EL RENACER DE LA IZQUIERDA ECUATORIANA NECESITA DE IMPULSOS POPULARES 



LA IZQUIERDA PLANTEA NUEVOS OBJETIVOS 



Rodrigo Santillán Peralbo

25 años después de la caída del Muro de Berlín, la izquierda latinoamericana y, particularmente la ecuatoriana, plantean nuevos objetivos, aceptan los retos y buscan la unidad de toda la tendencia que requiere de impulsos que provengan de los movimientos sociales, sindicales, indígenas, estudiantiles, profesionales, docentes, femeninos e intelectuales que, al final, fortalezcan la unidad para alcanzar las grandes transformaciones de las estructuras y superestructuras que permitan alcanzar la justicia social, la libertad y la democratización verdadera de nuestros pueblos con justicia social, igualdad, equidad de género y pleno ejercicio de los derechos humanos.

El capitalismo mundial, alborozado y prepotente, celebró el 25 aniversario de la caída del Muro de Berlín ocurrida en la noche del jueves 9 y viernes 10 de noviembre de 1989, como si ese hecho y posterior disolución de la Unión Soviética, hubiesen aniquilado el marxismo-leninismo para dar paso “al fin de la historia” como declaraba el intelectual japonés-norteamericano Francis Fukuyama que creía que la Historia, como lucha de ideologías, había terminado junto con la Guerra Fría, para instalar en el mundo una democracia neoliberal que garantizara eternamente los negocios impuestos por el capitalismo.

Por sobre la desunión de las izquierdas y sus visiones, tácticas y estratégicas, golpeadas por los cascotes del muro derribado, las fuerzas progresistas y democráticas siempre han levantado su voz para oponerse combativamente al neoliberalismo depredador de los recursos naturales y humanos y de los patrimonios de los pueblos.

La extrema explotación motivada por el neoliberalismo impuesto por Margaret Thatcher, la “Dama de Hierro” de Inglaterra y por el “emperador” de turno del imperio”, George W., Bush (padre) fue usufructuada por las derechas económicas y políticas que creyeron que el socialismo había llegado a su fin desde el momento en que la Unión Soviética fue desintegrada gracias a Mijaíl Gorbachov, Jefe de Estado de la URSS (1989-1991) y su política de transparencia y reformas como la Glasnost y la Perestroika, que acabaron con la Unión Soviética. En el desmantelamiento del “socialismo real” intervinieron activa y agresivamente Bush y la CIA, la Thatcher y el Papa Juan Pablo II, entonces la izquierda se quedó algo paralizada, entumecida por los acontecimientos que no supo analizar, y menos sacar provecho de esos hechos que, de alguna manera, influyeron o modificaron en el accionar de las fuerzas progresistas.

En este sentido se expresan varios analistas y teóricos como Cindy Calvo Salazar,. César Rodriguez, Patrick Barret y otros al expresar que a partir del derrumbe del socialismo en Europa del Este y en la ex URSS, en América Latina, la idea y el accionar de la izquierda vinculada al marxismo y al socialismo sufrió un revés considerable que provocó el ahondamiento de la polaridad de las distintas fuerzas de ésta. Esta situación había comenzado a operarse ya a partir de la caída de las dictaduras militares en la década del ochenta, de las llamadas «aperturas democráticas» que hicieron que la opción civil y las luchas por los espacios electorales de la izquierda adquiriera cada vez mayor fuerza. No se puede olvidar el hecho cierto de que la vía armada a partir de este momento pierde la fuerza y el peso trascendente que tuvo en las décadas del sesenta y del setenta. A mediados de la década del ochenta hasta la actualidad el peso específico de estos frentes guerrilleros es cada vez menor. En la actualidad sólo sobreviven las FARC-EP y el ELN de Colombia combatidos incesantemente por Estados Unidos y sus Planes Colombia y Patriota.

En la actualidad, la izquierda se ve obligada a luchar en varios frentes para retar al capitalismo en plena decadencia debido a la crisis económica que, a pesar de ser cíclica, es más profunda y grave de lo que la propaganda trata de ocultar. La izquierda de tendencia marxista tiene nuevos retos y desafíos que comienzan con el entreguismo de algunas fuerzas que, incapaces de mantener la lucha revolucionaria, prefirieron plegar a gobiernos que se declaran de izquierda y que son francamente populistas.

