todo y, sin embargo, siguen dominando la escena política más a fondo que nunca", advertía acertadamente Paul Krugman hace ya unos años. ¿Qué pasa entonces? ¿Están realmente tan ciegos los votantes?

En realidad el favor de las masas no se inclina por los candidatos de los sectores de izquierda a pesar de que son sus aliados y defensores naturales. Tradicionalmente el Ecuador estuvo gobernado por dos partidos tradicionales: conservador y liberal, bipartidismo que fue roto por Velasco Ibarra, que en la denominada Revolución del 44, “La gloriosa”, fue entusiastamente apoyado por comunistas y socialistas a los que traicionó una vez que llegó al poder.

Sin embargo, la lección no fue asimilada por la izquierda o izquierdas que volvieron a repetir el mismo error. Grupos comunistas y socialistas apoyaron la Revolución Nacionalista del General Rodríguez Lara que gobernó el país entre 1972 y 1976. Terminada la dictadura militar en la reinauguración de la democracia, algunos líderes de izquierda impulsaron la formación del Frente Amplio de Izquierda –FADI- que aglutinó a los más importantes partidos: Comunista, socialista, MIR, Izquierda Cristiana, MPD y otros. El proceso electoral de 1978-79 dio la espalda al FADI y casi todos decidieron apoyar la candidatura de la Fuerza del Cambio liderada por Jaime Roldós, pero comunistas y socialistas no aprendieron las lecciones y no supieron superar el divisionismo propiciado por la CIA en la década de los 60s, en particular con la usurpación del poder por la Junta Militar presidida por Castro Jijón. Los partidos socialista y comunista se dividieron irremediablemente entre radicales y colaboracionistas, entre revolucionarios y reformistas. En ningún sector surgió una propuesta programática que impulsara el surgimiento de una nueva sociedad y más bien se dio paso a una especie de culto a la personalidad de ciertos líderes que terminaban negociando prebendas con el bloque en el poder. Otra vez el entreguismo hacía el milagro de convertir a los revolucionarios en ovejas dentro del Estado burgués.
Jorge Oviedo en su análisis afirma que “dos acontecimientos internacionales removerán las aguas pacíficas de la izquierda ecuatoriana al finalizar la década de los años cincuenta: por un lado el sisma chino-soviético y por otro el triunfo de la revolución cubana. Ambos actualizaron, a nivel mundial, la discusión sobre el carácter de la revolución. Surgió en el seno de la matriz comunista el Partido Comunista Marxista Leninista (PCMLE) y en la socialista el Partido Socialista Revolucionario (PSRE).
El PCMLE cerró sus filas para convertirse en un aparato clandestino destinado a darle dirección política a todas sus expresiones de masas. Desde entonces la UNE, la FEUE, el Movimiento sindical, campesino etc. son la fachada pública de las mismas tesis demo-burguesas del PCE. En la corriente socialista el PSRE planteó la necesidad de recuperar las tradiciones de la lucha popular para impulsar la lucha por el socialismo.
En realidad de verdad, jamás las diferencias ideológicas entre socialistas y comunistas fueron superadas. Cada uno en sus cuarteles mantuvo sus tesis, llegando a sectorizar sus influencias en el seno de las masas. La unidad de la izquierda siempre fue una aspiración, nunca una realidad.
Era la época de la guerra fría, el mundo estaba dividido por dos sistemas antagónicos que esperaban el primer descuido de su rival para sobreponerse. Ese antagonismo marcó la vida del planeta después de la segunda guerra mundial y dio origen a la peor tragedia vivida por la humanidad que fue la carrera armamentística. A los países del tercer mundo, la lucha anticolonialista del África y la revolución cubana, les abrieron nuevas perspectivas. Se comenzó a considerar la posibilidad de actuar de inmediato por conquistar las metas de la liberación y el socialismo.
Este ciclo, que en el Ecuador se inicia a comienzos de la década de los años sesenta, termina veinte años más tarde, al finalizar los gobiernos militares de Rodríguez Lara y Poveda Burbano.
¿Qué discutía la izquierda ecuatoriana? La discusión giraba en torno al carácter de la revolución: revolución socialista vs. transformación demo-burguesa como paso previo al socialismo. En otras palabras, revolución o reforma.
Ninguna de las dos posiciones triunfó. La izquierda socialista se fue atomizando hasta quedar aislada de las masas, la izquierda comunista se entregó en cuerpo y alma a los proyectos “progresistas” del centro, incapaces, en ambos casos, de levantar, o bien un proyecto revolucionario o bien una propuesta reformista coherente. Toda la izquierda comenzó a agonizar carente de iniciativas y de propuestas”.
Con colaboracionismos entreguistas, la “izquierda boba” se hizo más boba en apariencia porque los líderes enquistados en las ancas del poder, siempre sacaron tajadas personales o recogieron las migajas que cayeron de la poderosa mesa del gobernante de turno, llámese Rodrigo Borja, Lucio Gutiérrez o Rafael Correa. Éste último que paulatinamente habla y dice gobernar en nombre del socialismo y de la revolución ciudadana, para que la izquierda no le moleste en su proyecto reformista y modernizador del Estado burgués.
Jorge Oviedo sostiene que “en un contexto internacional favorable a los gobiernos progresistas triunfó Rafael Correa en el 2007. Su marco conceptual y definición ideológica ha sido el ambivalente discurso del socialismo del siglo XXI que anuncia mucho, pero no define nada. Lejos de los modelos revolucionarios del pasado siglo, el llamado Socialismo del Siglo XXI actúa en un marco de convivencia con el capitalismo contemporáneo. Apuesta al fortalecimiento del Estado por medio del gasto público y sostiene que la redistribución de la riqueza social se la puede hacer por medio del asistencialismo y la reforma tributaria. Tiende a olvidar problemas vitales para toda política de izquierda como son los del poder, del Estado y de la economía profunda, sobre los cuales no es capaz de trascender más allá de las concepciones clásicas del liberalismo”.
Al parecer la izquierda marxista-leninista se ha mostrado incapaz de reforzar la teoría revolucionaria o se ha quedado peligrosamente anquilosada en viejas propuestas y modelos y hasta sus slogans comienzan a ser obsoletos al haber sido arrebatados por las derechas. Ideas y banderas de las izquierdas son ahora propiedad de las derechas ante la pasividad de las izquierdas. Si las derechas suelen proclamar: “¡Hasta la victoria siempre”! y entonar canciones otrora revolucionarias como “el pueblo unido, jamás será vencido” o las dedicadas al Comandante Che Guevara, las izquierdas enmudecen y guardan ominoso silencio.

