LOS DIABLOS SE PASEAN POR LAS CALLES DE PÍLLARO 



¿DE DÓNDE SALIERON ESOS DEMONIOS? 



Fausto Jaramillo Y.
Se supone que los diablos no existen, pero yo los vi. Sí, aunque usted no lo crea, hablé con ellos el pasado 1 de enero en una péquela ciudad de la Sierra centro del Ecuador, llamada Píllaro, provincia de Tungurahua.
Apenas el pequeño vehículo en que me transportaba, entró a la zona urbana, cuando unos diablos vestidos todos de rojo brillante, seguramente de tela espejo, con unas cabezas endiabladamente feas, negras, a las que rodean las figuras de míticos animales como dragones y otras de serpiente, de aves prehistóricas, todas capaces de infundir miedo a quienes teníamos, en ese momento, la osadía de mirarlas.
¿De dónde salieron esos demonios? ¿Quiénes son? ¿Qué hacen en Píllaro?
No hay, nunca ha existido ninguna fórmula, ningún método que pueda marcar con precisión el inicio de una tradición, de una costumbre que luego se transforme en una imagen definitoria de la identidad de un pueblo. Las diabladas de Píllaro no son una excepción.
Nadie sabe cuándo se iniciaron, nadie le otorga una fecha exácta. Sobre sus orígenes hay varias versiones, y en todas ellas están presentes: el amor, el miedo, la violencia y la festividad. Preguntar a las buenas gentes de Marcos Espinel, el barrio donde se reúnen aquella tarde los diablos, sobre esos misteriosos orígenes resulta tarea infructuosa.
La voz de un jovencito de alrededor de unos 14 o 15 años, resuena tras una de aquellas espantosas cabezas: “Una vez, hace muchos años, un habitante de esta “cachata”, (barrio), descubrió que su hija andaba en amores con un joven de otra cachata y eso no era permitido. El veterano debía poner fin a esa situación. Le ordenó a su hija que deje de ver a su “amorcito”, pero ella no le hizo caso. Su corazón latía fuertemente por aquel galán. Tras los intentos fallidos, el padre decidió tomar medidas drásticas y desafío a “trompones” al pretendiente, que como joven y galante no aceptó la invitación. Desesperado, el padre de la chica, decidió una noche disfrazarse de diablo y esperar, escondido en las sombras del camino por donde el pretendiente subía a visitar a su enamorada. Debe recordarse que por aquellos días, la luz eléctrica aun no llegaba a Píllaro, y las noches se iluminaban apenas con la luz de la luna, y eso cuando había luna llena.
El enamorado subía confiado a su cita de amor, cuando de pronto, en un recodo, el diablo se le apareció. El miedo se apoderó de él y en un arranque desesperado el fuete con el que arriaba a las bestias le sirvió para lanzar un golpe contra el padre disfrazado demonio. Desde entonces los verdaderos diablos andamos por los caminos del pueblo, desde el 1 al 6 de enero de cada año”.
La historia no suena tan convincente, por lo que otro demonio, con voz de un adulto de unos 30 años, interviene para contar: “no fue el padre de la chica el que se disfrazó de diablo, fueron los jóvenes de la cachata, porque no podían permitir que viniera un osado afuereño a pretender los amores de una chica del barrio. Ellos lo esperaron en el camino y le dieron una “paliza” al osado romeo, el que se vengó cuando con sus amigos se disfrazaron de demonios y una noche, con fuete en mano, despacharon a sus enemigos. Esas broncas no pararon y varios días, la sangre de los jóvenes pillareños, manchó esta tierra como símbolo de que como machos defendían su territorio. Nosotros los verdaderos demonios aprovechamos, entonces, a festejar esa violencia y a desafiar a los curas que por aquí vienen. Bailamos y bailamos, hasta caer rendidos”.
No falta quien cuenta que hace tiempos, los jóvenes del barrio Tunguipamba solían ir a enamorar a las muchachas de la parroquia Marcos Espinel. Celosos de que los foráneos les quitaran a sus mujeres, los jóvenes espineles, diseñaron una estrategia para protegerlas: pusieron en sitios clave de la quebrada que divide Marcos Espinel del barrio de Tunguipamba, calabazas de zambo forradas con hojas de sauco y velas encendidas con el fin de asustarlos. El truco funcionó hasta que alguien se dio cuenta del engaño. Es que el atrevimiento de enamorar a chicas de otro barrio se resolvía a golpes. Y entre diablos, las rivalidades se arreglaban en el parque central de Píllaro, frente a la iglesia. Luego de bailar se encontraban los contendores y se daban duro con el acial.
Si sobre los orígenes de las diabladas existen varias versiones, sobre su significado no hace falta embeberse de imaginación. Casi todos los pueblos del mundo tienen en su imaginario popular la presencia de espíritus buenos a los que hay que implorar su protección y también la de espíritus malos a los que hay que rechazar. La imagen de los diablos llegó a América con la religión católica, en la época de la conquista. Bailar disfrazados de diablos fue, desde entonces, una manera de rechazar esa imposición. Bailar durante una semana es adoptar al Diablo como un símbolo de libertad. Tras la figura del demonio todo está permitido, incluso asustar y abandonar las “buenas costumbres”.
De los relatos obtenidos y conocidos se desprende que las diabladas de Píllaro no son muy antiguas, tal vez de las décadas de los años 50 o 60 del siglo pasado, Pero en estos años han logrado calar en el espíritu de sus gentes.
En estos días los diablos, las guarichas, las parejas de línea, el capariche, conforman una comparsa representativa de cada barrio e incluso de alguna parroquia del cantón. Cada uno de los que las componen, llegan a un sitio de reunión previamente establecido, donde adoptan la figura de los diablos. Los danzantes repasan los pasos de baile, mientras sus esposas, amigas u otros miembros del barrio, los van vistiendo: primero el traje de diablo sosteniéndolo con cintas adhesivas a su ropaje cotidiano, luego el pelo es recogido y sujetado bajo una toalla o paño que lo cubre por completo porque encime irá aquellas cabezas de cartón o papel endurecido con algún material pegajoso al que se le da una forma diabólica sostenida en una estructura de madera o de alambre. Muchos de ellos creen que, el mismísimo Satanás se infiltra entre los danzantes durante los bailes.
Una banda de música popular está dispuesta a marcar el desfile de la comparsa y encender el baile.
Durante horas los demonios bailan y desfilan por las calles de la ciudad mientras propios y extraño los miran pasar. Los adultos pretendiendo posar junto a alguno de ellos para asegurarse su protección, y los niños para vencer su miedo. Y Píllaro para asegurarse la permanencia de la fiesta y tradición que trae a sus hogares una buena fuente de ingresos económicos a inicios de cada año.