Como siempre, en condiciones sumamente adversas, la izquierda tiene el deber moral y político de buscar y encontrar nuevos caminos que le permitan transitar en busca de la profundización ideológica para descubrir o redescubrir novedosas expresiones que viabilicen las “concepciones programáticas y teóricas, renovando todo el arsenal del marxismo y recontextualizándolo a tono con las propias concepciones del socialismo como paradigma emancipatorio; reconsiderando sus principios tácticos y estratégicos en función de la unidad, del poder y de las propias concepciones sobre la democracia”.

“Marta Harnecker plantea que hoy día hay dos elementos que dificultan el perfil alternativo de la izquierda. El primero de ellos es el que la derecha se haya apropiado del lenguaje de la izquierda en sus formulaciones programático demagógicas dirigidas a confundir a las grandes masas y a hacerles perder la orientación de donde está el verdadero enemigo. El segundo de ellos está dado en las dificultades cada vez más generalizadas de la izquierda al adoptar una práctica política muy poco diferenciada de los partidos tradicionales, ya sean de derecha o de centro. Agregaba: «la izquierda si quiere ser tal, no puede instalarse en lo ya estatuido, como si las correlaciones de fuerzas y las reglas del juego fuesen inmodificables; no puede por lo tanto, concebir la política como el arte de lo posible. Todo su accionar debe ir justamente a cambiar esta situación»

Por estas razones ya aducidas la izquierda debe hacer un diagnóstico acertado de la situación actual y determinar cuáles son las fortalezas que el movimiento popular debe potenciar para que se pueda construir una fuerza antisistema. El aspecto más importante en este orden está dado en que la izquierda examine a fondo su propia realidad actual y potencie la unidad de un frente común que haga posible la unión de variadas tendencias y fuerzas de izquierda bajo un programa de coordinación común. Para lograr esta unidad y una verdadera hegemonía es necesario construir un instrumento político que logre representar a todos los sectores sociales discriminados y excluidos económica, política, cultural y socialmente”.

Consecuente con esos postulados a menester el uso de la imaginación para la reafirmación ideológica y reformulación conceptual teórica y práctica de estrategias y tácticas que superen el divisionismo para, en la unidad, recuperar las banderas de lucha arrebatadas por las derechas y falsas izquierdas o entregadas en bandeja de plata por líderes y dirigentes ex revolucionarios, que hicieron gala de entreguismo colaboracionista.

Desde diversa fuentes nacionales e internacionales se clama por la unidad de la izquierda de tendencia marxista. Si bien cayó el muro de Berlín, se liquidó la Unión Soviética y se acabó con el “socialismo real” y la Guerra Fría, no se ha acabado la Historia de las luchas ideológicas y menos se ha terminado con la lucha de clases que a pesar de todo y contra todo sigue siendo el “motor de la historia”.

La izquierda ecuatoriana está en deuda con su propia historia y con el pueblo que la sustenta. Debe continuar con la lucha combativa antisistema, recoger sus vasta experiencia adquirida en todos los procesos de lucha socio-económica y construir un frente amplio que reúna a todas las tendencias, que unifique todas las parcelas y que avance junto a los movimientos indígenas, sindicales, sociales, políticos y cultuales y que de ellos tome sus postulados, reivindicaciones, objetivos y fines. Todos iguales por, inclusive con las contradicciones de clase, sector y grupo para juntos definir una causa común: hacer la revolución.

Cabe recordar que “El marxismo clásico nunca argumentó que la contradicción entre trabajo-capital era la única presente en la sociedad. Ni Marx ni Engels afirmaron que la sociedad está totalmente, y sin excepción, dividida en clases; solamente recalcaron que la contradicción entre trabajo y capital era crucial y que sin tomarla en cuenta no podrían resolverse otros problemas y contradicciones”. En la sociedad ecuatoriana hay múltiples contradicciones, pero hay similares sueños y esperanzas.