La gente es profundamente intuitiva. Recela del engaño al reconocerlo y otra vez confía en los valores tradicionales de la izquierda, pero quienes fungen de líderes no comprenden las situaciones cambiantes de las realidades y menos entienden que es indispensable remozar las ideas revolucionarias y las propuestas programáticas. Los pueblos exigen cambios y son los aventureros de la política, los caudillos populistas y los demagogos mesiánicos los que suelen aprovecharse de los profundos anhelos de las masas.

Esos líderes son los usufructuarios del sistema electoral, captan los votos y al ser los ungidos con el poder legitiman el capitalismo, lo modernizan y consolidan el Estado burgués. Muestran las obras, se enorgullecen de las reformas y con el poder en sus manos suelen olvidarse de sus veleidades revolucionarias así continúen autoproclamándose revolucionarios, posturas con las que retrasan por años el inicio y el triunfo de las revoluciones verdaderas.

Mesiánicos se vuelve todopoderosos carentes de ideología definida se creen dueños de la verdad absoluta, limitan o niegan libertades ciudadanas y derechos fundamentales, controlan los medos de comunicación, crean organismos censores e inquisitoriales, difaman, calumnian y hacen de la propaganda todo un sistema de gobierno en tanto que las izquierdas –tímidamente- dicen defender la democracia o protestan por los derechos conculcados. Las masas rechazan el sistema capitalista, pero viven en él porque no tienen más opciones.

Fabio Gándara Hazte cree que “la ciudadanía está pidiendo más izquierda, ¿por qué da la espalda a los partidos de izquierdas? ¿Cómo es posible que si demandan un cambio inspirado por las ideas que tradicionalmente han guiado esta corriente política (igualdad, justicia, cooperación, libertad como no dominación), no se identifiquen con lo que ofrecen los partidos actualmente adheridos a esa etiqueta? ¿Cómo se interpreta esta aparente contradicción?

La respuesta es más simple de lo que parece: ninguno de los ideales que podrían definir a la izquierda están al día de hoy realmente presentes en los partidos que dicen representarla.

Añade que los partidos de la izquierda de inspiración marxista son en la mayor parte de los países occidentales incapaces de ilusionar a una sociedad que ha mutado y evolucionado hasta formas más complejas con propuestas de futuro ambiciosas, novedosas y creíbles.

