DESPUÉS DE DIOS, SOLO USTED, SEÑOR PRESIDENTE 



EL PODER DE LA FIGURA PRESIDENCIAL ES ALIMENTADO POR TODOS 



Por Daniela Game / @DaniGameB
“Después de Dios, solo usted, Señor Presidente”. Así empezaba la carta que un ciudadano envió a las oficinas de la Presidencia del Ecuador para solicitar ayuda en un asunto jurídico. Tal aseveración revelaría la ilusión de que el poder presidencial es superior a cualquier capacidad humana y apenas inferior al poder de Dios. “Todo es tuyo, lo has jurado un día, todo es tuyo, salva al Ecuador”[1] sería la perfecta banda sonora de esa carta. En el Ecuador, la función de presidir un país vive rodeada de ilusiones que los ciudadanos sabemos sostener a la perfección. Y el poder, también.
Que una carta enviada al presidente empiece así no es extraño ni casual. El contexto histórico, político y social del país ha promovido una figura presidencial que ilusiona y promete porque es capaz de todo. Para hablar en cristiano: la figura presidencial es todopoderosa. Con su decisión, el presidente puede salvarnos, refundar el país, crear o destruir instituciones a través de decretos, acabar por fin con nuestra pobreza, la corrupción y todos los males de nuestra vida republicana. El presidente sería capaz de hacer lo que otros nunca pudieron. Nuestro sistema democrático le da ese poder a una sola persona desde el inicio de su mandato; cuando su cuerpo es investido con una banda tricolor que dice “Mi poder en la Constitución”.
Durante las campañas presidenciales nace la ilusión sobre este poder de alcances infinitos. La aceptación de límites no gana votos. Leer un eslogan de campaña que diga: “Haré lo que mejor pueda” no sucederá. La política necesita de ilusiones.
En un breve repaso de la propaganda reciente del Ecuador, vemos: “La fuerza del cambio” de Roldós; el “Pan, techo y empleo” de León Febres Cordero, quien más tarde llamaría “la caldera del diablo” al poder en Carondelet (minuto 5’58’’ en el enlace). Rodrigo Borja nos dijo que “Ahora le toca al pueblo” y Sixto Durán-Ballén nos convenció de que era “El poder de la experiencia”. “La fuerza de los pobres” de Abdalá Bucaram solo sirvió como plataforma hacia un poder que no le duraría más de seis meses. El “Sé lo que hay que hacer y sé cómo hacerlo”, de Jamil Mahuad, hoy se convierte en ironía pura que nos provoca risa, y el militarizado “Firmes con el cambio”, del coronel Lucio Gutiérrez, nos llevó a las calles por tercera vez para derrocar a un presidente. Las ilusiones -y las necesidades- no claudicaron y se agarraron con fuerza de los exitosos “Dale Correa”, “La Revolución Ciudadana para volver a tener Patria” y “Ya tenemos presidente, tenemos a Rafael”.
Seguimos ilusionados. Sería maravilloso que una sola persona pueda cambiarlo todo. Sin embargo, ¿cómo es esta ilusión sobre un poder infinito? Es sobre todo riesgosa, más aún si la estructura del Estado la legitima. Las ilusiones son por condición frágiles, y cuando caen, revelan una verdad que muchas veces no queremos ver, como decía Lacan. Verdad sobre el poder, verdad sobre el presidente, verdad sobre nosotros mismos.
Aunque en principio el poder se sostiene sobre las ilusiones de un electorado, mantenerlas –en discurso y práctica- coloca al propio presidente en un lugar vulnerable, poco verosímil, y a los ciudadanos, en una posición pasiva, esperando la salvación.