Los autores citados sostienen en sus diferentes ensayos que “en la actualidad, el fundamento de la legitimidad de la izquierda latinoamericana es un proceso de búsqueda, de autocrítica, de reanálisis y de interpretación de la realidad cambiante. Son nuevos los sentidos en que se perfilan las identidades de la izquierda y los intelectuales en sus precisiones conceptuales van a reflejar esa pluralidad que está presente en los modos variados de asumir la realidad y de acercarse con una mayor, menor o ninguna objetividad a la realidad dramática, contradictoria y problémica del mundo globalizado de la imperialización.
Muchos son los desafíos que se levantan para materializar estos programas. El principal radica en que no existe un diagnóstico adecuado de la realidad a subvertir, qué lograr, no se tiene precisión de cómo lograr los programas políticos. El problema de los métodos y de la combinación acertada de las formas de lucha, deviene hoy en uno de los mayores obstáculos de estas tendencias de izquierda, así como de las políticas tendientes a la unidad, a crear un frente común para dar la batalla frontal al capitalismo y lograr un adecuado equilibrio entre reforma y revolución, que conduzca al cambio revolucionario de transformación a fondo de todo el sistema socioeconómico y sociopolítico capitalista contemporáneo, teniendo bien determinado que el capitalismo y sus sistemas de relaciones contradictorias, expoliadoras y disolventes de la esencia humana no son la solución. En tal sentido compartimos los criterios del destacado filósofo cubano Joaquín Santana cuando afirma que:

Si bien la izquierda no ha logrado aún sacudirse del todo la polvareda levantada por la caída del muro de Berlín, su propio desarrollo le impone repensar la teoría y ponerla a tono con el mundo de hoy. Este ejercicio teórico requiere también de la investigación seria y concienzuda del ayer, precisa del reencuentro con el marxismo clásico y del estudio de todo el pensamiento social, sobre todo de aquel que desde una postura revolucionaria se mostró original y creativo, a fin de que el análisis contribuyan a la necesaria recomposición de la teoría en esta paradójica era de globalización y modernidad posmoderna.

Por tanto la izquierda revolucionaria si quiere triunfar y tener un alto poder de convocatoria y de movilidad social, debe poner el énfasis en la socialización no sólo de la economía en el nuevo proyecto liberador, sino en la política y en todos los ámbitos de la movilidad social e individual de las personas, es la aspiración a lograr la libertad real y más amplia. De lo que se trata es de materializar la realización plena de la democracia.

“La izquierda si quiere ser tal, no puede instalarse en lo ya estatuido, como si las correlaciones de fuerzas y las reglas del juego fuesen inmodificables; no puede por lo tanto, concebir la política como el arte de lo posible. Todo su accionar debe ir justamente a cambiar esta situación” sostenía Marta Harnecker.

“La reconsideración de la democracia es de vital importancia en el análisis del proyecto socialista y marxista de la izquierda latinoamericana como eje central de su paradigma emancipatorio y como proyección teórica y práctica en torno al poder. Para este empeño cobran vigencia las ideas de Gramsci y Mariátegui sobre la democracia y el socialismo, las que no están intencionalmente desarrolladas a la manera de la intelectualización de los conceptos, pero sí en las esencias con que abordan trascendentales problemas, tales como: la sociedad civil y sus relaciones con el Estado, hegemonía y bloque histórico, la democratización orgánica del partido, el papel de la intelectualidad en la revolución y de la cultura en el proceso democratizador de la sociedad socialista”.
No sólo es indispensable la reconceptualización de la democracia y su praxis, sino también las diversas formas de explotación, los vicios, las falsedades y mentiras, la corrupción, la propaganda tipo goebeliano que golpea los cerebros del pueblos y el discurso engañoso del caudillismo populista, presentes en las democracias del sistema capitalista. Hay que ir más allá y desde el marxismo encontrar y aplicar las fórmulas que posibiliten profundizar la democracia para que sea el pueblo el sujeto hacedor de la historia con libertad, pleno respeto y ejercicio de los derechos humanos para construir una sociedad igualitaria en donde la justicia social deje de ser parte de una retórica que la posterga ad infinitum.

Para ello a menester analizar en profundidad los actuales problemas que agobian a los pueblos y, en especial, aquellos que los desunen desde el poder político y económico en franco uso y abuso del discurso reiterativo y propagandizado hasta el hastío. Será necesario insistir en que la desunión divide, la unidad multiplica y fortalece. Más aún, será preciso acudir al ejercicio de la crítica y autocrítica para desentrañar la problemática social, económica y política de las organizaciones populares, de los movimientos sociales ya sean indígenas, sindicalistas, estudiantiles, juveniles, profesionales, educadores, intelectuales, movimientos y organizaciones de diverso grado de las mujeres, pues la participación de la mujer en las luchas populares es de vital trascendencia porque ellas se llenan de coraje, valentía y se colman de ternura o como decía Mama Tránsito Amaguaña: “Hay que luchar por todos equitativamente, bonitamente, honradamente y racionalmente”.