Su labor se limita a enardecer a sus fieles con viejas consignas y a ejercer como notarios de la deriva suicida de nuestro sistema, pero no parecen tener un auténtico programa de cambio aplicable de forma realista a la actual situación ni una disposición clara para implicar y convencer a la mayoría de la población de la necesidad de implementar su programa. Más bien pecan de un cierto paternalismo, mostrando rechazo y temor a cualquier aportación de la ciudadanía que provenga de círculos externos a su propia área discursiva, de influencia y poder…”

Con bastante razón añade que la actual estructura de los partidos también ayuda a incrementar estas percepciones negativas: los militantes de los principales partidos no participan, se limitan a ser peones que aceptan sin rechistar lo decidido por una cúpula creada en base a relaciones clientelares y de poder. En este contexto la palabra izquierda se usa para reafirmar la pertenencia a una tribu o para denostar al adversario, pero está vacía de significado.

La verdadera izquierda es siempre inconformista, dice Fabio Gándara Hazte y agrega que nos hemos ido desconectando progresivamente de la política formal durante los últimos años. Somos cada vez más los que sentimos que la izquierda a nivel político ya no hace referencia a la defensa de un abanico de valores e ideas y se ha reducido a una mera etiqueta a la que adscribirse de forma acrítica para apoyar incondicionalmente a un determinado bando.

Los partidos políticos encuadrados en la izquierda tradicional no han sabido avanzar con los nuevos tiempos y se encuentran congelados en un estadio anterior a la evolución que ha experimentado la conciencia de la sociedad. La izquierda, para ser izquierda, ha de ir siempre por delante del presente: la voluntad transformadora que caracteriza a esta corriente de pensamiento implica la necesidad de sobrepasar con sus propuestas a los problemas que acucian a cada sociedad en cada momento, luchando siempre por una mayor igualdad, por una mayor extensión de la justicia, por una participación mayor de los ciudadanos, y por una mayor libertad frente a cualquier tipo de dominación. Las características que definen a la izquierda no son estáticas: van evolucionando de forma dinámica de acuerdo a la propia evolución que experimenta en la sociedad. Lo podemos ver si nos paramos a analizar como muchas de las medidas que antaño defendían los movimientos progresistas más radicales forman hoy parte irrenunciable de los valores y programas de muchos partidos conservadores.

Esta voluntad de ir un paso por delante es otra característica básica del ADN de la izquierda. Y si los actores políticos tradicionales no son capaces de dar salida a las aspiraciones de cambio más punteras, acaban convirtiéndose en un componente más del engranaje de un sistema incapaz de dar cumplimiento a estas demandas. Si los viejos partidos y sindicatos ya no representan el espíritu de la izquierda, la sociedad siempre encontrará otra manera de canalizar sus ansias de libertad, democracia e igualdad.

Este proceso es natural. Las organizaciones más revolucionarias suelen acabar tarde o temprano por convertirse en instituciones totalmente consolidadas y adictas al poder (sea el estatal o incluso el propio inherente a la organización). Y cualquier institución que tiende a solidificarse y no evolucionar con el tiempo acaba siendo refractaria a los cambios que demandan los sectores más dinámicos de la sociedad. Son por tanto los movimientos políticos y sociales no institucionalizados los que en determinados momentos de la historia acaban canalizando las demandas de estos sectores más progresistas y rompiendo el orden establecido.

La conclusión es clara: no se puede afirmar que la izquierda esté muerta a la hora de conformar una auténtica alternativa a las políticas neoliberales que nos han sumido en el caos. Simplemente el espíritu, valores y objetivos de la izquierda se han trasladado hoy en día al ámbito en el que tradicionalmente residen cuando las instituciones pertenecientes al mundo viejo se enquistan y fosilizan: los movimientos sociales y políticos de base.

Nuevos colectivos ciudadanos y formas organizativas aún no institucionalizadas están ya funcionando como impulsores del cambio en nuestro país, modificando la sociedad desde abajo, poco a poco, y haciendo que los valores que promueven se vayan infiltrando silenciosamente, pero imparablemente, en todos los planos de la realidad. Si los partidos políticos tradicionales quieren estar a la altura que le exigen las circunstancias, tienen que tenerlo claro: es el momento de renovarse o morir. ¿Cuáles son los cambios que necesitan estos partidos y por qué estos nuevos movimientos sociales y políticos de base los están adelantando?

