MAYO-CHINCHIPE-MARAÑÓN: CUNA DE INQUIETUDES 



UNA PEQUEÑA SUPERFICIE GRITABA QUE ALLÍ HABÍA EXISTIDO UNA CULTURA 



Fausto Jaramillo Y.
Tras dejar mi equipaje en el hotel, me bastó una hora para recorrer todas las calles, plazas y rincones de Palanda, la cabecera cantonal del cantón del mismo nombre, una pequeña ciudad levantada en las laderas de una loma, en la provincia de Zamora en el austro del país, y habitada, en su mayoría por colonos que llegaron hasta sus 1.200msnm, en busca de la riqueza de la tierra de la puerta de entrada a la selva amazónica.
El café es el principal producto de la zona, pero también es posible encontrar toda clase de frutas: así como una diversidad de verduras y hortalizas. Rica y feraz, es en verdad la tierra que rodea a este cantón, pero sus métodos de producción son familiares y obsoletos por lo que su producción no alcanza a surtir sino unos pocos mercados.
Destaca en la ciudad, como en casi todas las ciudades, su parque central hermoso y bien cuidado, donde la mano de sus habitantes están podando verdaderas estatuas verdes, con las ramas y hojas de las plantas de sus jardines. Al costado sur en un viejo edificio funciona el Gobierno Autónomo Descentralizado (municipio) del cantón y al costado oriental se está construyendo una Iglesia grande y moderna.
Esa noche, el dueño del hotel, en forma entusiasta me contó de las maravillas naturales que rodea a la ciudad, pero lo que más me llamó la atención fue la noticia de que cerca de la ciudad, a pocos minutos al norte, siguiendo la carretera principal, en el sitio llamado Santa Ana, existía un desvío, un camino de tierra que descendía hasta las orillas del río Valladolid, afluente del río Mayo o Chinchipe, el cual desemboca en el Marañón, en el norte del Perú, donde podía encontrar vestigios arqueológicos de un pueblo asentado allí hace más de 5.000 años.
Motivado por la curiosidad, apenas pude, viajé hasta el punto señalado. Apenas un par de minutos, desde la carretera, me llevó llegar a una esquina donde el río forma un codo y allí, en una superficie no mayo de unos 400 metros cuadrados unos 20 círculos de piedra me gritaban que allí habían habitado seres humanos. Las ruinas, si se las pudiera mirar desde las alturas, forman una vasija, con un asa. Están construidas siguiendo el declive del terreno. En la parte alta, es decir en el oriente, un círculo mayor estaba rodeado de un terraplén, lo que hace pensar en un anfiteatro de reuniones del pueblo, en cuyo centro, seguramente se ubicaba el líder del pueblo y su corte. En la parte baja, cerca del río una estructura moderna de aluminio y vidrio, defendiéndolos de la acción de las lluvias y el viento, cubre una serie de pequeños poyos levantados en tierra, que al parecer eran parte del templo o el altar ceremonial donde el pueblo ofrecía los sacrificios a sus dioses,
Cada círculo no debe medir sino unos 3 metros de diámetro, y las piedras que marcan los límites están invadidas de musgo e historia. Seguramente, cada círculo marca la casa o choza de cada familia o clan.
El contemplar el conjunto nos lleva a adentrarnos en la maravilla de la historia. ¿Quién habitó esta casa? ¿Quiénes habitaron este conjunto? ¿Hace cuántos años estuvo habitado? ¿Cuándo desapareció este pueblo? ¿Por qué? Fueron tantas y tan variadas las preguntas que me inundaron con la fuerza del agua de una cascada cayendo en mi cabeza.
Una pequeña cabaña de madera, construida cerca del río, me decía que allí podía encontrar la respuesta a mis preguntas, o al menos, a algunas de ellas. Seguramente allí debía estar trabajando un equipo de científicos, o al menos, un arqueólogo y un antropólogo. Me llevé una desilusión. Allí no había nadie. Las puertas estaban cerradas con candado y nadie atendió mi llamado. Luego supe que a partir del 2001, una misión científica franco-ecuatoriana, había iniciado los estudios de estos vestigios. Luego se cerraron esas puertas, cuando el Instituto de Patrimonio Cultural del Ecuador no firmó el contrato de continuación de los estudios con el Instituto de Investigaciones para el Desarrollo (IRD), de Francia para continuar con los trabajos. Desde entonces, la acción de la selva empezó a cubrir las ruinas. Ahora, apenas una vez por semana acude un jardinero municipal, a podar y controlar el avance de la selva.
Como producto y huella de los estudios realizados, en algunos árboles y en un par de postes levantados, es posible encontrar varios afiches o carteles conteniendo la información sobre estas ruinas. Así me pude enterar que, en el mundo académico, esas ruinas son conocidas con el nombre de Mayo-Chinchipe-Marañón, y que se han encontrado huellas de su presencia a lo largo del río Mayo-Chinchipe, que atraviesa el sudoriente de la provincia de Zamora Chinchipe en Ecuador; y los departamentos de Piura, Cajamarca y Amazonas en el Perú. La cuenca formada por este río abarca un territorio de 9.686,96 km2.