De una vez la nueva izquierda que se una para responder a las actuales exigencias históricas debe desterrar el dogmatismo, el sectarismo, el fanatismo, la intolerancia, el inmovilismo y el “dejar hacer, dejar pasar” que es un pensamiento muy propio del liberalismo burgués. El pensamiento marxista debe ser revalorado desde sus crisis para forjar un pensamiento marxista auténticamente ecuatoriano, latinoamericano, universal. Las verdades del marxismo deben ser desenterradas desde la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética. Será muy útil organizar una dirección colectiva del nuevo partido que surja de la unidad de la izquierda para desterrar el verticalismo que debe ser reemplazado por la horizontalidad que surja de la democratización de la izquierda unida. ¿Una utopía? Puede ser, pero es una necesidad inexorable que debe ser alcanzada y concretada. ¿Un sueño? Unidad dentro de la pluralidad es posible para responder al reto histórico

“Estas ideas resultan esenciales por la trascendencia que tienen en el tratamiento de la polémica en torno a la democracia por parte de la izquierda y cómo son asumidas en el redimensionamiento de las concepciones de la sociedad civil y sus relaciones con el poder, así como en la propia reestructuración orgánica de los partidos de izquierda, sus cambios profundos en la democratización interna y en las proyecciones de la unidad a lo ancho y a lo profundo”
Retomemos el pensamiento ajeno para reafirmar que se requiere un análisis metodológico que defina la presencia de un pensamiento de izquierda en la actualidad. Demanda partir de tres pilares básicos: en primer lugar 'el sentido ideológico que ella entraña como postura', en segundo lugar 'la identidad epistemológica del ser de izquierda', en tercer lugar 'el carácter del proyecto que ella asume y sus alcances'.

El sentido ideológico que ella entraña la define como una postura política contra la injusticia, la explotación, la manifestación de coerción de las libertades y derechos del hombre a su libre desenvolvimiento en lo social como en lo individual, contra todo poder despótico que implique la tiranía, contra todas aquellas políticas que se dirigen a socavar la soberanía y el derecho de las naciones a su autodeterminación, así como aquellas posturas que en lo cultural tienden a minar las identidades culturales de nuestros pueblos.

En el sentido ideológico las posiciones de izquierda defienden las justas causas de los oprimidos y de los que luchan por sus reivindicaciones y derechos de todo tipo, frente al sistema capitalista imperante. Asumir una postura de izquierda implica una posición de enfrentamiento al neoliberalismo y al imperialismo norteamericano en su política hegemónica y de sometimiento económico, político, espiritual y cultural. Pueden ser más o menos acertadas las propuestas alternativas, pero estas son las coordenadas de principio que en lo ideológico definen en la actualidad latinoamericana una postura de izquierda.

En el sentido epistemológico ser de izquierda se refiere al contenido esencial de las proyecciones que en lo teórico se adoptan. Un pensamiento de izquierda tiene que ser contestatario a toda dominación, tiene que proyectarse por ofrecer una alternativa que garantice el progreso y la libertad más plena, la más alta expresión conceptual de ser de izquierda es el pensamiento teórico revolucionario que se fundamenta en el humanismo, en las tradiciones de luchas patrióticas de nuestros pueblos, en las más altas expresiones creativas del marxismo y en su ideal socialista que se propone la transformación socioeconómica, sociopolítica, sociocultural y técnico científica de nuestras sociedades.

Un proyecto de izquierda consecuente y radical hoy en nuestro ámbito debe de tener un carácter revolucionario, entiéndase como tal aquella postura conceptual y accionar práctico que se ajusta a nuestras realidades y que en sus proyecciones teóricas y prácticas responden a un momento complejo para las fuerzas de izquierda en el Continente y, en particular en el Ecuador de estos días. Como estrategia de largo alcance no debe renunciar al proyecto del poder en todas sus dimensiones: trátese del poder desde arriba es decir del institucional del Estado y del poder que se construye desde abajo por las propias organizaciones y movimientos de izquierda con la participación democrática y activa de los sujetos involucrados en las luchas emancipatorias, esto implica el adecuado y dialéctico reciclaje de ambas dimensiones del poder, no debe renunciar al proyecto socialista, sin que ello implique asumir a la revolución plena y al socialismo como metas inmediatas, pero sí tiene que concebirlos como programa de futuro y todas sus proyecciones teóricas y prácticas deben potenciar estos ideales.