Planteada la problemática, los procesos electorales burgueses ni siquiera han servido para desarrollar sistemas de promoción y propaganda de las izquierdas participantes. como tampoco han servido los colaboracionismos en distintos gobiernos, ni aún para dar pequeños pasos en la dirección correcta: iniciar y/o avanzar en los procesos revolucionarios; más bien han significados retrocesos o aplazamientos de aparatosos “olvidos” y hasta negaciones de la validez de las revoluciones socialistas quizá porque comprenden que es muy difícil y hasta heroico mantener procesos revolucionarios o instalar gobiernos socialistas en un mundo capitalista globalizado en la economía y encerrado en las fronteras nacionales en lo humano.

Solía afirmarse que la división de la izquierda en varias izquierdas de raíces marxistas iba a enriquecer la teoría y práctica revolucionaria, pero se atomizó la izquierda y no ocurrió ninguna especie de enriquecimiento de la teoría, salvo esporádicos aportes de intelectuales y pensadores de izquierda que de alguna manera remozaron el conjunto de principios políticos, ideológicos, sociales y económicos o reafirmaron el carácter clasista de la izquierda para entenderla como una propuesta política, doctrinaria, ideológica, social y económica capaz de posibilitar programas de gobierno desde la organicidad, pero no desde las masas ahítas de conductores y guías para alcanzar metas cada vez más altas.

