UN HERMOSO Y MODERNO AEROPUERTO SIN AVIONES Y SIN GENTE 



LA AUSENCIA DE PRESENCIA HUMANA SE IMNPONÍA 



Fausto Jaramillo Y.
Cuando el reloj de mi computadora portátil señalaba las 17h00, se encendieron las luces de neón, del edificio del aeropuerto de Santa Rosa, en la provincia de El Oro. Por supuesto, no añadieron ni una pizca de iluminación al local, pues el sol aun resplandecía en su camino al occidente. En esos instantes, apenas la señora encargada de su limpieza pasaba la abrillantadora por los miles de metros de superficie del piso del local, un empleado dormía su siesta en un counter ubicado a decenas de metros de la puerta de entrada y yo, que había llegado un par de horas antes, luego de terminar las labores que me llevaron a dicha provincia, sin saber la soledad que me esperaba en ese nuevo edificio de cemento, aluminio y vidrios.
Apenas entré al terminal, una extraña sensación me invadió. No era el peso del espacio contenido en el edificio, era, más bien, la ausencia de presencia humana la que se imponía y, por supuesto, el silencio reinante se colaba en mi cerebro provocándome cierto nivel de angustia.
Los baños impecables y el aseo reinante, el olor a jabones y desodorantes ambientales incrementaban la sensación de vacío, de ausencia humana. Al fondo, 12 mesas cuadradas, de vidrio, y sillas de acero y madera me llamaron la atención y acudí hacia ellas a instalar mi computadora y escribir los informes que debía entregar en la oficina en que trabajo y para la cual había viajado esa mañana a Santa Rosa. El silencio reinante y la falta de una figura humana me hacían perder la noción de la realidad
Los más de ciento ochenta metros de largo, de norte a sur, del pasillo, eran cortados por 9 pilastras de sustentación del techo cóncavo que cubría al edificio. Entre ellas estaban ubicadas 6 grupos de sillones para descanso de los pasajeros que esperan los vuelos, pero que en ese instante lucían vacíos. Al oriente, una pared pintada a cuadros, con volados de color beige, sostenía la señalética del lugar: Reservaciones, Sala de pre-embarque nacional, Sala de pre-embarque internacional, Información, etc. Todo aquello declaraba que se trataba de un aeropuerto internacional de gran movimiento comercial y de pasajeros. Faltaba, eso sí, esa gran pizarra que suele avisar a los viajantes los horarios y destinos de los vuelos, tanto a los que parten como a los que llegan, y si estaban a tiempo o habían sufrido algún retraso.
En una pequeña pantalla LED, se exhibía en forma constante, un video que en animación, pretendía mostrar las bondades del aeropuerto, su diseño y su construcción, pero, claro, no mencionaba siquiera su costo, que no se sabe con exactitud, porque las autoridades nunca lo han declarado; pero ingenieros constructores lo calculan sobre los 20 millones de dólares, a los que habría que añadir el costo de la carretera, especialmente construida para llegar al aeropuerto, y entonces, el precio se eleva por sobre los 30 millones. A más de ello hay que añadir el menaje y la tecnología necesaria y, entonces, el precio supera los 50 millones.
La soledad me llevó a preguntar más tarde sobre la frecuencia de vuelos que soportaba ese aeropuerto y mi sorpresa fue saber que, diariamente aterrizan 3 vuelos. En la mañana un vuelo desde Quito y otro desde Guayaquil, y a la noche otro de Quito. Los aviones son de mediana y pequeña capacidad, entre 48 a 90 pasajeros, podemos concluir que ese aeropuerto sirve a 540 personas, por día. La propaganda oficial nos dice que dicho aeropuerto, puede servir a miles de personas por día. ¿Por qué, entonces, sirve a tan pocas?
Podría pensarse que sus instalaciones sirven para impulsar el comercio internacional de la zona; pero la verdad es que los productos de exportación de El Oro: banano, cacao, camarón, plantas de orquídeas y otros, viajan por tierra hasta el puerto de Guayaquil donde son embarcados a los mercados internacionales. Ni un solo vuelo internacional parte o arriba a este aeropuerto.
¿Por qué, entonces, se ha invertido tanto dinero en su construcción? La respuesta podría ser que todos los ciudadanos ecuatorianos merecen un trato digno y ese aeropuerto lo muestra; y tendrían razón. Todos los aeropuertos deberían ser pensados para servir a la dignidad de los ecuatorianos. Pero, ¿otro diseño arquitectónico, de igual o mayor belleza, pero más chico, más acorde con el número de pasajeros, atentaría a la dignidad de los Orenses? Creo que no. La dignidad no se mide por obras faraónicas, irreales, caras y vacías, sino por la calidad y calidez de sus servicios y los beneficios que brinda a la colectividad.
Si se pensó que dicho aeropuerto debía servir para unir a los pueblos del sur del país, con los del norte del Perú, y dinamizar el comercio entre los dos países, entonces, debieron y deben negociar con las autoridades de ese país, para que en ejercicio del principio de reciprocidad, una línea aérea del Ecuador pueda viajar, digamos que a Piura; mientras que una línea aérea del Perú, podría tener una frecuencia hacia Santa Rosa. Eso podría ser una idea que justifique la existencia de dicho aeropuerto.
No es inversión el costo millonario en dólares de un edificio subutilizado, sino que se debe considerarse como gasto. Para revertir ese concepto deben las autoridades respectivas trabajar en opciones y procesos que dinamicen las labores en ese inmenso elefante blanco que actualmente es el aeropuerto de Santa Rosa.