En el análisis se añade que “la definición conceptual de la izquierda ha pasado por diferentes momentos históricos. Esto ha tenido que ver con la correlación de fuerzas del movimiento revolucionario a nivel internacional y con la manera con que se interpretó el programa liberador-emancipatorio atendiendo a las influencias recibidas por la desaparecida Unión Soviética desde la época de la Tercera Internacional Comunista hasta el derrumbe del socialismo eurosoviético. La etapa posterior al derrumbe ha significado una época de reconsideración, por parte de la izquierda, de su propio ser o de su propia identidad y también ha entrañado toda una reconstrucción conceptual del programa liberador-emancipatorio con toda la trascendencia del accionar político que ello ha conllevado, ante los desafíos contemporáneos del modelo neoliberal, la globalización capitalista contemporánea y el rol de liderazgo que desempeña Estados Unidos de Norteamérica a nivel planetario, según Samir Amín en “Hacia un foro mundial crítico. La alternativa al pensamiento”

Por su parte, Fernando Martínez Heredia sostenía: “El problema principal al que se refiere la izquierda es el de las identificaciones de los dominados y de sus luchas contra la dominación. Los comportamientos e ideas tendientes a la rebelión que pudieran ser de izquierda, forman parte de la construcción de realidades sociales de grandes grupos humanos”.

“Determinar el contenido de los enfoques de izquierda entraña, de igual modo, ubicar los actores sociales que la representan en un momento histórico concreto dado, por tanto el enfoque clasista no debe ser excluido, ya que el contenido ideático de las posiciones tomadas depende mucho de las clases, grupos y sectores y su lugar en la sociedad. No obstante el reconocimiento de este aspecto no debe ser absolutizado por cuanto en muchos movimientos sociales aparecen sectores y grupos de actores no vinculados a ninguna clase, ya que no tienen nexos con la base económica que impera, y son sometidos de igual modo a la exclusión y a la explotación capitalista. Esto marca los intereses diversos que se mueven hoy en los llamados procesos unitarios de la izquierda, cuyos programas tienen que responder en lo ancho a todos estos reclamos diversos y esto influye inexorablemente en la profundidad de los proyectos liberador-emancipatorios de estos frentes….

“Ser de izquierda, para Sánchez Vázquez, significa asumir un contenido concreto: dignidad humana, igualdad, libertad, democracia, solidaridad, y derechos humanos. Ello sólo es posible a través de la realización plena del proyecto socialista.

Los principios se mantienen, el ideal revolucionario se refuerza, la lucha inevitable exige sacrificios para concretar la unidad. Naturalmente que es una exigencia insoslayable la revisión de las posiciones personales, la renuncia a pequeños liderazgos políticos dentro de grupos más o menos sectoriales, renuncias que deben surgir de la actualización de las teorías, ideologías estratégicas y tácticas que al fin perurjen nuevas concepciones de las relaciones sociales, económicas y políticas y nuevas definiciones conceptuales de los revolucionarios frente al Estado, la sociedad y la economía, todo dentro de las luchas para la conquista del poder. ¿Si no se busca el poder para imponer el socialismo, para qué se lucha?

Sólo la unidad de la izquierda posibilitará la toma del poder para resolver los agudos problemas que afectan al Ecuador de estos días. Sólo entonces se podrán imponer las grandes y profundas transformaciones económicas, políticas, sociales, culturales, educacionales en todos los niveles, el avance de las ciencias y las tecnologías al servicio del desarrollo equilibrado de todo el pueblo, en una vivencia con justicia social, práctica efectiva de los derechos humanos y libertades, solidaridad, práctica cotidiana de los valores éticos que destierren la politiquería y la corrupción, administración de justicia eficiente y en verdad que sea justicia, rescate pleno de la soberanía nacional, trato justo al capital extranjero o multinacional, por ejemplo.

Isabel Rauber en Crisis y desafíos de la izquierda, en Una izquierda que se renueva, ensayo, también, de Marta Harnecker, se afirma: “la izquierda son las fuerzas, o movimientos, o los actores cada vez más amplios de la vida política latinoamericana, que chocan con la brutal política de las clases dominantes y pugnan por construir una alternativa a favor del desarrollo y de los sectores populares en cada país, por rescatar la cultura de nuestros pueblos …”

Raúl Prada Alcoreza en su ensayo al referirse a la unidad de la izquierda decía: “¿Cómo comenzar? ¿De qué manera? ¿Cómo escribir un documento de apoyo a un frente de izquierda, que también es un frente plurinacional? Sobre todo cómo comenzar a preguntarse ¿qué nos preguntamos ante la formación de un frente político con estas características, en un país que ha aprobado una Constitución que define un mandato claro, construir un Estado plurinacional y defender los derechos de la naturaleza?