A pesar de lo frágil que sería la ilusión sobre el poder, no podemos negar su presencia y mucho menos su función. Suponer que otro sí puede hacer algo que nosotros no podemos es necesario para elegir a un representante. Sin embargo, esta suposición tendría un valor si fuera cuestionada y produjera algún conocimiento real. ¿Qué conocimiento real? Que un presidente es un representante, que no equivale a SER un cierto tipo de salvador, por más efectivas que sean sus acciones. Que un presidente no puede creer que él/ella ES el poder, sino que el poder es un encargo temporal. La ruptura de las ilusiones sobre el poder no solo desbarata la idea de un presidente superpoderoso, sino que también rompe con la idea de un ciudadano que limita su acción democrática a rayar papeletas un domingo cada dos años.
La ilusión sobre el poder no solo le pertenece a un ciudadano, necesita trabajar en doble vía. El electorado es dueño de ilusiones y quien ostenta el poder se enfrenta también a las suyas. Su posición en la organización política del país le promete todo el poder. Promesa perversa, promesa finalmente imposible. Ningún ser humano es capaz ni debe intentar intervenir en todo. Si quien ostenta el máximo poder viviera como reales estas ilusiones, estaríamos en problemas; su nombre y apellido se convertirían en la ley, la política pública, el orden y el deseo. Después de Dios, solo estaría el Presidente.
La ilusión de que el Presidente lo puede todo no la vive solamente el ciudadano que envió esa carta. La falta de institucionalidad que vive el país, (a pesar de la creación de instituciones) ha consolidado el poder de una sola persona, y mucha gente se encarga de sostenerlo cuando emite criterios como “…me he encontrado con un contenido más complejo que el que me imaginaba, pues no se enmarca con la política planteada por el Señor Presidente de la República”. El fragmento lo escribió Mónica Hernández y lo dirigió al Ministerio de Salud, después de revisar los Cuadernos Metodológicos de la antigua Estrategia Nacional Intersectorial de Planificación Familiar y Prevención del Embarazo en Adolescentes (Enipla). Si sostenemos el criterio de Hernández, estaríamos afirmando que aparte del Economista, Rafael Correa es experto en Salud Reproductiva y Sexualidad, y que es él -y solo él- quien determina la política pública sobre estos temas.
En su texto Análisis terminable e interminable, Freud plantea que hay tres profesiones imposibles: gobernar, educar y psicoanalizar, porque sus resultados son siempre insatisfactorios y no existe un perfil idóneo para cumplir con ellas. Esta proposición, a pesar de su carácter poco esperanzador, abre la posibilidad de darle otra dimensión al poder. Una dimensión del poder desde el Estado que fortalezca instituciones, que reparta decisiones y valore las capacidades asociativas de la sociedad civil. Como ciudadanos, darle otra dimensión al poder sería el resultado de una lucha por su distribución. Menos peso sobre la figura presidencial. Nuestro voto menos centrado en el líder y más repartido entre los distintos poderes del aparato estatal y sus representantes. Pero en términos cotidianos, en nuestras acciones individuales, quitarle tanto poder a una sola persona es tarea ardua y al parecer irrealizable. Movilizarnos de nuestras discusiones de sobremesa llenas de insultos y culpables hacia preguntas sobre nosotros mismos sería demasiada responsabilidad. Cambiar la discusión sobre quién gritó más duro y propinó el mejor insulto entre los protagonistas de nuestra triste palestra política aún resulta más interesante que debatir en serio.
Reconocer el poder de nuestra acción individual da pereza y aunque el panorama para las próximas elecciones presidenciales es aún incierto, siempre andamos esperando al outsider que nos salve una vez más. Aún no aparece, pero ya está anunciado. Ese día llegará. Por lo pronto, sigamos esperando, sigamos hablando de la misma persona, de lo que dijo o no dijo. Esa es la ilusión que nos entretiene y nos salva de nosotros mismos. Y si no es suficiente, ya vendrá el Papa Francisco a salvarnos. Finalmente, él sí sabe qué es eso de estar después de Dios.
[1] Dios de Amores. Tema encargado por el expresidente Gabriel García Moreno para la Consagración del Ecuador al Sagrado Corazón de Jesús, en 1873.
Daniela Game: Quiteña radicada en México que intenta escribir. Psicóloga Clínica que estudió Políticas Públicas, aunque nadie entienda esa combinación.