Los partidos de la izquierda tradicional e histórica como el Socialista y Comunista privilegiaron la participación electoral ante la imposibilidad de intervenir en procesos revolucionarios a los que negaron su apoyo al considerar que eran grupos aventureros que con sus acciones armadas iban a lograr significativos retrocesos que nunca se supo o dijeron en qué, Negaron su apoyo a URJE, Montoneras Patria Libre, Sol Rojo, Alfaro Vive Carajo. Pero ni siquiera han aprovechado los procesos electorales al decidir apoyar a personajes y políticos ajenos a los partidos marxistas. Las consecuencias han sido fatales. Los líderes y dirigentes se convirtieron en diputados o asambleistas, en empleados de la burocracia estatal o en recaderos del bloque en el poder. Desde el punto de vista humano, esos colaboracionistas tienen pleno derecho a ganar un sueldo o salario, pero no tienen derecho a comprometer o entregar un partido al gobierno de turno. A más de configurar la “izquierda boba”, pecan de ingenuos o de oportunistas.
El mexicano Gilberto López y Rivas en su análisis sobre los problemas de la izquierda sostiene que son variados, pero los más constantes o reiterativos son:
1.- Vínculos muy débiles con los movimientos políticos y sociales. Un breve recuento de acontecimientos que de alguna u otra forma tuvieron una repercusión política importante. Falta vinculación con los mismos grupos y de los partidos políticos de izquierda.
Afirma que la izquierda partidista no ha tenido una presencia destacada, ya no digamos en la organización y elaboración de planes y programas alternativos, sino en la mera discusión de asuntos tan relevantes en la vida democrática del país como son la reforma y reestructuración de las fuerzas armadas, la producción, distribución y uso de drogas; la consolidación de una cultura de tolerancia y reconocimiento de derechos específicos de discapacitados, gay y lesbianas; la solución a problemas de salud pública que conllevan una fuerte carga social, ética y política, como en el caso del sida. Lo anterior sólo para mencionar algunos ejemplos que considero de suma importancia. De ninguna manera implica que miembros de la izquierda partidista no actúen durante los conflictos o movilizaciones, pero lo hacen sin un programa organizativo que el partido defina programáticamente.
2.- División interna que más que enriquecer a la izquierda por su diversidad, la empobrece por su disfuncionalidad. Hoy en día difícilmente podríamos tener un mínimo inventario de las fuerzas sociales de la izquierda nacional. Las viejas (y muchas veces mezquinas) disputas y “purgas” en el interior de las organizaciones de la izquierda nacional, la cooptación de algunas de sus fracciones e individuos por los grupos de poder económico y político, las traiciones a los idearios izquierdistas y libertarios emanados del siglo XX, el surgimiento de nuevas demandas políticas y sociales con sus consecuentes y originales formas de lucha, la llegada al poder político en provincias, municipios y espacios legislativos de sectores de izquierda y la propia redefinición del sistema de dominio mundial, son algunos elementos que han hecho de la izquierda un ente vasto, multiforme y algunas veces con rumbos y acciones opuestos a los objetivos de transformación social.
No existe un frente amplio que organice la vida política y social de los numerosos grupos y organizaciones de izquierda. Sólo, y eso es riesgoso admitirlo, ciertas coyunturas han podido dar coherencia política elemental a todo ese variado conglomerado político, más como respuestas o resistencias hacia acciones del poder que como objetivos programáticos o estratégicos.
3.- La llegada al poder de algunos sectores de la izquierda partidista la han circunscrito a una política electoral antes que a una social y democrática. La llegada a los cargos de elección popular por parte de algunos sectores de la izquierda partidista la ha sesgado hacia una política que ha privilegiado lo electoral en sus matices mediáticos, populistas y superficiales, relegando los objetivos históricos de la izquierda nacional. El cuidado de la imagen pública de quienes han llegado a ocupar cargos públicos ha sido el parámetro de muchas de las políticas ejercidas desde el gobierno. Y no sólo eso, sino que con meros afanes electorales, los partidos de izquierda han buscado en los sectores y partidos de la derecha los personajes que les permitan triunfos en los distritos en pugna.
Aquí no se trata de plantear purismos, sino de preguntarse sobre el comportamiento de una izquierda que “necesitada” de votos, abre sus espacios sin requerimiento alguno, sin programa y siempre en los linderos de la carencia de ética y escrúpulos.
4.- Desconexión con las fuerzas de la izquierda internacional. Ninguna organización de las izquierdas nacionales ha tenido la capacidad de establecer vínculos orgánicos y solidarios con fuerzas de la izquierda internacional. No hay un programa sólido y comprometido de las organizaciones partidistas con sus contrapartes internacionales. Existen algunos acuerdos coyunturales y encuentros casuales entre integrantes de las múltiples organizaciones con la izquierda internacional.
5. Un notable eclecticismo teórico que dificulta la ejecución programática de la izquierda. El marxismo se consolidó como la teoría de la izquierda internacional durante una buena parte del siglo XX. Las luchas contemporáneas le deben al marxismo muchas de las ideas y de los ejes ideológicos que les dan vida. Sin embargo, con la caída del bloque socialista europeo y el consecuente desprestigio propagandístico que se le infringió al marxismo, se ha tendido a arrojar por la borda sus planteamientos metodológicos y sus nociones básicas que continúan teniendo, pese a todo, vigencia y utilidad en el mundo contemporáneo.
Las izquierdas y la formación de la nación-pueblo.
En la actualidad, el capitalismo mantiene un sistema de explotación que en lo esencial no ha cambiado desde que el viejo Marx abordó su estudio y crítica. Las sociedades contemporáneas siguen inmersas en un proceso en el cual existen clases explotadoras y detentadoras de los medios de producción y clases explotadas y desposeídas de los mismos. Las formas y configuraciones que se establecen para que este sistema siga funcionando son variadas en tiempo y espacio, pero la formulación marxista del trabajo y su apropiación sigue teniendo una formidable actualidad. No obstante, la explicación marxista clásica no da cuenta de las complejas contradicciones que en nuestros países se suscitan y que no pasan forzosamente por el tamiz exclusivo de las relaciones económicas.