Agregaba: “...Ahora, en el comienzo indeterminado del siglo XXI, se forma un frente de izquierda, de partidos de izquierda y de organizaciones indígenas, para enfrentar a un gobierno caracterizado de progresista, incluso de izquierda, en el panorama de esta peculiar izquierda gubernamental sudamericana. ¿Cómo explicar esta situación? ¿Por qué ocurre esto? ¿Qué clase de lucha es esta?
“…En el siglo XXI los contextos y las coyunturas, el perfil de los mismos, (Frentes de izquierda) sus problemáticas, parecen haber cambiado, respecto a los contextos y las coyunturas de las luchas en el siglo XX. Los gobiernos de izquierda que llegaron al gobierno en Sud América no son ultimatistas como los gobiernos revolucionarios que caracterizaron al siglo XX, no se plantean el todo o nada, socialismo o muerte; aunque lo digan a veces por veleidad o por repetición, quizás imitación de antiguos tiempos heroicos; son, más bien, conscientes que conviven con el capitalismo, en su forma de dominación financiera, de dominio trasnacional y explotando la energía fósil y mineral.
Son gobiernos “pragmáticos”. No ponen en la mesa de discusión el viejo debate de reforma o revolución, ni se inclinan por Eduard Berstein, quien planteó que más vale un paso en el movimiento que el programa, también escribía en defensa del reformismo que la palabra revisionismo, que en el fondo sólo tiene sentido para cuestiones teóricas, traducida a lo político significa reformismo, política del trabajo sistemático de reforma en contraposición con la política que tiene presente una catástrofe revolucionaria como estadio del movimiento deseado o reconocido como inevitable .

Los gobiernos progresistas de inicios del siglo XXI asumen su papel de convivencia, de coexistencia, en y con el capitalismo, de una manera práctica. En el discurso se proponen construir otro socialismo, el llamado socialismo del siglo XXI, en la práctica optan por un modelo de desarrollo que combina una estructura económica extractivista y una administración estatal rentista, que ostenta la redistribución del ingreso a través de bonos y, en el mejor de los casos, políticas sociales, que no llegan a ser de gran alcance, que se mueven entre el impacto coyuntural y de mediano plazo. Este realismo político llevó a los gobiernos a compartir el excedente con las empresas trasnacionales; aunque la participación del Estado haya aumentado en comparación con los llamados gobiernos del periodo neoliberal, lo cierto es que sus políticas nacionalistas son menos beligerantes que los gobiernos populistas del siglo pasado. En los hechos optan por una visión más “técnica” que política, prefieren procedimientos administrativos de copamiento de acciones que expropiaciones, con lo que creen hacerlo mejor que las nacionalizaciones del siglo pasado. Empero, el balance es por lo menos problemático para no decir desalentador, el control técnico de la producción no deja de estar en manos de estos monopolios y oligopolios, de estas corporaciones gigantescas, que son las empresas trasnacionales. En lo que respecta a esta situación hay variantes, por cierto, de un país a otro. El control de los mercados, el control financiero y el control tecnológico sigue bajo estas corporaciones trasnacionales. Los gobiernos progresistas, que han optado por un modelo de desarrollo que no deja la base extractivista, dependen de las inversiones de estas empresas, sobre todo en materia de exploración. Por eso, en estos temas son altamente condescendientes y tienden a justificar las concesiones territoriales al gran capital trasnacional. Esta contradicción inherente a su proyecto de soberanía y nacionalista los lleva a hacer estallar otras contradicciones.