Seguí caminando, en silencio reverencial, por las ruinas, cuando al interior de la estructura que recubre el altar ceremonial encontré en uno de estos carteles que esas ruinas de esta civilización que vivió en este recodo del mundo tenían una antigüedad de entre 2.500 a 5.500 años. ¡Wow! Increíble. 5.500 años es una cifra enorme, gigantesca. Eso quiere decir que 3.000 años antes de Cristo, seres humanos ya habitaban la zona oriental, la cuenca amazónica, y que tenían “rasgos de una sofisticación social”, tal como lo declaró Francisco Valdéz, el director del grupo de científicos que habían estudiado estas ruinas.
Existen muy pocos vestigios como este en el país. Los más antiguos se localizan en la Costa, hace unos 6.000 años (Valdivia) pero ¿en el Oriente? Y lo más sorprendente: “el hallazgo de conchas marinas strombus y espondilus” ¿Cómo llegaron hasta allí esos productos? ¿Tenían contactos con pueblos ubicados en las orillas del mar? ¿Eran negociantes que intercambiaban productos con los habitantes de pueblos ubicados al otro lado de la cordillera oriental? De cualquier manera, esos vestigios “dan cuenta de la relación entre los pueblos amazónicos con los de la costa, con los que, seguramente, intercambiaban productos de cada región”.
No se agotaban las sorpresas. Los resultados de dichas investigaciones pueden cambiar los conceptos y visiones de la pre-historia de América. Según éstas, el cacao es amazónico y no centroamericano, como se creía hasta ahora, y ya se consumía hace 5.500 años. Se encontró “evidencias químicas y físicas de cacao, de la variedad "fino de aroma", en los restos de unas vasijas desenterradas en este sitio.
Francisco Valdez, aseguró que "en realidad el cacao no es originario de Centroamérica, como se ha pensado hasta ahora, pues hace unos 7.000 años ya había crecido en la cuenca alta de la Amazonía”, y continuó: “Su uso social data de hace 5.500 años, según las pruebas de carbono 14 a las que fueron sometidos los vestigios hallados”. En la cultura Olmeca, donde se han encontrado vestigios del cacao, su uso apenas tiene 3.000 años.
Finalmente, Valdéz destacó: "El cacao es amazónico y por algún mecanismo fue llevado a esta zona de Centroamérica donde cobró una importancia cultural muy importante",
Al parecer, esta cultura amazónica es ya conocida en el mundo académico, pero, ¿por qué no lo es entre los comunes ciudadanos de nuestro país? ¿Por qué no se difunden estos hallazgos que modifican la visión que tenemos de nuestra historia.
Todas las inquietudes que me surgieron y que seguramente muchos ecuatorianos las comparten deben ser respondidas por la ciencia, pero para ello hace falta una política gubernamental que haga posible la presencia permanente de los entendidos en estas materias y de laboratorios científicos que puedan certificar la veracidad de las hipótesis que surgen al conocer este rincón.
No se trata de una infantil curiosidad sino una necesidad para ir formando una sólida identidad nacional, basada en el conocimiento certero de nuestro pasado y de nuestros ancestros.