En el desarrollo actual de los Estados nacionales existe la necesidad de forjar lo que sería la alternativa para, si no eliminar, sí atenuar los devastadores efectos del capitalismo neoliberal y crear las condiciones del establecimiento de un socialismo libertario y democrático: la creación y consolidación de la nación-pueblo. La construcción de una nación-pueblo es, por lo tanto, una necesidad insoslayable de las izquierdas mexicanas y latinoamericanas en general, a partir de una reformulación de la llamada cuestión nacional.
El Estado nacional cohesiona e integra formalmente a todas las clases de la sociedad, intentando diluir los conflictos interclasistas que en el interior de las naciones se desarrollan. El elemento fundamental para entender esta situación lo otorga el concepto de bloque histórico, el cual pretende superar la separación analítica entre base y superestructura para llegar a la comprensión de ambas categorías del Estado moderno como unidad contradictoria y dinámica.
En el Estado nacional contemporáneo, los conflictos económicos, sociales y culturales se pretenden resolver a través de mecanismos democráticos formales que de ninguna manera han podido superar las contradicciones elementales del sistema capitalista. De hecho, para muchas izquierdas, las disputas formales (llamémoslas electorales) han moderado, en el mejor de los casos, las reivindicaciones históricas de justicia, equidad y democracia social, cuando no han sido olímpicamente ignoradas en aras de un pragmatismo basado sólo en la alternancia en el gobierno.
El problema es que la visión clásica del marxismo no pudo establecer que durante el proceso de formación del Estado nacional (que dicho sea de paso es permanente y no tiene un plazo fatal), no sólo se expresan y desarrollan conflictos entre las clases antagónicas en la estructura económica, sino que en su interior existen y se confrontan visiones de otras clases, fracciones de clase o sectores socio étnicos. Es más, la hegemonía en el interior de un Estado nacional se disputa no sólo entre las clases dominantes y las subalternas, sino que en las propias clases existen diferentes proyectos nacionales que se han dirimido en el terreno electoral y también a través de la violencia revolucionaria y su contraparte represiva.
Así pues, las limitaciones para la democratización e integración internas de la nación no pueden ser superadas en los marcos del capitalismo. La realización de la unidad nacional tarde o temprano se estrella contra la realidad de la dominación y de la explotación de clases.
La nación-pueblo, por lo tanto, expresaría el desplazamiento político de la hegemonía nacional capitalista (actualmente ejercida por su fracción financiera) hacia una caracterizada por el consenso y la voluntad nacional-populares, elementos centrales de un concepto de democracia sin sesgos de dominación.
Hernando Gómez Buendía, considera que el socialismo como futuro de la humanidad no está invalidado. El socialismo tiene vigencia, pero depende de las izquierdas redefinir, en las nuevas circunstancias históricas, la teoría y la práctica del socialismo, pero consciente de que junto a la experiencia negativa, existe una de carácter positivo, que tarde o temprano emergerá. El ejemplo cubano está ahí: bajo las circunstancias extremadamente adversas por las que actualmente atraviesa, su propuesta socialista sigue en pie, con avances en todos los órdenes, pero particularmente en el campo de la salud, la cultura, la ciencia, la educación, el deporte y el desarrollo de la conciencia colectiva.
Dos elementos que deben estructurar e impulsar las izquierdas, como alternativa al capitalismo neoliberal, son el igualitarismo y la equidad, reconociendo la diversidad en el interior de las clases y de la sociedad en su conjunto. Proponer una plataforma de lucha por la equidad supone enfrentar la falsa homogenización lograda por el estado nacional capitalista, que construyó identidades condicionadas a sus necesidades de dominación.
Para el capitalismo y los partidos de derecha, la democracia se limita a lo formal, a los aspectos electorales y al juego de los partidos políticos dentro del sistema. La historia de América Latina está llena de ejemplos que muestran que la democracia es instrumental para las clases dominantes, funcional a sus intereses. La legalidad democrática es aniquilada por las clases dominantes cuando a través de ella la izquierda logra triunfar o cuestionar su dominio, sostenía.
Es indispensable, luchar por la unidad de las izquierdas a partir de un gran debate nacional que profundice los estudios de la realidad, que analice profundamente los efectos sociales, políticos y económicos del colaboracionismo y la pérdida de libertades y derechos, en tanto desde el poder se impulsa la división de grupos y movimientos sociales, se criminaliza la protesta social, se enjuicia penalmente a estudiantes, grupos ciudadanos y líderes políticos y sociales, se insulta, agrede y descalifica con los peores términos a quienes no compartes los criterios e ideas del oficialismo, a quienes repudian las propuestas de “enmiendas” constitucionales y rechazan la reelección indefinida, a quienes critican la concentración del poder en manos del nuevo caudillo del populismo que configura una especie de “dictadura constitucional” en la que no hay más voz que la del Presidente o no hay más verdad que la del Presidente.
La recuperación de la democracia es un deber de la izquierda marxista para a su vez rescatar el Estado de Derecho, que sea capaz de reinaugurar el respeto pleno a las garantías individuales, derechos fundamentales y libertades públicas. El poder es para servir a los pueblos, no para servirse de él con fines mezquinos y personalistas.
La izquierda tiene el deber ineludible de recuperar su ideología identificada con la transformación de las estructuras y superestructuras para impulsar el desarrollo social y económico bajo principios irrenunciables: justicia social, igualdad, equidad de género, solidaridad, profundización de la democracia y rescate urgente de la ética política porque no se puede acceder a un estadio superior de organización social sin la suficiente moral revolucionaria para acelerar la construcción del socialismo que necesariamente debe garantizar la vigencia de las libertades y derechos democráticos.