En el siglo XXI es insostenible un modelo de desarrollo, sobre todo con las características de esta combinación estructural de extractivismo, Estado rentista y reformas sociales. Para decirlo rápido, los límites y las contradicciones más demoledoras en nuestra contemporaneidad, en nuestra actualidad, en el presente que nos toca vivir, es la agudizada entre capitalismo y naturaleza, capitalismo y madre tierra. La crisis ecológica es el indicador más evidente de este antagonismo. No es posible pues sostener modelos de desarrollo, cuando de lo que se trata es de transitar a alternativas al desarrollo. El paradigma del desarrollo, con todas sus variantes, no puede dejar su tendencia estructural al crecimiento y a la acumulación, a la transformación de sus condiciones de acumulación, por lo tanto no puede dejar la explotación expansiva de los recursos naturales. Este es el tema más delicado y más problemático de los gobiernos progresistas. Son operadores del modelo de desarrollo, que combina extractivismo, rentismo y reformas sociales, no pueden dejar de concebir a la naturaleza como objeto, como geografía y geología de recursos naturales. Los enunciados constitucionales de los derechos de la naturaleza son en realidad una gran molestia para estos gobiernos. Han intentado usarlos en los discursos, en los foros internacionales, como parte de campañas, pero cuando se enfrentan al dilema de optar por los derechos de la naturaleza o los retóricos derechos al desarrollo de los pueblos, no escatiman esfuerzos para descalificar a los defensores de la madre tierra y defender las políticas públicas que están vinculadas a promover el desarrollo con base extractivista. Entonces estos gobiernos se vuelven cómplices de la depredación generalizada y de la depredación local.

Una tercera contradicción visible de los gobiernos progresistas es su relación conflictiva con las naciones y pueblos indígenas. Quizás sea la contradicción más problemática cuando se trata de gobiernos que tienen la aplicación de aplicar Constituciones plurinacionales, que establecen el mandato de construir el Estado plurinacional. Esta contradicción tiene que ver con el carácter colonial de los Estado-nación y la colonialidad implícita en los gobiernos progresistas. No están dispuestos a garantizar los derechos de las naciones y pueblos indígenas, sus derechos territoriales, a su derecho al autogobierno, a la libre determinación, a la autonomía, pues no están dispuestos a abandonar la unidad homogénea, mono-nacional y mono-cultural del Estado-nación. Consideran un atentado al Estado-nación la presencia y la autonomía de territorios indígenas. Están lejos de comprender que otra unidad es posible a partir de la descolonización, que otra unidad es posible por la dinámica de la diversidad y la diferencia cultural, de naciones y territorial. El enfrentamiento con los pueblos indígenas ha llevado al extremo de la represión y la criminalización de la protesta, resistencia y lucha indígena”, sostenía Raúl Prada Alcoreza

Más alá de lo expresado por Prada, es innegable que la “izquierda, que tiene entre sus objetivos implantar una democracia con justicia social, tiene ante sí la exigencia de lograr el poder para llevar a efecto las transformaciones revolucionarias. Sin embargo hoy existe el consenso de que la toma del poder no es el asalto en un momento dado, sino un proceso más complicado que requiere el reagrupamiento de fuerzas dispersas y dar la batalla en el frente electoral con un programa creíble en el que se vean representados todos los sectores, sin exclusiones ni sectarismos.”

Ruben Drí cuando expresaba: “Todo cambio, toda transformación, toda revolución que se proponga siempre tiene en su centro el tema del poder que significa quién y cómo será reconocido... Ese poder no puede empezar a construirse una vez «que se le ha tomado», porque en realidad lo que se ha hecho es ocupar el lugar que antes tenían «los otros».

Emir Sader considera que el regreso de los debates estratégicos en la izquierda latinoamericana es una buena señal: significa que los grandes problemas históricos vuelven a la agenda de las fuerzas políticas comprometidas con las grandes transformaciones de nuestras sociedades. Las derrotas suscitan balances que se concentran en el pasado hasta que nuevas prácticas anuncian nuevos temas y nuevos debates en torno a ellas.

¿Existe aún una izquierda “boba”? ¿Será la colaboracionista que cree que “otros le darán haciendo” la revolución? ¿Existe en el Ecuador, una izquierda infantil? ¿Esta será la izquierda que no es colaboracionista, porque legítimamente no cree el proceso que es más propaganda que realidad? Estas y otras preguntas deben ser respondidas en un gran debate nacional. Lo cierto es que el país reclama la unidad de la izquierda con el pueblo y para el pueblo, con nuevos planteamientos teóricos, con nuevas estrategias de lucha y con reales propuestas programáticas para concretar las grandes transformaciones que deben ser revolucionarias para que el pueblo alcance y concrete los sueños de liberación nacional con justicia social efectiva y eficiente, con calidez humana, en plena libertad y ejercicio de los derechos humanos.